Capítulo uno #3
—¿Qué está haciendo Marek con el fuego? —pregunté optando por ignorar sus problemas con la ropa.
A la mañana siguiente, Sefa le entregaría a Raya un vestido perfecto con una sonrisa y los ojos inyectados en sangre.
Formarse con una de las mejores modistas de Omal no estaba al alcance de quienes se doblegaban bajo presión.
—Está intentando tostar sus malditas semillas. —Sefa olfateó—. Hemos hecho que tu habitación huela a cocina de taberna. Lo siento. En nuestra defensa, nos hemos reunido para lamentar una terrible pérdida.
—¿Una pérdida? —Me senté junto al pozo de piedra y me froté las manos frente a las llamas crepitantes.
Marek me pasó uno de los cálices privados de Raya. Esa mujer iba a despellejarnos como si fuéramos venado.
—Ignórala. Solo queríamos aprovecharnos de tu chimenea —dijo—. Estoy seguro de que Yuli está enseñando a su rebaño a matarme. Hoy casi me tiran a un canal.
—¿Has hecho algo para enfadar a Yuli o a los bueyes?
—No —repuso Marek con aire apesadumbrado.
Hice rodar el cáliz entre las palmas y entorné los ojos.
—Marek.
—Puede que usara los establos de los caballos para… entretener… —dejó escapar un suspiro de sufrimiento— a su hija.
Sefa y yo gemimos al mismo tiempo. No era la primera vez que Marek se metía en problemas buscando una sonrisa coqueta o una palabra amable.
Era absurdamente guapo, de cabello rubio y ojos verdes, y poseía una delgadez que ocultaba su verdadera fuerza.
Para compensar su aspecto, había decidido convertirse en aprendiz de Yuli, el granjero más exigente de Mahair.
Al pasar los días cargando carretas y pastoreando bueyes, Marek se había vuelto indispensable para cualquier comerciante del pueblo.
Había logrado ganarse su respeto porque existían pocas cosas en Mahair que se valoraran más que unas manos encallecidas y una frente perlada de sudor.
También era el motivo por el que toleraban la hilera de corazones rotos que iba dejando a su paso.
Como no quería seguir siendo ignorada, Sefa prosiguió:
—¡Tu juventud, Sylvia! ¡Estamos lamentando la pérdida de tu juventud! A los veinte años estás viviendo menos aventuras que los chavales del pueblo.
Me terminé el agua y le tendí el cáliz a Marek para que me sirviera más.
—Vivo muchas aventuras.
—No hablo de cuántas veces puedes matar a tu higuera antes de que perezca para siempre —resopló Sefa—. Si me hubieras acompañado la semana pasada a soltar a los gallos del gallinero de Nadia…
—Nadia te ha prohibido la entrada a su tienda de por vida —intervino Marek. Qué osadía la suya al interrumpir a Sefa en mitad de una diatriba. Recogió una semilla ennegrecida y se la pasó de una mano a la otra para enfriarla—. Deja en paz a Sylvia. No hay un único tipo de aventura.
A Sefa se le dilataron las fosas nasales, pero Marek ni se inmutó.
Se comunicaban de esa extraña forma silenciosa propia de quienes están unidos por algo más fuerte que la sangre y más firme que una crianza compartida.
Lo sabía porque había sido testigo de cientos de conversaciones mudas entre ambos a lo largo de los últimos cinco años.
—No estoy matando a mi higuera. —Me levanté—. Estoy cultivando su espíritu de luchadora.
—No me mires así —le dijo Marek a Sefa con un suspiro—. Perdón por haberte interrumpido. —Alzó una semilla agrietada.
Sefa dejó la mano colgando en el aire durante cuarenta segundos antes de coger la semilla.
—¿Me ayudas a hacerle el dobladillo a esta manga?
Con una sonrisa pícara, Marek le mostró las palmas sucias de hollín. Sefa puso los ojos en blanco.
Observé ese último intercambio con desconcierto.
Nunca dejaría de asombrarme la facilidad con la que existían el uno al lado del otro.
Su inusual devoción había provocado curiosidad entre las demás pupilas del refugio.
Marek se había partido de la risa la primera vez que una joven le preguntó si Sefa y él tenían pensado casarse.
—Sefa no se va a casar con nadie. Nos queremos de un modo distinto.
La pupila había batido las pestañas porque Marek era el único chico del refugio y su rostro lo condenaba a pasarse la vida arrancando suspiros melancólicos a su paso.
—¿Y tú qué? —inquirió la pupila.
Sefa, quien estaba sonriendo mientras tejía en una esquina, se había puesto seria. Solo Raya y yo apreciábamos la tristeza con la que miraba a Marek, la culpa que se ocultaba en sus ojos marrones.
