La heredera de Jasad (El trono calcinado 1) Capítulo cinco #2
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Capítulo cinco #2

—Habla con Sylvia. No estoy teniendo un buen día.

Desapareció detrás de las cortinas.

Mis pisadas no despertaron a nadie en el oscuro refugio.

Caminé con cautela. El día siguiente era la víspera de la walima.

Probablemente, ese era el mayor descanso que conseguirían las chicas los próximos dos días.

Con suerte, los gemidos de las viejas paredes empapadas disimularían cualquier ruido que pudiera hacer.

Cerré con cuidado la puerta oxidada detrás de mí y me dirigí a un lado del refugio.

Me arrodillé en la tierra húmeda, clavé los dedos en el suelo y arranqué las raíces de la higuera hasta que me dolieron las muñecas y se me llenaron las uñas de barro.

No tendría que haberla plantado para empezar.

Aunque llegara a crecer por completo, estos árboles nunca serían como las higueras de Jasad.

Las higueras solían alcanzar los treinta metros de altura en los jardines del Usr Jasad.

Cuando los árboles eran jóvenes, los arquitectos imbuían las ramas de magia.

Los entretejían siguiendo patrones intricados e hipnotizantes cuando florecían.

¿Cómo había podido ser tan idiota de pensar que podría quedarme aquí para siempre? ¿Lo suficiente para que la planta creciera, para que la casa azul fuera mía y Rory me dejara su tienda? Mahair no me pertenecía. Cualquier raíz que echara aquí solo conseguiría pudrirse.

Pisoteé lo que quedaba de planta y esparcí los restos destrozados por la ladera. Este no era sitio para las higueras y había sido cruel al darle esperanzas.

Esto es lo que él quiere, susurró Hanim. No importa lo dócil que finjas ser, un animal feroz muestra su verdadera naturaleza en el cautiverio.

Me llevé una mano al corazón e intenté centrarme en contar. No era una prisionera.

«Uno, dos. Estoy viva. Tres, cuatro. Estoy…».

—Oh —dijo una vocecilla. Fairel asomó la cabeza por detrás de los arbustos con una regadera en la mano—. Creía que serías Raya. ¿Era tu planta la que has arrancado?

Miré a la niña con los ojos entornados, completamente desconcertada por su presencia. No debería contagiarle mi humor actual a nadie, y menos a Fairel. Me envolví la cintura con los brazos.

—Ve dentro, Fairel. Ya hace rato que tendrías que estar acostada.

Dejó la regadera en el suelo, levantó la barbilla y me preparé para la discusión.

—Estás enfadada. Lo noto. ¿Por qué no hablas conmigo como hablas con Sefa y Marek? ¿Es porque me consideras demasiado pequeña? Cumpliré doce años en dos meses y seis días.

No pude evitarlo.

—¿Crees que hablo con Sefa y Marek?

—Más que conmigo. Doce años ya es ser mayor, ¿sabes?

—Lo sé. —Cuando cumplí los doce, Hanim encantó unos leones para que me persiguieran por el Essam y así pudiera practicar mis habilidades de escalada. Debería estarle agradecida por mi aptitud para trepar a un árbol en menos de un minuto. Suspiré—. ¿Quieres dar un paseo conmigo?

Fairel se giró hacia las calles silenciosas más allá de la colina.

—¿Ahora? La patrulla nos gritará.

Pues les arrancaría la piel y se la daría de comer. ¿Cuántas veces me había dejado humillar y menospreciar por mi seguridad? Y todo para nada. No podía alejarme ni un centímetro del pueblo. No cuando el heredero de Ni­zahl me tenía en el punto de mira.

—Te protegeré.

¿Como has protegido a Adel?, se burló Hanim. Apreté los dientes. Ansiaba mi culpa. ¿Cuándo se daría cuenta de que no la sentía? Me había exprimido hasta la última gota tiempo atrás.

—Vale. —La confianza que se reflejaba en el rostro de Fairel me perturbó. Más que la edad o la madurez, la capacidad de confiar era la mayor reliquia de la juventud. Esperaba haberme ido mucho antes de que el mundo se la arrebatara.

De todas las pupilas más jóvenes del refugio, Fairel era sin duda mi favorita. Tanto que, cuando buscó mi mano, le permití que me la cogiera hasta los pies de la colina antes de retirarla suavemente.

—¿Por qué siempre te apartas?

Fairel se envolvió la cintura con los brazos imitando mi pose anterior. Por el trono escamoso de Kapastra, solo me faltaba que Fairel aprendiera a comportarse como yo.

Nos metimos por un callejón estrecho en el que nos engulló la oscuridad. Ninguna de las dos necesitaba ayuda para recorrer el sendero irregular. Una lluvia de guijarros nos azotó el pelo y la aparté del muro deteriorado, deseando poder alejarla del mismo modo que su pregunta.

Podría haber mentido. Lo habría hecho con otra persona que no fuera Fairel y su voz dolida.

—El contacto físico no me trae recuerdos felices, mi cuerpo lo reconoce como una amenaza.

No había sido siempre así, pero no era necesario que Fairel supiera cómo adoraba que Dawoud me cogiera en brazos de pequeña.

