La heredera de Jasad (El trono calcinado 1) Capítulo nueve
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Capítulo nueve

Capítulo nueve

A rin se levantó. Retrocedí y tropecé con el borde de la alfombra raída, pero él se movió a mi alrededor.

Se arrodilló junto al soldado y tocó el cuello del cadáver con un dedo enguantado.

—Al principio me desconcertó. Un cuello roto, una espalda partida y una herida de cuchillo de quince centímetros medio disimulada en una parte del torso con músculos bien definidos. Menudo exceso. ¿Y todo eso para qué?

Crucé los brazos sobre el pecho. ¿Pretendía inquietarme o halagarme?

—Lo que no cuestioné fue el uso de la magia en el asesinato. Solo un jasadí tendría la capacidad de destripar a un soldado veterano y romperle la espalda. —La mano de Arin se movió hacia el chaleco del soldado y la metió en el bolsillo—. Y luego encontré esto.

Arin me mostró la palma de la mano y reveló un mechón enredado de cabello negro y rizado.

No era cualquier cabello. Por los huesos polvorientos de Dania, ese jabalí ni­zahliano había muerto con un puñado de mi pelo.

Noté un dolor fantasma en el cuero cabelludo. Después de morderlo, ¿no me había agarrado por el pelo para apartarme? Había visto los mechones en su puño, pero había asumido que los dejaría caer. ¿Cuándo había tenido oportunidad de guardárselos en el bolsillo? ¿Por qué lo habría hecho?

—Cuando la derrota se convierte en una posibilidad, los soldados ni­zahlianos están entrenados para recoger evidencias de sus asesinos.

—Arin giró la palma de la mano y los cabellos flotaron hasta el pecho del soldado—.

Estaba buscando a una jasadí de pelo largo y rizado con debilidad por los caramelos de semillas de sésamo.

¿Y a quién me encontré en el río, hablando resar sobre un jasadí muerto?

Para una vez que intentaba ser amable…

No estabas siendo amable. Lo hiciste porque creías que así me sacarías de tu cabeza, resopló Hanim.

—¿Y bien? No me dejes con la intriga.

Saber que no tenía planes inmediatos para matarme había contribuido a que se me soltara la lengua.

Arin elevó las comisuras de los labios. A sus ojos, debía de ser patética. Como un insecto huyendo rápidamente de un zapato que acaba cayendo bocarriba y agitando las extremidades en el aire.

—Eres anormalmente fuerte. Mientes lo bastante bien para engañar a una aldea entera.

A pesar de tus intentos por demostrar lo contrario, creo que posees una mente ágil.

—Se irguió en toda su estatura y el cambio fue inconfundible.

Ese era el momento que había previsto cuando los guardias de Felix nos apuntaron con las espadas.

La encrucijada que ya había recorrido y planeado.

—Te entrenarás y servirás como mi campeona en el Alcalah. Cuando terminen las pruebas, serás libre.

Se me cortó la respiración. Seguro que lo había oído mal.

—¿Libre? —Apenas podía pronunciar la palabra.

—No te perseguiré. Hasta el último pueblo de cada reino te aclamará como la vencedora del Alcalah y te ofrecerá alojamiento y comida.

Se te asignará un séquito de guardias durante el resto de tus días y más riqueza de la que puedas gastar en diez vidas.

—La cadencia del acento ni­zahliano hizo que alargara las palabras al hablar—. Te ofrezco una nueva vida.

Apenas me atrevía a creerlo. Jamás tendría que abandonar esta identidad.

La fama de Sylvia como vencedora del Alcalah garantizaba la eliminación definitiva de Essiya.

Al fin y al cabo, resultaría impensable que la campeona que cabalgaba bajo el estandarte de Ni­zahl fuera también la heredera muerta de un reino que los ni­zahlianos habían arrasado por completo.

La riqueza y la libertad podían pesar más que la lealtad.

¿Quién podía tener una sangre tan fría?

—Debes de estar realmente desesperado por atraparlos si me estás ofreciendo esto —comenté.

Una infinidad de posibilidades desfiló ante mí.

Podría regresar a Mahair con dinero suficiente para comprarle la tienda a Rory y una casa para mí misma.

Alimentar a las pupilas de Raya y cuidar de Fairel.

Podría adquirir un caballo, un establo entero, y llevar a Marek a los lugares que deseaba conocer. Vivir aventuras con Sefa.

Podría visitar Jasad.

Ya no hay Jasad, se apresuró a añadir Hanim. ¿Por qué querrías visitar las Tierras Calcinadas?

Fue un golpe de realidad. Hanim se había deleitado hablándome de la guerra entre Jasad y Ni­zahl.

Cuando la marea de la guerra se inclinó a favor de Ni­zahl, Hanim dibujó runas frenéticas a nuestros pies.

La tierra se arremolinaba en el aire y se condensaba formando imágenes en movimiento de la batalla.

A ciento cincuenta kilómetros de distancia, vimos cómo las llamas carbonizaban los grandes pilares del palacio.

Vimos a niños arrancados de sus camas mientras resonaban cascos vilayato tras vilayato.

