La heredera de Jasad (El trono calcinado 1) Capítulo seis #2
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Capítulo seis #2

Cuando Fairel irrumpió en el puesto, estaba a punto de lanzarle un frasco a la próxima persona que me preguntara por qué usábamos grasa de rana en las vendas.

Alguien había intentado hacer dos trenzas en el cabello corto de Fairel.

Las dos trencitas se le curvaban sobre las orejas como cuernos de carnero.

Tenía una mancha de lo que esperaba que fuera chocolate en la nariz y llevaba un vestido limpio confeccionado con esmero con el azul y blanco de Omal.

La había visto toda la tarde corriendo de un puesto a otro, arrastrando las sillas que Nadia prestaba a los comerciantes de Gahre.

Su ética de trabajo orbaniana en plena acción.

—¿Estás ocupada? —Rebotaba con expectación—. Raya me ha dicho que podía ver los combates si tenía compañía.

Hasta un limón se estremecería ante la mueca agria del rostro de Rory.

—¿Por qué querrías ir con Sylvia? Hay un montón de mocosas viendo las peleas.

Fairel bajó la vista.

—Sylvia es mi única amiga y me gustaría verlos con ella.

Rory y yo nos miramos mutuamente, compartiendo la incomodidad ante el hecho de que yo fuera la única amiga de nadie. Agitó una mano.

—Está bien, id.

Apreté los dientes antes de coger la manita de Fairel y abrirnos paso entre la multitud.

Me había puesto unos pantalones blancos de talle alto y ceñidos en los tobillos.

Las dos aberturas laterales de la túnica me permitían anudarla justo en la cintura de los pantalones.

Si bien los vestidos eran el atuendo habitual en los festivales, los había elegido así por si tenía que huir de repente.

Todos los presentes en la plataforma dedicaron sus peleas a Kapastra.

Hacía más de diez años que ningún campeón omaliano triunfaba en el Alcalah, pero eso no impedía que la emoción se extendiera entre los aldeanos.

Aunque perdiera, el heredero de Ni­zahl elegiría a su campeón de Omal, así que ese año había el doble de posibilidades de que un omaliano ganara el Alcalah, pese a que lo hiciera en el nombre de Ni­zahl.

La multitud vitoreó y gritó de júbilo cuando una mujer bajita con la cabeza rapada derribó al hijo de Yuli sobre las pieles. Era Odette, la hija del carnicero y la luchadora estrella de la walima.

—¿Por qué no combates? —preguntó Fairel—. Eres fuerte. Un verano te ayudé a limpiar los establos de Yuli, ¿recuerdas? Tú llevabas las cajas más pesadas y controlabas a los caballos más grandes.

Miré a Fairel, sorprendida. Procuraba no revelar mi fuerza, me había tomado desprevenida.

No sabía qué decir. ¿Por qué no combatía?

El heredero de Ni­zahl ya estaba en Mahair.

Sabía que era una timadora, una huérfana, una mentirosa.

El descubrimiento había llegado a mi aldea, a pesar de mis mejores esfuerzos por impedirlo…

, dejando a un lado el reciente asesinato de un soldado ni­zahliano.

¿Por qué no unirme al desafío? Mi magia no reaccionaría de una u otra forma.

Sacudí la cabeza para ahuyentar esos irritantes pensamientos. Tenía pensado reservar la autocompasión para mi lecho de muerte, ni un minuto antes.

—No sería amable con los demás.

Fairel me dirigió una mirada demasiado madura para su edad.

—¿Desde cuándo eres amable?

Me quedé boquiabierta. Fairel lo había dicho con total naturalidad, sin titubear.

—Eso me gusta de ti. A veces, no quiero ser amable, pero Raya dice que debemos tratar a los demás mejor de lo que ellos nos tratan a nosotras.

—Crispó la cara para imitar el ceño fruncido típico de Raya—.

«Debemos valorar nuestras diferencias y tender una mano amable».

