La heredera de Jasad (El trono calcinado 1)
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Capítulo uno
Capítulo uno
D os cosas se interponían entre una buena noche de descanso y yo, y solo tenía permitido matar a una de ellas.
Me abrí paso sigilosamente por la ribera musgosa del río Hirun, atenta a la más mínima señal de movimiento. La mugre y las altas horas… eran cosas que me esperaba. Cualquier aprendiz de la aldea está acostumbrado a tratar con eso. Lo que no me esperaba eran las ranas.
—Despedíos del mundo, molestas sabandijas —murmuré.
Las ranas habían desarrollado una estrategia defensiva que ponían en marcha cada vez que me acercaba.
En primer lugar, la que estaba de guardia daba la alarma y las demás saltaban al río.
Por último, la valiente vigía también se arrojaba al agua para salvar la vida. Un esfuerzo tan admirable como inútil.
Tenía suciedad incrustada debajo de las uñas.
La luz de la luna se filtraba a través del dosel de árboles esqueléticos y, por un momento, mi mano pareció otra.
Una mucho más cuidada y algo más débil. Una mano como las de Niphran.
Unas manos capaces de blandir un hacha junto al más fuerte de los leñadores, tejer una maraña de rizos en delicadas trenzas o clavar lanzas en las fauces de los más temibles monstruos.
Durante los primeros años de mi vida, antes de que el dolor por el asesinato de mi padre se apoderara de Niphran como la podredumbre, antes de que perdiera por completo la cordura, no había nada que las manos de mi madre no pudieran hacer.
Ay, si me viera ahora, cubierta de mugre y burlada por unas simples ranas de río.
El Hirun exhaló su bruma opaca insuflando vida a los huesos invernales del bosque Essam. Me lavé las manos en el río y deseché los pensamientos sobre los muertos.
Se oyó un frenético croar tras la raíz de un árbol. Me lancé hacia delante y atrapé a la centinela, que empezó a patalear. Los valientes nunca lograban escapar. Me la acerqué a la cara.
—Tus amigos están persiguiendo grillos y tú estás aquí. ¿Ha valido la pena?
Dejé caer la rana flácida en el cubo y suspiré.
Me faltaban diez, lo cual significaba que me quedaba otra ronda corriendo en círculos con la esperanza de que no me entrara barro por el agujero de la bota derecha.
El hecho de que Rory fuera un boticario de renombre no me impresionaba, ni tampoco la codiciada oportunidad de formación.
Lo que me impedía tirar el cubo y largarme al refugio de Raya, donde me esperaba una comida caliente y una cama cómoda, era una deuda de conveniencia.
Rory no hacía preguntas. Cuando me había presentado en su puerta cinco años antes, cubierta de sangre y temblorosa, Rory me había curado las heridas y me había llevado con Raya. El boticario rescató de una vida de indigencia a una huérfana de quince años sin pasado ni antecedentes conocidos.
El chasquido repentino de una rama hizo que me tensara.
Me metí la mano en el bolsillo y enrosqué los dedos alrededor de la empuñadura de mi daga.
Dada la predilección de los soldados de Nizahl por realizar registros al azar, solía llevar el arma oculta en la bota, pero la había usado para liberar mi pie de una maraña de helechos y me la había guardado en el bolsillo.
Eché un rápido vistazo a las ramas, pero no encontré nada. Intenté que mi mirada no se detuviera en los huecos vacíos de negrura entre los árboles. Había visto demasiadas atrocidades surgiendo de la oscuridad como para volver a confiar en su calma.
Mis ojos se movieron hacia el lugar que más temor me inspiraba: la hilera de árboles detrás de mí, todos con idénticas marcas negras de una precisión escalofriante.
En los troncos que rodeaban la frontera de Mahair, había tallado un símbolo de un cuervo negro desplegando las alas.
En el fango del bosque, los cuervos permanecían prístinos.
Atravesar los árboles marcados sin permiso era una ofensa que se castigaba con la cárcel o algo incluso peor.
En las aldeas bajas, donde los líderes del reino estaban acostumbrados a hacer la vista gorda con las libertades que se tomaban los soldados de Nizahl, lo peor solía ser solo el principio.
Me metí la daga en el bolsillo y caminé hasta el límite del perímetro.
Tracé el ala extendida del ave con la uña del pulgar.
Renunciaría a todas las ranas del cubo a cambio de ser lo bastante valiente para arañar el emblema y arrancarlo de cuajo.
Quizás, ese mismo arrebato de valentía haría que mi daga trazara una línea en la corteza para desfigurar los símbolos de poder de Nizahl.
No eran muros ni espadas los que nos mantenían acorralados como animales, sino simples dibujos tallados en los troncos.
El poder de otro reino ondeando sobre nosotros como aire envenenado, controlando todo lo que tocaba.
Observé la rana centinela que llevaba en el cubo y bajé la mano. La valentía no compensaba el precio. Ni las astillas.
Una espesa capa de escarcha cubría el camino que llevaba de vuelta a Mahair.
