La heredera de Jasad (El trono calcinado 1) Capítulo uno #4
4%

Capítulo uno #4

La mayoría de las casas de Mahair estaban apiladas unas sobre otras en forma de edificios robustos de tres pisos, cuyas paredes presentaban profundas grietas y parecían a punto de desmoronarse.

Los aldeanos criaban animales en los tejados y se aseguraban así un suministro constante de pollos y conejos que les permitía sortear la escasez de alimentos mensual.

El ganado deambulaba por los campos que bordeaban el bosque Essam, cercado por la muralla kilométrica que rodeaba Mahair.

Al otro lado de la muralla, la oscuridad dominaba toda la extensión del bosque Essam.

La luz de la luna de­saparecía detrás de los árboles y se perdía en la negrura del horizonte.

Delante de mí, Marek y Sefa evitaban mirar el bosque. Habían llegado a Mahair con dieciséis años, dos años antes que yo. No sabía si habían adoptado las peculiares costumbres de Mahair o si dichas prácticas estaban más extendidas de lo que yo pensaba.

El día después de mi salida del Essam, me había pasado la noche sentada en la colina, contemplando el lugar exacto en el que los farolillos de Mahair desaparecían en el vacío del bosque.

Escapar del Essam había estado a punto de acabar con mi vida.

Quería confirmarme a mí misma que esta aldea y el techo que tenía sobre la cabeza no eran una cruel pesadilla y que, en cuanto cerrara los ojos, no los abriría de nuevo bajo un cielo sin estrellas al oír el crujido de las ramas.

Raya había salido del refugio hecha una furia y me había arrastrado al interior, donde me había echado un sermón sobre los riesgos de mirar directamente al bosque Essam y atraer a espíritus malévolos de la oscuridad. Como si mi sola atención pudiera convocarlos.

Me había pasado cinco años viviendo en ese bosque. No me daba miedo la oscuridad. En lo que no podía confiar era en todo aquello que quedaba fuera de los confines del Essam.

—¡Mirad! —anunció Sefa señalando una maraña de plantas.

Nos detuvimos en la parte trasera del refugio, justo donde había escondido la pequeña higuera que le había comprado a un mercader lukubí en el último mercado.

No estaba segura de por qué lo había hecho.

Cuidar una planta me recordaba a Jasad, era algo con raíces que no podría llevarme conmigo en caso de emergencia…

, una vergüenza. Otra señal de la debilidad que había permitido que se asentara en mí.

Las hojas de mi higuera colgaban con aire lastimero. Hurgué la tierra. ¿Se estarían burlando de mi técnica de plantación?

—No le gusta. Te dije que tendríamos que haberle comprado una capa nueva —suspiró Marek.

—¿Con qué dinero? ¿Acaso ahora eres rico? —Sefa me miró fijamente—. ¿No te gusta?

Observé la planta con los ojos entornados. ¿La habían regado durante mi ausencia? ¿Qué era lo que se suponía que tenía que gustarme? Sefa crispó el rostro, así que me apresuré a decir:

—¡Me encanta! Es… maravilloso, en serio. Gracias.

—Ah. No lo has visto, ¿verdad? —Marek se echó a reír—. Sefa ha olvidado que ella es del tamaño de un dedal y lo ha ocultado de tu vista.

—¡Tengo una estatura media! No puedes culparme por ser amiga de una mujer que es lo bastante alta para hacerle cosquillas a la luna —protestó Sefa.

Me agaché junto a la planta. Detrás de la cortina de hojas amarillentas, vi una cesta de paja entretejida con una docena de caramelos de semillas de sésamo.

Me encantaban esos cuadraditos quebradizos rompedores de dientes.

Siempre me aseguraba de comprar algunos en el mercado si había ahorrado lo suficiente para poder permitírmelos.

—Y los han hecho con miel de la buena, no de la terrosa —agregó Marek.

—Feliz cumpleaños, Sylvia —dijo Sefa—. Por cortesía, me abstendré de abrazarte.

¿Primero Rory y ahora esto? Carraspeé. En un pueblo de estómagos vacíos y campos moribundos, cualquier gesto de amabilidad tenía un coste.

—Solo queríais verme sonreír con los dientes llenos de sé­samo.

Marek rio.

—Ah, sí. Has descubierto nuestro gran plan. Queríamos arruinar esa sonrisa que surge una vez cada quince años.

Le di una leve colleja. Era todo el contacto físico que podía soportar, pero expresaba mi gratitud.

