Capítulo cinco #3
Un rizo suelto rebotó alrededor de la nariz pecosa de Fairel.
Movió la palma a Dania, la awala de Orban, quien lanzaba el hacha hacia el cielo.
Baira tenía una mano presionada contra su piel oscura como la noche mientras se recostaba en su trono, observando a sus hermanos con expresión traviesa.
Y, finalmente, Rovial. El awal de Jasad.
—Mamá me dijo que nada en este mundo debe ser ilimitado. La naturaleza siempre encuentra el modo de cobrarse el precio. Supongo que es cierto. Ella tuvo siete hijos, más que nadie en nuestro pueblo. —Dejó escapar una risita ahogada—. Y yo fui el precio.
Oh. Mi sorpresa llegó y se evaporó en el mismo instante.
Fairel era orbaniana. Había asumido que Raya la trajo de otra aldea baja de Omal, pero eso tenía más sentido.
La austeridad y la humildad no eran pilares en la sociedad omaliana; por el contrario, Orban se enorgullecía de vivir con los recursos más escasos, a pesar de que eso implicaba perder cientos de vidas por inanición cada año.
No podía imaginarme la clase de penurias que debió de sufrir una madre con siete bocas que alimentar mientras daba a luz a la más pequeña.
Fairel cerró el puño.
—La magia de los awalín era ilimitada. Ninguno fue consciente de los efectos de la magia sobre sus mentes a lo largo de los años. Se estaban volviendo más fríos. In… Insen…
—¿Insensibles?
Fairel asintió con el ceño fruncido por la concentración. Parecía decidida a recitar la historia tal y como lo hacía su madre. La mano me tembló a un lado, movida por la necesidad de tocar a la joven. «Tu madre te quería —estuve a punto de decir—. Te llenó de historias».
—Los awalín podrían haber permanecido en el poder muchos años más si no hubiera sido por Rovial. El awal de Jasad perdió su humanidad frente a la locura mágica. Cuando los otros awalín se dieron cuenta, ya había matado a miles. Su maldad corre por las venas de todos los jasadíes.
Me esforcé por no estremecerme. Fairel había dicho que nunca me amenazaría, pero los orbanianos habían heredado la habilidad y la sed de batalla de su awala. Ese día era Sylvia. Al siguiente podría ser simplemente una jasadí.
Curiosamente, sentí un gran orgullo al imaginarme a Fairel como una mujer adulta con la capacidad de desafiarme.
Ajena por completo a mis pensamientos, Fairel continuó:
—Las awalas no pudieron matar a su hermano.
Su magia era demasiado poderosa para destruirla sin acabar también con los reinos y todos los que los habitaban.
Dania tuvo la idea de contener su magia en lugar de aniquilarla.
Convenció a Kapastra y a Baira de que deberían sepultarse con Rovial para asegurar la supervivencia de sus descendientes.
Dania temía que la locura mágica de Rovial terminara por alcanzarlas a todas.
Estiré el cuello para observar a mi awal.
Siempre lo dibujaban de perfil, con el rostro vuelto hacia otro lado por la vergüenza.
Hasta Jasad en sus días de gloria dudaba si celebrarlo.
La sangre que había derramado durante los años previos al sepelio y las vidas que había arrebatado dejaron una oscura mancha en los registros de Jasad.
Ignoraron que la locura de Rovial solo se había acelerado debido a la inmensa cantidad de magia que había vertido en Jasad, en sus tierras, en sus árboles y en su gente.
Los otros reinos habían ido perdiendo magia generación tras generación después del sepelio, pero no Jasad.
Rovial había entregado más de sí mismo y de su magia que las demás awalas.
Al final, ofreció más de lo que podía permitirse perder.
El resto de la historia era la misma en todos los reinos.
Albañiles y arquitectos trabajaron codo con codo para construir una tumba que pudiera contener a los awalín.
Los boticarios de Lukub perfeccionaron una poción que sumiría a los awalín en un sueño profundo que duraría siglos.
Los cuatro reinos, decididos a aprender de los errores de sus antecesores, designaron a un hombre para que creara un ejército independiente que equilibrara el poder de los reinos.
Este nuevo reino sería conocido como Nizahl y serviría de árbitro entre los conflictos de los otros reinos.
—Los awalín fueron sepultados bajo el Sirauk. Mamá lo llamaba el Puente Infinito, pero mi padre decía que era el Paso de la Muerte, un puente rodeado de tanta bruma y sombras que nadie que empezara a cruzarlo terminaría jamás.
—Mi madre… —Me interrumpí.
Fairel esperó, con los rasgos abiertos y una curiosidad inocente.
No había hablado de mi madre con nadie aparte de Soraya.
Mientras mis abuelos se estremecían ante la mera mención de Niphran, mi asistenta me llevaba a ver a mi madre en la torre Bakir una vez por semana.
Creo que le daba miedo que empezara a pensar en mi madre como lo hacía el resto del reino.
La heredera loca de Jasad. La viuda afligida.