Me tapé con la capucha hasta la nariz en cuanto crucé el muro que separaba Mahair del bosque Essam.
Me desvié hacia un callejón para serpentear hasta la botica de Rory en lugar de arriesgarme a recorrer la carretera principal expuesta y patrullada con regularidad.
La oscuridad me envolvió en cuanto entré en el callejón.
Apoyé una mano en la pared para estabilizarme y permití que el penetrante olor a estiércol guiara mis pasos.
Una gata siseó bajo una pila de cajas, protegiendo el cadáver medio devorado de una rata.
—Ya he cenado, pero gracias por el ofrecimiento —susurré apartándome del alcance de sus garras.
Veinte minutos después, dejé caer el cubo lleno a los pies de Rory.
—Exijo una renegociación de mi salario.
Rory no levantó la mirada de su lista.
—Exige lo que quieras. Estaré ahí.
Desapareció en la trastienda. Fruncí el ceño pensando en seguirlo al otro lado de la cortina y atacarlo con los cadáveres de las ranas.
El hedor a barro y moho se me había adherido permanentemente a la piel.
Lo mínimo que podía hacer era pagarme algo más para que pudiera costearme el jabón que necesitaba para enmascararlo.
Preparé las cataplasmas y sellé con cuidado cada frasco antes de guardarlo en la cesta.
Una de las pocas veces que me tocó sufrir el temperamento de Rory fue cuando olvidé precintar los ungüentos antes de dárselos al hijo de Yuli.
Aquel día aprendí tanto sobre la propagación de enfermedades como sobre la ética férrea de Rory.
El boticario regresó.
—Ya he acabado contigo. Ve a dormir un poco. No quiero que tu cara espante a mis clientes mañana.
Revisó el cubo y les dio la vuelta a algunas de las ranas.
La edad había causado estragos en la tez morena de Rory.
Tenía los largos dedos constantemente manchados del color de su último tónico y un surco permanente asentado entre las pobladas cejas.
Yo lo llamaba el «medidor de ira» porque siempre podía calcular su nivel de enfado por la cantidad de arrugas que se le formaban sobre la nariz.
A pesar de que tenía una antigua lesión en la cadera, su delgadez no era señal de fragilidad.
Las pocas ocasiones en las que sonreía, se volvía evidente que había sido guapo de joven.
—Si me entero de que has vuelto a llenar el fondo de tierra, te envenenaré el té.
Me puso un bulto envuelto en los brazos.
—Toma.
Desconcertada, le di la vuelta.
—¿Para mí?
Señaló la tienda vacía con el bastón.
—¿Te has dado un golpe en la cabeza, niña?
Retiré la tela con cautela esperando que, de un momento a otro, me explotara en la cara, pero descubrí un par de guantes dorados preciosos. Eran más suaves que el ala de una paloma y, probablemente, costarían más que cualquier cosa que pudiera comprar con mi dinero. Levanté uno con admiración.
—Rory, esto es demasiado.
Apenas me contuve de ponérmelos. Los dejé con sumo cuidado sobre el mostrador y corrí a lavarme las manos manchadas. No quedaban paños limpios, así que me sequé en la túnica de Rory y me gané un manotazo en la oreja.
Los guantes me sentaban de maravilla. Suaves y flexibles, cedían cuando flexionaba los dedos.
Levanté las manos ante el farol para inspeccionarlos más de cerca.
Tendrían un precio elevado en el mercado.
Aunque no pretendía venderlos enseguida, por supuesto.
A Rory le gustaba fingir que tenía la misma profundidad emocional que una cuchara, pero le dolería que me deshiciera de su regalo el día después de recibirlo.
No costaba encontrar mercados en Omal. Las aldeas bajas siempre necesitaban comida y suministros.
Comerciar unos con otros era más fácil que suplicar migajas del palacio.
El anciano sonrió brevemente.
—Feliz cumpleaños, Sylvia.
Sylvia. Mi primera mentira y también mi favorita. Apreté los puños.
—¿Un regalo de consolación para la eterna solterona?
En cinco años, Rory no había olvidado ni una sola vez la fecha de cumpleaños que me había inventado.
—No creo que se te pueda considerar eterna solterona con apenas veinte años.
A decir verdad, ya estaba a mitad de camino de los veintiuno. Otra mentira.
—Eres tan viejo como el tiempo. Seguro que todo aquello que está por debajo de cien debe parecerte joven.
Me dio un golpe con el bastón.
—Ya es hora de que las solteronas se vayan a dormir.
Salí de la tienda más animada. Me ajusté la capa alrededor de los hombros y me até la capucha debajo de la barbilla.
Tenía que completar una tarea más antes de reunirme por fin con mi cama e implicaba adentrarme en la silenciosa aldea.
Esas eran las horas en las que la mente se desbocaba, en las que la mampostería hueca se convertía en susurros de shaiatín, y los rasguños de las alimañas, en sonidos de muertos inquietos.