Volvimos al refugio y nos acomodamos alrededor de la chimenea ya apagada. Marek rebuscó entre las cenizas con la esperanza de encontrar alguna semilla que se hubiera salvado. Sefa se recostó en el suelo con los pies sobre la pierna de Marek.

—¿Arin o Felix?

Me dejé caer en la cama y emprendí la tediosa tarea de desenredarme los rizos de ese nudo enmarañado que pretendía ser una trenza.

Había guardado los caramelos de semillas de sésamo a salvo en mi armario.

Los regalos no podían haber llegado en mejor momento.

En cuanto Sefa y Marek se quedaran dormidos, cogería todo lo necesario para mi viaje de vuelta al bosque.

—Son los nombres de los herederos de Ni­zahl y Omal.

—Sylvia —insistió Sefa lanzándome una semilla a la frente—. Te han seleccionado para asistir al Baile de la Victoria del brazo de uno de los herederos. ¿Arin o Felix?

Marek gimió y se tapó los ojos con el codo.

Tenía hollín en las comisuras de los labios.

Ninguno comprendíamos por qué a Sefa le gustaba tanto soñar con intrigas en cortes lejanas.

Aseguraba que disfrutaba de la estética del romance, pese a no creer en él.

Se había desposado con el espíritu aventurero de muy pequeña, en cuanto se dio cuenta de que las locuras de la lujuria y el amor no tenían ningún poder sobre ella.

Suspiré y cedí al juego de Sefa. Felix de Omal no reconocería el trabajo duro ni aunque se postrara ante sus zapatos impecables.

Había escuchado su discurso tras una cosecha particularmente despiadada.

Se había presentado con sus vestiduras hiladas a mano y sus carruajes dorados para pronunciar discursos tan vacíos como el espacio entre sus orejas.

Peor aún, había dado rienda suelta a los soldados de Ni­zahl y reservado su férrea resistencia a la intrusión para las clases altas de la sociedad omaliana.

—Felix es un cobarde incompetente y cree que las aldeas bajas están pobladas por salvajes —resopló Marek dando voz a mi opinión—. Ni siquiera me fiaría de él para hervir agua. Al menos, los demás herederos son inteligentes, aunque sean igual de despreciables.

Al oír lo de «despreciables», mis pensamientos vagaron a Arin de Ni­zahl, el único hijo del supremo Rawain.

De cabello plateado, despiadado, heredero y comandante de las inigualables fuerzas de Ni­zahl, llevaba desde los trece años entrenando a soldados que le doblaban la edad.

Siempre había pensado que la sed de sangre del supremo Rawain no tenía parangón, puesto que su amable corazón había sido el responsable del asesinato de mi familia, tras quemar Jasad hasta los cimientos y obligar a esconderse a todos los jasadíes supervivientes.

No obstante, si los rumores sobre su heredero eran ciertos, podía sentirme agradecida de que Arin no fuese más que un adolescente durante el asalto.

Con el heredero de Ni­zahl a la cabeza, dudaba que hubiera logrado sobrevivir ni un solo jasadí.

La presencia constante de soldados de Ni­zahl era algo común en los cuatro reinos.

Un síntoma incurable de su supremacía militar.

No obstante, la imagen del heredero fuera de sus tierras presagiaba la condena: implicaba que había encontrado un cúmulo de jasadíes o una fuente de magia de gran magnitud.

Reprimí un escalofrío. Si Arin o Ni­zahl se acercaran a menos de un día a caballo de Mahair, me esfumaría con mayor rapidez que el alcohol en un funeral.

—¿Sylvia? —preguntó Marek. Tanto él como Sefa mostraban sus habituales expresiones de preocupación. Me habían caído pelos negros en el regazo al soltarme la trenza. Los enrollé en una bola y los lancé a la chimenea, donde los observé convertirse en cenizas.

—Lo siento —dije—. Se me ha olvidado la pregunta.

Como de costumbre, pensar en Ni­zahl había despertado un odio visceral en mi interior.

Ya no era capaz de arrojar magia en arrebatos de emoción, solo me quedaba la fantasía.

Me imaginé cara a cara con el supremo Rawain en el reino que había devastado.

Le clavaría el cetro en las partes más blandas de su estómago y contemplaría cómo la crueldad abandonaba sus ojos azules.

Lo dejaría plantado en las escaleras del palacio caído para que los espíritus de los muertos de Jasad se dieran un festín con él.

—Ah, sí, un heredero. —Me tomé una pausa—. Sorn.

—¿El heredero de Orban? —inquirió Sefa con las cejas enarcadas—. ¿Te gusta el salvajismo? ¿Tienes hambre de peligro?

Le guiñé el ojo.

—¿Qué peligro puede suponer un salvaje?