Capítulo uno #2
Era consciente de la facilidad con la que el miedo transformaba las sombras en figuras macabras.
Llevaba años sin dormir una noche del tirón y algunos días no confiaba en nada más que mi aliento y el suelo bajo mis pies.
La diferencia entre los demás aldeanos y yo era que yo conocía los nombres de mis monstruos.
Sabía qué aspecto tendrían si me encontraban y no me hacía falta imaginarme el destino que me depararía.
Mahair era un pueblo pequeño, pero tenía una larga historia. Los niños aprendían los relatos que les contaban sus madres, padres y abuelos. La superstición mantenía a Mahair con vida mucho después de que el tiempo hubiera pasado una nueva página para sus habitantes.
También mantenía mi negocio.
En lugar de ir directa al refugio de Raya, me adentré por el camino de los vagabundos.
Restos de masa empapada en miel y grasa marcaban el sitio donde las hijas del halawani picoteaban entre encargo y encargo, sentadas en el escalón de cemento delante de la pastelería de sus padres.
Esquivando a los perros que husmeaban los restos, comprobé que no hubiera nadie que pudiera informar a Rory de mis movimientos.
Rory y yo teníamos la tradición de perdonarnos.
No obstante, si descubría que estaba atendiendo a omalianos en su nombre, vendiendo brebajes inútiles a quienes eran lo bastante supersticiosos para comprarlos…
, bueno, dudaba que me perdonara por semejante transgresión.
Los «remedios» que preparaba para mis clientes eran inofensivos.
Hierbas aplastadas y licores alterados. La mayor parte del tiempo, las dolencias que pretendían curar eran más ridículas de lo que pudiera meter en el bote.
La casa que buscaba estaba a diez minutos a pie del refugio de Raya.
Demasiado cerca para mi tranquilidad. Goteaba agua por el tejado hundido, desde donde se extendía una cuerda para tender estirada de gancho a gancho.
Un par de prendas de ropa interior habían caído al suelo.
Las aparté de una patada. Raya me había enseñado años antes a esconder la ropa interior en el tendedero enganchándola tras una prenda más grande.
Yo no había entendido la necesidad de tanta discreción.
Seguía sin hacerlo. Pero esta noche el tiempo era un recurso limitado y no lo desperdiciaría evitando la vergüenza de unos omalianos por tener la prueba definitiva de que llevaban ropa interior.
Se abrió la puerta.
—Sylvia, menos mal —dijo Zeinab—. Hoy se encuentra peor.
Intenté limpiarme las botas embarradas golpeando con ellas el borde de la puerta y entré.
—¿Dónde está?
Seguí a Zeinab hasta la última habitación del corto pasillo.
Una bocanada de incienso nos invadió cuando abrió la puerta.
Abaniqué la niebla blanca que flotaba en el aire.
Una anciana arrugada se mecía de delante hacia atrás en el suelo con manchas de sangre en los brazos, donde se había clavado las uñas.
Zeinab cerró y se mantuvo a una distancia segura.
Las lágrimas inundaban sus grandes ojos avellana.
—He intentado darle un baño y me ha hecho esto. —Zeinab se levantó la manga de la abaya y dejó al descubierto un mapa de arañazos rojos.
—Bien. —Coloqué la bolsa sobre la mesa—. Te avisaré cuando haya terminado.
No me costó reducir a la anciana con un tónico.
Me situé tras ella y le pasé un brazo por el cuello.
Me tiró de la manga y abrió la boca para jadear, momento que aproveché para verterle el tónico por la garganta mientras aflojaba el brazo lo suficiente para permitir que tragara.
Cuando estuve segura de que no iba a escupirlo, la solté y me reajusté la manga.
Me escupió a los talones y me mostró unos dientes ensangrentados porque se había mordido el labio.
Fue cuestión de minutos. Mis talentos, por dudosos que fueran, se centraban en un engaño rápido y certero. Una vez en la puerta, dejé que Zeinab me deslizara un puñado de monedas en el bolsillo de la capa y fingí sorpresa. Nunca entendería a los omalianos y su falsa modestia.
—Recuerda…
Zeinab asintió con impaciencia.
—Sí, sí. No diré ni una palabra de esto. Han pasado años, Sylvia. Si el boticario se entera de algo en algún momento, no será por mí.
Parecía bastante segura de sí misma para ser una mujer que nunca se molestaba en preguntar qué llevaba el tónico que le vertía regularmente a su madre por la garganta. Me despedí de ella con aire distraído y me guardé la daga en el mismo bolsillo que las monedas.
Charcos de lluvia maloliente plagaban el camino de tierra lleno de baches.
La mayor parte de las casas de la calle podían considerarse chozas, con los techos de paja agitándose sobre las paredes formadas por barro y parches irregulares de ladrillo.
Esquivé una hilera de estiércol verde de mula con un punzante olor a hierba y agua estancada.
