La heredera de Jasad (El trono calcinado 1) Capítulo cinco #4
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Capítulo cinco #4

—Mi señor, no pretendía faltaros al respeto. Son cotilleos estúpidos, vos sois muy agradable a la vista, de verdad. Solo comentaron que su cabello era extraño. Y tenéis un rostro encantador, sincero, el mejor que he contemplado en mi vida. El plateado es un color inusual en Omal, ya veis…

Vaun no había cambiado de humor desde nuestro último encuentro. La observó con el ceño fruncido. Me interpuse ante ella y le dirigí la misma mirada al guardia.

—Alteza, veo que habéis decidido seguir honrando a nuestra humilde aldea con su compañía.

—El honor es todo mío —respondió Arin. Se giró hacia Fairel y asintió—. Puedes levantarte.

Fairel estuvo a punto de caer de bruces por el peso de su falda. La agarré por el codo sujetándola con fuerza para evitar que se le ocurriera postrarse de nuevo. Se acurrucó a mi lado ante la mirada atenta del comandante. Se me tensó todo el cuerpo y reprimí el impulso de apartarla.

—El plateado es un color inusual en todos los reinos —dijo él—. Gracias.

Cuando no pude soportarlo más, me alejé levemente de Fairel.

—Ve. Nadia te está esperando.

Fairel echó a correr. El heredero y yo nos examinamos el uno al otro.

Él llevaba el cabello recogido en la nuca sin un solo mechón fuera de lugar.

Sus soldados no se habían esforzado por camuflarse entre los aldeanos, ataviados con los abrigos oscuros de Ni­zahl.

La calle estaba extrañamente tranquila. A pesar de su curiosidad, los habitantes de Mahair poseían el sentido común de la cautela.

Se habían agolpado en las tiendas y ventanas, subidos unos sobre otros, para ver mejor al heredero y su guardia.

—Sin duda, vuestra partida dejará a Mahair desprovista de todo fervor —comenté señalando los cristales—. Cuando llegue ese triste momento.

El comandante se giró hacia las tiendas, lo cual provocó tumultos mientras la gente se apartaba de los escaparates.

—Pues entonces es una suerte que tenga pensado quedarme en Mahair hasta el fin de la walima.

Me costó no reaccionar. Solo alguien culpable se tomaría mal esa noticia. El tratado que Ni­zahl había firmado con los otros reinos no les permitía hacer daño a cualquiera, únicamente a los jasadíes.

—Me sorprende que queráis explorar las aldeas bajas —dije sintiéndome orgullosa por que no se me quebrara la voz por la ira—. No hay gran cosa en nuestro rincón de Omal. Y menos un campeón.

—No estoy de acuerdo —replicó él—. Hay mucho por encontrar, sobre todo si sabes dónde buscar.

El comandante (Arin, su nombre era Arin, su madre no lo llamaría «comandante» ni «heredero de Ni­zahl») dio un paso hacia mí. Me preparé mentalmente. Empezaba a darme cuenta de que cada intercambio con este hombre estaba planeado a conciencia, diseñado para atraparme.

Dirigió sus siguientes palabras a Rory.

—Sus servicios como aprendiza deben de ser inigualables si tiene dos empleos.

¿Dos empleos? Miré a Rory, quien parecía tan desconcertado como yo. Solo aceptaba trabajos extra durante el verano, cuando Yuli pagaba generosamente a jornaleros temporales.

Un momento. Se me tensó todo el cuerpo. No podía referirse a la ruta, ¿verdad?

Llevaba menos de un día en el pueblo y no había ido a visitar a nadie desde Zeinab y su madre.

¿Y si le habían contado que mis curas eran mágicas?

Por los colmillos de las rochelyas de Kapastra, quizás era demasiado buena estafadora.

—Mis servicios no son excepcionales, mi señor. Simplemente he sido bendecida.

—Sylvia, ¿dónde está la cesta de hierbas que te he pedido? —intervino Rory. Se le había acumulado el sudor en las arrugas de la frente. A pesar de las náuseas que me invadían, reprimí una leve sonrisa. ¿Quién iba a saber lo mal que reaccionaba Rory bajo presión?

