La heredera de Jasad (El trono calcinado 1) Capítulo seis
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Capítulo seis

Capítulo seis

L a mañana de la walima amaneció en un caos desatado.

Daleel, una de las pocas cocineras buenas del refugio, había preparado hogazas de fino para desayunar.

Me apresuré a cortar el pan todavía caliente por un lado y rellené la miga grumosa con huevos revueltos.

Me escapé con mi bocadillo a tiempo de evitar a la horda de chicas que llegó a la cocina.

Al pie de la colina, Sefa me vio justo cuando la primera carreta en dirección a la carretera principal partía con ella a bordo. Me mostró el dedo índice en señal de advertencia mientras se alejaba.

—¡Compórtate! —gritó.

No había hablado con ella ni con Marek más que unos minutos desde aquella noche en el bosque.

Normalmente me costaba encontrar tiempo a solas en el refugio, pero últimamente me había topado con un exceso de él.

La noche anterior no habían acudido a la cena y había pillado a Marek en el pasillo, susurrándole algo con urgencia a Sefa, tras la aparición del heredero.

Al acercarme, se habían enderezado con rapidez y me habían dado las buenas noches.

Su extraño comportamiento me preocupaba. ¿Y si la llegada del heredero los había hecho entrar en pánico? Podían sentir la tentación de entregarme para protegerse a sí mismos. Al fin y al cabo, ayudarme a ocultar el cadáver de un soldado asesinado no era mucho mejor que haberlo matado.

Le hice señas a la siguiente carreta. Los mantendría vigilados, no fuera que los lazos de la amistad empezaran a deshilacharse misteriosamente.

La carreta traqueteó por el camino irregular, con las cajas que cargaba deslizándose con cada bache e inclinación.

Salté de la carreta en cuanto llegamos a la muchedumbre de la plaza.

Había puestos a ambos lados de la carretera principal, atendidos por comerciantes ataviados con los colores de sus reinos.

Gritaron cuando pasé, señalando sus frutas, joyas y bufandas.

El aire fresco transportaba música junto con el aroma del azúcar quemado y la grasa.

Los visitantes de las aldeas bajas omalianas abarrotaban lacalle, vestidos con tonalidades blancas y azules.

Un grupo de niños sentados en círculo jugaban con muñecas que representaban a los awalín.

Una mujer con un pañuelo triangular rojo anudado sobre sus rizos apartó de un manotazo unos dedos ladrones de su bandeja de ghoriba y llamó a Yuli.

Las chapas doradas que llevaba atadas al pañuelo tintinearon con el movimiento.

—Si le canto una canción a esta hermosa mujer, ¿la bailará?

Un hombre aproximadamente de mi edad se acercó con su laúd. El dulce rasgueo del instrumento me transportó a noches más tranquilas, descalza ante el Hirun mientras el río fluía a mi alrededor. Unos pasos más atrás, su compañera rio haciendo sonar su tubluh.

—¿Le concederás a mi música el honor de mover tu cuerpo y tu espíritu a su son?

—Por supuesto —contesté—. Voy a mover mi cuerpo lejos de aquí.

Intentando esquivar al alicaído músico del laúd, estuve a punto de chocar con un hombre que sostenía una bandeja llena de vasos de chai rojo sobre la multitud. El laúd y el tubluh siguieron sonando, su melodía viajaba por el aire y se entremezclaba con los gritos de los vendedores de aves.

—¿Una ula para su cocina, ya anisa? ¡Grabado por el mejor artista de Lukub!

—¡Abayas, abayas! ¡Venga a elegir su nueva abaya! ¡Bordada por el propio Hany de Orban!

Arqueé las cejas. ¿Qué mercaderes en su sano juicio vendrían a Mahair desde Orban o Lukub?

La frontera más cercana con Orban requería seis semanas de viaje hacia el oeste, por no hablar del trayecto a través de las llanuras desérticas.

Serían tres semanas si atajaban por el Essam, pero rara vez se tomaban esas rutas.

Pese a que habían pasado más de treinta años, el ataque de los monstruos seguía muy vivo en la memoria.

Atrapado entre Ni­zahl y Orban, Lukub había expandido recientemente sus tierras hacia el sur, en dirección al bosque.

El trayecto a Mahair desde Lukub llevaría únicamente una semana viajando hacia el sur, aunque solo si se atravesaba el bosque.

De lo contrario, cualquier comerciante lukubí con los ojos puestos en las aldeas bajas de Omal tendría que rodear Orban o Ni­zahl para llegar hasta nosotros.

Quizás tenían la intención de permanecer en las aldeas altas de Omal hasta la walima. Había oído que el palacio de Omal prefería celebrar su propia walima uno o dos días antes de la segunda prueba del Alcalah.

Rory me había dado permiso para explorar los puestos antes de reunirme con él.

No tenía demasiado interés en comprar baratijas que no pudiera llevar encima cuando huyera, pero recorrer la carretera me daría la oportunidad de estar atenta a la posible aparición de Arin y su guardia.

