Capítulo diez
Capítulo diez
S eis horas. Esperé seis horas con la oreja pegada a la puerta, atenta a patrones en sus patrullas.
Había salido a aliviarme a mitad de la ronda y me había encontrado con un pasillo vacío.
Había estado a punto de huir en ese momento, pero me había topado con el guardia en la esquina y este me había indicado que el baño se encontraba en la dirección opuesta.
Después de eso, me había pasado cuarenta minutos sin oír pasos. Según mis cálculos, debía de ser medianoche. Quizás el guardia responsable de vigilar mi habitación se hubiera quedado dormido.
Con una letanía de excusas preparada en los labios, entreabrí la puerta. Silencio. Un vistazo al pasillo confirmó mis esperanzas: los guardias se habían ido.
Me desaté una de las mangas rasgadas del moño y me envolví con ella los nudillos. Odiaba no tener mi daga. Aun así, cualquier cosa podía ser un arma en las manos adecuadas y esta manga me serviría para estrangular a un guardia al menos con la mitad de eficacia que una cuerda.
Me mantuve pegada a las paredes. La tranquilidad del complejo me ponía de los nervios. Décadas de polvo acumulado se arremolinaban en el aire punzante y me hacían cosquillas en la nariz. Me escocía la garganta con un estornudo.
Levanté dos dedos y me presioné el lagrimal con ellos.
Se me pasaron las ganas de estornudar. Soraya me había enseñado ese truco unos días antes de convertirse en mi asistenta.
Me había pillado escabulléndome del Usr con un kahk azucarado en los bolsillos y los zapatos abandonados para ir a jugar en el Hirun.
En lugar de regañarme, me había colocado la melena rizada detrás de las orejas y me había dicho con una sonrisa cómplice que la próxima vez que intentara escaparme del Usr la llevara conmigo.
Cuando cayó la fortaleza, Soraya ardió en el Usr Jasad. Al igual que Dawoud.
Y en lugar de resurgir de entre las cenizas para salvar al resto de tu pueblo, te escondiste, me provocó Hanim.
Irrumpí en el centro de entrenamiento con más fuerza de la necesaria.
Evité meticulosamente las imágenes en movimiento de mis abuelos y su palacio en las paredes.
¿Por qué yo le debía más a Jasad que Adel o cualquier otra persona?
No podía acceder a la magia que nos diferenciaba de los demás reinos.
Había vivido fuera de Jasad más tiempo que dentro.
No tenían derecho a contar con mi protección o mi vida solo por haber nacido en el linaje equivocado.
A mitad de camino de las esteras, un destello en mi visión periférica hizo que me detuviera en seco. Un cofre de madera grabado casi del tamaño de mi cama ocupaba la pared izquierda.
Observé el centro de entrenamiento vacío. Solo un vistazo rápido.
Apoyé el hombro contra la tapa y la levanté.
Con un suave clic que sonó como un rugido para mis oídos nerviosos, el cofre se abrió.
Había todo un arsenal en el interior. Lanzas arrojadizas y de caza, jabalinas, ballestas, tres tipos de hachas diferentes y todos los modelos de espadas y dagas conocidos por el ser humano.
Conforme las fui examinando, la similitud se volvió evidente.
Todas las armas pertenecían a Jasad. En cada empuñadura aparecía algún rasgo del kitmer, ya fuera la cabeza de halcón, el cuerpo felino o las alas doradas.
El heredero de Nizahl pretendía entrenarme para ser la campeona de Nizahl usando armas jasadíes.
Los grilletes me apretaron y clavé las uñas en la madera ante la macabra ironía de la situación.
Un jasadí normal se resistiría a empuñar un arma forjada por los suyos en nombre de su enemigo, pero ¿la heredera de Jasad?
Essiya preferiría estar muerta antes que humillar a toda su familia de un modo tan descarado.
Me miré los grilletes y me saqué de la cabeza el espectro de la heredera de Jasad. Había muerto, en todos los sentidos importantes.
Me guardé dos dagas en la bota, dejé el cofre de las armas abierto y corrí hasta la puerta plateada. Jeru y Wes habían llamado al mismo tiempo. La golpeé con los nudillos de ambas manos y me detuve. La puerta no reaccionó.