—¿Cómo puedo fiarme de tu palabra? —pregunté—. Te bastaría con señalar en mi dirección cuando se terminen las pruebas y tendría a toda tu compañía encima.

—¿Estás sugiriendo que sería capaz de ordenar la ejecución de nuestra campeona después de que le diera la victoria a Ni­zahl?

—inquirió—. ¿Que podría deshonrar a mi reino destapando a nuestra campeona como jasadí y admitiendo que había permitido que una abominación compitiera en nombre de Ni­zahl?

Encogió un hombro.

—Supongo que cualquier cosa es posible.

Arin levantó una cinta dorada de la almohada. Se me habría soltado del pelo mientras dormía. La deslizó entre sus dedos.

—Permíteme ahorrarte la molestia y responder a tu siguiente pregunta. ¿Qué te impide escapar? No hay vigilancia infalible. Podrías decidir evitar el fastidio de tener que pasar por el calvario de las pruebas y limitarte a desaparecer.

Esa vez, fue él quien atravesó la distancia que nos separaba. Levantó los brazos y se detuvo. Me estaba dando la oportunidad de recomponerme contra el instinto de retroceder.

La irritación por su conducta contradictoria ardía en mi interior. Arin sería capaz de darme de comer a los lobos sin remordimientos, pero no traspasaría los límites de mi cuerpo.

Mientras recogía los largos mechones de mi cabello con los guantes, dijo:

—La decisión es tuya, Suraira. No voy a ser tu guardián. Sin embargo, Sayali y Caleb puede que tengan un mayor interés en tu participación. —Trenzó mis rizos con destreza. La cinta de seda me rozó levemente la nuca, que acababa de quedar al descubierto.

«¿Suraira?».

No podía concentrarme con él tan cerca. Tenía todos los músculos en tensión, preparados para atacar.

—No conozco a ningún Caleb ni Sayali —conseguí decir.

Rio en voz baja.

—Mis disculpas. Los conoces con otros nombres.

Terminó de atarme el pelo. La suave caricia aterciopelada del cuero en la barbilla me hizo levantar la mirada hasta la suya.

Su belleza maldita por los awalín era aún más frustrante que las retorcidas manipulaciones de su mente.

Intentar ignorarla tan de cerca era como mirar al sol y fingir que no se te están quemando los ojos.

Catalogué cada faceta del heredero como quien estudia la forma y el filo de la guadaña de su verdugo.

Los fuertes contornos de su mandíbula, la elegante línea de su cuello…

Quería destrozar esa ilusión de belleza y revelar la bestia que había visto en la sala de guerra.

—El alto consejero de la Ciudadela lleva mucho tiempo buscando a su hijastra y su amante rubio después de que lo dieran por muerto y le vaciaran las arcas.

Si descubriera su paradero, supongo que los colgarían por sus crímenes.

Es el castigo por mutilar y robar a un alto consejero.

No haría falta ni tener en cuenta la deserción del ejército por parte del amante.

Entorné la mirada. De verdad que no tenía ni idea de lo que me estaba contando. Yo no me relacionaría con ni­zahlianos, mucho menos fugitivos. Abrí la boca… y me quedé completamente quieta.

«Si esperas prender la llama del miedo en mí, llegas tarde. Antes de verme en los tribunales, es más probable que te siguiera a la muerte».

Me clavé las uñas en las palmas de las manos.

Su «amante» rubio no podía ser otro que Marek.

¿Acaso no había cuestionado su pasado? ¿No me había preguntado por qué Marek sabía tanto sobre las costumbres ni­zahlianas?

Para ser sincera, ni en los confines más creativos de mi imaginación se me habría ocurrido la posibilidad de que Sefa fuera la hijastra del alto consejero del supremo.

—¿Pretendes que sus vidas dependan de mi obediencia?

Su plan me atravesó con la misma brusquedad que una piedra la superficie tranquila del agua.

Si me marchaba, llevaría a Sefa y Marek a Ni­zahl para que respondieran por sus crímenes.

Unos crímenes que dudaba que tuvieran algo de verdad.

Sefa lloraba al ver a un perro callejero cojeando y enseñaba a las pequeñas del refugio a trenzarse el pelo.

No haría daño ni robaría a su propia familia.

Marek… él sí que podría llegar a hacerlo, pero no sin un buen motivo.

Si el alto consejero se parecía en algo al supremo, colgaría sus cadáveres a las puertas de la Ciudadela. Su carne sería un festín para los carroñeros.

Como un espejismo junto al río, una mano desnuda se extendió hacia la mía. Una decisión imposible. Al igual que entonces estaba atrapada, ahora me encontraba totalmente acorralada.

—Cientos de vidas dependen de tu obediencia —contestó Arin—.

Ellos solo son dos más. Tu nombre también está en la lista.

Si no triunfas en el Alcalah, la protección que se te otorgará como campeona desaparecerá.

Felix es un hombre orgulloso. No habrá lugar seguro para ti en toda Omal.

Si alguna patrulla te captura en cualquier otro reino, Felix, como tu verdadero heredero, tendrá derecho a llevarte a juicio ante sus tribunales.