Capítulo cuatro
Capítulo cuatro
P asan cuatro días sin que nadie exija mi ejecución.
Las parejas de soldados de Nizahl siguen patrullando por su ruta, continúan llegando visitantes para la walima y yo vuelvo a aterrorizar ranas para Rory.
Si no tuviera magulladuras y un mechón de cabello menos, me preguntaría si lo de aquella noche había sido una alucinación.
La preocupación me acechaba de manera implacable. No confiaba en la paz. Los soldados de Nizahl no olvidaban así como así la desaparición de uno de los suyos.
Dos días antes de la walima, Raya llamó a nuestras puertas, presa de una extraña agitación.
Nadie sabía por qué. Sus telas ya se vendían con un éxito impresionante en el mercado regular, mucho más en una walima que se celebraba una vez cada tres años.
Mujeres nobles de los pueblos más lejanos de los cuatro reinos enviaban a sus sirvientes a pujar por los extravagantes vestidos de Raya.
Todos estaban ilusionados por vestirse con sus mejores galas para las celebraciones del Alcalah en sus respectivos reinos y los trajes se vendían a tal precio que permitía a Raya acoger a una huérfana o dos más de las calles.
A los pies de la colina, Marek cargaba la carreta. Habían retirado la lona que solía cubrir la parte trasera para que tuviera espacio para apilar las cajas.
—Llegas tarde. Probablemente, Rory ya haya hecho llorar a algún cliente. —Marek se subió de un salto al asiento del conductor.
—Mientras no le haya lanzado el bastón a nadie, puede considerarse una buena mañana. ¿Dónde está Fairel?
Marek señaló la silueta de la diminuta niña que corría a toda velocidad colina abajo, con la espalda encorvada bajo una silla de madera.
Disimulé una sonrisa. Raya les daba a todas las huérfanas de su refugio la posibilidad de elegir: trabajar o estudiar.
La mayoría elegía estudiar, pero Fairel, la pequeña de nueve años, había levantado la barbilla y había declarado: «Prefiero ser la mejor en una cosa que saber un poco de muchas cosas».
En los tres años que habían transcurrido desde entonces, había asumido su papel de guardiana de las sillas de Nadia con una seriedad propia de quienes vigilan instrumentos de batalla.
Fairel saltó a la parte trasera de la carreta con la silla a cuestas.
—¡Ya! ¡Estoy aquí!
Marek rio y chasqueó la lengua a los caballos.
Seis niñas más subieron detrás y se reacomodaron en la carreta.
Mientras avanzábamos entre bandazos, sacudí la pierna y tamborileé con los dedos sobre mi rodilla.
Otro motivo para odiar la ajetreada temporada del Alcalah era la amenazante posibilidad de que me reconocieran.
Siempre me mantenía atenta a cualquier rumor sobre la heredera de Jasad.
No había oído ni un solo susurro que pudiera sugerir al mundo la idea de que Essiya estaba menos muerta que el resto de su familia.
La mayoría de los que se encontraban en la Cumbre Sangrienta habían perecido durante el ataque, incluyendo a Isra, la esposa del supremo Rawain.
Solo la reina de Omal, el supremo Rawain y la sultana Bisai habían sobrevivido.
La sultana Bisai ahora estaba muerta y la corona de Lukub había pasado a su hija, y los otros dos miembros de la realeza no se cruzarían con una humilde huérfana.
Eso no evitaba que me reconfortara notar el peso de la daga que llevaba escondida en la bota cada vez que llegaban visitantes a Mahair.
La cabaña azul se alzaba a nuestra derecha.
Los dueños eran mayores y no tenían hijos.
No había mucha gente interesada en adquirir propiedades aquí, no cuando había un refugio lleno de huérfanos a la izquierda y un camino de vagabundos a la derecha.
Sería una casa excelente. Habría espacio para Sefa y Marek.
Y tal vez un pequeño jardín para mi higuera.
Dirigí la mirada al frente. Las fantasiosas reflexiones de Sefa se habían colado en mi sentido común. Anhelar lo imposible era una ocupación reservada a los necios.
La carreta empezó a dar bandazos cuando el camino se volvió más pedregoso. Los niños que perseguían la carreta retrocedieron y se escabulleron en la dirección opuesta, haciendo caso omiso de las advertencias de sus padres de no aventurarse en el camino de los vagabundos.
—¿Cómo te encuentras? —preguntó Marek en voz baja.
Sabía a lo que se refería en realidad, pero no tenía una respuesta adecuada para sus oídos.
—Hambrienta. Maya no debería tener permitido preparar el desayuno para nadie que no sea su enemigo. Todavía tengo cáscara de huevo en los dientes.
Marek guardó silencio durante unos instantes. Esperaba que hubiéramos llegado al final de la conversación.
—Cinco años. Cinco años de amistad, Sylvia.
Y somos amigos, a pesar de tus muchos esfuerzos por distanciarte de nosotros.
