Epílogo. Arin
Epílogo Arin
E n la locura que se desató, Arin de Nizahl permaneció inmóvil en un mar de movimiento.
El césped de la Ciudadela estaba abarrotado de invitados. Los soldados conducían carruajes repletos de barriles de agua hasta el ala en llamas y entraban corriendo.
—Murió. Creía que había muerto —repetía constantemente la reina Hanan. La reina de Omal se hundió en un ovillo lastimero en el suelo. Felix corrió hasta ella e intentó levantar a su abuela—. ¿La hija de Emre está viva?
Volaban acusaciones entre la realeza. Se había alojado bajo sus techos, había comido en sus mesas.
—¡Encontradla! —Rawain dio un golpetazo contra el suelo con el cetro—. ¡Cerrad las puertas! ¡Enviad centinelas al bosque!
Arin sabía que debía decir algo. Tenía que decirle a su padre que los soldados no hallarían nada en los terrenos de la Ciudadela y que, en lugar, debería ordenarles que establecieran barricadas en los caminos.
Si la noticia llegaba a las aldeas altas de Nizahl, se esparciría por todo el reino en cuestión de días.
El pánico prendería como fajina seca y las aldeas bajas empezarían a acaparar comida y a esconder a los niños elegibles para el reclutamiento.
Sin embargo, otro tipo de caos se había desatado dentro del heredero. Estaba ganando velocidad, preparándose para detonar. Buscó el control entre la masa agitada, pero lo evadió.
El heredero de Nizahl no sabía lo que podría salir de su boca si intentara hablar. A pesar de que el fuego ardía en el ala de la Ciudadela cubriendo a los soldados de hollín y ceniza, Arin era la mayor amenaza para la gente que lo rodeaba.
Por primera vez en su vida, no podía pensar.
La voz de Vaida danzaba junto a su oído.
—¿La reina de Jasad? ¿En serio? Pobre, debes de sentirte fatal.
Tanto tiempo al lado de tu mayor enemiga solo para perderla ahora.
—La sultana se movió para mirarlo de frente con una sonrisa engreída en la boca de color rubí.
Se inclinó hacia él—. Y seguro que habéis estado muy cerca…
—Las palabras de la sultana murieron en sus labios cuando Arin sacó las manos enguantadas y las cerró alrededor de su garganta.
Fue vagamente consciente de los guardias lukubíes dispersos que gritaban y corrían hacia ellos. De su padre, golpeándole el brazo con el cetro mientras levantaba a una Vaida pataleante.
«Arin —susurró Sylvia. Le presionó la mejilla contra el pelo—. ¿Te estoy haciendo daño?».
Vaida forcejeó contra sus dedos inflexibles, intentando liberarse. Lo miró a los ojos y lo que viera en ellos la hizo retorcerse como un gato en el agua. Los soldados nizahlianos se estrellaron contra los lukubíes en un choque de espadas.
Dos cuerpos se abalanzaron sobre él desde el lado y los hicieron caer a él y a Vaida. Los guardias lukubíes agarraron a la sultana, que se tambaleaba sollozando, y la llevaron a toda prisa a los carruajes lukubíes.
Los rostros horrorizados de sus guardias personales lo observaron fijamente. El supremo Rawain pasó de la rabia al encanto en un instante para apaciguar a la atónita realeza.
—Todos sabemos que mi hijo no es propenso a esos arrebatos de temperamento. Debéis entender que son los efectos de la traición de una campeona. Se disculpará con la sultana en cuanto su alteza tenga un momento para recomponerse.
Si quisiera, Arin podría repeler a sus guardias. Podría masacrar a todos los lukubíes que se interponían entre él y Vaida, meterse en el carruaje y partir el cuello que ya había perdonado dos veces.
—Señor —murmuró Jeru solo para los oídos de Arin—. Hemos encontrado flechas con sim siya cerca de la mesa del banquete. No se ha ido sola. —Flotaba ceniza en el aire sobre Jeru.
