Capítulo dos #2
Me enderecé con la cesta en la mano… y me encontré cara a cara con el soldado de Nizahl de la calle de Zeinab.
Se me ralentizó el corazón. Cada latido me retumbaba en los oídos.
—Sylvia, aprendiza del boticario Rory, curandera de la pobre anciana Aya. ¿Es correcto?
Por una fracción de segundo, mientras colapsaban la seguridad del bosque y el terror de haber sido descubierta, pensé: «¿Quién es Sylvia?».
Una sonrisa de superioridad le tiró de los labios.
Estaba esperando a que mintiera. Mi aspecto físico no bastaba para condenarme como jasadí.
Necesitaba algo más y, al colarme por el muro, se lo había puesto en bandeja.
Ahora quería que lo entretuviera con cualquier excusa torpe intentando explicar por qué me había aventurado al otro lado de los árboles de los cuervos en mitad de la noche con una cesta llena de comida.
La determinación, una vez asentada, me resultó reconfortante. El miedo se disipó. Hacía mucho tiempo que no mataba nada más grande que una rana en el bosque.
Me erguí en toda mi estatura y miré al soldado de frente.
—Así que no eres un cobarde.
—¿Cómo dices? —preguntó parpadeando.
Adopté un tono ligero e informal.
—No estaba segura. Lo único decente que puedo decir de los de tu calaña es que morís jóvenes.
Y, sin embargo, aquí estás, con la edad reflejada en las arrugas de tu piel.
O bien eres un cobarde, o bien eres demasiado listo para tu propio bien.
—Mientras hablaba, me desabroché la capa, la doblé con cuidado y la dejé sobre la cesta—.
Me has visto. Y me has seguido lo bastante lejos para que nadie pueda oírme gritar.
El soldado de Nizahl permaneció imperturbable.
—Aunque te oyeran gritar, nadie acudiría en tu ayuda. A nadie le importan los gemidos de la escoria jasadí.
Cerré los ojos brevemente. Con esas últimas dos palabras, el soldado había acabado con las pocas posibilidades que le quedaban de salir con vida de este bosque.
Ahora ya no tenía sentido fingir inocencia.
Una vez pronunciada la acusación de jasadí, solo podía ser absuelta por un tribunal nizahliano.
Este soldado me metería en la parte trasera de una carreta y me arrastraría a Nizahl.
Yo no necesitaba ninguna mano para contar el número de jasadíes que sobrevivían al juicio.
Con los años, me había enterado de que la mayoría ni siquiera llegaban con vida al destino.
Los detenidos fallecían en convenientes accidentes o en represalias contra ataques «sin motivo aparente».
El soldado no había apartado la mano de la empuñadura de la espada.
—¿No vas a intentar negarlo siquiera?
Moví los pies. Levemente, solo para confirmar el tacto frío de la empuñadura de mi daga contra el tobillo.
—¿Serviría de algo?
Desenvainó la espada y me apuntó al pecho.
—Ríndete pacíficamente y te enfrentarás a un juicio justo en los tribunales de su sabiduría, el supremo Rawain.
—¿De verdad? —Reí—. Hace tan solo un par de meses, un mercader orbaniano que traficaba ilegalmente con partes del cuerpo de jasadíes fue llevado a un juicio justo ante los tribunales de tu supremo.
Confesó haber triturado y vendido huesos de jasadí a quienes ansiaban ingerir restos de magia.
Sus clientes, todos con el cerebro del tamaño de una pulga, creían que los restos de los jasadíes estaban repletos de propiedades curativas.
Tu adorado tribunal dejó libre al mercader con una advertencia y una carcajada.
Ayudaba a la gente a comer jasadíes y salió impune.
La expresión del soldado no flaqueó. Por supuesto que no. Solo había oído gemidos de escoria jasadí.
Estiré el cuello.
—Identifícate, soldado. Me gustaría conocer el nombre que he de grabar en tu tumba.
—Este es el último aviso. Ríndete. Y, si intentas usar la magia contra mí, debes saber que serás sancionada con la ejecución.
—Al final resulta que eres un nizahliano idiota.
El soldado atacó blandiendo la espada en un potente arco. Impresionante. Si hubiera impactado, me habría cercenado la cabeza con un corte limpio.
Hacía mucho tiempo que no luchaba para matar, pero mis instintos seguían en plena forma.
Me abalancé sobre el soldado, le agarré el brazo con el que sostenía la espada y lo estrellé contra mi rodilla.
Sus dedos sufrieron un espasmo. Antes de que pudiera soltar el arma, recibí un golpe en el estómago que me empujó a un lado.
Me estabilicé contra un árbol y tosí. Por las tumbas malditas, no iba a ponérmelo fácil.
No había tiempo para recuperarse. La espada pasó a escasos centímetros de mi oreja y estuvo a punto de cortarme el hombro. Me giré en el último instante y el filo se clavó en la corteza del árbol. Saqué la daga que llevaba en la bota mientras él liberaba la espada del árbol.
