La heredera de Jasad (El trono calcinado 1) Capítulo ocho
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Capítulo ocho

Capítulo ocho

L as sombras de la habitación perfilaron la silueta del heredero de Ni­zahl.

Los farolillos parpadearon con la ráfaga de viento que acompañó su entrada.

Cerró la puerta tras de sí, se quitó el abrigo y lo colgó del gancho.

Sus movimientos eran fluidos, como si fuéramos dos meros compañeros que se reúnen para comer.

Yo sudaba tanto como uno de los caballos sobreexplotados de Felix. Temía que la suave empuñadura del cuchillo se me resbalara de la mano.

Esto no era como enfrentarse al soldado del bosque. No podía evaluarlo para encontrar debilidades o explorar posibles vías de ataque. Me sentía como un pájaro volando al corazón de un vendaval, y el milisegundo de sorpresa entre mi ataque y su defensa decidiría el resultado de mi aventura.

Cuando finalmente levantó la mirada, fue para fijarla detrás de mí, en el cristal roto de la vitrina de guerra.

La sangre me retumbaba en los oídos.

El heredero de Ni­zahl me miró a los ojos. Lo que vio en ellos hizo que se le dibujara una sonrisa helada en los labios. Estaba rodeada de reliquias de la espantosa historia de los reinos y este hombre era lo único capaz de congelarme el corazón.

—Aquí estás —dijo—. Por fin nos encontramos.

Acorté la distancia que nos separaba de un salto.

El terror me recorría las venas, alimentando el impulso del cuchillo.

Si el oponente hubiera sido cualquier otro, habría dado en el blanco.

Habría actuado con rapidez y lo habría apuñalado desde un ángulo para el cual no hay recuperación posible.

Mi mayor problema habría sido sacar el cuchillo de las garras de su cadáver.

Pero mi oponente no era cualquier otro.

En un instante, Arin me agarró los nudillos. Sin dudarlo ni un segundo, me giró la muñeca bruscamente.

Se me escapó un grito ahogado al oír el crujido del hueso. Se me aflojó todo el cuerpo con el punzante estallido de dolor. La daga tintineó al caer al suelo.

Me atrajo hacia sí y me deslizó una mano por el codo. Su aliento me rozó la sien. Desde fuera, por el modo en el que mi cuerpo se inclinaba hacia el suyo, podría haber parecido el abrazo de unos amantes.

—¿Es lo único que puedes ofrecer? —susurró.

Me empujó hacia atrás. Me estrellé contra la vitrina y llovieron cristales a mi alrededor. Cuando me golpeé contra el suelo, algunos de los objetos de la vitrina me cayeron encima.

Entre ellos, el hacha.

Los cristales crujieron bajo sus botas.

—Sylvia de Omal, te declaro culpable de usar la magia contra otra persona.

Así que íbamos a dejar a un lado las explicaciones. Me apoyé en el codo para girar, solté un gemido y cogí el hacha. El hombro, que ya me dolía, emitió un chasquido bajo el peso del arma. Con un gruñido, la blandí contra las piernas de Arin.

Se hizo a un lado, pero no fue lo bastante rápido. Me invadió la satisfacción al ver la sangre que manaba de su muslo izquierdo.

Me duró hasta que me dio una patada en la mano. La agonía me oscureció los sentidos y el hacha se me cayó de las manos.

Aunque, por supuesto, él no había acabado.

Se agachó junto a mi cabeza y, en mi lucidez cada vez menor, me pareció la muerte en persona que venía a segar mi alma, a terminar lo que el supremo había empezado y a destruir al último miembro del linaje real de Jasad.

Lo arañé como un conejo moribundo atrapado en las garras de un buitre, sin prestar atención a los cristales rotos que se me clavaban en la piel.

El comandante me retuvo con una rodilla y me sujetó las manos heridas por encima de la cabeza.

Estaba inmovilizada, era incapaz de oponer resistencia mientras él se llevaba la mano enguantada a la boca y agarraba el cuero entre los dientes.

Tiró de cada dedo meticulosamente y el guante se deslizó por su piel.

Cayó sobre mi pecho y mi magia siseó hacia delante y se fracturó contra mis grilletes.

—Ya no puedes esconderte —dijo en voz baja y me acunó la mejilla con la mano desnuda.

Los huesos de mi muñeca astillada implosionaron bajo la presión insoportable de los grilletes.

Me estaba devorando en vida desde dentro mientras mi magia me golpeaba, buscando un modo de salir que no existía.

Me cayeron las lágrimas por las mejillas y se acumularon en los dedos enguantados de Arin. ¿Qué le estaba haciendo a mi magia?

Un anillo azul sobrevivía en unos ojos que se habían vuelto completamente negros. Entreabrió los labios con el rostro inundado de asombro.

—¿Cómo la estás ocultando? —preguntó en tono grave y acusador—. Siento… ¿Cómo puedes…?

La puerta se abrió casi con vacilación y vi a Jeru palidecer antes de que Arin le gruñera una orden y otra oleada de agonía dispersara mis pensamientos. Me estaba despellejando viva con su mero roce. ¿Qué tipo de crueldad era esa? ¿Qué clase de asesinato?

Un suave roce en la frente me obligó a abrir los ojos de nuevo. Niphran me sonrió.

—¿Puedo volver a casa? —sollocé—. Por favor.