Comparé dagas de los artesanos de Gahre, probé jaleas en polvo y mordisqueé frutos secos garrapiñados.

Mantuve mi frugal autocontrol hasta que llegué a un puesto que tenía barriles repletos de caramelos de semillas de sésamo.

Había devorado los que me habían regalado Sefa y Marek en un arrebato de estrés.

Ay, ¿qué más daba? Llené mi cesta y dejé diez monedas en la palma del mercader.

O bien el comandante me llevaría a Ni­zahl para que muriera en el juicio, o bien huiría de este pueblo en cuanto se marchara.

Su llegada había sumido mi ya incierto futuro en una desoladora nada.

Me había ganado el derecho a atiborrarme de todos los caramelos que pudiera.

Marek se movía sin descanso tras el mostrador en forma de U de la taberna, sirviendo cervezas a una velocidad que debería ser imposible.

Yuli le habría dado el día libre. Me hizo un gesto con la mano invitándome a tomar una jarra de cerveza llena hasta arriba.

Negué con la cabeza ante el ofrecimiento y me estremecí.

Nunca me había atraído lo de emborracharme.

Ya me costaba controlar mis peores instintos en los mejores días, me daba miedo pensar lo que podría llegar a pasar si perdía la inhibición y se me soltaba la lengua.

Como ya había planeado espiar a Marek y el chico parecía al borde del colapso, levanté un pesado barril e hice espacio para atender junto a él.

Me perdí en la rutina de verter y servir.

La atención de tantos desconocidos me irritaba, pero los prefería a los habitantes de Mahair, que se habían dedicado a intentar cotillear conmigo sobre el heredero de Ni­zahl.

Aumentar el nivel de embriaguez de la multitud me vendría bien.

Cuando el caos disminuyó, Marek se dejó caer en el suelo y apoyó la mejilla en la alfombra desgastada.

—Sylvia, te quiero —me dijo—. Te regalaré flores y caramelos de semillas de sésamo hasta el día de mi muerte.

Le di una patadita con la bota.

—Preferiría quedarme con los caramelos y una parte de tus ganancias.

Marek se rio y se giró sobre la espalda para mirarme con los ojos brillantes.

—Qué poco omaliano por tu parte pedirme dinero.

—Y qué poco omaliano por tu parte no aceptar.

Se le borró la sonrisa lentamente. Se instaló un silencio solemne entre nosotros, cargado de palabras no pronunciadas.

Ninguno de los dos pertenecíamos a Omal, pero tampoco reclamábamos nuestros auténticos reinos de origen.

Dudaba mucho que Marek y Sefa hubieran considerado la posibilidad de que fuera jasadí.

No había realizado ni un solo acto de magia en todo el tiempo que hacía que me conocían.

Aun así, seguro que sospechaban que les estaba ocultando algo.

Pronto llegó el reemplazo de Marek para aliviarnos.

Nos relajamos en las sillas prestadas de Nadia mientras observábamos a dos hombres forcejeando con la plataforma.

Los combates eran mi parte preferida de la walima.

Los artesanos de Mahair construían una tarima para las peleas que tenían lugar entre la primera y la última hora de la walima; la última se reservaba para los contendientes más serios.

La plataforma estaba acolchada con piel de ciervo y cuero hervido para evitar que alguien acabara con la cabeza abierta por una mala caída.

Hombres y mujeres se lanzaban al cuadrilátero en busca de la victoria.

No podía haber celebración del Alcalah sin competición y en Mahair se preferían las físicas.

—¿Vas a competir? —le pregunté a Marek.

Encogió un hombro.

—Tal vez.

Contuve una risita. Marek estaría ahí arriba en menos de una hora. Yo siempre quería participar, ceder a la tentadora oportunidad de ganar el premio y comprarme una capa nueva con el esfuerzo de una única hora. Pero no podía arriesgarme a exponer mi habilidad.

Querrás decir exponer tu salvajismo, dijo Hanim. ¿Te tratarían del mismo modo si supieran que puedes partirle el cuello a un hombre con un mero pensamiento?

Me metí un caramelo en la boca y lo mastiqué hasta que conseguí ahogar la voz de Hanim.

Regresé serpenteando al puesto de Rory. Se elevaron gritos de júbilo mientras los artistas saltaban de tejado en tejado, blandiendo largas antorchas con las que encendían los faroles sobre el camino.

Una bruma rosada iluminaba el mosaico de fuego sobre nosotros.

Los niños se perseguían unos a otros, esquivando piernas y balanceando cestas.

Sus risas resonaban a mayor volumen que la alegre melodía de los laudistas. Mahair en toda su gloria.

Durante la hora siguiente, me fui quedando afónica conforme explicaba el propósito de cada aceite y cada ungüento a los omalianos que venían de visita mientras Rory roncaba suavemente a mi derecha.