Capítulo cuatro #4
Cuando este se giró de nuevo hacia mí, bajé la mirada.
—Solicito a su alteza que me permitáis explicar lo que acabáis de presenciar.
El heredero ladeó la cabeza y un mechón de cabello plateado se soltó de la cinta que se lo sujetaba en la nuca.
—Cuando quieras.
—No soy jasadí. —Inspiré hondo. La verdad era cuestión de percepción.
No podía cambiar mis acciones, pero sí alterar su interpretación de estas—.
No poseo magia ni ningún vínculo con el reino calcinado.
Aunque hace años que conozco a Adel, su auténtica identidad permaneció en secreto para todo Mahair.
Para mí. La crueldad de su muerte… me ha hecho enfadar.
Solo quería ofrecerle un último acto de amabilidad llevando a cabo los ritos funerarios de su pueblo.
—¿En tu aldea es común que la gente aprenda ritos funerarios jasadíes? —Parecía curioso. Distendido.
—No. —Fingí dudar—. Los aprendí en Yanub il Kul antes de la guerra. Mis mentores valoraban mucho el estudio de las lenguas antiguas y el conocimiento de las prácticas de cada uno de los reinos.
Un año o dos antes del asalto, Nizahl había intentado fomentar la camaradería entre los reinos creando un campamento en mitad del Essam llamado Yanub il Kul.
El campamento debía limar las diferencias entre los reinos unificando a cientos de niños en una educación compartida.
Las familias reales no enviaron a ninguno de sus hijos, por supuesto.
Mis abuelos se burlaron de la idea y descartaron la florida invitación del supremo Rawain.
Mi asistenta favorita, Soraya, no se había mostrado tan desdeñosa. «Ten cuidado con la amabilidad de los hombres malvados, Essiya. Siempre crece de raíces ponzoñosas».
La segunda semana de guerra, todos los niños que seguían en Yanub il Kul fueron masacrados.
Los asesinos fueron despiadados, inhumanos.
Y el supremo Rawain le echó la culpa a Jasad.
Los reinos que dudaban si apuntar sus espadas hacia Jasad cambiaron de opinión rápidamente después de lo de Yanub il Kul.
—Tu acento es perfecto. Tus mentores deben de sentirse orgullosos.
Observé fijamente al heredero. No tenía claro si me creía o si me estaba siguiendo el juego. Sus rasgos permanecieron imperturbables y corteses. Por su reacción, podría haber estado describiéndole la mejor técnica para eliminar una mancha de un tejido de algodón.
—A decir verdad, les causé una gran angustia. Como podéis ver, rara vez hago un buen uso de mis habilidades.
—Ah —dijo el heredero con una leve mueca—. Lo primero sincero que me dices.
Me esforcé por controlar la respiración. No me creía. Cuatro soldados nizahlianos se abrieron paso entre los árboles. Dos iban a lomos de sus monturas y los otros dos tiraban de las suyas. Me miraron e ignoraron mi presencia de inmediato.
—Señor —lo llamó el primero de ellos, haciendo una reverencia—. Os estábamos buscando, alteza.
—Pues ya me habéis encontrado —contestó él—. ¿Traéis noticias?
—No, mi señor. Es como dijo el herrero. Han liberado al chico.
«Señor, alteza, mi señor». ¿Cuántos más? Jasad tenía como mucho uno o dos títulos honoríficos para su realeza.
La expresión del comandante no cambió.
—Excelente. Dame las riendas, Jeru. Acompañaremos a la señorita a Mahair.
Había logrado retroceder varios pasos, pero la declaración del comandante hizo que me detuviera en seco.
—Os aseguro que no es necesario.
Los soldados se mostraron irritados por mi contestación.
—Acepta la amabilidad de su alteza, muchacha —espetó el más musculoso.
El de cabello rizado, Jeru, le tendió al heredero las riendas de un caballo negro. El heredero me observó con ojos inquietantes; quería arrancárselos de la cara.
Con una rígida reverencia, me forcé a dedicarle una sonrisa. Solo había una respuesta correcta. No sería como Adel, que primero había reaccionado y luego había pensado.
—Por supuesto. Gracias, mi señor. Acepto humildemente vuestro ofrecimiento.
—Maravilloso. ¿Sabes montar?
Hundí los dedos vacíos en mi capa. ¿Qué pretendía?
—No he tenido muchas ocasiones de hacerlo, aunque supongo que podré arreglármelas, señor.
Tomó un segundo juego de riendas de Jeru. Supuse que montaría, pero levantó la mano derecha y comenzó a sacarse los dedos del guante. Los soldados se quedaron quietos.
El comandante extendió la mano desnuda en mi dirección.