—Se la han llevado los Orabi —terminó Wes—. Señor, debéis recuperar el sentido. Los Orabi se han llevado a la reina de Jasad para su causa.
Sus tenaces guardias, entrenados por él mismo y sometidos a los viajes más angustiosos a su servicio, temían por él.
Arin observó el cielo negro y dejó que el hielo corriera por sus venas, envolviera la oscuridad y detuviera su avance.
No podría contener la tormenta para siempre, solo el tiempo justo.
—¡Fuera! —espetó Arin.
Los guardias se levantaron de un salto y los invitados retrocedieron mientras se ponía en pie.
Le dijo a Wes:
—Traed de vuelta a todos los soldados que hayan entrado en las aldeas altas. Si han causado revuelo, decid que se ha escapado un ladrón con tesoros de los carruajes orbanianos. Si el rey Murib está de acuerdo, que os acompañen diez jawaya.
Después, dio un paso hacia Jeru, y el guardia de cabello rizado se puso rígido. Arin habló con voz sedosa.
—Encuentra a Sefa y Marek.
Jeru ensanchó las fosas nasales, pero asintió brevemente.
Una vez que sus guardias se hubieron marchado para cumplir su voluntad, Arin se giró hacia los invitados congregados. Evitó la mirada astuta de su padre.
—Únicamente los que se encontraban en el estrado de la realeza estaban lo bastante cerca para oír con claridad lo que ha sucedido antes de que se derrumbara el ala.
Los demás solo han presenciado a la campeona de Nizahl usando la magia.
No se puede difundir el rumor de que la reina de Jasad está viva.
Hay jasadíes ocultos en todos vuestros reinos, profundamente arraigados en la estructura de nuestra sociedad.
Si se enteran de que su reina los llama, vuestras tierras padecerán las consecuencias.
Basta con que un sirviente oiga una conversación.
Su identidad debe permanecer en secreto a toda costa.
—Pasó la mirada por los rostros de los presentes—.
La campeona de Nizahl se ha revelado como jasadí y ha atacado la Ciudadela esta noche. Ni más ni menos. ¿Entendido?
Uno a uno, todos los miembros de la realeza asintieron. Felix temblaba de ira, pero agachó la cabeza. Tendría que bastar.
En lo alto de la Ciudadela, Arin lo observaba todo desde un balcón de hierro forjado. Pasó el pulgar por los grilletes que había recuperado de las ruinas humeantes del salón de baile. Los primeros rayos de sol brillaban sobre Nizahl. Era el inicio de un nuevo día.
Cuanto más viviera Essiya de Jasad, más probable era que se corriera la voz sobre su regreso.
Sin que la realeza lo respaldara, el asedio contra Jasad se había cobrado miles de vidas.
Un levantamiento jasadí con la hija de Niphran a la cabeza sumiría a los reinos en una guerra de la que jamás se recuperarían.
«El malik y la malika de Jasad eran mineros de magia».
Si continuaba con las prácticas profanas de su linaje, la guerra sería solo el principio. Su magia sobrepasaba cualquier cosa que Arin hubiera sentido jamás. Era un poder más grande del que debería existir.
—¿Alteza? ¿Me habéis llamado? —preguntó Vaun con la voz apagada tras él. Arin no apartó la mirada del rubor del amanecer que teñía los rincones más lejanos de su reino. Estaba ahí, en alguna parte.
—Que el consejo se reúna —dijo Arin.
Recorrió los grilletes con el pulgar una y otra vez. No podrían esconderse de él para siempre.
La confusión retrasó la respuesta de Vaun.
—El consejo ya se ha reunido, mi señor.
—Que lo hagan en el ala de guerra.
Vaun inhaló bruscamente.
—Sí, señor.
Arin no oyó los pasos del guardia al marcharse ni la puerta cerrándose tras de sí.
El heredero de Nizahl acarició una vez más los grilletes de Essiya y empezó a planear.