Capítulo siete #2
Los protectores de Felix se apartaron y dejaron al descubierto al heredero de Omal, apoyado en los escalones del carruaje.
La daga sobresalía de su muslo. Los guardias de Nizahl se movieron a un lado, apuntando con las espadas a los guardias omalianos.
Felix me ignoró, lo cual fue una suerte, pues mi expresión de perplejidad probablemente arruinaría la historia que Arin fuera a inventarse.
—¿Por qué? —preguntó Felix—. ¿Qué es ella para ti?
Distinguí a Rory entre la multitud, atendiendo a Fairel.
Se le veía un hueso en la pierna derecha.
Sefa estaba arrodillada a su lado frotando un líquido transparente bajo la nariz de la joven, quien cerró los ojos marcados por el dolor y se quedó inmóvil.
Rory envolvió el hueso expuesto con un trapo con una confianza que no compartían sus rasgos petrificados.
Ambos se quedaron paralizados cuando vieron quién estaba tras la barricada de guardias. Rory se puso del color del hueso que sobresalía del muslo de Fairel y Sefa se llevó una mano a la boca.
Arin no reaccionó. De hecho, daba la impresión de que todos nos hubiéramos desvanecido de su vista. Sus ojos azul claro se movían de un lado a otro. Me preparé para lo peor; tenía motivos para preocuparme. ¿Acaso no funcionaban así los rincones más letales de su mente?
—Sylvia de Mahair está protegida por las leyes de amnistía —declaró.
Felix parpadeó. Ah, ahí estaba nuestro parecido…, en las muecas de desconcierto.
—¿Cómo?
—Es la campeona elegida por Nizahl para el Alcalah.
El control que tenía el comandante sobre sus soldados era encomiable, ya que ninguno se estremeció ante el impactante anuncio. Solo Vaun tensó la espada como si requiriera cada pizca de su disciplina para mantenerla apuntada hacia delante.
El suelo tembló cuando los habitantes de Mahair se pusieron en pie al unísono y estallaron en vítores. Se esforzaron por identificarme entre la subsiguiente algarabía, pues todos buscaban su familiaridad conmigo.
—¡La pupila de Raya!
—¡La aprendiza de Rory!
Y luego:
—¡La campeona de Nizahl!
Felix separó los labios.
—No puedes estar hablando en serio. ¿Una mocosa de una aldea baja? ¿La que acaba de atacarme? Hay mil opciones mejores.
—La elijo a ella —declaró Arin con decisión.
Felix abrió la boca y la volvió a cerrar. Justo cuando pensaba que sería lo bastante estúpido para discutir, gruñó.
—¡Retiraos! —espetó a sus guardias—. No podemos hacerle daño a una campeona.
Arin dejó caer mi brazo al instante. Vaun y el guardia calvo adelantaron al heredero mientras se alejaba y despejaron el camino de curiosos. Los guardias omalianos levantaron a Felix sobre una piel de ciervo tensada y se lo llevaron unos pasos por detrás de Arin.
Yo no era el comandante. Mi mente no estaba preparada para engaños elaborados ni premoniciones escalofriantes.
Hacía tan solo unos instantes, me estaba mentalizando para abandonar Omal para siempre o morir.
No encontraba la estabilidad en la vertiginosa espiral de este nuevo giro de los acontecimientos.
Jeru y el otro guardia se quedaron ahí.
—El comandante desea que esperes a su regreso en un lugar privado.
Me opuse.
—¿Qué? —¿Estaban respondiendo a una orden invisible que él había emitido? ¿Lo tenía todo planeado?
—Tengo que ver a Fairel —dije, y las palabras salieron de un lugar lejano—. Rory no puede tratarla solo.
—No es una sugerencia —repuso Jeru—. La gente no necesita otro espectáculo.
—Eso es cierto. —Solté una risita nerviosa. La histeria se iba acumulando en mi pecho y cristalizaba en afilados fragmentos bajo mi esternón—. Ya han visto más que suficiente.
La habitación en la que me arrojaron estaba en la frontera de Mahair y el aire transmitía el penetrante hedor del ganado cercano. Cerraron de un portazo y me dejaron a solas con mi pánico desatado.