Una tragedia para ser encerrada en una torre y acabar olvidada.
—Mi madre me contó que acudieron cientos de personas a atravesar el puente poco después del sepelio, creyendo que podrían susurrar sus anhelos y secretos a los awalín durmientes.
El puente es tan largo que pasaron semanas antes de que alguien se diera cuenta de que ninguno había logrado cruzarlo.
—Sus cuerpos simplemente se desvanecieron, devorados por la bruma que envolvía el Sirauk.
Fairel se estremeció.
—Es horrible. Entonces, ¿por qué honramos a los awalín con el Alcalah?
«Porque está en la naturaleza del ser humano honrar a aquello que quiere matarlos».
Reanudamos el paseo. Nos desvié del camino principal hacia la calle donde se encontraba la taberna de Daron y las tiendas de los visitantes.
Nunca llevaría a Fairel por ese trayecto en circunstancias normales, pero la patrulla de Nizahl estaría ansiosa por demostrar su valía ante su comandante y no hallarían la gloria importunando a los borrachos que salían de la taberna.
—El torneo es un homenaje. Damos las gracias a los awalín por su sacrificio y los honramos enviando a nuestros mejores campeones a competir en el Alcalah.
Fairel ahuyentó un mosquito que se le había posado en la oreja y me miró fijamente.
—¿Crees que algún día podría llegar a ser campeona?
Me detuve en seco y la observé boquiabierta.
—La mayoría de los campeones mueren, Fairel.
—Mueren con valentía. Es un sacrificio digno —declaró—. Como el de los awalín.
Pensé en la rana guardiana que había acabado en mi cubo y me arrodillé a la altura de los ojos de Fairel.
—No existen los sacrificios dignos. Solo existen los que mueren y los que están dispuestos a dejarlos morir.
Por la mañana, fui directa al duqan de Nadia en busca de sillas adicionales. Había olvidado reservar dos sillas para el día siguiente, lo cual implicaba que Rory podría tener que quedarse de pie detrás de su puesto durante toda la walima.
Tres mujeres pasaron junto a mí con enormes ollas de arcilla en la cabeza mientras iban puerta por puerta con las manos libres para poder llevar manojos de menta aromática.
Los dueños de las tiendas barrían el polvo de sus escalones y ahuyentaban a las arañas de los toldos empapados.
Los hijos del carnicero estaban arrodillados en el suelo con un cubo lleno de agua jabonosa, frotando las manchas de sangre y espantando a los perros.
Un grupo de niños, que medían la mitad que los cuchillos que empuñaban, quitaban la corteza de una caña de azúcar troceada.
Nadie se atrevía a posar la mirada en el horno de la panadería, frío tras días de desuso.
Los hijos medio jasadíes de Adel, que nunca habían pisado Jasad, habían logrado escapar.
Lo más probable era que, en un día o dos, el horno se volviera a encender bajo las manos de un nuevo propietario.
Adel y su familia se convertirían en otro escándalo jasadí, una prueba más de la falta de vigilancia en las aldeas bajas.
Escupí la cáscara de una semilla de melón como si me hubiera ofendido gravemente y me remangué.
La campanilla de la tienda de Nadia tintineó.
—¡Sylvia! —me saludó Fairel y se fue a buscar a su jefa.
—Cuidamos de los nuestros más que de esos burros de Gahre —dijo Nadia mientras Fairel sacaba dos sillas.
Se negó a dejar que le pagara, una especie de regateo a la inversa frustrantemente común entre los ancianos de Omal.
Aceptar su generosidad sin rechistar también sería motivo de ofensa, así que no me marché hasta que la convencí de que viniera a la tienda de Rory para llevarse tres frascos de pomada para las rodillas.
Fairel me ayudó a llevar las sillas.
—¿Es cierto, Sylvia? ¿Has conocido al heredero de Nizahl? ¿Al comandante?
Gemí. Habían pasado menos de cinco horas desde la última vez que había visto a Fairel. ¿Tan rápido se había expandido la noticia?
—Fay.
Se mordió el labio.
—Perdona, tendría que haberme contenido, pero es muy emocionante, ¿no? ¡Un heredero en nuestra aldea buscando a su campeón! Las chicas dicen que tiene un aspecto raro. Aunque es guapo. Muy guapo. ¿Alguna vez habías visto un color de pelo tan extraño? Es como la luz de la luna. ¿Qué piensas?
—Pienso que no eres demasiado mayor para recibir unos azotes. —Doblamos la esquina y vimos la tienda.
A Fairel se le cayó la silla de repente y me dio en el pie. Grité y salté a un lado.
—¡Fairel! ¿Qué te pasa?
Seguí el origen de la estupefacción de la niña. En la puerta de su tienda, Rory se mantenía rígido cerca del heredero de Nizahl ysu guardia. Los tres hombres del fondo parecían reprimir una sonrisa burlona que explicaba la palidez de Fairel. Habían oído sus palabras.
Se dejó caer de rodillas temblando como una hoja en otoño. La imagen me produjo un sabor amargo en la boca.