La heredera de Jasad (El trono calcinado 1) Capítulo ocho #2
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Capítulo ocho #2

Un hueso de su cuello partido sobresalía a través del brillo ceroso de su piel. Había insectos correteando por la herida abierta de su vientre. Se me revolvió el estómago al separársele levemente los labios para que una cucaracha saliera de su boca hacia la mejilla.

Había visto muchos cadáveres, pero nunca en un estado de descomposición tan avanzado. Puaj. Debía de haber supuesto una pesadilla para los guardias cargar con él. Alargué la pierna para saltar sobre el cuerpo cuando algo mucho más inquietante me llamó la atención.

Sobre el pecho del soldado, había un caramelo de sésamo envuelto.

Se abrió la puerta y entraron Jeru y Vaun, quienes se colocaron a ambos lados del marco. Se pusieron firmes.

Arin pasó entre ellos. Con el cabello retirado pulcramente de la cara y el chaleco meticulosamente abrochado bajo el abrigo, costaba imaginar que alguien tan sereno hubiera estado a punto de estrangularme hasta la muerte.

Su mirada pasó por mi rostro y se detuvo en el cuerpo, lo cual aniquiló la diminuta chispa de esperanza que había albergado de que tal vez el cadáver del soldado estuviera ya en esa estancia antes de mi llegada. Arin esperaba una reacción.

Tenía una fracción de segundo para decidir qué mostrarle.

Podía expresar inocencia, fingir conmoción y horror ante el cuerpo mutilado y quizás incluso estallar en lágrimas.

Podía ofrecerle al heredero una discreta muestra de aflicción y preguntarle qué había pasado.

Todas las opciones que consideré me parecieron inú­tiles porque todas llevaban inevitablemente al mismo resultado: mi muerte.

Tal y como había declarado en la sala de guerra.

Me agaché y cogí el caramelo del pecho del soldado. Lo examiné entre dos dedos y me lo acerqué a la nariz para olfatearlo. Azúcar y suciedad.

—Creo que lo has perdido —comenté en tono casual.

No hubo respuesta. Como si le hubiera hablado a una piedra. ¿Quería una reacción? Bueno, pues ya éramos dos. Lancé el caramelo y cayó sobre su bota.

—A mí tampoco me gustan demasiado los dulces.

Vaun dio un paso adelante con la mano en la empuñadura de la espada, pero Jeru lo sujetó por el codo.

—Fuera.

Arin no elevó la voz ni dejó de sostenerme la mirada. Vaun, con expresión amarga, se zafó de Jeru y salió hecho una furia. Su compañero lo siguió y cerró la puerta tras de sí.

Estábamos a solas.

Me mordí el labio. La necesidad de romper el silencio me atormentaba, una desafortunada reliquia de mi época con Hanim.

El silencio era peligroso. Cuanto más callado permanecía él, más inquieta me sentía.

Me obligué a sostenerle la mirada. La negrura había desaparecido, reemplazada por su plácido azul.

No quedaba ni rastro de la ferocidad que había presenciado en su expresión gélida.

Una pregunta se volvió insistente en mi interior hasta que se abrió paso a la fuerza.

—Fairel… —Carraspeé—. ¿Fairel está viva?

Arin tomó asiento en una silla de madera de respaldo alto y apoyó el tobillo en la rodilla contraria. Su mano enguantada colgaba sobre su pierna.

—Sí —respondió. Me invadió el alivio y exhalé. Quería seguir preguntando, saber algo más sobre su estado y recuperación, pero mi cariño por la muchacha me había metido en ese lío y no podía continuar adelante arrastrando su peso.

Estaba viva. Raya y las demás se asegurarían de que no le faltara de nada.

Los aldeanos acudirían al refugio con comida y suministros.

A pesar de su apatía con Adel, los habitantes de Mahair sabían cuidar de los suyos.

Si la chica hubiera muerto a manos de su propio heredero, el pueblo nunca se habría recuperado.

Las aldeas bajas ya toleraban demasiado a la corona de Omal.

Matar a sus jóvenes sería la chispa que encendiera la mecha del resentimiento.

Fairel estaría bien atendida. Yo no podía hacer nada más por ella.

—¿Cómo es que estoy viva?

Arin ladeó la cabeza. Su expresión impasible se había desvanecido y una leve mueca de disgusto ocupaba su lugar.

A juzgar por su comportamiento en la sala de guerra, había pocas emociones lo bastante fuertes para doblegar el dominio que Arin de Ni­zahl tenía sobre su cuerpo, lo cual implicaba que esa sutil mirada de enojo ocultaba mucho más.

—Tu magia te ha salvado. Te ha recompuesto. Llevas once horas durmiendo.

Qué idea tan absurda. No podía convencer a mi magia para que me sacara una piedra atascada en la bota, mucho menos podría reparar huesos rotos y regenerar piel.

Hablé sin pensar.

—Mi magia intentó matarme.

Un silencio cargado de tensión precedió a sus palabras.

—Hablas como si tu magia tuviera voluntad propia.

Una mosca zumbaba sobre las entrañas expuestas del cadáver.

Se me habían acabado los planes. Si nuestros papeles estuvieran invertidos, su labia podría haber doblegado la situación a su favor, tejer redes brillantes para evadir su destino final.

Pero mi lengua era tosca y carecía de la fluidez necesaria para hablar el idioma de las serpientes.

Era experta en subterfugios y evasiones, y él había demostrado de manera contundente que tampoco tenía posibilidades de vencerlo en ninguno de los dos ámbitos.