—No, no, no —repetía caminando de un lado a otro de la habitación.
El heredero de Nizahl no podía nombrarme campeona, no después de haber visto mi magia.
Lo sabía. Tenía las pruebas contra mí que buscaba.
El comandante nunca le concedería ese honor a una jasadí voluntariamente.
Habría sido una táctica para darle largas a Felix.
Había tardado más de dos días enteros en darme caza, me parecía justo que quisiera matarme él mismo.
Tenía que salir de ahí. ¿A qué lugar infernal me habían llevado?
Montones de mapas cubrían las paredes de la estancia, con una gran cantidad de nombres y fechas garabateados por la misma mano.
Había una sola silla con respaldo recto arrinconada junto a una mesa, apenas lo bastante ancha para dejar una taza de té.
Una vitrina se extendía a lo largo de la pared izquierda.
Agarré los tiradores de la vitrina para intentar abrirla.
Los candados aguantaron. Detrás del cristal, había réplicas de las posesiones más afamadas de los awalín, algunas de las cuales reconocí y otras me alegré de no hacerlo.
La rama de árbol con la que Dania atravesaba el corazón de las madres primerizas.
Un hacha forjada para parecerse a la de la misma awala, oxidada y manchada de sangre.
Una muñeca harapienta tallada en una piel de animal me hizo retroceder.
Estaba inclinada hacia delante, con unos ojos infantiles dibujados en la carne rígida.
No me sonaba esa muñeca de ninguna de las historias de los awalín.
Observé las grietas de su piel y fruncí los labios, distraída por un vago recuerdo de las lesiones de Hanim.
La muñeca llevaba la bandera de Orban de la antigua batalla de Zinish.
Lukub había ganado usando la magia, cosa que Nizahl prohibía expresamente en tiempos de guerra.
La magia que empleó la capitanía de Lukub para derrotar a los orbanianos durante la batalla de Zinish era demasiado horrible para recordarla, un mal que consumió la tierra como una poderosa peste.
Algunos de los soldados fueron destrozados, sus cuerpos se deformaron y se condensaron en…
… pequeños muñecos de aspecto humano.
Aparté la mirada y me llevé dos dedos a los labios para contener la bilis.
No era de extrañar que la batalla hubiera acabado de ese modo.
Nizahl, que rara vez se ensuciaba las botas en disputas territoriales, arrasó Lukub.
Solo la rápida y astuta política de la sultana de la época impidió que Nizahl destrozara Lukub por completo.
La batalla de Zinish llevó a un acuerdo de paz entre ambos reinos.
Este acuerdo había sido ratificado por todos los supremos y sultanas que había habido después.
Por supuesto, la batalla de Zinish había tenido lugar cuando la magia solo estaba prohibida si se usaba como arma de guerra. La paz era una opción para ellos; una paz que mi magia había hecho tambalear al arrojarle una daga al heredero de Omal.
Si pudiera volver atrás en el tiempo a esa tarde, no me marcharía del lado de Rory.
Recogeríamos lo que no hubiéramos vendido en el puesto y regresaríamos a la tienda.
Quizás podría haber calentado agua para preparar dos tés de menta en la trastienda y nos habríamos reído de los niños que tropezaban unos con otros en la calle.
No estaría en esta habitación llena de reliquias de guerra, entre las cenizas de mi segunda vida.
Mi única opción era escapar. Incluso si Arin se dignara a escuchar una explicación, su misericordia no iría más allá de suspender mi ejecución hasta después de un juicio.
Me paseé por la habitación. Si Arin mantenía la costumbre de echar a sus guardias, él sería el único obstáculo que se interpusiera entre mi libertad y yo.
Sus guardias patrullarían el perímetro y, aunque me vieran correr, no me perseguirían.
Habían jurado proteger a su comandante e irían directos a él.
Cuando se dieran cuenta de que lo había matado…
, bueno, tendría que correr muy lejos y muy rápido.
Bajé la mirada a mi ropa rasgada y manchada de sangre. Sefa todavía tenía mi capa. La daga que guardaba en la bota había encontrado un nuevo hogar en la pierna de Felix. Desaparecería llevando tan solo un caramelo de sésamo.