Atacamos al mismo tiempo.
Me moví con la velocidad vengativa de una avispa esquivando sus ataques mortales.
Cada vez que lograba acercarme, me esquivaba.
Era una danza de lo más frustrante. Estaba demasiado cerca para lanzarle la daga, demasiado lejos para apuñalarlo.
Su espada encontró el borde de mi túnica y el desgarro de la manga interrumpió nuestra respiración agitada.
—¿Por qué no usas la magia? —gruñó—. Los de tu calaña tenéis una ventaja y la desperdiciáis. No os consideraré virtuosos por poseerla.
—Puedes estar tranquilo, me encantaría usar la magia para despellejarte y hervirte los ojos. Virtud. ¡Ja! Tengo muchas debilidades, pero la virtud no está entre ellas.
Envolvió la empuñadura de la espada con ambas manos y la blandió.
Trasladé todo el peso a un lado y me apoyé en una rodilla.
Antes de que pudiera levantarme, me puso el filo en el cuello.
Me agarró del pelo y tiró con tanta fuerza que se me formaron lágrimas en los ojos. Noté su aliento cálido en la mejilla.
—¿Cuánto tiempo llevas viviendo en esa aldea asquerosa engañando a todo el mundo y haciéndoles creer que solo eres una aprendiza?
Yo he podido ver la vil mancha de tu magia.
Que los de tu especie sigáis existiendo es la prueba de la insidiosa forma en la que os habéis infiltrado en nuestra sociedad.
Los jasadíes son la podredumbre de nuestras filas.
Mis grilletes se tensaron. A veces respondían a ciertos insultos o emociones. Las reacciones eran demasiado aleatorias y variadas para que pudiera descifrar el patrón. Lo único que hacían era recordarme que la magia existía debajo de mi piel, pero que me era imposible acceder a ella.
Si hubiera podido meterme la mano en el cuerpo y arrancarla, no habría estado ahí sentada, tragando saliva con una espada apuntándome al cuello.
—Pues sugiero que os esforcéis más —dije, y le clavé los dientes en la mano con la que sostenía el arma.
—¡Ah!
Me empujó y me puse de pie. Mechones de mi pelo le colgaban entre los dedos.
Eché un vistazo al cielo. En dos horas, el amanecer iluminaría el horizonte.
Mahair se despertaría para un nuevo día y llegaría una pareja diferente de soldados de Nizahl para relevar a la patrulla nocturna.
Cuando este soldado no apareciera, sería cuestión de minutos que el caos se desatara en la aldea.
«No estoy lista para marcharme». Ese pensamiento traicionero me llenó la boca de un sabor ceniciento.
Llevaba tiempo acumulando comida en un desfiladero maloliente con el propósito expreso de prepararme para una situación como esta.
La vacilación era un lujo que rara vez me permitía.
Se suponía que Mahair no iba a ser mi residencia permanente.
Había escapado de ese bosque cinco años antes con las manos ensangrentadas y un objetivo claro: no volver a quedarme atrapada nunca.
Pero no sería este soldado quien me expulsara de la aldea. No se ganaría ese honor.
Le di una patada veloz con todas mis fuerzas en el hueco del codo.
Aulló cuando mi bota golpeó el hueso. Se le cayó la espada.
Me propinó un potente golpe en la cabeza; aun así, torcí la barbilla para prepararme.
Me lancé hacia delante y le hundí la daga en la parte baja del vientre.
No podía haber entrado en un ángulo peor.
Rápidamente, la arranqué a través de piel y músculo y lo abrí de cadera a cadera.
Una herida intestinal leve lo dejaría retorciéndose y agonizando durante horas, y no era de las que encontraban placer en la tortura.
Se tambaleó y gritó a través de la sangre que empezaba a inundarle la boca. Se llevó las manos a la mancha roja que le brotaba de la herida. Cayó de rodillas.
—Puedes dar gracias porque, una vez muerto, nadie intentará vender tus huesos para preparar un caldo sustancioso. —Hice una mueca al ver la daga ensangrentada. Hacía mucho que no experimentaba tanta emoción.
—En… encontrarán mi… cuerpo. —Escupió una bocanada de sangre en mi bota—. No escaparás… del juicio.
Me escocían los ojos secos al cerrarlos. Incluso al borde de la muerte, este soldado se consideraba moralmente superior. ¿Porque él no tenía magia? ¿Porque había nacido en un hogar nizahliano y yo en uno jasadí?
Si supiera la verdad… Si fuera capaz de creerlo.
—¿A cuántos más… has ma-matado? ¿Cuántos? —jadeó.
El secreto me golpeó el interior de los dientes, ansioso por salir a atacar.
Limpié la daga con el trozo de manga que había rasgado y me los guardé en la bota.