—Estoy ligado a Sefa en espíritu, no en el lecho. —Marek le agitó el pelo a la joven, quien gritó y le dio un manotazo—. La seguiré a donde vaya.
Para subrayar aún más su locura, la pareja me había acogido alegremente en cuanto Rory me dejó en la puerta de Raya.
Yo era casi una salvaje con pocas aptitudes para la amistad, pero eso no los disuadió.
No me estaba adaptando bien a la aldea omaliana, desconcertada por sus costumbres y creencias más sencillas.
«Frótate entre los hombros y morirás de manera prematura».
«Come con la mano izquierda el primer día del mes».
«No cruces las piernas en presencia de ancianos».
«Sé la última persona en sentarte a la mesa y la primera en levantarte».
Tampoco ayudaba que mi piel bronceada fuera unos tonos más oscura que su típica tez olivácea.
Me mimetizaba mejor con los orbanianos, puesto que en el reino del norte se pasaban la mayor parte del día al sol.
Cuando Sefa se había dado cuenta de que evitaba vestir de blanco, había colocado su mano oscura junto a la mía y me había dicho: «Tienen envidia de que absorbiéramos todo su color».
En casa, las cosas no eran mucho más sencillas.
En el refugio, todos tenían una historia horripilante que los atormentaba en sueños.
El hecho de que estuviera a punto de darle un puñetazo en la nariz a otra pupila cuando esta había intentado abrazarme tampoco contribuyó a mi buena imagen.
A pesar del sermón de dos horas que me había echado Raya, el incidente dejó clara mi aversión al contacto físico.
Por alguna razón inconcebible, Sefa y Marek no se habían asustado. Sin embargo, Sefa parecía demasiado preocupada por su nariz.
Colgué la capa con delicadeza en el armario y pasé el dedo por el cuello carcomido por las polillas.
No sobreviviría a otro invierno, pero se me formaba un nudo en la garganta cuando pensaba en tirarla.
La gente de mi condición no podíamos permitirnos desarrollar apegos emocionales.
En cualquier momento, alguien podría apuntarme con una espada al grito de «jasadí» y poner fin a mi falsa identidad y a la vida que había construido alrededor de esta.
Me aparté de la capa y cerré el puño. Tenía que arrancar la tristeza de raíz antes de que extendiera las ramas.
Una huérfana normal de Mahair podría aferrarse a esta capa desgastada, lo primero que había comprado con el dinero que tanto le había costado ganar.
Una fugitiva del reino calcinado no.
Giré las palmas de las manos hacia arriba para probar los grilletes de plata que me rodeaban las muñecas.
Aunque eran invisibles para cualquier ojo que no fuera el mío, había tardado mucho en dejar de emparanoiarme cada vez que alguien posaba la mirada en esa zona.
Se flexionaban con mis movimientos como si fueran una especie de segunda piel, y solo mi magia atrapada podía moverlos y apretarlos a su antojo.
Esa magia me marcaba como jasadí. Era el motivo por el que Nizahl había creado perímetros en los bosques y enviado a sus soldados a patrullar por los reinos.
Me había pasado la mayor parte de mi vida resentida con los grilletes.
¿Era justo que nos sentenciaran a los jasadíes por nuestra magia cuando yo ni siquiera podía acceder a la fuente de mi condena?
Mis poderes llevaban atrapados en esos grilletes desde que era pequeña.
Supongo que mis abuelos no previeron que iban a morir y que quedarían aferrados a mí para siempre.
Escondí el regalo de Rory en el armario bajo los pliegues del más largo de mis vestidos.
Las pupilas rara vez nos arriesgábamos a desatar la ira de Raya robando, pero la desesperación provocada por un duro invierno podía convertir en ladrón a cualquiera.
Acaricié uno de los guantes y sentí un intenso cariño en el pecho.
¿Cuánto se habría gastado Rory, a pesar de que sabía que tendría pocas oportunidades de usarlos?
—Queríamos enseñarte algo —dijo Marek. Su voz me trajo de vuelta a la realidad y cerré el armario de un portazo, regañándome a mí misma.
¿Qué más daba cuánto se hubiera gastado Rory?
Cualquier cosa que no necesitara para sobrevivir sería desechada o vendida, y estos guantes no eran ninguna excepción.
Sefa se levantó y se alisó la tela del regazo. Resopló al ver mi expresión.
—Por la tumba mancillada de Rovial, mírala, Marek. Cualquiera podría pensar que tenemos planeado enterrarla en el bosque.
—¿Y no es así? —preguntó Marek con el ceño fruncido.
—Quedáis los dos desterrados de mi habitación. Para siempre.
Los seguí al exterior y pasamos por delante de las hileras de ropa tendida y el lamentable jardín. Construido en lo alto de una colina cubierta de hierba, el refugio de Raya vigilaba todo el pueblo hasta la carretera principal.