Capítulo cuatro #2
Los mitos que había detrás del Alcalah eran todo un sinsentido.
Los cuatro hermanos originales eran seres hechos de magia pura…
, de la magia primigenia. Los awalín habían creado los reinos y los habían gobernado durante milenios antes de que Rovial, el awal de Jasad, se volviera loco y matara a miles de personas.
Los historiadores afirman que sufrió lo que se llama «locura mágica».
La consecuencia inevitable de un poder tan grande.
Para contener a su hermano y proteger los reinos, las awalas se entregaron a un sueño eterno bajo el puente Sirauk.
¿Qué buscaba celebrar el Alcalah exactamente?
¿El derramamiento de sangre o el sepelio?
Consciente de mi frustración cada vez mayor, me quedé callada y me alisé la falda alrededor de las rodillas. La pálida luz del sol se reflejaba en mis grilletes. Por suerte, era la única capaz de verlos o sentirlos, pues su resplandor habría cegado la visión periférica de Marek.
—Los dos últimos campeones del comandante eran un cantero lukubí y un mendigo orbaniano. Ambos se alzaron vencedores.
—Marek, basta.
No me apetecía seguir hablando de Nizahl ni del Alcalah. La ira tardaba más en desvanecerse que en prender y no me sobraba energía.
—Dicen que, si mira a un jasadí a los ojos, puede congelar la magia en sus venas —prosiguió Marek—. Se supone que es capaz de captarla por el mero tacto.
Ese simple pensamiento amenazó con traer de vuelta mi desayuno lleno de cáscaras de huevo. La mayoría de los días, conseguía olvidar voluntariamente que a los jasadíes nos perseguían como a animales rabiosos. No podía hacer nada por ellos. Apenas había algo que pudiera hacer por mí.
—Lo que describes es imposible. ¿Insinúas que el comandante tiene magia? —Hablé con un tono brusco, marcado por la imagen que habían dibujado las palabras de Marek.
—Por supuesto que no. Solo digo que…
—Lo que estás insinuando es traición. Y ya hemos tenido suficiente últimamente, ¿no crees?
La multitud se fue espesando a medida que nos acercamos a la plaza principal.
La gente esquivaba la carreta de Marek mientras esta se abría paso entre la muchedumbre vestida de azul y blanco.
En cuanto se detuvo, respiré hondo y salté.
Me mantuve envuelta en la capa y con la cabeza gacha.
Cada golpe accidental en el hombro o en el brazo me hacía sentir punzadas de repugnancia.
No veía el momento de llegar a la tienda de Rory.
La campanilla de la puerta tintineó y esperé a que este se asomara desde la trastienda. Cuando pasó un minuto sin que oyera el golpeteo del bastón del boticario, rodeé el mostrador y aparté la cortina.
—Vete —dijo sin darse la vuelta.
Rory estaba sentado sobre un par de cajas giradas, tenía tres cuencos encima de la mesa y el cubo lleno de ranas a sus pies.
Arrugué la nariz al notar el olor. Por los huesos polvorientos de Dania, llegaba demasiado tarde.
Nunca trabajaba con las ranas durante el día, cuando el hedor de la sangre y el alcohol agrio podía impregnar el resto de la tienda.
Al menos, no lo hacía salvo que su hastío con la humanidad terminara por superar a su sentido común.
—Bueno, Rory… —empecé infundiendo a mi voz una paciencia que no sentía. ¿De todas las semanas posibles para sufrir una rabieta tenía que elegir la de la walima?—. Creo que deberías…
Antes de que pudiera continuar, una cesta me impactó contra el pecho. Rory no levantó la vista de los cuencos.
—Necesito más ingredientes —espetó—. No tu opinión.
Fulminé su perfil con la mirada.
—La última vez que me adentré en el Essam con falda, tardó una semana en curárseme el sarpullido.
—Prefería lavarme los dientes con una cola de lagarto antes que atender a montones de desconocidos, pero, a diferencia de Rory, yo no podía permitirme el lujo de tener una rabieta—.
Yo me encargo de la tienda. Tú puedes quedarte aquí.
Rory me ignoró y le dio la vuelta a una rana inerte.
Increíble. Cogí la cesta. Era imposible hacerlo entrar en razón cuando se ponía así.
Fuera, la carretera principal estaba muy concurrida por quienes habían llegado con tiempo para la walima y exploraban las limitadas opciones que ofrecía una aldea como Mahair.
Muchos visitantes con bolsillos que suplicaban ser vaciados.
Maldiciendo a Rory por lo bajini, me levanté la falda y me giré hacia el bosque.
—¡Para! ¡Jasadí!
El grito atravesó el jaleo de la carretera principal.
Me quedé paralizada, con las piernas rígidas, preparada para una huida brutal. Doblé los codos y tensé los hombros. Un segundo más y sería una mancha difuminada de tela desapareciendo bosque adentro. Un segundo más y no habría visto al padre del panadero tirado en el suelo.
La multitud se agolpó detrás de mí. Noté brazos apretados contra los míos, empujando y dando codazos, intentando ver mejor a los soldados nizahlianos que se erguían sobre el septuagenario polvoriento. No me habían pillado a mí, sino a él.