Me pasaba horas aferrada al asesor jefe de Usr Jasad mientras él atendía sus asuntos en el palacio.

Dawoud asistía a reuniones conmigo colgada de su cuello y seguía conversando sin inmutarse, como si la otra persona fuese culpable de distraerse con la niña hiperactiva de siete años que iba pegada a él.

Hanim me había borrado esos recuerdos. Los había dejado grises para que todo lo que los siguiera fuera de un rojo oscuro y goteante.

Látigos desgarrándome la espalda y los hombros.

Noches colgada boca abajo de alguna rama gruesa como si fuera un pedazo de carne en una carnicería y con una daga en la mano para enfrentarme a cualquier animal curioso.

Esas noches, podría haberme doblado por la mitad y haber cortado la cuerda que me rodeaba los tobillos.

Otra capa de los castigos de Hanim: la certeza de que tenía la capacidad de liberarme, aunque no la valentía.

—Yo nunca te amenazaría —repuso Fairel horrorizada.

Solo esta niña podría hacerme reír en mi estado de humor actual.

—Sé que no lo harías. Pero mi cuerpo interpreta la sensación del mismo modo sin importar de quién provenga.

Se oyó un estruendo al otro lado del callejón. Puse una mano delante de Fairel y escuché. Una rata pasó junto a mis pies y volcó un montón de guijarros a su paso.

No era más que una rata. Empujé a Fairel hacia delante con un brazo protector a pocos centímetros de su espalda.

El callejón se abrió a la luz parpadeante de las lámparas. Fairel giró la cabeza para contemplar la inusual quietud de la calle principal. Un perro cubierto de barro trotó hasta la carnicería siguiendo el olor de los huesos desechados.

Los preparativos para la walima estaban casi completos.

Faroles unidos por hilos de plata colgaban de los balcones que rodeaban la plaza, creando un techo de luz sobre el pueblo.

Los tenderos habían extendido alfombras de juncos trenzadas con esmero, teñidas con los pálidos tonos azules y blancos de Omal.

Prácticamente, había incienso quemándose en todos los balcones, ahuyentando el mal de ojo de los recién llegados.

Inhalé los aromas ahumados de la citronela y las rosas y exhalé con una sonrisa.

En el improbable caso de que el heredero de Ni­zahl no me matara, quería preservar mis recuerdos felices aquí.

Tenía unos pocos muy valiosos. En cuanto el hijo del supremo había fijado la mirada en mi rostro, el pueblo se había perdido para mí.

Después de que sus caballos peinaran las aldeas bajas de Omal, desaparecería en el Essam.

—Mira —dijo Fairel adelantándose y señalando una mancha de un rojo intenso—. Casi han terminado de repintar el muro.

Había una pintura en el muro más alto y robusto de la carretera principal. En ella, los awalín se alzaban imponentes sobre nosotros. Estiramos el cuello para ver las cuatro figuras que representaban la primera y más auténtica magia del reino.

—La historia de los awalín es distinta en Omal —comentó Fairel.

—¿Qué parte?

Fairel jugueteó con su manga.

—Mi madre me contó un relato diferente de cómo fueron sepultados.

Me detuve. Fairel nunca hablaba de sus padres.

Raya la había traído a casa de un viaje al mercado casi tres años atrás y me había dejado en el regazo a la niña de nueve años.

Como éramos los más mayores, Marek, Sefa y yo ayudábamos con las nuevas, sobre todo los primeros meses, cuando lo único que hacían era llorar.

En cambio, Fairel no había derramado ni una lágrima.

Se había pegado a mí al instante, ignorando mis intentos por que me cambiara por Sefa.

No sé si fue por su férrea determinación o porque tenía casi la misma edad que yo cuando vi arder a mis abuelos, pero me ablandé demasiado pronto con ella.

—¿Qué te contó?

Fairel rozó la parte inferior de la imagen de Kapastra.

La awala de Omal estaba dibujada con colores intensos y detalles minuciosos.

Unas criaturas serpentinas con colas bífidas y ojos reptilianos se enroscaban a sus pies.

Rochelyas. Esos repugnantes lagartos con forma de serpiente eran el símbolo de Omal, presentes en la bandera del reino.

La domadora de bestias de Omal me fulminaba con la mirada, como si percibiera mi repulsión hacia sus mascotas favoritas.

—Los omalianos creen que los awalín crearon el mundo entero.

Los reinos, el bosque Essam, el río Hirun…

La magia de Kapastra concedió a Omal su tierra fértil y sus animales dóciles; el hacha de su hermana Dania trajo bestias temibles y la emoción de la caza a Orban; el encanto de Baira resultó en la riqueza y la buena fortuna de Lukub, y el corazón de Rovial proporcionó prosperidad a Jasad.

Eso dicen los omalianos —puntualizó Fairel, que pasó la mano al tobillo de Baira—.

Pero mamá me contó que el mundo y su belleza ya existían antes de la llegada de los awalín y los cuatro hermanos fueron simplemente los primeros en entrar en él con su magia.

Sí que estaba de acuerdo en que concedieron vida a la tierra y gobernaron unidos durante muchos años.

Sin embargo, los hermanos discutían demasiado, así que se separaron para fundar sus propios reinos. Vivieron felices durante largo tiempo.