La heredera de Jasad (El trono calcinado 1) Capítulo tres #3
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Capítulo tres #3

¿Cómo sabía Marek cuántos soldados ni­zahlianos se habían desviado mientras el heredero elegía a su campeón para el Alcalah? Mis anteriores sospechas volvieron con fuerza.

—Pareces muy familiarizado con las costumbres ni­zahlianas.

Arqueó una ceja.

—Tú también.

—¿Seguro que no activarán las alarmas a menos que encuentren un cuerpo? —Quería creerlo desesperadamente.

—Claro.

—¿Os importaría coger un asa? —jadeó Sefa. Hamada había llenado la olla hasta el borde. Sefa se tambaleó y unas pocas habas se derramaron por el lado. Marek y yo cogimos las asas y volvimos ilesos al refugio.

Raya se pasó diez minutos gritándonos por el lamentable estado de nuestra ropa. En cuanto terminó, los tres nos separamos. Yo fui a darme un baño, Sefa a ayudar con el desayuno y Marek a cambiarse para un duro día de trabajo.

Mientras me frotaba el cuerpo con la toalla, deseé poder arrancarme la rigidez de los músculos con fuerza pura.

Estaba tensa como no lo había estado desde mis primeros meses en Mahair.

Me envolví los rizos mojados en unos pantalones de lino y me até los extremos en la nuca.

Ni siquiera dejarme caer en la cama me ayudó a relajarme.

Al otro lado de la puerta, un frenesí de pasos y conversaciones señalaba el comienzo de un nuevo día.

Yo no les caía demasiado bien a las chicas más jóvenes del refugio.

Me faltaba ese toque dulce y cariñoso que a Sefa le salía con tanta naturalidad.

Aunque había intentado ser más amable con ellas, mi instinto maternal era el mismo que el de una cucaracha sangrienta.

Aun así, por alguna razón inconcebible, su presencia me reconfortaba cada vez que sentía que el miedo me envolvía.

Raya preferiría morir antes que permitir que estas pequeñas sintieran la presión de las responsabilidades que ella soportaba en su nombre.

Se aseguraba de que fueran libres de preocuparse de problemas más urgentes como quién se quedaría el vestido más bonito de las carretas de donación mensual o quién podría llevar más lejos a la cabra más grande.

Estas niñas huérfanas eran tan felices como las circunstancias les permitían.

—No deberías ocultarles la realidad de la vida a la que se enfrentarán fuera de este refugio —le había dicho una vez, días después de cumplir los dieciséis.

Yo estaba afilando los cuchillos de la cocina junto a la chimenea mientras ella contaba sus ganancias semanales por sexta vez—.

Cuantas más responsabilidades descansen ahora sobre sus hombros, mejor las tolerarán.

Me miró durante tanto tiempo que empecé a tensarme y apreté el agarre de uno de los cuchillos. Las ojeras oscurecían la piel bajo los ojos de Raya.

—Las niñas no están hechas para aguantar las penurias de esta vida, Sylvia. Las destrozan. Se pasarán la vida adulta haciendo todo lo que esté en su mano para no volver a sentir nunca el peso del mundo.

El agotamiento se apoderó de mí. Llevaba dos días sin dormir, pero, cada vez que cerraba los ojos, veía a soldados ni­zahlianos adentrándose en Mahair con espadas y antorchas.

La ilusión de seguridad de este lugar se había desvanecido.

Eres la heredera de Jasad. La seguridad no es para ti, dijo Hanim.

Hundí la cara contra la dura almohada. Recité mentalmente las hierbas que recogería para Rory y planeé el mejor lugar para colocar nuestra mesa para la walima.

Como no me funcionó nada, recurrí a una práctica tan antigua como las cicatrices de mi espalda. Me llevé una palma fría al corazón y conté los latidos.

«Uno, dos. Estoy viva. Tres, cuatro. Estoy a salvo. Cinco, seis. No dejaré que me atrapen».

Estoy sola a la cabeza de un vasto salón de baile.

Un público de jasadíes sin rostro espera con ansia mi discurso.

Mi corpiño tiene forma de flor de loto y se curva hacia afuera a la altura de mis costillas.

Tengo el símbolo iridiscente de Jasad grabado en la falda: cabeza de halcón y alas doradas sobre el cuerpo de un elegante gato negro.

Un kitmer dorado, un felino de pura magia y leyenda.

El kitmer da vueltas por mi vestido, agitado.

Tengo una corona sobre la cabeza.

—¡Reina Essiya! ¡La heredera perdida ha regresado para hacer resurgir a Jasad! —grita un hombre hecho de sombras retorcidas y humo.

—¡La magia prosperará de nuevo!

Intento huir, pero estoy inmovilizada bajo el peso de la corona. Un hilo dorado me cose los labios. Contemplo en silencio su exaltación, su alivio, mientras me golpean por todos los costados. Salvadora. Heroína. Reina.

Me caen gotas rojas por la barbilla cuando separo los labios a la fuerza para arrancar los puntos. Un potente sabor metálico me colma la boca e intenta ahogar mis palabras en su nacimiento.

—¡Por favor! ¡No soy lo que buscáis! ¡No puedo ayudaros! —Me dejo caer de rodillas.

Los puntos me desgarran y unos preciosos hilos dorados caen al suelo en una maraña sangrienta. Mi voz liberada llena el salón de baile.

Algo me levanta con un fuerte agarre.

—Essiya, se te va a arrugar el vestido.

La conmoción me atraviesa. Le saco casi una cabeza a mi madre. Los hombros a los que me subía hace años ahora son la mitad de anchos que los míos. Tengo curvas donde ella está delgada y fuerza donde ella solo muestra debilidad.

—Soy más alta que tú. —Es lo único que se me ocurre decirle a mi madre fallecida.

La risa de Niphran es como música.

—Por poco. Tienes la complexión de tu abuela.

El salón de baile se disuelve a nuestro alrededor. Estamos en la superficie de un lago congelado que se extiende durante kilómetros a ambos lados.

Unas llamas naranja bailan en las piernas de Niphran.

—Un reino no puede caer cuando su heredera sigue en pie.

No puedes eludir tu deber, ya omri. Es la herencia de la sangre.

—Busco el origen del fuego que consume su cuerpo.

No lo encuentro—. Más que eso —prosigue Niphran como si no se estuviera quemando viva a un metro de distancia—, es un derecho de nacimiento.

Quiénes somos, quiénes podríamos haber sido, nuestra identidad como reino…

¿Acaso la gente que ha perdido su hogar no significa nada para ti?

Pateo con fuerza la superficie sobre la que nos encontramos, pero no se rompe. Estamos rodeadas de agua y, aun así, mi madre arde.

—No me dejes —jadeo. Ya me la arrebataron una vez. Me estiro hacia Niphran y me encojo cuando las llamas crecen.

—Pues sálvame.

—¡No se rompe! —Me dejo caer y golpeo el hielo a puñetazos. Se me abren los nudillos en vano. La capa de hielo es demasiado gruesa y profunda.

El infierno ruge y se traga a Niphran por completo, pero sus palabras son claras.

—Pártelo.

—¡No sé cómo! —Levanto los puños para golpear el hielo de nuevo… y me quedo quieta.

Tengo las muñecas desnudas. Donde deberían estar los grilletes, solo hay piel suave.

El fuego lame el cielo y extingue la noche con su resplandor monstruoso. Ilumina miles de siluetas que esperan en la orilla. Observando. Juzgando.

—¡Essiya! —grita Niphran.

Me tambaleo hacia atrás y me cubro el rostro con un brazo.

Las llamas estallan. Nos consumen.