Su piel estaba hecha de fragmentos de sol, sus ojos cambiantes parecían robados de la superficie del mar.

—Lucha.

Me retorcí débilmente. Arin hundió más la mano y la enredó en mi cabello. Tenía los ojos vacíos, completamente engullidos por la oscuridad.

—¡No puedo!

¿Tenía magia el heredero de Ni­zahl? ¿Cómo si no podría estar haciendo esto?

—Está reaccionando a tu magia y eso le está arrebatando la cordura —explicó Niphran. El sol del que estaba hecha brilló con más intensidad y me cegó—. Si no te resistes, te matará.

Me hundí en la espuma marina furibunda de mi magia. Me golpeaba y se enfurecía más con cada intento inútil de liberarme. Su toque absorbía mi magia sin ofrecerle ninguna vía de escape y la dejaba aullando bajo mi piel.

—No te resistas a quién eres —murmuró Niphran. El sol la engulló y un infierno blanco irrumpió e inundó la habitación con un brillo insoportable—. Essiya.

«Ya se llevaron demasiado. Ni­zahl no destruirá lo que queda de mi familia».

El suelo se sacudió debajo de mí. Llovieron escombros del armario mientras los mapas de la pared se agitaban descontroladamente.

Grité con mil voces al tiempo que algo se desmoronaba en mi interior.

Un susurro de alivio calmó la presión de los grilletes y Arin salió disparado contra la pared opuesta de la habitación. Se recuperó antes de caer al suelo.

La tierra se estremeció y la vitrina se inclinó hacia delante.

No evoqué el rostro de Niyar ni el de Palia mientras el armario gemía, sino el ceño fruncido de Rory. La risa cantarina de Sefa. Marek limpiando el hollín de sus cacahuetes tostados y ofreciéndole un puñado a Fairel.

Una expresión de alarma atravesó fugazmente el rostro de Arin, ya desprovisto de su delirio. La vitrina cayó. Tuve el tiempo justo de cerrar los ojos antes de que algo se estrellara contra el costado de mi cuerpo y me sumiera en la nada.

Nadaba en círculos en la oscuridad aterciopelada del lago. Las criaturas que bailaban ahí abajo eran mucho más intrigantes que cualquier cosa que me esperara en la superficie.

«Despierta», dijo un pez malhumorado con seis colas de color lavanda. Habló con la voz de Rory.

Fruncí el ceño y seguí nadando hacia un gran bolti con la nariz severa de Dawoud.

«No puedes seguir durmiendo, Essiya».

¿Quién era Essiya?

Empecé a decirle al bolti Dawoud que se equivocaba, que probablemente mi nombre fuera Sylvia, pero el agua se precipitó dentro de mi boca y me ahogó. Pataleé tratando de alcanzar la superficie menguante y reluciente del agua. Ya casi había llegado. Si pudiera tocar la luz del sol…

Me incorporé de golpe con un jadeo. Un grito se elevó y murió en mi garganta. Me llevé una mano al corazón acelerado intentando calmarme mientras los ojos se me acostumbraban a la penumbra del nuevo entorno.

La sala de las reliquias había desaparecido.

Esa nueva estancia era más pequeña y solo contenía un espejo, una mecedora y el catre sobre el que me encontraba.

Nada de vitrinas de guerra ni armas. Unas gruesas enredaderas llenas de musgo serpenteaban por el suelo de tierra, lo cual explicaba el olor a humedad y descomposición.

Habían levantado las paredes directamente sobre la superficie del bosque.

Olfateé buscando rastros de estiércol o huevos podridos para determinar a qué distancia me hallaba del Hirun y lo lamenté al instante.

Un hedor insoportable me provocó arcadas.

Si esto era la muerte, mi alma no había acabado en ningún lugar bueno.

Por si me encontraba todavía entre los vivos, me tapé la nariz y aspiré con cuidado en pequeñas bocanadas.

A juzgar por el tamaño de las enredaderas que se extendían por el suelo, la habitación había sido construida mucho tiempo atrás.

Quizás él disfrutaba tanto de matarme que me había trasladado a otro sitio para hacerlo de nuevo.

Me llevé la mano al hombro para rascarme y me estremecí.

Mis muñecas. El comandante me había roto la derecha y aplastado la izquierda, y recordaba perfectamente cómo los grilletes me habían pulverizado los huesos.

Desconcertada, las roté. Nada… No había dolor.

Por el pelo bendito de Baira, ¿me había vuelto loca por fin?

Mi ropa hecha jirones había sido reemplazada por una sencilla bata de lino. La idea de que un guardia de Ni­zahl me hubiera desnudado mientras dormía me hizo apretar los dientes. Recorrí la habitación con la mirada una vez más en busca de algo que pudiera usar como arma.

Porque tu último intento por matar al heredero fue todo un éxito, espetó Hanim.

¿Quién había dicho nada de intentar matarlo de nuevo? Mis objetivos se reducían a salir de esa estancia. Giré sobre el catre y apoyé los pies en el suelo. Se posaron sobre una superficie abultada y mullida. Fruncí el ceño. Qué raro, ¿por qué las enredaderas…?

Bajé la mirada y grité. Recogí las piernas bruscamente y me golpeé la barbilla con las rodillas.

En el suelo, a mi lado, yacía el soldado al que maté.