Si alguien me da un manotazo en la mano amable, ¿por qué no debería devolvérselo?

Me reí con tanta fuerza que se me escapó un gruñido y sobresalté a la pareja que había delante de nosotras. Recuperé la respiración y estuve a punto de soltar otra carcajada al ver los cuernos trenzados de Fairel.

—¡Ay, tengo que comprobar las sillas! —exclamó y salió corriendo antes de que pudiera detenerla.

Secándome las lágrimas de risa de los ojos, me debatí entre seguirla o buscar a la chica que vendía basbusa relleno de almendras tostadas y tan empapado de sharbat que se olía a tres puestos de distancia.

Sentí un cosquilleo en el cuello y me pasé los dedos por la trenza.

Alguien me estaba observando.

Escudriñé a la multitud de juerguistas que se movían por la carretera principal. Apostaría el codo derecho a que el heredero de Ni­zahl se había unido a la walima. Tenía que estar por ahí, en alguna parte.

Si mis sospechas sobre Marek y Sefa eran ciertas, Sefa podía poseer información sobre el heredero de Ni­zahl. Necesitaba comprender cómo funcionaba exactamente su habilidad para captar la magia. ¿Le hacían falta las manos o valía cualquier contacto piel con piel? ¿Era inmune a la magia?

Seguí a Marek, magullado y contento tras la paliza que le había dado Odette.

—¿Dónde está Sefa?

Se puso serio al instante.

—¿Por qué? ¿Qué pasa?

Reprimí un gemido. Si no fuera tan exasperantemente molesto, su sobreprotección con Sefa podría llegar a parecerme tierna.

—Os pido permiso para hablar con ella, oh, sabio Marek.

Marek puso los ojos en blanco.

—La he visto con Raya. Una clienta estaba intentando rebajar a la mitad el precio de un vestido por una «costura torcida». Seguro que agradecería un rescate.

Cogí mi cesta de debajo del puesto y me abrí paso entre la multitud tratando de localizar la cabeza de Sefa. Pero no fue a ella a quien vi acercándose a mí con una capucha gris sobre su inconfundible cabello plateado.

Como había sucedido junto al río, el resto del mundo perdía sus colores y se apagaba para que el heredero de Ni­zahl resaltara. Avanzaba entre el gentío. La cacofonía de la walima se desvaneció mientras todos mis sentidos se centraban en la amenaza.

Sus guardias vestían ropas igualmente anodinas. Sus disfraces servirían de poco ante cualquier escrutinio, pero la gente se movía alrededor de la brigada de Ni­zahl sin prestarles atención.

—Alteza. —Incliné la cabeza—. Es un honor veros participar en nuestra humilde walima.

—El honor es solo mío, Sylvia.

Pronunció mi nombre con un sutil desprecio, como una acusación de seis letras. El reconocimiento de mi mentira más exitosa.

Arin desvió la atención a mi cesta.

—Has comprado una buena cantidad de caramelos de semillas de sésamo.

Lo miré. La predilección por los dulces que pudren los dientes no era algo exclusivo de los jasadíes.

—Parece que he encontrado mi propio suministro de ese dulce. —Se metió una mano en el bolsillo y me tensé. No intentaría hacerme daño en una walima abarrotada de gente, ¿verdad?

El heredero de Ni­zahl sacó un caramelo de sésamo.

El envoltorio rosa deformado me trajo recuerdos.

A menos que se pidiera expresamente, esos caramelos no se vendían por costumbre con envoltorios individuales.

El envoltorio impedía que el azúcar endurecido se derritiera, pero la engorrosa tarea de doblar el papel disuadía a la mayor parte de los mercaderes.

—Creo que es tuyo.

Ante mi desconcierto, Arin le dio la vuelta al caramelo en la palma de su mano enguantada.

—Lo encontré flotando en un charco tres kilómetros más allá de la línea de los árboles de los cuervos. Raro, ¿verdad? ¿Cómo podría haber acabado un caramelo así tan perdido en el Essam?

