Capítulo 19
Daniel
El primer chorro blanco alcanza a Álvaro en la cara.
Marcos aparece desde detrás de la secadora con el extintor pegado al pecho. La nube llena la lavandería, cubre la mesa y hace volar las facturas antes de que la llama llegue al combustible. El mechero cae. Álvaro retrocede con las manos sobre los ojos.
—¡Ahora, Daniel!
Me arrojo contra la verja. El candado aguanta.
Marcos deja el extintor, aparta el mechero de una patada y corre hacia mí.
Álvaro lo alcanza por la espalda. No le da tiempo a golpearlo con la maza; utiliza el hombro y ambos chocan contra la mesa de acero.
El teléfono de Marcos cae al suelo. La grabación continúa, una línea roja visible entre el polvo.
—¡La llave! —grito.
Marcos se protege la cabeza cuando Álvaro intenta sujetarlo. Le clava el codo en el costado, se gira y tira del llavero que cuelga del cinturón de mi hermano. La tela se rompe. Las llaves patinan por las baldosas y quedan a menos de un metro de la verja.
Estiro el brazo entre los barrotes. No llego.
Álvaro sí.
Pisa la anilla.
—Se acabó —dice.
Tiene media cara blanca por el polvo del extintor. Ya no parece un hombre que haya conservado el control durante trece años. Parece lo que es: alguien acorralado en una lavandería, con un mechero barato a sus pies y un cadáver detrás de una puerta.
Marcos está de rodillas. Sangra por el labio, pero sostiene su mirada.
—La Guardia Civil tiene los archivos.
—Tiene una película rota y las fantasías de una familia de resentidos.
—Tiene tu voz.
Álvaro mira el teléfono del suelo. Después mira mi muñeca. La esfera del reloj se ha encendido con el movimiento y muestra la grabación.
Comprendo que quedan pocos segundos antes de que intente destruirlo.
—El vídeo demuestra que golpeaste dos veces a Adrián junto a la cama —digo.
Álvaro se vuelve hacia mí.
—No sabes ni lo que has visto.
—Con el pie de la lámpara. Dos golpes por detrás.
—Fue un solo golpe —escupe—. Uno. Y no fue por detrás. Se abrió la sien contra el banco al caer.
El silencio posterior es tan completo que oigo el zumbido eléctrico de la luz de emergencia.
Yo no sabía dónde se había golpeado Adrián. Marcos tampoco. En el vídeo no se ve el banco. Solo alguien que estuvo allí puede corregirme.
El reloj vibra contra mi muñeca. Una marca mínima de que sigue guardándolo todo: la precisión de Álvaro, su enfado, mi mentira deliberada.
Durante años creí que la verdad llegaría como una revelación limpia, una frase que separaría a inocentes y culpables.
Llega cubierta de polvo, arrancada a un hombre que se incrimina porque no soporta que alguien cuente mal su propia violencia.
Álvaro también lo entiende.
Baja la mirada hacia la llave y se inclina para cogerla. Marcos se lanza sobre su pierna. Caen. La anilla sale despedida y choca contra la verja. Esta vez consigo atraparla con dos dedos.
Hay seis llaves. Pruebo la primera. No entra. La segunda gira a medias. A mi espalda, el aljibe espera con su boca oscura y los restos del hombre al que no ayudé. Me tiemblan tanto las manos que la tercera llave cae dentro de la cámara.
—Daniel —dice Marcos.
No es un grito. Es mi nombre pronunciado con la urgencia de quien todavía espera algo de mí.
La cuarta llave abre el candado.
Empujo la verja y salgo justo cuando Álvaro consigue ponerse en pie.
Se abalanza hacia el reloj. Me interpongo.
Su puño me alcanza debajo del pómulo y la pared se mueve detrás de mí.
No soy más fuerte que él. Nunca lo he sido, ni cuando teníamos veinte años y podía tirarme al suelo con una mano, ni cuando se sentaba a la derecha de mi padre y hablaba de las cuentas como si el resto fuéramos invitados.
Pero esta vez no necesito vencerlo. Solo necesito no apartarme.
De niño aprendí a no tensar el cuerpo cuando Álvaro me empujaba.
Si me resistía, prolongaba el juego; si caía pronto, se aburría.
Mi padre lo llamaba cosas de hermanos. Años después utilicé el mismo método durante las reuniones: ceder antes de que él alzara la voz, dejar que firmara, convencerme de que conservar una parte del hotel era distinto de consentir cómo lo dirigía.
El cuerpo recuerda esa educación. Mis rodillas quieren doblarse antes de que la cabeza tome una decisión.
Veo a Marcos, cubierto de polvo al otro lado de la lavandería, y permanezco de pie.
Me agarra por la camisa.
—Dame el reloj.
—No.
—Siempre has sido un inútil.
—Sí.
La palabra lo frena más que una defensa.
—Borraste la cinta —continúa—. Estás dentro de esto igual que yo.
—Sí.
—Entonces deja de fingir.
—No finjo. Voy a responder por lo que hice.
Intento soltarme, pero me empuja contra la verja. El hierro me golpea la espalda.
—¿Y qué crees que te espera? ¿Que Vidal te dé las gracias? ¿Que Inés te conserve tu parte? ¿Que la gente de Rodalquilar te felicite por descubrir un cuerpo debajo del hotel familiar? Te van a llamar encubridor. Cobarde. Maricón mentiroso.