¿Habría excrementos en las calles de las aldeas altas de Omal?
La vecina de Zeinab había esparcido plumas de gallina frente a su puerta para presumir de buena fortuna ante sus vecinos.
Su hija se había casado con un comerciante de Dawar y la dote había sido tal que les permitiría comer pollo todo el mes.
De ahora en adelante, las prendas más finas envolverían el cuerpo de esa muchacha, la carne más selecta y las verduras más apetitosas llenarían su plato y nunca más tendría que sortear excrementos de mula en Mahair.
Doblé la esquina contando con aire ausente las monedas de mi bolsillo y me choché contra un cuerpo.
Me tambaleé y recuperé el equilibrio al apoyarme en un montón de ladrillos de arcilla agrietados. El soldado de Nizahl no se movió, solo frunció el ceño.
—Identifícate.
El pánico desplegó las alas en mi garganta.
Aunque no había un toque de queda que restringiera nuestros movimientos por la aldea, no eran muchos los que se arriesgaban a dar un paseo nocturno.
Los soldados de Nizahl solían patrullar en pareja, lo cual implicaba que el compañero de este hombre probablemente estaría acosando a otra persona al otro lado del pueblo.
Reprimí el pánico y lo obligué a plegar sus alas temblorosas. El miedo era una plaga, su único propósito era extenderse hasta destrozar cada pensamiento e instinto.
Bajé la mirada de inmediato, puesto que sostenérsela a un soldado de Nizahl solo podía causar problemas.
—Me llamo Sylvia. Vivo en el refugio de Raya y soy aprendiza del boticario Rory. Me disculpo por sobresaltarlo. Una anciana necesitaba un tratamiento urgente y mi jefe está indispuesto.
A juzgar por las arrugas de su rostro, el soldado estaría cerca de los cincuenta.
Si hubiera sido un patrullero omaliano, su edad habría importado poco.
Pero los soldados de Nizahl solían sufrir muertes prematuras y sangrientas.
Si este hombre había sobrevivido lo suficiente para tener arrugas en la frente, significaba que, o bien era un adversario letal, o bien era un cobarde.
—¿Cómo se llama tu padre?
—Soy pupila en el refugio de Raya —repetí. Debía de ser nuevo en Mahair, puesto que todo el mundo conocía el orfanato de Raya en la colina—. No tengo madre ni padre.
No insistió en el tema.
—¿Has presenciado algún tipo de actividad que pueda llevar a la captura de un jasadí?
A pesar de que era una pregunta habitual de los soldados con la intención de fomentar la vigilancia ante cualquier indicio de magia, me estremecí por dentro.
El arresto más reciente de un jasadí en nuestra aldea había tenido lugar hacía tan solo un mes.
Por los rumores, me enteré de que una chica había asegurado ver a su amiga arreglando una grieta del suelo con un gesto de la mano.
Había oído todo tipo de elogios dirigidos a la joven por su valentía al delatar a una quinceañera.
Elogios y celos… Todos anhelaban tener la oportunidad de convertirse en héroes.
—No. —Llevaba cinco años sin ver a otro jasadí.
Frunció los labios.
—¿El nombre de la anciana?
—Aya, pero la cuida su hija Zeinab. Puedo acompañarlo hasta su casa, si lo desea. —Zeinab era astuta, tendría una mentira preparada para una ocasión así.
—No es necesario. —Agitó una mano por encima del hombro—. Puedes continuar. Mantente lejos del camino de los vagabundos.
Algo bueno que tenían los soldados de Nizahl mayores era que se mostraban menos propensos a las bravuconadas y a las despiadadas tácticas de interrogatorio que aplicaban sus compañeros más jóvenes. Agaché la cabeza en señal de gratitud y pasé a toda velocidad junto a él.
Unos minutos después, entré en el refugio de Raya.
Por el aroma de la cera, no había pasado mucho tiempo desde que se había acostado la última chica.
Aliviada al ver que habían olvidado mi cumpleaños, me quité las botas en la puerta.
Raya se había reunido ese día con los comerciantes de telas.
Negociar siempre la dejaba de mal humor.
El único reconocimiento por mi cumpleaños sería un desayuno de fetir mantecoso y hojaldrado con melaza por la mañana.
Cuando abrí la puerta de mi cuarto, me recibió una ráfaga de calor. Por el pelo bendito de Baira, otra vez no.
—Raya te va a arrancar la piel a tiras. Falta una semana para la walima.
Marek parecía absorto frente a la hoguera, atizando las brasas con una varilla fina. El cabello dorado le brillaba bajo el resplandor. Junto a las herramientas de costura de Sefa yacía un revoltijo de tela y el inicio de lo que podría ser un vestido.
—Eso es —dijo Sefa mojando un trozo de carne chamuscada en el caldo—. Estoy ahogando mis penas en caldo robado por la maldita walima. ¡Mira este vestido! Es un vestido del que los demás se reirían.