Apoyé todo el peso contra ella. La parte inferior rechinó sobre la piedra durante cada centímetro que la empujé. Sutil.
No desaproveché mi ventaja esperando a ver si me había oído alguien. Me deslicé en el estrecho pasillo y eché a correr. Por el trono escamoso de Kapastra, ¿cómo podía nadie vivir voluntariamente en esa tumba?
Te has vuelto muy blanda en Mahair, me regañó Hanim. Escúchate, ¡jadeando por una breve carrera!
Por fin, llegué al lugar en el que habíamos caído en el complejo. Entraba luz por los contornos de un círculo en el techo de tierra. Era demasiado alto para saltar. Busqué una cuerda, un punto de apoyo, cualquier cosa que pudiera usar para escalar, pero solo vi tierra desmoronada.
Mientras buscaba, la frustración fue en aumento.
Así sería como me atraparían. No esquivándolos con mi habilidad e ingenio en el Essam, sino en un callejón sin salida, como una rata con la cabeza metida en un agujero.
Me saqué una de las dagas de la bota e intenté apuñalar la pared.
Él me había apresado en el Essam, al igual que Hanim.
Pretendía utilizarme, al igual que Hanim.
Me entraron ganas de reírme… ¿Quién iba a decir que el comandante de Nizahl y la qayida de Jasad tendrían tanto en común?
Volví a apuñalar la pared y la hoja se atascó en la piedra, resistiendo a mi fuerza. ¿En serio? Estaba a punto de usar la segunda daga para extraer la primera cuando la inspiración me embistió con la potencia de un toro embravecido.
El arrebato de furia me había hecho perder una daga, pero también había creado un punto de apoyo.
Comprobé la firmeza de la daga en la pared y me saqué la otra de la bota. Retrocedí para evaluar la distancia que quedaba entre el suelo y la daga. A continuación, corrí hacia delante y salté.
Apoyé la bota derecha en la empuñadura de la daga. Giré el torso y ataqué con la otra daga. Aproveché el impulso para apuñalar el centro del círculo. La tierra se desmoronó y la luz de la luna entró por la abertura.
Golpeé el suelo con una sonrisa. Ya casi lo tenía.
Me guardé la daga libre de nuevo en la bota y salté otra vez.
En esta ocasión no me giré, sino que me incliné hacia atrás hasta que alcancé con las manos el borde del círculo.
Me quedé suspendida en el aire, agradecida por haber tenido la previsión de liberar los brazos de la opresión de las mangas.
Gruñendo, activé los músculos del estómago y asomé la cabeza y los hombros por el agujero.
Me aferré al suelo y arrastré el resto de mi cuerpo a la tierra firme.
Con un resoplido triunfal, pateé la tierra hacia el agujero.
Escapar de ese maldito complejo había sido lo más parecido a un parto que tenía intención de experimentar.
La luna brillaba con intensidad y su luz se filtraba entre las ramas desnudas que susurraban sobre mi cabeza.
Ella era la única testigo de mi impresionante hazaña.
La extraña burbuja de protección que había entre los cuatro árboles simétricos no opuso resistencia cuando la atravesé. En cuanto lo hice, me azotó un viento gélido. La oscuridad se extendía en todas las direcciones.
A Raya se le llenaría el pelo de canas si me viera. Se asustaba por el simple hecho de mirar hacia el bosque por la noche, y ahí estaba yo. Devorada por la oscuridad.
Eché a correr hacia el este. Con cada paso, la preocupación iba eclipsando la euforia. Si Arin no me había transportado al otro lado del Hirun, estaría corriendo hacia las montañas. Si lo había hecho, era mi mejor oportunidad para localizar el río.
Flexioné las muñecas y salté sobre un charco del tamaño de una vaca.
¿Por qué se me habían estrechado los grilletes en el centro de entrenamiento?
¿Qué era lo que había molestado a mi magia?
Llevaba casi trece años con esas esposas y todavía no había encontrado un patrón lógico en las reacciones de mis poderes.
Antes del incidente con Fairel, lo habría ignorado.
