La heredera de Jasad (El trono calcinado 1) Capítulo dos
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Capítulo dos

Capítulo dos

M ucho después de que toda la gente decente estuviera dormida, salí del refugio.

Rodeé la cesta con ambos brazos mientras bajaba la colina a toda velocidad.

La capucha me cubría la frente. Los rizos, acumulados en la nuca, me protegían del viento helado.

Odiaba marcharme del refugio sin trenzarme el pelo, puesto que mi cortina de rizos era el arma perfecta para cualquier enemigo que quisiera hacerme girar por los aires como un lazo para atrapar reses.

La visita improvisada de Marek y Sefa me había obligado a ajustar el horario.

La noche había caído sobre Mahair y una densa niebla flotaba entre las tiendas cerradas.

En tres horas, Yuli despertaría a los chicos que dormían en el establo para que limpiaran el suelo y soltaran a las vacas para que pastaran.

Los niños harían cola ante la panadería con bandejas de madera caladas cargadas al hombro para llevar el desayuno a sus familias.

Mahair, como el resto de Omal, tenía más vida durante el día.

Me detuve al final de la colina y observé el sendero.

Vivíamos justo detrás del camino de los vagabundos, pero estos sabían que más les valía no meterse conmigo.

Los soldados eran el auténtico problema.

No podía arriesgarme a toparme de nuevo con la patrulla.

Solo cambiaban de turno dos veces: al amanecer y al anochecer.

Tras asegurarme de que el camino estaba despejado, agarré bien la cesta y seguí andando.

Las ruedas de una carreta habían dejado surcos profundos en el suelo.

Caminé por encima de su rastro, ocultando mis pisadas en la tierra ya revuelta.

Una preocupación algo estúpida, teniendo en cuenta el rígido horario de sueño de Mahair.

Había pocas casas y establecimientos que se molestaran en invertir en faroles exteriores y, si lo hacían, optaban por los que tenían forma de concha y usaban el aceite justo para iluminar su entorno inmediato.

El único farol de toda la calle colgaba de un balcón a seis edificios de distancia.

Lo que recordaba de mi infancia en Jasad no llenaría el bolsillo de un pobre, pero sabía que éramos gente nocturna.

Al igual que no había dos pueblos idénticos en Omal, cada vilayato de Jasad tenía unas costumbres ligeramente diferentes.

Por las noches, las hijas de las familias adineradas cambiaban sus galas por ropa de calle y se perseguían durante kilómetros.

Los hombres se reunían para tomar el té y jugar a juegos de mesa, y sus risas y gritos de alegría se oían por toda la calle.

Y, en cada vilayato, la magia impregnaba el aire.

Animaba el cielo, retumbaba en la tierra.

Nací en un lugar donde la magia significaba dicha. Celebración y seguridad.

Crucé la calle perdida en mis pensamientos. Un higo chumbo cayó de debajo de la manta que había arrojado sobre la cesta.

—Por el hacha sangrienta de Dania —maldije recogiendo la condenada fruta con el borde de la túnica.

Los caramelos de semillas de sésamo habían aumentado el volumen de los suministros de emergencia de esta semana.

¿Por qué los había metido en la cesta? Como si fuera a estar de humor para dulces si surgía la necesidad repentina de huir de Mahair.

Me imaginé dándome un capricho mientras me escondía en un desfiladero lleno de cenizas de muertos.

Un muro medio desmoronado de ladrillos, barro y paja separaba Mahair del bosque. Palpé con cautela una piedra angular. Una nube de polvo brotó por la presión. Malditos fueran los awalín. A veces odiaba este sitio.

Los muros eran una reliquia de los tiempos pasados, cuando los monstruos acechaban en las fronteras de los reinos y se alimentaban de los rastros de magia que quedaban entre los árboles.

Eran unas criaturas aterradoras con cuernos más largos que mi brazo y unas colas como espadas afiladas.

Unos monstruos más pensativos, con rostros encantadores y una mano que te atraía dulcemente hasta tu horrible final.

La magia había plagado el Essam durante la mayor parte de su existencia y, donde había magia, aparecían monstruos.

Si los monstruos hubieran querido entrar en el pueblo, no los habría detenido un simple muro, pero supongo que proporcionaba cierta sensación de seguridad a las gentes de Mahair. Limpié el polvo que cubría las palabras grabadas en la piedra caliza.

«Que podamos vivir las vidas que se les negaron a nuestros antepasados».

Mi abuela me había contado que los monstruos ya estaban desapareciendo cuando Ni­zahl descendió sobre el bosque en oleadas poderosas y aplastantes treinta y tres años atrás.

El asedio fue largo y letal. Los monstruos huyeron a las aldeas que se encontraban cerca de la linde del bosque y masacraron a poblaciones enteras.

Me acerqué al muro y seguí moviéndome. La purga de monstruos no fue la primera campaña de Ni­zahl contra la magia, pero sí la más efectiva.