Sí, me he dado cuenta. Tengo el talento de leer a la gente, pero tú…
me desconciertas. Cinco años de amistad y ¿sabes cuál es la única palabra que usaría para describirte?
—Me miró—. Apacible. Solo… apacible. Y podría haberse quedado ahí hasta hace dos noches, cuando te vi partirle la columna tú sola a un hombre sin estremecerte.
«Apacible». Saboreé la palabra intentando evaluar si encajaba conmigo.
Me hacía gracia. Quizás el látigo de Hanim estaba reservado para las chicas de carácter apacible y las cicatrices de mi espalda eran una generosa recompensa por mi temperamento apocado.
Durante mi primera semana en la cabaña de Hanim, había lanzado la comida contra la pared y estallado en lágrimas.
Seguía siendo una criatura rebelde, llena de rencor y con la indignación inherente a la realeza desairada.
Aunque había visto arder a mis abuelos con mis propios ojos y había escuchado al mensajero declarar la muerte de Niphran con mis propios oídos, todavía no había asimilado la realidad.
La capitana de guerra de Jasad caída en desgracia había permanecido callada como una tumba mientras esperaba a que me enjugara las últimas lágrimas.
«A la esquina —había espetado—. Y levanta los brazos».
Asustada por su mirada vacía, había mantenido los brazos en alto hasta que el grito de dolor de mis hombros se transformó en un gemido.
Había contado las grietas de la pared. Había memorizado las escrituras de mis grilletes.
El dolor se había acabado calmando hasta convertirse en algo constante y olvidable como el latido en mi cuello.
Había encontrado un modo de pensar a través de él.
Apacible, sí.
Sin inmutarse por mi silencio, Marek continuó:
—¿Te has enterado? Dicen que se vio al heredero de Nizahl cerca de la frontera con Gahre.
La punzada de dolor que me atravesó el pecho tras sus palabras me irritó. Gahre era otra aldea baja omaliana que se hallaba apenas a una hora de distancia. Las noticias de su llegada habrían precedido por mucho a los caballos del comandante. Aflojé los puños.
—Seguro que son habladurías de mercaderes aburridos.
—Sí —coincidió Marek, que me miró de reojo los dedos crispados—. Este año le toca a Omal representar a Nizahl en el Alcalah. Es probable que el heredero se pasee por nuestras modestas aldeas en busca de su campeón.
El tono burlón de Marek delataba lo que opinaba de esa idea.
Celebrado cada tres años, el Alcalah infundía vigor a todos los reinos, desde la máxima realeza hasta el vagabundo más humilde.
El torneo consistía en tres pruebas extenuantes dedicadas a conmemorar el sacrificio de los progenitores de nuestros reinos.
La ubicación de cada prueba rotaba entre los cuatro reinos y terminaba con un Baile de la Victoria.
A juzgar por la obsesión de Mahair con el Alcalah, los reinos construían sus vidas en torno a este evento.
No podría contar cuántas veces había oído a los clientes de Rory que se paseaban por la tienda fantaseando con el Baile de la Victoria o con animar entre el público de una de las pruebas del Alcalah.
Nizahl era el único reino que no elegía al campeón entre su propia gente.
Poco después de reducir Jasad a cenizas, el supremo Rawain había anunciado generosamente el plan de Nizahl para fomentar la paz eligiendo a un campeón de un reino diferente en cada Alcalah.
Además, Nizahl contaba con una ventaja injusta: sus jóvenes eran reclutados por el ejército desde que eran adolescentes y su soldado más incompetente podría igualar con facilidad al mejor de otro reino.
—No escogerá a un campeón de las aldeas bajas —comenté—. Estoy convencida de que tiene algún acuerdo con el heredero de Omal. Un campeón preseleccionado y favorecido por la familia real, quizás.
—Felix no es capaz ni de sonarse la nariz.
Seguro que el heredero de Nizahl no consulta con él para nombrar un campeón.
—Hice una mueca de asco ante la imagen—.
Todos los campeones que ha seleccionado han ganado el Alcalah.
Dudo que accediera a entrenar a un incompetente solo para obtener un favor político.
Y, aunque el heredero de Nizahl sí que eligiera a alguien de las aldeas bajas, le costaría convencerlo para que aceptara un papel tan fatídico.
A pesar de lo mucho que les gustaba especular sobre el Alcalah, los habitantes de las aldeas bajas tenían demasiado sentido común para competir voluntariamente en un torneo que dejaba muertos a más de la mitad de sus campeones. Al menos, esperaba que así fuera.
Marek se encogió de hombros y dirigió la carreta por un tramo de estanques malolientes que plagaban el camino.
—Puede que el riesgo valga la pena. Si se alzan victoriosos, ganarán un séquito de guardias, una casa en la parte alta de la ciudad de cada reino y riquezas para toda una vida.
—No merece la pena, a menos que seas un noble con la cabeza llena de serrín y cuyo único propósito al competir sea pavonearte y declarar que estás celebrando el sacrificio de los awalín.