La heredera de Jasad (El trono calcinado 1) Capítulo tres #2
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Capítulo tres #2

La carrera hasta el río se me hizo eterna.

Yo llevaba la parte delantera mientras que Marek y Sefa sostenían el resto del cuerpo.

Los árboles se cerraron a nuestro alrededor y la tierra descendía cada pocos pasos.

Vi que Marek se estremecía. A medida que nos adentrábamos en el Essam, daba la sensación de que las fauces de una gran bestia se cernían sobre nosotros.

Solo nos detuvimos un par de veces para recuperar el aliento, demasiado conscientes de la fresca brisa matutina y del resplandor rosado del cielo.

Sefa empezó a cantar y su voz gorjeante cubrió el sonido de nuestros pasos.

—Los awalín llegaron sin ser vistos para examinar la tierra vacía. ¡Reinan! ¡Reinan!

—Sefa, por favor —gimió Marek. Yo no reconocí la melodía, pero claramente él sí.

—Sobre las colinas y los valles del oeste, Kapastra depositó su corona. ¡Madre de Omal, domadora de bestias del azul, reina!

—No parará —le advertí a Marek. Mi bota atravesó un tronco podrido. Brotaron grillos del agujero y me saltaron por la pierna. Sus indignados chirridos se unieron a la melodía incesante de Sefa.

—Rayo de belleza, más afilado que un rubí, Baira, Baira, Baira —entonó Marek con voz monótona—. Hacia Lukub llevó su luz, ¡reina, reina!

—La batalla latía en los huesos de Dania y en Orban entonó su sangrienta canción. ¡Reina, reina!

Un grillo saltó a la mejilla del cadáver. Se subió a su nariz e hice una mueca. Podía anticipar lo que decía después la canción. O, más bien, quién no aparecía.

En los albores de los tiempos, los cuatro reinos originales (Lukub, Omal, Orban y Jasad) estaban repletos de magia.

Ni­zahl surgió tras el sepelio de los awalín, creado para arbitrar la paz entre los otros cuatro reinos.

Sin embargo, transcurrieron los siglos y el mundo poco a poco fue despojado de su magia hasta que solo quedó la de Jasad.

Los ejércitos de Ni­zahl crecieron, asustaron a Lukub y a Omal e incluso a un Orban sediento de batallas.

Pero no a Jasad. Ni siquiera los ejércitos ni­zahlianos tuvieron una oportunidad contra la inexpugnable fortaleza de Jasad.

Al menos, no tendrían que haberla tenido.

Para mi sorpresa, Sefa continuó con la canción, aunque de manera más suave y reservada.

—Rovial oyó el zumbido de Jasad y entregó su alma para mantenerla despierta. ¡Reina, rei…!

—Silencio. —Dejé de andar y agucé el oído. Ahí estaba, la mejor canción de todas: el gorgoteo del Hirun. Nos abrimos paso entre los árboles a toda velocidad y nos detuvimos en seco en la orilla del río.

—Oh —murmuró Sefa—. Nunca había visto las orillas del Hirun tan separadas.

El Hirun zigzagueaba a través de todos los reinos como una poderosa serpiente, insuflando vida allá por donde pasaba.

En algunas áreas del Essam, el río no era más ancho que el tronco de un árbol.

Ahí, el lado opuesto del río estaba al menos a ochocientos metros de distancia.

El reflejo de la luna ondulaba sobre su oscura superficie.

—Yo me encargo. —Marek hizo rodar el cuerpo sobre la tierra húmeda de la orilla con cautela. Gruñó mientras cargaba rocas para colocarlas alrededor y debajo del cadáver.

Podía sentir la mirada de Sefa clavada en mi cabeza.

—¿Puedo hacerte una pregunta?

Me dolían los dientes de reprimir la respuesta que quería darle.

—Supongo.

—¿Por qué tenías que romperle la espalda? ¿No bastaba con quebrarle el cuello para simular que había resbalado? —inquirió Sefa. Solo percibí curiosidad en su voz, pero, aun así, me tomé una pausa antes de responder.

—Si deciden investigar su muerte como un asesinato, el hecho de que tenga la espalda rota hará que busquen a un hombre.

Separó los labios.

—Por la fuerza necesaria para causar una fractura así.

—Sí. —Se me hacía muy raro compartir esa parte de mí. El equilibrio de nuestra relación había cambiado y ya no sabía en qué punto estábamos.

Si fueras la chica que crie, acabarías con ellos aquí mismo, dijo Hanim. Me pasé una mano por la cara. ¿Cuándo se marcharía?

Cuando Marek terminó con el cuerpo, Sefa lo ayudó a salir de la ribera. Me mantuve apartada. Un roce en este momento quebraría lo poco que me quedaba de calma.

—Tenemos que correr. Todo lo rápido que podáis. No llegaremos a Mahair a tiempo para el cambio de turno, pero debemos estar dentro del límite de los árboles de los cuervos. —Me rasqué la muñeca con la mirada en alguna parte por encima de sus cabezas—. Gracias. Nunca olvidaré este favor.

Corrimos contra el amanecer. Sefa tropezó más de una vez, aunque Marek se mantuvo cerca de ella con una mano estabilizadora.

Me centré en esquivar los charcos. No había manera de saber lo profundos que eran y ya habían causado bastantes problemas.