—Permíteme. —Su intención fue clara.
Recordé la voz de Marek.
«Puede captarla por el mero tacto».
No era posible. Los jasadíes eran los únicos que seguían poseyendo magia. Sin embargo…, ¿por qué si no se quitaría el guante?
Sincronicé la respiración con los pasos y apreté los dientes. Era una elección simple. Retiraba mi magia de la superficie y rezaba para que los grilletes cumplieran su propósito o me revelaba como jasadí y vivía lo suficiente para gritar.
Pensé en el guiño que me dedicó el supremo Rawain en la Cumbre Sangrienta instantes antes de que se desataran los alaridos.
Yeddo Niyar empujándome de la mesa. El oro fundido deslizándose sobre los ojos de tita Palia mientras su magia rodeaba la mesa.
El estruendo cuando la mesa explotó, mató a tita y a yeddo y envolvió en llamas a todos los que estaban cerca.
Solo más adelante comprendí por qué el malik y la malika habían elegido un destino tan espantoso para sí mismos.
Contar los cuerpos de los muertos cuando yacen en pedazos carbonizados e irreconocibles es una tarea realmente complicada.
Se tomaron registros, y el nombre de una Essiya de diez años figuró entre los fallecidos.
El padre del comandante había derramado mucha sangre de mi familia. No le concedería el mismo privilegio a su hijo. Poco a poco, mi magia fue menguando y el calor desapareció de mis grilletes. Me ardía el pecho tanto como si me hubiera tragado el sol.
Di un último paso adelante y coloqué la mano sobre la del comandante.
Estaba sorprendentemente cálida al tacto. Si no lo hubiera estado observando con tanta atención, podría haber pasado por alto el destello de desconcierto que atravesó sus estoicas facciones. Fue apenas un instante, pero el significado no dejaba lugar a dudas.
El heredero de Nizahl no era un hombre que se equivocara a menudo.
Arqueé las cejas fingiendo preocupación.
—¿Ocurre algo, mi señor? Os habéis puesto pálido.
Pretendía lanzar una pulla, aunque parecía que solo los soldados gruñones sentían el peso de mi insolencia. Me convenía mantenerme alejada del más musculoso si no quería sufrir una caída fatal del caballo.
El comandante se mantuvo exasperantemente imperturbable.
—Es mi tono natural, te lo aseguro.
Para mi horror, sujetó las riendas de su caballo en dirección al este.
—No pretenderéis presentaros en Mahair —espeté.
—¡Señor! —explotó el guardia—. Si me permitís responder a este insulto…
—Vaun. —El comandante dirigió una mirada apaciguadora a su guardia—. Hace tiempo que le debo una visita a Mahair. He oído que es una aldea honesta y trabajadora. ¿He hecho mal al creerlo?
Lo miré fijamente. Marek se equivocaba. Todos se equivocaban.
El mayor poder de Arin de Nizahl no residía en ninguna habilidad sobrenatural.
Si me resistía, despertaría sospechas. Si accedía, diría que su visita a Mahair había sido por invitación mía.
Iba tres pasos por delante en cada dirección en la que me giraba.
Me imaginé mil serpientes diminutas en su mente moviéndose en una espiral rítmica y agitada. Una trampa dentro de otra trampa. Y yo había caído de lleno.
—Para nada, mi señor —respondí—. Mahair le brindará una cálida bienvenida.
Montamos hasta la aldea bajo el sol poniente.
La multitud anterior se había dispersado y el silencio había caído sobre los rezagados.
Si el cabello plateado y el escudo en el caballo no delataban al heredero de Nizahl, lo hacía su inequívoco aire autoritario.
Sus soldados lo rodeaban vestidos de los colores de su reino, abriéndose paso por las calles.
Yo era la diferente. Una plebeya omaliana montando con la caballería del heredero.
Me encogí mientras avanzábamos, deseando no llevar el pelo trenzado apartado de la cara.
Entre eso y mi ofrecimiento para cargar el cuerpo de Adel al bosque, mi anonimato se había visto más comprometido que si hubiera decidido bailar desnuda en mitad de la carretera.
Detuve al caballo cuando llegamos a la puerta de la tienda de Rory.
—Me esperan aquí —anuncié—. Gracias por el honor de vuestra escolta. —Deslicé la pierna por el costado del animal y me dejé caer al suelo—. Deseo que disfrutéis de vuestro tiempo en Mahair.
Cuando el comandante desmontó y entregó las riendas a uno de sus hombres, mis ilusiones de que la pesadilla hubiera acabado se desvanecieron.
—Permíteme explicarle tu prolongada ausencia a tu jefe.
