Capítulo nueve #2
No hizo falta que terminara. Ambos sabíamos que Felix no me dejaría vivir lo suficiente para llevarme a juicio después de haberle clavado un cuchillo en la pierna y haberlo humillado en público.
Había algo más. Tenía que haberlo. Una duda sobresalía persistentemente sobre todo lo demás.
—¿Por qué yo?
Se apartó y me liberó de su extraño dominio. Se produjo un instante de silencio y apreté los dientes. Otra vez, información que iba a guardarse para sí mismo. Prefería manipularme a su antojo con medias verdades y sospechas.
—Has sido elegida por el destino, no por mí. Mientras yo persigo a jasadíes que han masacrado a una legión de inocentes desde Orban hasta Lukub, ellos te persiguen a ti.
Después de que Arin se marchara, los guardias me vendaron los ojos y me sacaron de la habitación.
Agucé el oído atenta al murmullo del río, el estruendo de los carruajes o cualquier indicador de nuestra ubicación.
El crujido de las hojas bajo mis pies no me transmitía demasiada información.
El aire fresco reemplazó el hedor de la descomposición y me pregunté quién tendría que lidiar con la desagradable tarea de enterrar al soldado pútrido.
—¿Queda mucho? —me quejé. Caminar a ciegas a merced de los guardias de Nizahl me ponía de los nervios.
Uno de ellos exhaló.
—No demasiado.
—No le contestes —replicó el otro. ¿El calvo?—. Tronco. —Me desviaron hacia la izquierda.
—Ya lo has visto, Wes —repuso Jeru a la defensiva—. Nunca había visto al señor así.
Intenté que mi presencia pasara desapercibida. Hablaban como si hubieran olvidado que estaba entre ellos. Sentía curiosidad por lo que tuvieran que decir en ausencia de su jefe.
Tras una significativa pausa, añadió:
—Yo sí. Sí que lo había visto en un estado similar, quiero decir. Me asignaron a su guardia cuando él tenía dieciséis años.
Al parecer, eso significaba algo importante para Jeru, puesto que chocó contra mí.
—Creía que solo Vaun estaba presente en aquel momento.
—Vaun ha permanecido a su lado desde que ambos fueron lo bastante mayores para empuñar una espada. Eran amigos mucho antes de que Vaun se convirtiera en su guardia. Yo también estaba allí cuando ocurrió.
—Deberías tener una mejor consideración de nuestro heredero —continuó Wes con seriedad—. Creerlo capaz de algo así…
Me sentía desconcertada intentando comprender qué le había sucedido a Arin a los dieciséis, y me tomó un segundo darme cuenta.
—Ay, madre, ¿creéis que la lujuria venció a vuestro heredero? —La mera idea de que el gélido heredero de Nizahl permitiera que un impulso físico superara su control implacable me hizo reír a carcajadas.
—Estaba encima de ti, cualquiera habría cometido el mismo error —espetó Jeru—. Wes tiene razón. Debería tener una mejor consideración de él.
No pude evitarlo, enfurecer a los hombres de Nizahl era demasiado divertido.
—¿Estás diciendo que vuestro comandante es un frígido? —Esbocé una mueca ante el apretón que sentí en el brazo.
—Te estás pasando de la raya —me advirtió Wes.
Los acontecimientos de los dos últimos días me habían sumido en el delirio.
—Pues redibujad vuestros mapas, soldados. ¿No os habéis enterado? Soy vuestra campeona. Las reglas han cambiado. No, han desaparecido. —Me levantaron de nuevo. Los tacones de mis zapatos prestados de piel de becerro rozaron las ramas espinosas de un arbusto.
Los susurros de la naturaleza se desvanecieron en un silencio inquietante. El sonido de nuestras pisadas cambió y empezó a tener eco.
—Si te sirve de algo, Jeru, Wes tiene razón —comenté.
Distraída, arrastré los talones y me sorprendió que la piel de becerro se deslizara sin encontrarse con tierra suelta ni charcos. El suelo se había vuelto plano y uniforme. Parecido al de los caminos que llevaban a las aldeas altas de Omal. ¿Dónde estábamos?
—Vuestro comandante no se deja llevar por la pasión, aunque supongo que el hecho de percibir mi magia lo cambió.
—Su reacción febril persistía en el laberinto de preguntas sin respuesta.
¿Cómo podía una disciplina tan estricta desmoronarse y transformarse en un episodio maniaco?
El espíritu de Niphran había dicho que estaba reaccionando a mi magia.
¿Era una anomalía de nacimiento? ¿Podía sentir la magia del mismo modo que algunos niños sentían la muerte o una tormenta aproximándose?
Pero, en ese caso, ¿por qué mi magia había respondido a su tacto?
Jeru y Wes se tensaron. Yo continué, impasible. Si no sabían ya que era jasadí, iban a averiguarlo pronto.
—Creo que le molestó que intentara apuñalarlo.
Wes estuvo a punto de atragantarse.
—¿Que hiciste qué?
—Ah, no os preocupéis. Me desarmó de inmediato. Lo máximo que conseguí fue rozarlo con el hacha.