Tenía que cambiar el rumbo de sus preguntas. Si exponía mis grilletes, la influencia de estos sobre mi magia podría hacer dudar al heredero momentáneamente, pero la ley era clara: poseía magia y su presencia me corrompía, con independencia de si la usaba ono.

No puedes hablar de tus grilletes. Cualquier información que le des a este hombre, por insignificante que parezca, te perseguirá, me advirtió Hanim.

Por una vez, estaba de acuerdo con ella. Nadie tenía motivos para creer que Essiya de Jasad estuviera viva. Si Arin sospechara de mi verdadera identidad, me rebanaría la garganta antes de que pudiera parpadear.

—¿Por qué estoy viva?

—Bien —contestó—. Has llegado a la pregunta correcta.

—Supiste que era jasadí en cuanto nos conocimos.

—No hago acusaciones a la ligera.

Jugueteé con los hilos de la colcha, manteniendo su guante fuera de mi vista. No podía olvidar su peso sobre mi pecho, el dolor carmesí de su mano desnuda.

—¿Por qué no permitiste que los guardias del heredero de Omal me mataran en el festival? Habría sido un castigo merecido y habrías cumplido de manera eficiente con tu deber.

No podría haberse presentado una solución mejor. Sin embargo, me había bloqueado el paso antes de que pudiera acercarme a Felix. El precio por la magia era mi cabeza. ¿Qué más daba qué espada me la cortara?

—Tu destino está en mis manos, no en las de un guardia torpe de aquel holgazán —dijo. Buscó mi mirada—. Ni en las tuyas.

Sentí un calor abrasador seguido de un frío intenso. ¿Acaso creía que había tirado la vitrina a propósito?

—Pues puedes dar tu arrogancia por satisfecha. Eres mi juez ante el más allá. Acaba con esto limpiamente.

—Tu dominio infantil de las emociones no te hace ningún bien. Podría haberte matado mil veces desde que llegué y sigues ahí, tan insolente como siempre.

Me deslicé al otro lado del catre. El crujido de las enredaderas bajo mis pies fue un agradable reemplazo del cuerpo del soldado. Me levanté.

Arin no reaccionó cuando me acerqué a él.

¿Por qué iba a hacerlo? El pelo me caía por la espalda convertido en una maraña de nudos y me sentía perdida en ese saco de bata.

Era realmente la hija de Niphran. La loca de la torre dio a luz a la loca de los bosques.

No le costaría nada bloquear cualquier ataque por mi parte, plantarme la bota en el cuello y presionar.

—Podrías haberme matado mil veces, pero no lo has hecho.

Si yo fuera el comandante de Ni­zahl, ¿qué me retendría en una remota aldea omaliana persiguiendo a una jasadí impotente durante tanto tiempo? ¿Qué beneficio podría obtener preservando su vida?

Era un juego calculado, exento de las trampas incendiarias de las emociones.

Antes de que llegara a Mahair, los rumores situaban a Arin en Gahre. Si había encontrado el cuerpo del soldado, significaba que habría estado viajando hacia el sur por el Hirun, por los límites exteriores de las aldeas bajas.

Pensé en la inexplicable vitrina de reliquias de guerra colocada a leguas de la Ciudadela. Nuestro primer encuentro… ¿no habían hablado los guardias de liberar a alguien? Las capas se entrelazaban unas con otras y lo comprendí todo con tal claridad que tuve que apoyarme en la pared para sostenerme.

—Esto no es por mí, ¿verdad?

Me reí con carcajadas estridentes y ruidosas.

Había estado jugando a ese juego como Essiya, una chica que merecía tales atenciones por parte del heredero de Ni­zahl.

Pero Sylvia no era nada. No existía ninguna razón lógica para que el comandante del ejército de Ni­zahl dedicara tanta energía a mi captura.

La verdad siempre está en los inicios, murmuró Hanim. ¿Cuál es la base de su verdad?

Arin de Ni­zahl había entrenado a miles de soldados para que identificaran y se enfrentaran a los jasadíes.

Los árboles marcados con cuervos, las patrullas y los juicios eran de su exclusiva potestad.

Donde el supremo se limitaba a conquistar y matar, su heredero convertía el poder de Ni­zahl en un férreo control sobre los demás reinos.

Había dos responsabilidades que podían obligar al solitario heredero de Ni­zahl a salir de su reino: elegir un campeón para el Alcalah y perseguir una amenaza jasadí que supusiera un peligro extraordinario. Había dado por sentado que lo había traído aquí la responsabilidad equivocada.

—Hay otro jasadí. Puede que un grupo —dije.

Las piezas fueron encajando poco a poco.

No podía creer lo estúpida que había sido—.

Has usado la excusa de la búsqueda de un campeón para rastrearlos sin ser detectado.

—Los mapas que había visto en la sala de guerra estaban cubiertos de líneas y garabatos—.

Los estás persiguiendo a ellos. Yo solo soy un mero inconveniente.

Me acerqué. Noté una manada de ciervos pisoteándome el pecho, advirtiéndome de que me apartara.

«¿Acaso no has aprendido nada?». Pero, si mis sospechas eran ciertas, no tenía nada que temer.

Todavía no. Me incliné hacia el comandante y me apoyé en los brazos de su silla.

Lo miré fijamente y el cabello de su sien se agitó con mis palabras.

—Estoy viva porque me necesitas, ¿verdad? —Me mantuve lo bastante cerca para poder contar sus pestañas plateadas—. Y estás furioso.

Arin sonrió y su cicatriz se tensó.

—Por fin.