—Olvidé traerla. Lo lamento. Alteza, si me lo permitís, hay algunas cosas…

Arin no se inmutó.

—Te acompañaré con mucho gusto. Mientras tanto, mis guardias pueden prepararos las sillas.

Los guardias se removieron, disgustados por tener que separarse de su comandante.

La mirada penetrante de Arin no admitía discusión.

Mentiría si dijera que no sentí una pizca de satisfacción.

Rory había hecho un gran espectáculo de mi fracaso a la hora de disuadir a Arin de que me escoltara al bosque.

Ahora había visto con sus propios ojos que era imposible ganar una batalla de voluntades contra el heredero.

Me irritaba la facilidad con la que nos habíamos visto arrastrados a la situación que intentábamos evitar con tanto ahínco.

—No has dejado huella prácticamente entre los demás aldeanos —comentó cuando pasamos por delante de la tienda de Nadia. No tenía ni idea de a dónde lo estaba llevando—. Me resulta curioso. Una huérfana sin ningún vínculo en la aldea hasta los quince años. Sin origen, sin historia.

Me quedé callada. Había estado indagando. Si hubiera descubierto algo, a estas alturas ya estaría atada en la parte trasera de una carreta.

—Supongo que tengo un carácter fácil de olvidar.

Tres pasos. A lo lejos, se oyó el tintineo de la campana de un carro de fruta.

—O tienes magia.

Se detuvo cuando lo hice yo. Enarcó una ceja al ver mi expresión.

—Pareces sorprendida. ¿De verdad creías que me había tragado tu espectáculo en el bosque?

—Si por error he dado a entender a su alteza…

Arin desestimó mis palabras.

—No hagas el ridículo.

Me clavé las uñas en las palmas de las manos.

—No tenéis pruebas.

Como si las necesitara. Como si alguien fuera a atreverse a cuestionarlo. Una única palabra en su boca contenía más poder que mil objeciones en la mía.

—Cierto —concedió—. O bien eres un ejemplo de autocontrol o estos aldeanos son tan ignorantes como obtusos.

Me ardían los grilletes. Me burlaba de los aldeanos a diario, había expresado ese sentimiento yo misma, pero yo podía hacerlo. Era una de ellos.

—Si por «ignorantes» os referís a que no apalizamos a ancianos indefensos en mitad de la calle, pues sí. Supongo que lo somos. —Me costó un gran esfuerzo no gruñirle.

El comandante ladeó la cabeza.

—Así que no es cuestión de autocontrol.

Se movió hacia mí. Contuve la respiración y recordé demasiado tarde la magia que estaba acumulando contra los grilletes. ¿La sentiría él burbujeando bajo mi piel? No sería capaz de contenerla a tiempo.

Calculé mis posibilidades de supervivencia. Acorralada como me encontraba, podría partirme el cuello o degollarme antes de que lograra siquiera lanzar un ataque efectivo. Quizás lograra arañarlo antes de que mi cuerpo cayera desplomado a sus pies.

—Sería sencillo si hubiera percibido tu magia junto al río. Normalmente, la magia suele estar ansiosa por manifestarse. Cuanto mayor es el poder, más rápida es la respuesta. Basta un simple roce.

Un dedo enguantado se elevó hasta mi barbilla. Aunque no se movió para acortar la distancia, mi inquietud se disparó. En ese pequeño espacio habitaba todo un mundo de peligro.

—El problema es que tu magia no parece comportarse como debería.

Hacía tan solo un día, Marek había negado con la cabeza y me había llamado «apacible».

Llevaba diez años reduciendo mis vulnerabilidades comunes y reprimiendo mi naturaleza violenta.

Y sin duda sentía que me merecía la pena echar a perder esa década a cambio de la posibilidad de apuñalar en el ojo a Arin de Ni­zahl.

Apreté los dientes con tanta fuerza que se me podrían haber partido.

—Investigad todo lo que deseéis, señor. Me temo que desperdiciaréis vuestro tiempo.

El heredero de Ni­zahl retiró la mano.

—Tal vez. Pero un temperamento tan explosivo como el tuyo siempre deja cenizas a su paso. Solo debo seguir el rastro.