—Rozarlo —repitió Jeru varios decibelios por encima de su volumen normal—. Es un milagro que hayas sobrevivido tanto.
—No te haces una idea —respondí—. ¿Dónde estamos?
La venda de mis ojos cayó. Me aparté el pelo de la cara y observé el entorno.
Nos encontrábamos en mitad de un claro entre cuatro imponentes árboles.
Me volví despacio, con una sensación de incomodidad en la columna ante la simetría antinatural.
La lluvia nos había seguido en cuanto habíamos empezado a andar, pero en este espacio estábamos totalmente secos.
El agua chocaba contra un muro invisible en las copas de los árboles y se deslizaba por las paredes también invisibles de los lados.
Giré en el vacío, intentando tocar la lluvia que no caía. Era extraordinario. Para conjurar una cúpula protectora en mitad del bosque con tanta perfección habría hecho falta que una docena de jasadíes unieran su magia.
No reconocí el entorno. Si de verdad me había pasado once horas dormida, habrían tenido tiempo de sacarme por completo del territorio omaliano. La mayor parte del Essam no pertenecía a ningún reino.
—Si ya has terminado, relaja los músculos y prepara las rodillas —dijo Wes.
Había oído esas instrucciones antes. Normalmente, antes de que Hanim me empujara por un precipicio. Miré a Jeru con aire inquisitivo y él me señaló las rodillas.
El suelo se desmoronó bajo nuestros pies y caí en picado.
Aterricé sobre los talones y tosí en mitad de una nube de polvo. Los guardias bajaron al suelo con suavidad.
¿Quería entrenarme bajo tierra? Por el aliento bendito de Baira, esa noche necesitaría un milagro. Cada minuto que pasaba, mis posibilidades de escapar se volvían más y más escasas.
Tampoco es que importara. Fueran o no escasas, no tenía planeado pasar ni una noche en esta tumba en vida. Tenía una relación complicada con la suerte, pero me lo debía después de los últimos días.
Me llevaron a través de una intrincada serie de túneles.
Los pasillos se volvían más angostos a medida que avanzábamos, hasta que tuve que agacharme para evitar que se me enredara el pelo con el techo.
Un aire viciado me llenaba la nariz. Las paredes estaban cubiertas de azulejos de alabastro que emanaban una luz iridiscente.
Pasé los dedos por las baldosas brillantes, completamente asombrada.
Había pruebas de magia en todas partes. ¿A quién habían pertenecido esos túneles?
Ni los vilayatos más adinerados de Jasad habrían invertido la mano de obra y el dinero necesarios para construir algo así debajo del Essam.
Una red de galerías subterráneas de semejante magnitud sobrepasaba sus excentricidades.
Cuando empezaba a pensar que el único objetivo del paseo era agobiarme, el pasillo terminó ante el umbral de una imponente puerta plateada.
Había intricadas letras doradas grabadas por todo el marco, entrelazadas unas con otras.
¿Esa escritura era… resar? Observé las letras con los ojos entornados, intentando distinguir alguna palabra.
No soportaba ese estilo de escritura resar en el que las palabras estaban escritas para parecer elegantes y, por lo tanto, resultaban casi ilegibles.
Antes de que pudiera descifrar algo más que la palabra «nahnu», Jeru y Wes extendieron el brazo al unísono y llamaron un par de veces. Se oyó un penetrante chirrido cuando la puerta se abrió de golpe.
Vacilé en el umbral, pero Wes me tiró del brazo.
—Vamos.
Crucé la puerta con un terror paralizante. La imagen que me recibió estuvo a punto de hacerme caer de rodillas.
Sobre nosotros, contemplé un techo de cristal con esponjosas nubes arremolinadas. Se movían impulsadas por un viento invisible, flotando a media altura a ambos lados de la enorme sala, y un exuberante jardín invadía las paredes. Era el patio de Usr Jasad.
Habían plasmado cada detalle del palacio.
Siete pilares dorados se elevaban hacia las nubes y sostenían la marquesina curva que rodeaba la parte delantera del magnífico palacio.
Bajo ellos, la escalinata se extendía a lo largo de casi medio kilómetro con una barandilla en el primer pilar y la otra en el último.
Llamas plateadas danzaban bajo los escalones translúcidos, tratando de acariciar los pies de quienes subían.
Me había pasado incontables horas corriendo por esos escalones, intentando ganar a las llamas.
Había guardias con el uniforme de Jasad patrullando a los pies de la escalinata.
En el patio de delante del Usr, unos niños perseguían a un conejo que saltaba por los aires huyendo de ellos.
Bajo la sombra de una higuera, Niyar pasaba las páginas de un libro. Palia lo observaba con las manos en las caderas desde la escalinata del palacio.
Las escenas tenían vida propia. Era como si pudiera alargar la mano para acariciar al conejo o arrancar un higo maduro de las ramas del árbol.
El espejismo onduló de manera casi imperceptible. El pulgar de Niyar se detuvo en la página, los brazos de los niños parpadearon hasta dejar de existir. Tras un titileo en el tiempo, la escena empezó de nuevo. Un momento perfecto atrapado en un bucle infinito.