La heredera de Jasad (El trono calcinado 1) Capítulo tres
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Capítulo tres

Capítulo tres

M arek y Sefa contemplaron el cuerpo del soldado. Las hormigas habían trepado por la sangre seca de su barbilla.

Sefa fue la primera en hablar.

—Tu daga funciona muy bien.

—¡Sefa! —espetó Marek.

—¡Es cierto! Trabajas con animales, sabes lo complicado que es hacer un corte tan largo y profundo en el bajo vientre. Y ella lo ha hecho mientras la atacaba. Es impresionante.

—¿Es eso verdad? —quiso saber Marek, con el cabello rubio aplastado—. Lo de que te estaba atacando.

No habían preguntado nada cuando los había sacado de la cama y los había obligado a correr a toda velocidad hasta el bosque. Al pasar la línea de árboles marcados con cuervos, me habían seguido sin vacilar ni un instante. Les debía una parte de la verdad. Al menos, la que podía revelar.

—Sí. Me habría matado si no lo hubiera hecho yo antes.

He atravesado la línea de los árboles de los cuervos para buscar unos ingredientes para Rory que había olvidado y no ha aceptado mi explicación.

—Señalé su espada caída—. Me llevarán a juicio si no camuflo su muerte como un tropiezo accidental en el Hirun.

La violencia de los soldados de Ni­zahl requería poca aclaración.

Todos habían sentido el azote de su terrible poder en algún momento.

Mis amigos no jasadíes no necesitaban saber que me había acusado de algo más que un simple traspaso de la frontera.

Quizás sintieran más simpatía por el soldado si supieran qué clase de mano había acabado con él.

Les describí el plan, consciente de que estábamos librando una carrera contra el amanecer. Todos mis instintos se oponían a permitir que me ayudaran. Si cometían un error, sería mi perdición. Sin embargo, el trabajo en equipo era imprescindible para superar esa noche.

—Manipular el cuerpo no será sencillo. Si dudáis de vuestra tolerancia, podéis esperar detrás de esos árboles. Solo necesito vuestra ayuda para transportarlo hasta el río.

—Este es un mal presagio. Un muy mal presagio.

Apenas faltan siete semanas para el Alcalah.

¿No se supone que debe traer prosperidad y buena fortuna?

—Sefa parecía sobrecogida por el ángulo antinatural del cuello del soldado—.

¿Y si esto significa que los awalín están más cerca de despertar de su letargo?

—No seas idiota. —Marek se puso a recoger ramas para esparcirlas por la tierra empapada de sangre con una astucia digna de admiración—.

El sueño de los awalín es permanente. Si un torneo tan sangriento y aleatorio como el Alcalah pudiera influir en los awalín, habrían surgido de sus tumbas para matarnos hace siglos.

—Marek dispersó las ramas con más fuerza de la necesaria.

La mención al Alcalah debía de haber abierto una antigua herida.

Me pregunté si se habría unido alguna vez a las legiones de competidores que luchaban por el puesto de campeón de su reino—.

Piénsalo bien, Sefa. Si al Alcalah o sus campeones tuvieran la capacidad de traer buena fortuna, el supremo lo habría considerado magia y lo habría eliminado después de la guerra.

Lo que estamos presenciando aquí es el resultado de la soberbia de un soldado ni­zahliano.

Sefa se estremeció. Con las prisas, tanto Marek como ella habían olvidado coger algo para protegerse del viento. Parecía pequeña y lastimosa. Así no me serviría… La necesitaba lista para la acción.

Le tendí mi capa.

—Intenta no mancharla de sangre.

Cuando me dispuse a acercarme al soldado, una mano me detuvo el paso.

—Sylvia, no puedes pensar que tienes la fuerza necesaria para romperle la espalda a ese hombre. —Marek se cruzó de brazos sobre el pecho—. Te he visto esforzarte para levantar una caja de manzanas.

Me atraganté con una carcajada, aunque no tenía sentido ganar a un juego al que el otro no sabía que estaba jugando.

—Viste lo que quería que vieras. Sefa, por favor, busca tantas piedras pequeñas y afiladas como quepan en los bolsillos de la capa.

—Deja que yo me encargue de esta parte —insistió Marek.

Respiré hondo para reconfortarme y solté el aire por la nariz. Me recordé a mí misma que solo intentaba ayudar.

—Puedo hacerlo. Sola.

Volteé el cuerpo boca abajo en el suelo, le cogí los brazos y le levanté el torso. Sefa se puso verde. No podía culparla. El cadáver estaba de rodillas, alzado por los brazos, y el torso mutilado y manchado de barro apuntaba en su dirección. Era una imagen macabra, sin duda.

—Al menos, no tenemos planeado comérnoslo —refunfuñé para mis adentros. Marek me lanzó una mirada desconcertada.

Sujetándolo firmemente por los codos, coloqué la bota en la base de su espalda. Sefa corrió hacia los árboles tapándose los oídos mientras Marek me observaba con una expresión escéptica.

Una voz siniestra retumbó en mi mente.

En cuestión de horas, puede que hayas destruido la identidad que llevas años labrándote. Ni siquiera eres capaz de proteger tu propia vida patética y carente de sentido, me susurró Hanim al oído.