Para los demás reinos, tener que enterrar a sus muertos no fue una consecuencia del asalto mal planeado del anterior supremo, sino de la magia misma.

La magia engendraba monstruos y los monstruos mataban sin discriminación.

Aquello supuso la primera señal de la condena de Jasad.

Me separé del muro para pasar entre los montones de paja que bloqueaban el camino. Los niños solían entrar sigilosamente en el Essam, así que habían colocado obstáculos al azar alrededor del pueblo para mantenerlos dentro.

Un burro ahuyentó perezosamente a una mosca de su oreja y abrió las enormes fosas nasales al verme.

¡Por fin! Exhalé al ver una grieta entre las hileras de ladrillos.

Prefería usar el muro que había detrás del camino de los vagabundos, pero el encuentro con el soldado de Ni­zahl me había puesto nerviosa.

A esas horas, era más difícil quitarse de encima una patrulla que librar a un perro de sus pulgas.

La cesta apenas cabía por el agujero; sin embargo, así podía adentrarme en el bosque sin necesidad de arriesgarme a usar el camino principal.

El burro rebuznó, irritado por mi prolongada presencia. Me dio un vuelco el corazón y me apresuré a meter la cesta por la grieta. Alguien podría asomar la cabeza para comprobar si había algún intruso y verme merodeando por el terreno.

Era la excusa que me puse a mí misma para estar a punto de arrancarme el brazo al pasar todo el cuerpo por el agujero. No tenía nada que ver con la antigua superstición jasadí que aseguraba que los burros rebuznaban al ver un espíritu maligno. En abso­luto.

Cogí la cesta y continué hacia el bosque.

Esquivé las ramas y los charcos de barro y estuve a nada de chocar contra un árbol.

Detestaba la excursión mensual al desfiladero cargada con la comida que era menos probable que se echara a perder entre la maleza húmeda.

En especial durante el invierno, cuando el viento de­sataba su venganza particular sobre mi capa raída.

Llegué a la hilera de árboles marcados con el cuervo de Ni­zahl. Iba contra las reglas cruzar la línea sin permiso explícito. Nadie en su sano juicio se arriesgaría a traspasarla y proporcionar a los soldados aburridos y sedientos de sangre una excusa para atacarlos.

El cuervo me miró. Una punzada de incomodidad me atravesó el estómago. De repente, era plenamente consciente del silencio del bosque, de su impenetrable oscuridad.

Si no me hubiera pasado cinco años de mi vida viviendo en ese bosque, me habría dado la vuelta y regresado directa a Mahair.

—Crees que eres la criatura más aterradora de este bosque, pero te equivocas —le dije al cuervo—. Soy yo.

Sosteniendo la cesta con más fuerza, atravesé la hilera de árboles marcados y seguí andando.

Esta excursión, y por lo tanto el traspaso, era algo necesario.

Vivía a pesar de la voluntad de quienes querían verme muerta por la magia que me corría por las venas.

No importaba que mis venas fueran el único lugar en el que esta existía.

Con los grilletes, ni siquiera podría aplastar un mosquito con mis poderes, mucho menos usarlos para defenderme.

Me miré las muñecas. Los grilletes relucían con un presuntuoso brillo plateado.

Rodeé una zona de musgo húmedo y mi pie no encontró la tierra. Un grito surgió y murió en mis labios cuando el suelo cedió.

—Uf.

Saqué la bota goteante del barro. Todavía faltaban cinco kilómetros para llegar al desfiladero. Con un suspiro, me cambié la cesta de brazo. Iba a tener que darme prisa si quería volver antes de que Raya hiciera su revisión matutina.

A medida que me adentraba en el bosque, se me fueron relajando los músculos.

Las arrugas de mi frente y la tensa curvatura de mis labios se calmaron.

El bosque… me conocía tan bien como yo a él.

Las ramas parecían ondearse a modo de saludo sobre mí.

Una banda de lagartijas blancas pasó corriendo junto a mi pie y los pequeños reptiles subieron por un árbol.

Un ligero aroma a putrefacción flotaba en la neblina y resaltaba los matices más cálidos de la madera y el rocío.

Tarareé una alegre melodía lukubí que había oído en el duqan y repasé mis tareas para el día siguiente.

Los preparativos para la walima habían sumido a Mahair en un frenesí.

La celebración del Alcalah no era un asunto menor.

Me estremecí al pensar en la afluencia de desconocidos que había inundado el pueblo durante la última walima, tres años antes.

Me había costado mucho contenerme para no huir al bosque hasta que terminara.

Noté un chapoteo en el tobillo cuando un caramelo de semillas de sésamo cayó de la cesta y aterrizó en el charco.

Por los cuernos retorcidos de Kapastra, esos caramelos eran una maldición.

Me agaché y arrugué la nariz al percibir el olor a excremento y lluvia.

Quizás podría dejarles ese a las moscas.