Capítulo cuatro #3
—Cargaremos su cuerpo en la carreta —anunció el soldado del pecho como un barril. Tenía el muslo derecho empapado de sangre. Adel lo había golpeado con fuerza—. Cuando regresemos, esperamos cooperación para localizar a sus hijos. Cualquiera que se resista se ganará un viaje a Nizahl.
El soldado bajito miró con aire dudoso la pierna de su compañero. Apenas soportaba su propio peso. Intercambiaron unos breves murmullos entre ellos antes de girarse de nuevo hacia nosotros.
—Yo me quedaré aquí para asegurarme de que nadie intente proteger a los hijos del jasadí. Necesitamos un voluntario que nos ayude a llevar el cuerpo a la carreta.
Nadie dijo nada. Solo alguien extremadamente necio se atrevería a ofrecerse voluntario para adentrarse en el bosque con un soldado de Nizahl y el cuerpo apalizado de su víctima.
—Yo puedo llevarlo.
Todas las cabezas se giraron hacia mí. Cerré la boca de golpe. ¿Qué acababa de hacer?
El soldado ileso observó mi constitución y altura. Apretó los labios y estuve a punto de echarme a reír. No quería elegirme a mí. Era más alta que él y tenía la espalda más ancha. Si se produjera un conflicto, sería una oponente más difícil que un panadero anciano.
La soberbia masculina era una apuesta tan segura como la salida y la puesta del sol.
—Bien. Coge la cabeza.
Por una vez, alejarme de la multitud no me proporcionó ningún tipo de alivio. Me pregunté si Sefa y Marek estarían observando y gritándome en silencio por mi temeridad. Ellos no lo entendían. Creían que mi sitio estaba entre los espectadores.
Hanim quería que me sintiera culpable por la muerte de Adel, que me dejara llevar por una rabia justificada y la sed de venganza, pero lo único que sentía era desesperación.
Más que nada, deseaba que mi lugar estuviera entre el público.
No quería estar ahí, deslizando las manos por debajo de los hombros de Adel y levantándolo de un charco formado por su propia sangre.
Su cabeza cayó sobre mi cuello y me dejó marcas carmesíes en la piel.
El soldado se giró hacia el bosque sosteniendo con un brazo las piernas de Adel.
Caminamos. Apenas me di cuenta cuando atravesamos los árboles de cuervos.
Transporté el frágil cuerpo de Adel e intenté no ver nada que no fuera el camino que tenía por delante.
El río gorjeaba a nuestra derecha y salpicaba las rocas esparcidas por la ribera.
—Aquí —dijo el soldado. Me sobresalté. Estaba mirándole la parte de atrás de la cabeza e imaginándome vívidamente cómo le partía el cuello. Bajamos a Adel al suelo—. Voy a por los caballos, quédate cerca del cuerpo. —Me lanzó una mirada de advertencia antes de desaparecer entre los árboles.
Me agaché junto al cadáver de Adel y le cerré los párpados con dos dedos.
Sefa lloraría. Se le daban bien las emociones.
Las recibía tal y como venían, sin permitir que se prolongaran en el tiempo o profundizaran demasiado.
La ira no se instalaba en su interior como fragmentos de cristal que la cortaban al moverse.
Ojalá tuviera sus lágrimas. Adel las merecía.
Pero, por la tumba mancillada de Rovial, ¿cómo había podido ser tan estúpido? Había confesado que poseía magia a los pocos segundos, había usado sus preciadas reservas para sellar su destino. Al menos, si hubiera dejado que lo capturaran, podría haber intentado escapar durante el viaje a Nizahl.
Debería irme. No conocía a este hombre. Su sangre no manchaba mis manos.
Por supuesto que quieres esconderte, es lo que mejor se te da, resopló Hanim.
Apreté los dientes. Necesitaba sacármela de la cabeza. ¿Cómo podría satisfacerla? ¿Qué podía hacer por este jasadí que me ayudara a librarme de la voz de Hanim?
Se me ocurrió una idea. Una idea el doble de estúpida que la de ofrecerme voluntaria para llevar el cuerpo de Adel al bosque. Pero si me ayudaba a librarme de Hanim…
Corrí hasta la orilla del río. Me quité las sandalias y me adentré entre las rocas. El Hirun era un río tempestuoso. Tenía que confiar en que no me haría perder el equilibrio ni me arrastraría la corriente.
Pensé cómo transportar el agua. Si la sostenía entre las manos, me caería al subir por la ribera. El tiempo no estaba de mi lado. El soldado podía regresar en cualquier momento.
Finalmente, sumergí el bajo de la falda en el agua y empapé bien la tela del borde. Corrí al lado de Adel con la falda levantada para evitar que absorbiera tierra.
Mis lecciones con Hanim abarcaron los rituales funerarios de Jasad. Estaba convencida de que podía moldearme para gobernar un reino que Nizahl ya había barrido de la existencia. Menuda pérdida de tiempo, tanto para mí como para ella.
Escurrí la falda. El agua cayó sobre la mano de Adel. Me moví a la otra mano y luego a los pies. Le habían dado una buena paliza; todas las gotas se teñían de rojo.
Llegué a su rostro. No retrocedí al tocarlo. Mi aversión al contacto físico se reservaba únicamente para los vivos.
Le habían reventado los ojos, todavía le caía sangre por debajo de las pestañas.