¿Esperaba que lo llevara a una habitación plagada de evidencias mágicas? Tensé el brazo de la cesta y levanté la barbilla.
—Vuestro esmero es una bendición para Nizahl.
Confiaba en que Rory hubiera dejado sus experimentos con ranas destripadas por encima del mostrador. Quería que algo asustara al heredero, aunque fuera simplemente el hedor. Pasé por delante de él evitando a Vaun.
La campanita de la puerta sonó con cada guardia que entró. Una comitiva de fatalidad uniformada. Rory estaba sentado en un cojín destartalado ordenando ungüentos y garabateando en su maltrecho libro de registro. Cuando entré, el alivio relajó su delgada complexión.
—Aquí estás, Sylv… ¡Mi señor!
—¿Te llamas Sylv?
—Solo dos veces al mes —contesté. Por la tumba mancillada de Rovial, ¿qué espectro descabellado me había poseído?
—¡Sylvia! —ladró Rory—. Disculpadla, alteza, es joven e ingenua. Tráeme el bastón, Sylvia, no puedo… —Se inclinó hacia delante y el libro cayó de su regazo.
Con una desagradable sacudida, comprendí por qué Rory quería su bastón. Lo había dejado caer a un lado después de sentarse en el cojín y no podía arrodillarse ante el heredero sin apoyarse en él.
El heredero de Nizahl pareció llegar a la misma conclusión.
—No te preocupes —le dijo a Rory. Me sorprendió brevemente que le perdonara a Rory el deber de arrodillarse. Sin embargo, ¿qué más daba un suplicante más cuando tenía miles?—. Tu aprendiza no ha incumplido sus obligaciones, nosotros la hemos retrasado.
—Por supuesto, no tiene importancia —afirmó Rory sosteniendo el bastón contra su pecho. El boticario temblaba como un potro recién nacido—. Por favor, será un honor preparar un té para su alteza y vuestros hombres.
—Su alteza quería asegurarse de que volviera sana y salva —me apresuré a añadir—. No deberíamos abusar más de su tiempo.
El comandante torció la boca. Mis esfuerzos por quitármelos de encima eran tan graciosos como evidentes. Me sentí aliviada cuando Vaun giró la cabeza para decirle algo al oído al comandante. Al apartarse, el comandante inclinó la barbilla y dijo:
—Quizás en otra ocasión. Que disfrutéis de la velada. Sylvia.
Un escalofrío me recorrió la espalda. No era el nombre adecuado en sus labios, pero no por ello me perturbó menos.
Cuando me miró a los ojos, la ira huyó de mis huesos, reemplazada por un miedo atroz.
Su mirada era pétrea, más fría que la lluvia sobre mi piel.
Me olvidé de Rory, de Adel, del soldado muerto. Me olvidé de Mahair por completo.
Era una heredera de diez años sentada ante una antigua mesa de roble mientras el cielo estallaba en llamas y unos relámpagos negros impactaban en la tierra.
Estaba temblando, hambrienta, cubierta de sangre y cenizas en el bosque Essam.
Extendía las manos hacia la mujer que se inclinaba sobre mí, atravesada por el sol como si fuera poco más que un velo envuelto alrededor de su glorioso rostro.
Me había topado con la muerte en cada una de mis reencarnaciones, pero nunca la había mirado a los ojos hasta ese momento.
—Alteza —desvié la mirada.
El comandante y sus guardias se retiraron. Esperé a que el estruendo de los cascos desapareciera para girarme hacia Rory. Se había levantado, aunque dudaba que fuera el esfuerzo lo que lohabía puesto tan pálido.
Un pesado silencio se instaló en el ambiente tras la marcha del heredero. Cuando Rory habló por fin, lo hizo con la voz grave y quebrada por el horror.
—Los has traído a Mahair.
Parpadeé.
—Yo no los he traído aquí. Estaba ayudando con Adel y me han encontrado. Ha insistido en acompañarme hasta la tienda. ¿Qué querías que hiciera, Rory? ¿Empujar al comandante al Hirun y robarle el caballo?
Una tormenta se desató en el interior del anciano. Mi preocupación se intensificó. Estaba segura de que la presencia del heredero de Nizahl provocaría una gran histeria en Mahair, pero no esperaba que Rory fuera a caer en ella.
A pesar de sus rabietas, el boticario se mantenía firme como un hombre de medicina y hechos, sujeto a los principios de la razón. Si bien el supremo no era un gran amante de la ciencia, dudaba que enviara a su hijo a impartir justicia contra un boticario de pueblo.
—Rory —dije lentamente—. ¿Qué estás ocultando?
El peso de la resignación hundió sus hombros orgullosos.
—No soy yo el que se esconde, Essiya.