Mi magia contaba con un largo historial de decepciones.
Me resultó imposible no pensar en Hanim mientras atravesaba el Essam, moviéndome en la oscuridad guiada únicamente por el instinto.
La mujer me despertaba en mitad de la noche para salidas como esta.
Cegada y helada, caminaba un kilómetro y medio desde la choza a la que llamábamos hogar.
Al final del curso del río, Hanim señalaba una extensión de tierra congelada y me ordenaba que cavara un hoyo lo bastante ancho y profundo para tumbarme en él, usando solo la magia.
Era inútil razonar con ella. Cada vez que intentaba recordarle que mis poderes estaban atrapados, enfurecía, así que me arrodillaba y cavaba con los músculos agarrotados por el frío hasta que se me dormían los dedos ensangrentados o amanecía. Lo primero que sucediera.
Un aullido distante me erizó la piel de los brazos. El bosque Essam no trataba bien a sus huéspedes después del anochecer.
Otro aullido, esta vez más cerca. El cielo se abrió en un aguacero torrencial. La inquietud me recorrió la espalda. Escuché el repiqueteo con atención. El aire se volvió más pesado y mis pasos apresurados no lograron disipar mi temor cada vez mayor.
Alguien me estaba vigilando.
Tropecé con una raíz y me apoyé en un árbol para recuperar el equilibrio. Pasé los dedos por la áspera superficie buscando un agarre. Había dibujos grabados en la corteza. Qué raro, casi parecían…
Retrocedí con un respingo. No era… No podía ser. Ese árbol no debería estar ahí. Pertenecía al otro lado del Essam.
La lluvia me empapaba el cuerpo tembloroso. Tanteé las profundas hendiduras con desesperación y me limpié la cara restregándomela contra el hombro. Cuando más rebuscaba, más fácil se volvía respirar de nuevo. ¿En qué estaba pensando? Ese árbol me resultaba algo familiar, pero…
Bajo la palma de mi mano izquierda, las estrías de la corteza cambiaron. Las observé atentamente y me agaché con el corazón en un puño para confirmar lo que ya sabía.
Grabado en la superficie de la corteza había un número retorcido.
«1822».
Gemí y me tambaleé hacia atrás contra un zarzal. El árbol se estiró y mutó, los números crecieron a lo alto y a lo ancho. Me arrastré sobre los codos. El árbol se alzó sobre mí. Un lienzo en el cielo engulléndome por completo. Las ramas se entrelazaron y contorsionaron como un nido de serpientes.
Desde la base del árbol brotó un charco negro y viscoso lleno de espuma hacia mi silueta.
Me golpeé el cuerpo, me tapé los oídos con fuerza y apreté los labios para impedir su entrada.
Las sombras se fundieron bajo el árbol. Una mujer con la carne hecha jirones enmohecidos y el cuello abierto y repleto de larvas se cernió sobre mí.
Hanim.
Consideré una victoria personal no haber gritado hasta que los gusanos me cayeron en la cara.
«Essiya», siseó desde el profundo corte de su boca. «¿Hasta dónde puedes cavar?».
Me resistí contra las ataduras invisibles que me mantenían en el suelo. ¿Cómo podía ser real? Ella no debería estar ahí.
«¿Hasta dónde puedes cavar?».
Unos dedos nudosos y podridos desde las raíces bailaron alrededor de mi cuello. El pútrido hedor de la descomposición me impregnó las fosas nasales. Me retorcí con las arcadas que me entraron, lo cual pareció encantarle.
«¿Cuánto has tardado?».
Gruñí y su semblante cambió al instante. Se inclinó hacia mí y rugió, empapándome con icor y rabia. Grité y estuve a punto de darle las respuestas que buscaba.
«Hicieron falta 1822 días para cavar el hoyo. Tres metros de profundidad. Dos y medio de anchura».
Había grabado los números en el árbol con mi daga. Había pasado 1822 días con Hanim. 1822 días deseando haber muerto con el resto de mi familia.
«Tenías razón. Agradecí haber practicado cavando ese hoyo».
1822 días planeando mi huida.
«Fue una tumba excelente».