Capítulo nueve #3
—Estos túneles fueron descubiertos un año antes del asalto. Creemos que se construyeron como escuela para jasadíes talentosos durante el reinado de Niyar y Palia —explicó Jeru—. Para aquellos cuya magia los volvía valiosos para el ejército de Jasad.
Palia elevó la barbilla ante algo (una brisa, el canto de un pájaro, la risa de los niños) y su permanente ceño fruncido se suavizó por un breve instante. Se me encogió el corazón. Nunca había pensado que volvería a ver a mi abuela.
Una mullida alfombra que absorbía nuestras pisadas había reemplazado la tierra suelta. Me permití echar otro vistazo al espectro de mi abuelo. Su anillo real reflejaba la luz del sol, el kitmer dorado refulgía en su dedo. Me costó no girarme una vez más cuando salimos al pasillo.
—Esta es tu habitación —dijo Wes señalando una puerta indistinguible de todas las demás que bordeaban el pasillo—.
La cocina está al doblar la esquina, tres puertas más allá del baño.
Deberás presentarte en el centro de entrenamiento tras la primera luz del día.
Solo hay una salida y está vigilada. ¿Alguna pregunta?
Muchas, pero decidí empezar por:
—¿Cómo se supone que voy a ver la primera luz del día en una habitación subterránea y sin ventanas?
Wes miró a Jeru con los labios fruncidos.
—Los de tu… especie tenéis una conexión especial con la naturaleza.
Asentí, seria.
—Por supuesto. Casi todas las mañanas, el sol, a quien llamo Beatrice, me da un toquecito en el hombro y me invita a las montañas a tomar el té. Es muy chismosa. Sin embargo, trágicamente, no sé cuánto resistirá mi «conexión especial» contra varias capas de tierra y piedra.
La tos que Jeru ocultó con el puño se parecía sospechosamente a una carcajada. Si Wes se amargaba más, podrían escurrirlo para sazonar un caldo.
—Vendrá alguien a buscarte —declaró.
—Excelente. —Abrí la pesada puerta y tosí ante la nube de polvo.
Era una habitación sencilla, rutinaria: paredes medio desmoronadas y suelos desnudos que transmitían un frío constante y una mesa redonda cerca del armario con dos robustas sillas de madera. Me dolió la espalda solo de ver la estrecha cama en el centro de la habitación.
Jeru y Wes se quedaron en el umbral.
—Se nos ha ordenado no entrar en tus aposentos en ninguna circunstancia —explicó Jeru—. Para tu comodidad.
Mi comodidad, que se traducía aproximadamente en «nada de guardias en la habitación para que Vaun no pueda asfixiarte mientras duermes».
—¿Y si me estoy muriendo?
—¿Por qué te ibas a estar muriendo?
—Puede que se me meta un insecto en la garganta. Que me esté ahogando y me salga espuma por la boca. ¿Os quedaríais mirando en el umbral?
—Sí —repuso Wes—. Intenta no tragarte ningún insecto.
Olfateé las sábanas y sentí alivio al no detectar el empalagoso olor a moho. ¿Cómo podía lavarlas? ¿Cómo iba a bañarme? A menos que los soldados tuvieran pensado traerme jofainas para el uso cotidiano. Me imaginé a Vaun mojándose el uniforme con mi agua de baño y, por un instante, eso me animó.
Los guardias se marcharon y cerraron la puerta tras de sí.
Me dejé caer sobre la cama llena de bultos con la mandíbula dolorida por tener que ocultar la tensión ante esas serpientes nizahlianas.
Había memorizado nuestros movimientos mientras nos adentrábamos en el complejo, pero no sabía cómo escalar una vez llegara a la salida.
Había sido una caída de unos tres metros.
Y, aunque consiguiera subir, ¿a dónde iría?
No tenía ni la más remota idea de a qué parte del Essam me habían llevado.
Nizahl mantenía la vigilancia sobre los reinos mediante cientos de ubicaciones secretas dispersadas por todo el Essam.
La mayoría no estaban ocupadas; sin embargo, sin saber con seguridad dónde se encontraban esas sedes y si seguían activas, los reinos se veían obligados a comportarse.
Podría toparme directamente con una fortaleza nizahliana en cuanto huyera.
Una parte de mí se planteó si sería más prudente permanecer en el complejo hasta que se me presentara una vía de escape más razonable.
Descarté la posibilidad de inmediato. El heredero de Nizahl había afirmado que necesitaba que compitiera en el Alcalah para capturar a esos misteriosos grupos de jasadíes, pero dudaba que tolerara dejarme vivir seis semanas desde ahora hasta el banquete de inauguración de los campeones.
En cuanto Arin encontrara una solución que no implicara la continuidad de mi existencia, se desharía de mí con la misma eficiencia y brusquedad con las que un capitán decapita a un caballo de guerra cojo.
Y si se enteraba de que en otro tiempo había sido Essiya de Jasad… Me estremecí.
No dejaría mi vida en manos de una promesa del heredero de Nizahl. Sefa y Marek estarían bien. A esas alturas, seguro que ya se habían despedido de su vida en Mahair y habían huido. Arin no podría cumplir sus amenazas contra ellos.
Me descalcé e hice una mueca al descubrir el mal estado de mis zapatos.
Apenas me servirían para huir por el bosque.
Y, si Arin tenía razón, no estaría solo huyendo de él.
Esos misteriosos jasadíes que me buscaban también me perseguirían.
El problema era que no lo creía. ¿Por qué se interesaría por mí un grupo de jasadíes?
Dejando a un lado las excepciones recientes, carecía de magia, y Rory era el único que conocía mi verdadero nombre.
Arin quería usarme como anzuelo cuando mi cercanía con esos jasadíes era una total coincidencia.
Asumiendo que hubieran descubierto que era jasadí, dudaba que les importara algo más que huir.
Probablemente, hubiera exagerado la amenaza para disuadirme de escapar.
Resuelta, me puse la ropa que me habían preparado.
Las costuras se estiraron. Era evidente que las habían confeccionado para una mujer de menores dimensiones.
Los pantalones estaban pensados para quedar holgados, así que me venían algo ajustados, pero no me resultaban incómodos.
Arranqué las mangas, que me apretaban los brazos, y las usé para sujetarme el pelo en un moño alto.
No iba a tener tiempo para soltar las ramas que se me engancharan en la trenza.
Los colores me provocaron un sabor ceniciento en la lengua. Negro y violeta. Me habían vestido con los colores de Nizahl.
¿Por qué no iban a hacerlo? Ahora eres la marioneta del comandante. Puede hacer contigo lo que le plazca, dijo Hanim.
—Tiene una voluntad de hierro. Como pasa siempre con quienes se creen moralmente superiores —respondí a la habitación vacía. Las paredes grises hicieron rebotar mis palabras huecas—. Pero la voluntad de los condenados es aún más fuerte.