La última palabra llega con la voz de mi padre. Durante años bastaba para volverme pequeño.
Ahora miro a Marcos por encima del hombro de Álvaro. Se ha levantado. Tiene una mano apoyada en la mesa y la otra cerca del teléfono, pero no interviene todavía. Me deja responder.
—Todo eso puede ser verdad —digo—. No cambia la tuya.
Álvaro aprieta los dedos en mi cuello.
—¿Vas a destruir la familia por él?
—La familia la destruisteis papá y tú cuando decidisteis que un Vidal podía emparedarse para que un Aranda siguiera sirviendo desayunos junto a la piscina.
—El hotel daba de comer a veinte personas.
—A personas a las que robabas la nómina.
—No entiendes cómo funciona una empresa.
—Entiendo cómo funciona una tumba.
Lo empujo. No cae, pero afloja el agarre. Marcos recoge el teléfono. Bajo el polvo del extintor queda una brasa; una esquina seca de los papeles vuelve a prender y alcanza el reguero más ligero junto a la mesa.
—¡Fuego! —avisa.
Álvaro mira las llamas. Durante un segundo sonríe.
Corre hacia la garrafa.
Lo alcanzo antes. Nos golpeamos contra el recipiente y el gasóleo se derrama por el suelo, lento, brillante. Él me clava el antebrazo en la garganta. Yo le sujeto la muñeca del anillo y pienso en el reflejo diminuto que lo ha esperado trece años dentro de una tarjeta.
—Suéltalo —digo.
—El hotel es mío.
—No lo era cuando estaba vivo papá. No lo es ahora. Y Adrián nunca fue una cosa que pudierais guardar debajo.
Marcos acciona de nuevo el extintor. El polvo nos cubre a los dos.
Álvaro tose, pierde apoyo y cae de rodillas.
Aparto la garrafa de una patada y tiro de la manta ignífuga colgada junto a las secadoras.
La despliego sobre el reguero encendido.
El calor me muerde las manos; Marcos vacía el resto del extintor sobre los bordes.
Las llamas desaparecen bajo una costra blanca.
—La válvula —dice Marcos.
Sigo el tubo hasta la pared. Álvaro ha abierto la alimentación auxiliar del generador y el gasóleo continúa goteando por una manguera cortada.
Giro la llave de paso. Está dura. Utilizo ambas manos hasta que cede y el hilo se detiene.
Marcos pulsa el disparador manual de incendios.
La alarma rompe el silencio del hotel y las puertas cortafuegos del pasillo se cierran, aislando la lavandería de la cocina.
No hay rociadores en esta parte antigua; si el fuego alcanza las sábanas almacenadas, tendremos minutos.
Arrastramos la bolsa negra y el disco duro al otro lado de la manta. Marcos toma fotografías sin acercarse al charco. Incluso ahora piensa en lo que podrá probarse después, no solo en lo que necesitamos sobrevivir.
Álvaro se incorpora con la maza.
—No tienes nada —dice, aunque ya no sé a cuál de los dos se dirige.
Iván, desde el suelo, estira la pierna y le engancha el tobillo. Es un gesto mínimo. Suficiente.
Álvaro tropieza. La maza golpea una lavadora y cae lejos. Marcos la aparta. Yo sujeto a mi hermano por los hombros y lo llevo contra el suelo. No le golpeo. No quiero que una sola parte de esta noche pueda confundirse con venganza.
Su cara queda de lado sobre las baldosas. Podría hundirle la rodilla en la espalda. Podría devolverle uno de los golpes que repartió durante toda una vida convencido de que luego otro Aranda limpiaría la sangre. El deseo aparece, breve y nítido. No me hace noble no obedecerlo. Me hace responsable.
Se revuelve debajo de mí.
—¡Quítate!
—No.
—¡Soy tu hermano!
—Y él era el suyo.
Marcos encuentra entre el material de Iván una brida ancha de instalación. Me la pasa. Aseguro una muñeca de Álvaro a la pata de la mesa, sin apretarla más de lo necesario. Él me insulta, amenaza, promete que dirá que entramos para extorsionarlo. El teléfono continúa grabando a menos de dos metros.
Me pongo de pie. Las piernas me fallan y tengo que apoyar una mano en la mesa.
Marcos corre hacia Iván. Se arrodilla, comprueba su pulso y le habla para mantenerlo despierto.
Yo recojo las facturas que no han ardido y las dejo lejos del combustible sin alterar el orden más de lo inevitable.
La microSD original ha caído junto al mechero.
No la toco. Marcos fotografía su posición y la distancia.
He aprendido demasiado tarde que preservar una prueba también es una forma de respetar a quien ya no puede hablar.
Álvaro tira de la mesa.
—Papá te habría despreciado.
Lo miro.
—Eso ya no dirige mi vida.
Decirlo no produce alivio. Produce espacio.
Al fondo del pasillo se enciende una luz azul. Después otra. El reflejo atraviesa la cocina, rebota en el acero y entra en la lavandería a pulsos.
Se oyen voces, botas y una mujer que ordena que nadie se mueva.
Marcos levanta la cabeza. Tiene polvo blanco en las pestañas y sangre en la boca. Está vivo.
Solo entonces permito que el miedo me atraviese.