Un soldado nizahliano con el pecho en forma de barril de cerveza se alzaba frente al anciano. Adel, pensé. Se llamaba Adel. Siempre me ponía sésamo extra en los rollitos.
—Se te acusa de posesión y uso de la magia. Serás llevado a Nizahl, donde se confirmará tu reino de origen. Si la investigación te señala como jasadí, te enfrentarás a un juicio en los justos tribunales de nuestro supremo.
—Por favor, llevo… llevo cuarenta años viviendo aquí. He vivido prácticamente toda mi vida en Omal. He criado aquí a mi familia. Mi magia no es nada, ¡apenas una gota!
—Admites poseer magia. Confiesas ser jasadí.
—¡Solo nací jasadí! —sollozó—. Eso fue décadas antes de la guerra.
—¡Lo he visto usar la magia! —gritó la misma mujer de antes. No la reconocí, debía de ser una visitante—. Ha tocado una hogaza de pan quemada y se ha arreglado sola.
Los grilletes se apretaron alrededor de mis muñecas. Tonto… ¿Por qué usaría la magia delante de otras personas? ¡Había sido innecesariamente descuidado!
—¿Ha… arreglado un pan quemado? ¿Ese es su crimen? —preguntó una voz áspera y furiosa. Yuli. Conocería a Adel de hacía años. Puede que incluso contratara a sus hijos para que trabajaran en sus granjas—. Adel es uno de los nuestros.
No es uno de ellos, es uno de los tuyos, siseó Hanim. Haz algo, Essiya. ¡Sálvalo!
Me quedé inmóvil. Interferir únicamente serviría para acabar con dos muertes en lugar de una. No podía ayudarlo. No le debía mi vida solo porque él hubiera nacido jasadí y yo heredera de Jasad. Tendría que haberse andado con más cuidado.
—Te vienes con nosotros. —El soldado de Nizahl más bajo lo levantó ignorando sus gritos de protesta por el agresivo agarre de su brazo—. Ya declararás ante el tribunal.
—¡Pare! ¡Le está haciendo daño!
El alarido de Yuli se mezcló con otros. Un extraño pensamiento se me pasó con la cabeza y amenazó con inclinar el suelo bajo mis pies.
¿Y si ya lo sabían todos?
Si Adel vivía aquí desde antes de la guerra, era posible que le hubiera contado a la gente que era jasadí.
Podía haberlo hecho fácilmente, sin miedo, en aquellos días felices en los que su identidad y su lugar de nacimiento no conllevaban campanas de muerte.
En una aldea tan pequeña como esta, alguien habría visto su magia.
La panadería pertenecía a la familia de Adel.
Llevaban décadas regentándola. ¿Era posible que Mahair hubiera decidido colectivamente no delatar al hombre a pesar de la severidad con la que se castigaba el hecho de proteger a un jasadí?
El terror se apoderó del pálido rostro del anciano. Se sacudió, lo que solo sirvió para que los soldados lo sujetaran con más agresividad. Me lo vi venir antes de que sucediera.
«Sé inteligente —quería gritarle—. Mantente firme, Adel. No te dejes vencer por el pánico».
—¡No! —bramó Adel.
El aire se crispó y fluyó hacia el tembloroso jasadí.
Como la tira de una honda, la magia de Adel se tensó.
Un brillo dorado y plateado se arremolinó en sus ojos.
En el instante en el que su magia estuvo concentrada y a punto, desvié la mirada hacia los soldados.
Sabían lo que venía. Estaban deseándolo.
La magia de Adel estalló.
La multitud gritó cuando los soldados salieron disparados hacia el suelo. Adel jadeó y los contempló con el rostro plagado de dudas.
Si no hubiera estado paralizada, podría haberme tirado del pelo. ¿Por qué no huía?
Adel echó a correr hacia el bosque. Si conseguía atravesar el muro y la línea de árboles de los cuervos antes de que los soldados lo alcanzaran, tendría una mínima oportunidad de escapar.
Es un hombre blando, no sobrevivirá en el bosque. Si no lo atrapan los soldados, lo hará cualquier otro depredador, dijo Hanim. Podía percibir su decepción como si la tuviera justo al lado.
La pregunta sobre las habilidades de supervivencia de Adel nunca tendría respuesta. El soldado con pecho en forma de barril se levantó y se sacó un cuchillo corto de la cadera. Adel corría en línea recta. El soldado echó el brazo atrás.
Cerré los ojos.
¡Mira!, gritó Hanim. Al menos tienen derecho a ser vistos.
Miré. Miré cómo el cuchillo se hundía entre los omoplatos de Adel.
Miré cómo el anciano panadero caía hacia delante a pocos metros del muro.
Y miré cuando el soldado nizahliano alcanzó a Adel y enterró al jasadí bajo una tormenta de golpes y patadas.
Los impactos húmedos fueron más difíciles de soportar para algunos espectadores que el crujido de los huesos.
Cuando el soldado se levantó de nuevo, solo había una pulpa de mirada vacía donde unos instantes antes estaba Adel.
Se oyó un sollozo. La visitante que había acusado a Adel evitó mirar el cadáver y mantuvo la actitud desafiante.
Al final de la multitud, distinguí a Rory. Observaba fijamente a Adel, sosteniendo el bastón con los nudillos blancos. ¿Estaba afectado por la repugnancia? ¿O era dolor?