Mis pensamientos más oscuros siempre llegaban con su voz. Habían pasado años desde la última vez que había escuchado a mi antigua captora. Oírla en ese momento no podía significar nada bueno.

Atraje hacia mí los brazos del soldado. Romperle la espalda a un hombre adulto desde ese ángulo requería una fuerza considerable.

Hanim lo había comparado con simular que tratabas de atravesar a la persona con el pie para clavarlo en el suelo un poco más adelante.

Había que echar los brazos hacia atrás y sostenerlos con firmeza.

De lo contrario, se le dislocarían los hombros y la espalda quedaría intacta.

Le di una patada en la columna. El fuerte crujido que se oyó hizo que Marek enarcara tanto las cejas que desaparecieron bajo su cabello. Satisfecha, dejé caer el cuerpo con los huesos rotos y señalé la herida de su vientre.

—El corte es demasiado limpio. Necesito que consigas que parezca que se lo ha hecho con las rocas del Hirun.

Marek aceptó la daga con una sonrisa lenta.

—No puedo partirle la espalda a un hombre adulto, pero sí puedo hacer que una herida sea aún más fea.

Lo dejé agachado junto al soldado y fui a buscar a Sefa. Me la encontré disculpándose con una colonia de hormigas por robarles las piedras tras las que se ocultaban.

—Ya casi he acabado —dijo.

La sospecha se apoderó de mí. Más allá de sus paranoias supersticiosas, parecía absolutamente indiferente.

Al igual que Marek. Los había sacado de la aldea en mitad de la noche para que me ayudaran a destrozar el cadáver de un soldado y tirarlo al río.

Los había visto más horrorizados al descubrir que solía olvidarme de regar la higuera.

Me agaché e hice una mueca al ver mi capa arrastrada por el suelo. Se tragaba por completo el diminuto cuerpo de Sefa.

—Habla claro. ¿Por qué haces esto por mí?

Sin inmutarse por la aspereza de mi voz, sopló suavemente las rocas que tenía en la mano para retirar los restos de tierra.

—Por mucho que te resistas a la idea, somos amigas.

—La amistad tiene unos límites.

—Tal vez.

—Yo no lo haría por ti o Marek.

Elevó la comisura de los labios como si hubiera dicho algo gracioso.

—Lo sé.

—Si me descubren, me ejecutarán. Y vosotros quedaréis a merced de un tribunal de Ni­zahl por haberme ayudado.

—Si esperas prender la llama del miedo en mí, llegas tarde. Lleva mucho tiempo ardiendo. —Se guardó las piedras en los bolsillos—. Tranquila, Sylvia. Antes de verme en los tribunales, es más probable que te siguiera a la muerte.

Sefa y yo nos levantamos al mismo tiempo. Solo un jasadí habría necesitado una promesa tan perturbadora, pero Marek y Sefa no poseían ni rastro de magia. Viviendo tan cerca como vivíamos, me habría dado cuenta. ¿Por qué tenían tanto miedo a Ni­zahl?

Examiné a Sefa como si la estuviera viendo por primera vez.

—¿Qué es lo que no me estáis contando?

—Bueno, Sylvia, puede que hayas conseguido mi lealtad sin coste. —Dejó caer el resto de las rocas en el bolsillo—. Pero debes ganarte mis secretos. —Sonrió y el blanco de sus dientes resaltó contra su piel.

Contuve la respiración al notar que una emocionante posibilidad me atravesaba. Una que se entrelaza con todo lo que creía saber de Sefa y Marek. Marek, que alargaba las aes y eles cuando se enfadaba. Que se quejaba del tiempo de Mahair como si fuera distinto en el resto de Omal.

—Marek usó una palabra incorrecta para el tomate —dije de repente, rememorando—.

Una semana después de mi llegada al refugio, os vi a ambos en la cocina.

Te pidió un «oota». Los omalianos llaman «tamatim» a los tomates.

Me pareció raro y lo estuve vigilando de cerca el mes siguiente.

Lo oí usar otros nombres para ciertas verduras.

Nombres lukubíes, orbanianos o ni­zahlianos para las verduras.

Me explicó que Yuli lo estaba haciendo practicar para los visitantes que acudían los días de mercado.

Pero solo intentaba disimular, ¿verdad? Trataba de camuflar su primer desliz.

Sefa se sacudió el polvo de las manos con fuerza. Mostraba una expresión inescrutable.

—Será más complicado transportar el cadáver si se pone rígido. Deberíamos ponernos en marcha.

Has estado tan preocupada por tus propios secretos que no te has molestado en ver los de los demás, murmuró Hanim. Patética.

Quería coger a Sefa y zarandearla hasta que me revelara toda la verdad.

Si lo que sospechaba era cierto… Pero no, no podía ser.

No lo haría. No se hablaba de lo que habíamos vivido antes de llegar al refugio de Raya.

Mientras sus secretos no pudieran hacerme daño, no preguntaría.

La curiosidad siempre era recompensada con más curiosidad.

Marek había hecho un trabajo encomiable transformando las líneas de la herida para que parecieran irregulares. Metimos rocas en las partes abiertas del cuerpo. Con suerte, cuando encontraran al soldado, los peces ya se habrían desquitado con la piel expuesta.