Capítulo dos #3
—No tantos como esperarías. ¿Crees que me da miedo el juicio de Nizahl?
—Di un paso hacia el soldado rechazando sus débiles intentos de contenerme.
Posé las manos a ambos lados de su rostro, acunándolo—.
Tus soldados no pueden llevarme a tu reino ni presentarme ante un tribunal porque no existo.
Según vuestros registros históricos, morí hace casi diez años.
Perdí la vida abrasada junto a mis abuelos y un puñado de personas más.
Creo que se llevaron mi corona para exhibirla como monumento de guerra.
Dime, ¿cómo pueden los muertos ser juzgados por los vivos?
Me miró un instante sin comprender nada antes de que la sangre que le quedaba en el rostro se esfumara.
—Imposible. Mientes.
—A menudo —sonreí sin rastro de buen humor.
—La heredera de Jasad falleció en la Cumbre Sangrienta. Todos vieron cómo las llamas la consumían junto al malik y la malika. No puedes ser ella. Se quemó.
—Estás en lo cierto, soldado —confirmé—.
En efecto, la heredera de Jasad ardió en la Cumbre Sangrienta.
Ella era mejor persona, propensa a conceptos como el honor y la virtud.
Ella habría intentado salvar a los suyos.
Protegerlos de gente como tú, a pesar de que eso conllevara su propia destrucción.
»Pero tu supremo la mató. —Pasé un dedo por la mejilla del soldado—. Y Sylvia la reemplazó. Yo no curo. No lidero. —Tensé las manos y retorcí bruscamente. El crujido del cuello del soldado resonó en el bosque silencioso—. Y, a diferencia de ella, a mí se me da de maravilla mantenerme con vida.
Cayó hacia delante y su cuerpo impactó contra el suelo con un golpe sordo.
Permanecí junto a él el tiempo que me llevó calmar la respiración. Estaba muerto. No iba a delatarme. Lo había matado.
«Por la tumba mancillada de Rovial, he acabado con un soldado de Nizahl».
Miré al cielo y estuve a punto de gritar. Me quedaba media hora como máximo antes de perder el amparo de la oscuridad.
Hojas secas volaron sobre la espalda sin vida del soldado.
Carecía de las herramientas y el tiempo necesarios para cavar una tumba y no podía dejarlo ahí, pues los soldados de Nizahl recorrerían todas las aldeas bajas de Omal en busca del asesino.
Hasta el desfiladero, por escondido que estuviera, podía verse comprometido.
Solo se me ocurría un modo de evitar que cayeran sobre nosotros como un enjambre letal.
Agarré al soldado por el hombro y le di la vuelta.
—Anoche te bebiste tu peso en cerveza. Te adentraste demasiado en el bosque y tropezaste con el río.
Todo el mundo sabe que hay que andarse con cuidado por las riberas y tú no tuviste ninguna precaución.
Solo hace falta un paso en falso. Te encontraron flotando en el agua, probablemente cerca de los diques del sur, con el cuerpo destrozado por las rocas que hay bajo el cauce.
No era el peor plan, pero tampoco el mejor.
Me agaché en cuclillas y apreté los labios.
Necesitaba tiempo para camuflar sus heridas y arrastrarlo hasta el río, y había al menos tres kilómetros desde nuestra posición actual hasta la ribera más próxima.
Aunque consiguiera colocarlo entre las rocas antes del cambio de turno de los soldados, no lograría volver a Mahair a tiempo.
Me descubrirían al otro lado de la línea de los árboles de los cuervos y me arrojarían en la parte trasera de la carreta más cercana para llevarme a Nizahl.
Se me revolvió el estómago. No podía terminar eso sola. Necesitaba ayuda.
Me deslicé la capa sobre los hombros, cogí la cesta y dediqué un último vistazo al cuerpo.
—Volveré.
Acto seguido, eché a correr. Corrí más rápido de lo que había corrido en cinco años.
Vivía en el bosque, sí, pero no estaba sola.
Convivía con la mujer que me había rescatado después de la Cumbre Sangrienta y me había entrenado para sobrevivir.
Una qayida que una vez lideró al ejército de Jasad en incontables batallas antes de ser exiliada.
Hanim añadiría una docena de cicatrices nuevas a mi espalda si supiera el riesgo al que me estaba exponiendo.
Me abrí paso entre los árboles respirando con dificultad.
Esta vez, no me molesté en evitar el camino principal, no cuando la fortuna había decidido echar por tierra descaradamente todos mis esfuerzos.
Corrí colina arriba hasta el refugio y rodeé el jardín.
Deseé con todas mis fuerzas que Marek se hubiera dejado la ventana abierta.
Le costaba dormir sin brisa, pero era una noche inusualmente fría.
Apenas un centímetro separaba la ventana del gancho. Sin detenerme para procesar el alivio que me inundó, terminé de abrir la ventana y trepé por la estrecha abertura con el mayor silencio posible. Mis botas dejaron huellas de barro en su alfombra de piel de jabalí.
Me alegré en silencio al descubrir que había dejado a Sefa, ebria, en su cama y se había dormido sobre una pila de abrigos. Intentar despertar a Sefa sin alertar a las demás chicas habría sido una tarea ardua. Dejé la cesta a un lado con las manos temblorosas.
Se me cayó el alma a los pies al contemplar sus siluetas dormidas.
Mi amistad con esos dos se había desarrollado en contra de mi voluntad.
Me había esforzado mucho en evitar establecer lazos que pudieran romperse en un instante.
Lo de esa noche iba a cambiarlo todo. Esa noche, iba a confiar en ellos.
Y, si me equivocaba, perdería Mahair para siempre.
Tiré de la almohada de debajo de la cabeza de Sefa. Abrió unos aterrorizados ojos marrones y se relajó al reconocer mi rostro encapuchado. Con una patada al tobillo de Marek, tuve enseguida un público confundido y somnoliento.
—¿Cómo de rápido podéis correr?