Su magia apenas había soportado un golpe a los soldados.
Una vez me había sentado en el Essam, igual que ahora, escuchando a Hanim despotricar sobre cómo la magia de Jasad ya se estaba debilitando cuando Nizahl atacó.
Dijo que, en unas pocas generaciones, nuestras tierras habrían llegado a ser tan áridas como las de los demás reinos y los niños jasadíes nacerían sin rastro de magia en las venas.
Vertí agua en sus mejillas y su frente. Había pisoteado las mentiras de Hanim en cuanto me liberé de ella y las había arrojado a un rincón oscuro de mi mente.
Pero al ver el rostro delgado de Adel, con los huesos de la frente aplastados hacia su cabello, me costó no creer que sus palabras albergaran parte de verdad.
Exprimí las últimas gotas de mi falda y las usé para limpiar la sangre de la barbilla de Adel.
—Min dam Rovial, min ra’ad al awalín —empecé en resar.
Si estuviéramos en Jasad, alguien le habría puesto un hueso de dátil en la lengua.
Una despedida para un cuerpo que había terminado su trabajo y una señal de gratitud por todo lo que había dado.
Limpié una piedra contra mi chaleco y se la metí en la boca—.
Irja’a ila makan al mawt wal haya, ila awal al awalín.
—«Regresa al lugar de la muerte y la vida. Al primero de los Primeros».
Esperaba que a Adel no le importara que hubiera realizado un ritual jasadí. Se había pasado la mayor parte de su vida en Omal, puede que Jasad ya no significara nada para él. Hanim no me había enseñado los ritos funerarios omalianos, esperaba que se parecieran en mayor o menor medida.
—Ila al mawt niwada’ak, wa na’eesh haya bakya fi fikrak. Yikun ma’ak… —Hice una pausa. «Te encomendamos a la muerte y viviremos el resto de nuestra vida con tu recuerdo. Estaremos contigo…». ¿Qué más? Cerré los ojos y recité mentalmente la frase de nuevo, buscando las partes faltantes.
—A’malak we ahbabak —dijo una voz suave y mesurada sobre mí—. Creo que son las palabras que buscas.
Me quedé paralizada. Había olvidado prestar atención a las pisadas que se acercaban.
Abrí los ojos y vi unas botas a pocos centímetros de la cabeza de Adel.
Subí la mirada. Advertí unos cuervos violeta bordados en la parte inferior de un largo abrigo negro, sobre un cuerpo esbelto de hombros anchos envuelto en el uniforme nizahliano más elegante que había visto en mi vida.
Unos infames guantes del mismo color le cubrían las manos.
Desde la parte baja de su cuello hasta la mandíbula se extendía una fina cicatriz.
Si todo eso no me hubiera bastado para reconocerlo, sus ojos me habrían dado la pista final: azul pálido e invernal.
Solo había contemplado unos ojos así una vez.
Arin de Nizahl se erguía sobre mí, observándome administrar los ritos funerarios jasadíes a un hombre asesinado.
«Me han descubierto».
El mundo dio un vuelco y me dejó dando vueltas en el vacío. Sentí náuseas. Me levanté de un salto, olvidando el peso de mi falda. ¿Cómo es que estaba aquí? ¿Cuándo había llegado?
Abrí la boca. Para explicarme, para mentir, para gritar. Solo una bocanada de aire salió entre mis labios y nada más.
Tranquila, Essiya. Recuerda la primera regla, murmuró Hanim.
Era demasiado tarde; el pánico ya se había extendido, dejándome entumecida.
Cuando muriera, ¿alguien realizaría los ritos funerarios jasadíes sobre mi cuerpo?
Un suave relincho acompañó la aparición de dos caballos guiados por el otro soldado. Sus ojos se abrieron cómicamente al ver a su comandante. No sabía que iba a venir. Si la patrulla de Nizahl no estaba al tanto de la llegada del heredero, ¿qué hacía aquí?
Una oleada de puro terror me atravesó los huesos. El soldado muerto. ¿Y si habían encontrado su cadáver?
El soldado se arrodilló al instante, visiblemente nervioso.
—Mi señor.
—Supongo que es tuyo. —El heredero de Nizahl señaló el cuerpo de Adel.
El soldado tragó saliva.
—Usó la magia para atacarnos. No tuvimos elección.
—¿Lo atasteis? ¿Lo cegasteis?
—N-no.
—¿Usó la magia una segunda vez?
El soldado negó con la cabeza. Los temblores lo sacudían.
—Ya veo. —La mirada del heredero de Nizahl era gélida—. Entierra el cuerpo y reúnete conmigo en tu puesto.
Mientras hablaban, recuperé lentamente mis instintos.
El heredero de Nizahl no acudiría a Mahair por la muerte de un solo soldado.
Tampoco podía conocer mi verdadera identidad, a menos que los muertos hubieran aprendido a hablar estos últimos días.
Marek había dicho que se había visto al heredero en Gahre, así que Mahair no era la primera aldea omaliana de su ruta.
Me había descubierto hablando resar y llevando a cabo ritos funerarios jasadíes, pero no empleando la magia.
Podría salvar la situación.
El soldado recogió el cuerpo de Adel y se alejó tambaleándose hacia los árboles, dejándome a solas con el heredero de Nizahl.