Oh, no. Oh, no, no, no. Un miedo amargo me subió por la garganta.

Se me había caído un caramelo de semillas de sésamo la noche en que había atravesado la línea de los árboles de los cuervos.

Me había planteado recogerlo del charco asqueroso.

Unos segundos después, el soldado ni­zahliano me había plantado cara. Nunca llegué a recuperarlo.

Su expresión era el vivo ejemplo de la cortesía. Podría haber estado invitándome a un té en lugar de acusándome de traspasar la línea. Mientras que el supremo manipulaba con su encanto y sus discursos grandilocuentes, su hijo parecía esculpido en hielo puro.

Todo mi ser me gritaba que actuara. Que le clavara la daga en el pecho, que le tirara monedas a la cara y echara a correr, algo.

No habíamos llevado el cuerpo del soldado a mucha distancia de donde había caído el caramelo.

Solo podía esperar que el Hirun hubiese hecho su trabajo y hubiera trasladado el cuerpo a una parte diferente del río.

Sin un cuerpo, ese único caramelo no podía vincu­larme a la desaparición del soldado.

Adoptando un tono natural e inocente, dije:

—¿Acaso soy la única persona de Mahair a la que le gustan los dulces? Puede que alguno de vuestros soldados tuviera un antojo.

La cicatriz que le atravesaba la mandíbula reflejó la luz de los faroles cuando ladeó la cabeza. Una herida doblemente perturbadora por el hecho de que estaba destinada a matar. Y, por su aspecto, tendría que haberlo logrado.

—Inténtalo otra vez —dijo.

—¿Qué?

—Piensa una mentira mejor. Tú puedes.

Apreté los dientes. Si pretendía provocarme para que revelara la verdad, necesitaría algo más potente.

—Disculpad si mi honestidad carece de adornos.

Se guardó el caramelo en el bolsillo de nuevo.

Quería arre­batárselo y aplastarlo a pisotones.

Gracias a mis grilletes, no le resultaría sencillo exponerme como jasadí.

Pero había ocultado la muerte del soldado apresuradamente, con menos de una cuarta parte del cuidado con el que había enmascarado mi identidad.

Cualquiera de esas ofensas acabaría conmigo.

Una soga invisible se estrechó alrededor de mi cuello.

Si pretendía minar poco a poco mi cordura, el progreso era innegable.

Siempre había imaginado que mi descubrimiento sería un acontecimiento breve y brutal.

Como el de Adel. Me había preparado para un león, no para un buitre que volaba en círculos sobre mi cabeza.

Su conducta implacable me enfureció lo suficiente para que se me soltara la lengua y espetara:

—¿Voy a tener que demostraros mi inocencia?

—¿Tu inocencia?

A pesar de que no le flaqueó la sonrisa, su coraza de indiferencia se desvaneció. Me miró como si su fuerza de voluntad fuese lo único que le impedía despedazarme.

Este hombre te matará, susurró Hanim. Si no hoy, pronto.

Arin levantó una mano enguantada. No me estremecí cuando me quitó una hoja de la trenza. Al hablar, lo hizo con voz casi relajante, pesarosa.

—No se puede demostrar algo que no existe.

Se oyó un grito a los lejos.

—¡Los caballos!

El comandante se giró. Se detuvo y adoptó una expresión neutra mientras escuchaba algo que escapaba a mis oídos. Permanecí quieta en mi sitio, esforzándome por convencer a mi corazón acelerado de que no estábamos a meros segundos de la muerte.

—¿Señor? —Jeru se acercó a él.

Los músicos abandonaron sus instrumentos y sumieron la celebración en un silencio desconcertado. El estruendo de las trompetas sacudió el aire.

El movimiento me rodeó cuando las gentes de Mahair, una a una, tanto borrachos como niños, se arrodillaron. Arin se retiró la capucha.

—Visitantes —dijo.