Se me acumularon las lágrimas en los ojos. Me sentía completa y dolorosamente sola.
Volví a probar los tiradores de la vitrina. Me lancé contra el cristal, pero la gruesa superficie no se dobló. Si la vitrina había resistido el paso de los siglos, mis esfuerzos insignificantes no servirían de nada.
La muñeca parecía seguirme con la mirada. Como si se burlara de mi fracaso.
Sabía lo que tenía que hacer, aunque dolería.
¿Era mucho pedir una solución sin derramar sangre por una vez?
Por las profundidades malditas del Sirauk, no había llegado tan lejos para que me frustrara un simple cristal.
Mi magia yacía dormida, imperturbable ante mis esfuerzos.
No comprendía cómo había podido escapar de mis grilletes, pero no tenía tiempo que perder esperando que sucediera lo imposible por segunda vez en una misma noche.
Agarré la abertura de la parte inferior de mi túnica y tiré. Rasgué lo suficiente para envolverme completamente el codo y el antebrazo.
El sudor me perlaba la frente. Cerré la mano libre alrededor de la otra muñeca y levanté el codo acolchonado hasta la altura del hombro.
—Nada de huesos rotos —ordené. La vida con Hanim me había inculcado unas costumbres extrañas, como el hecho de hablarle a mi cuerpo como si pudiera oírme.
Golpeé el cristal con el codo con todas mis fuerzas.
Un dolor agudo estalló en mi brazo y me reverberó por todo el cuerpo hasta que lo sentí detrás de los dientes.
Utilizando el brazo vendado e inclinando mi lado derecho hacia delante, me impulsé con todo mi peso para asestar más golpes con el codo.
Si me detenía ahora, no volvería a empezar.
La agonía que sentía en el brazo forcejeaba con la realidad de tener que enfrentarme al heredero de Nizahl sin un arma, y seguí golpeando hasta que la sangre empapó las tiras de la túnica.
Se formó una grieta en el cristal. Era pequeña y casi insignificante en comparación con el tamaño descomunal de las armas de la vitrina.
Eché el brazo atrás ahogando un gemido y golpeé la fisura con el codo.
La parte inferior del cristal se hizo añicos.
Giré la cabeza mientras los fragmentos caían al suelo y me cubrí la cara con el brazo ensangrentado. Ensangrentado, pero no roto.
Metí la mano por el cristal intentando alcanzar el hacha oxidada que había detrás de la muñeca lukubí. Arañé el mango con las uñas y mis dedos lucharon por llegar hasta él. ¿Me había destrozado el codo para no poder alcanzar la maldita hacha por unos centímetros?
Se oyeron pasos en el exterior. Un murmullo grave atravesó la puerta. Me estiré de nuevo; por desgracia, necesitaría romper más cantidad de cristal para poder llegar.
Maldije y agarré la primera arma que pude pasar entre los bordes cortantes. Era un cuchillo de filo corto, la mitad de largo que mi antebrazo maltrecho, pero afilado a pesar del paso del tiempo. Aunque no era ni de lejos tan bueno como un hacha.
Los pasos sonaron más fuertes y luego se desvanecieron en la distancia. Los dos guardias asignados a mi puerta se marchaban por orden de su comandante. Me metí el cuchillo en la cintura de los pantalones. La empuñadura se me clavó en la parte baja de la espalda.
Estaba aquí.
Me quité la tela mojada del brazo y la tiré a un lado.
Había estado siguiéndole el juego desde que me había topado con él en el río.
Era una aburrida aprendiza de pueblo. Una chica lo bastante ingenua para llevar a cabo ritos jasadíes o lo bastante inteligente para haber ocultado su magia durante cinco años.
Hasta que mi magia reaccionó, había sido simplemente Sylvia.
Mi magia había destrozado la ilusión construida por Sylvia y la había reconstruido para que encajara en una sola palabra: «jasadí».
Enderecé los hombros. La persecución había terminado y el heredero de Nizahl solo era un monstruo más que me pisaba los talones.
Se abrió la puerta.