Un tobillo roto era justo lo que le faltaba a esa noche catastrófica.

Intenté apartar de mi cabeza las sospechas sobre el pasado de Sefa y Marek. Era un hilo demasiado largo para tirar de él en mi estado mental actual.

Atravesamos la línea de los árboles de cuervos sin incidentes y dejamos escapar una exhalación colectiva.

—Deberíamos recorrer el resto del camino andando —propuso Marek—. Estamos cubiertos del sudor de los culpables.

—Vosotros no sois culpables —dije bruscamente—. Si se tratara de protegeros a vosotros mismos o a mí, tomad una decisión más inteligente que la de esta noche.

—¿Está intentando protegernos o insultarnos? —le preguntó Sefa a Marek—. Nunca lo sé.

—Supongo que ambas cosas.

—Todos hemos oído rumores sobre las desapariciones aleatorias que han tenido lugar por los diferentes reinos el último año —dije—. Esto solo ha sido una desaparición más.

—Esos rumores no son ciertos. —Sefa miró a su alrededor, más alerta de lo que estaba momentos antes.

—Tal vez no, pero su existencia puede que nos consiga algo de tiempo.

Al llegar al final del trayecto, una carreta pasó traqueteando junto a nosotros, abarrotada con torres de cajas atadas con juncos.

El olor a aish baladi recién horneado flotaba desde el camino principal mientras los niños metían hogazas de ese denso pan en sus cestas y en las bandejas de madera caladas que cargaban en el hombro.

El cálido aroma del trigo me removió la memoria.

¿Cuántas mañanas me había pasado en el Usr Jasad con la ropa llena de migas, quemándome la lengua con aish baladi caliente recién salido de los hornos del palacio?

El pan era más común en las comunidades rurales de Jasad, pero mi madre pedía a los panaderos que nos prepararan dos hogazas cada mañana.

Los demás reinos habían adoptado muchas costumbres de Jasad.

Comida, arte, tradiciones… Atractivos botines de guerra para las alimañas que merodeaban por ahí.

Le di la espalda a la panadería. Jasad ya no existía. Llorar un reino que apenas conocía le haría un flaco favor a la vida que me había construido en este.

—Me toca recoger el fūl para el desayuno —dijo Sefa—. Si vuelvo a casa sin él, Raya limpiará el refugio con mi cuello.

—No tenemos la olla —le recordó Marek.

—Hamada es muy amable. Me prestará su olla de repuesto.

—«Amable» —repitió Marek con desdén—. Esta vez solo aceite, sal y pimienta negra, ¿vale? A nadie le gusta el limón en el fūl aparte de a ti y a Fairel.

Sefa puso los ojos en blanco.

—Lo pediré sin nada para que puedas sazonarlo como quieras. Sazonarlo mal, por supuesto.

Nos detuvimos ante la carreta de fūl. Hamada nos echó un rápido vistazo a Marek y a mí y fijó la mirada en Sefa.

Mientras vertía las habas humeantes de una enorme jarra de metal a una olla con tapa, observé el entorno.

Habían pasado veinte minutos desde el cambio de turno.

Aunque le concedieran unos minutos de cortesía al soldado, no habrían esperado veinte antes de llamar a los refuerzos.

El miedo floreció en mi pecho. ¿Por qué había regresado?

Tendría que haber abandonado al soldado y haber huido.

Sabía esconderme en las tierras salvajes del Essam.

Tenía una cesta de comida y una buena ventaja en ese momento.

Con el tiempo, podría haber llegado a las aldeas bajas de Orban o Lukub y empezar de cero.

¿Qué clase de necia había sido al volver a rastras a la jaula y esperar que no cerraran el candado?

Bloquearían cualquier entrada o salida de Mahair. Registrarían todas las casas en busca de jasadíes. Se detendría el comercio. Incluso podrían llegar a cancelar la walima, una de las mayores fuentes de ingresos del pueblo.

—Los soldados desaparecen a menudo —murmuró Marek. Me estremecí, sorprendida, al ver que me observaba abiertamente—. No malgastarán recursos en un pueblo omaliano cualquiera a menos que estén seguros de que ha sido un asesinato.

—Tienen muchos recursos.

—No ahora que faltan pocos meses para el Alcalah. Desvían a un gran séquito de soldados al bosque para proteger al heredero de Ni­zahl mientras busca un campeón.

Miré a Marek. Las cicatrices de mi espalda demostraban la severidad de la educación de Hanim.

Se había asegurado de que estudiara los dialectos de cada reino, la lengua común que compartían, sus costumbres y su historia.

Aun así, no sabía prácticamente nada sobre el heredero de Ni­zahl.

Hanim no me había hablado mucho de él, más allá de decirme que me mataría sin inmutarse, a menos que usara la magia.

Teniendo en cuenta el odio hacia mis abuelos y el supremo Rawain, supuse que le dolería ver que este había triunfado donde ella había fracasado.

Él había criado a un guerrero y ella… a una persona que sería vista desde una torre de vigilancia huyendo del campo de batalla con la comida de los demás soldados.

Parte de mi arrepentimiento se disipó. Si me hubiese adentrado corriendo en el bosque y me hubiera topado con Arin de Ni­zahl, la cuestión de mi destino se hubiera decidido al instante. Los jasadíes no salían con vida de un encuentro con el heredero de Ni­zahl.