Capítulo 20
Marcos
Marta Luján entra en la lavandería con el arma baja y la voz firme.
—Manos donde pueda verlas.
Daniel levanta las suyas. Yo hago lo mismo. Álvaro empieza a hablar desde el suelo, demasiado deprisa: allanamiento, agresión, una trampa preparada por los Vidal. Marta no lo mira hasta comprobar a Iván y pedir por radio que entre el equipo sanitario.
—Ese hombre está sujeto a una mesa —dice.
—Intentó quemar la habitación —responde Daniel—. La brida la puse yo.
—Apártese y no toque nada más.
Daniel obedece.
Dos agentes cruzan la brecha. Uno se queda con Álvaro; el otro sigue a Marta hasta la verja.
Les indico dónde están los restos, la pulsera, el llavero y el pie de lámpara.
Ninguno entra en el vaso. Fotografían desde el umbral, delimitan el paso y llaman al equipo judicial.
La profesionalidad de esos gestos me sostiene más que cualquier palabra amable.
Por fin alguien mira sin que yo tenga que convencerlo de que hay algo que ver.
Los sanitarios colocan a Iván en una camilla. Está consciente y protesta cuando le inmovilizan el cuello.
—Mi madre —dice.
—Está avisada —le aseguro.
No sé si es verdad. Envío un mensaje a Merche antes de que se lo lleven: «Iván está vivo. Va al hospital. Ven con Lucía, no entréis en el hotel». La respuesta llega de inmediato, una sola palabra repetida tres veces: gracias, gracias, gracias.
Un agente corta la brida de Álvaro y le coloca las esposas. Mi cuerpo espera algo cuando lo levantan. Satisfacción, alivio, una descarga que compense trece años. No llega. Solo veo a un hombre cubierto de polvo pasar al lado del lugar donde dejó a mi hermano.
Álvaro se detiene frente a Daniel.
—Todavía puedes arreglar esto.
Daniel tiene un hematoma creciendo bajo el ojo.
—Eso estoy haciendo.
Marta ordena que se lo lleven.
Pasa a menos de un metro de mí. Durante trece años he imaginado al responsable de la muerte de Adrián sin cara: un desconocido junto a la carretera, alguien que lo siguió desde un bar, una silueta en el agua.
Tener delante a Álvaro no satisface ninguna de esas fantasías.
No quiero golpearlo. Quiero que vuelva al aljibe, mire lo que hizo y permanezca allí hasta entender cada día que nos quitó.
Pero esa clase de comprensión tampoco puede imponerse.
Lo único que podemos obligarlo a hacer es responder ante los hechos.
Cuando el agente se lleva a Álvaro, me apoyo en la mesa. Daniel se acerca, pero espera antes de tocarme. Le ofrezco la mano. La aprieta una vez y la suelta cuando Marta vuelve hacia nosotros.
Daniel se quita mi reloj y lo entrega sujetándolo por la correa.
—Ha grabado desde que nos encerró. Marcos inició el archivo.
—¿Se ha manipulado después?
—No —digo—. El teléfono tiene otra grabación y la sincronización automática. También envié una confirmación cuando salí por el conducto.
Marta guarda el reloj en una bolsa de evidencia y anota la hora. Después mira a Daniel.
—Necesitaré su ropa y una declaración formal. También tendrá derecho a asistencia letrada antes de contestar sobre los hechos de 2013.
—Voy a contestar.
—No le he preguntado todavía.
Daniel traga saliva.
—Hay algo más.
Saca el teléfono y muestra los archivos enviados.
—La factura LA-0417 y el correo de mi padre son copias digitales; ya los tiene. En el apartamento quedan además una memoria con registros técnicos posteriores al borrado y las notas que escribí durante los días siguientes. No las entregué en 2013.
Marta no suaviza la cara.
—Eso ya figura en su declaración preliminar.
—No todo. Mi padre me coaccionó esa noche y me hizo creer que protegía a Marcos.
Pero días después encontré la mochila de Adrián, su documentación y la medicación que no abandonaba nunca.
Entendí que la historia del robo era falsa.
No fui a la Guardia Civil. Conservé la hoja de accesos, que ya he entregado, porque me daba miedo destruirla y me daba miedo entregarla.
Escondí el resto del material en la caja de seguridad del apartamento.
El hotel parece contener la respiración.
—Se lo entregaré con mi abogado presente —continúa—. No quiero inmunidad ni un acuerdo a cambio. Solo que conste exactamente cuándo supe qué y cuánto tiempo callé.
Marta asiente una vez.
—Constará lo que pueda acreditarse. Ni más ni menos.
Es lo más parecido a la justicia que he oído esta noche.
Nos separan para tomar las primeras declaraciones. Antes de que un agente acompañe a Daniel, él se vuelve hacia mí.
—No tienes que venir.
—Ya lo sé.
—Lucía te necesita.
—Lucía está con Merche. Yo voy contigo.
—Marcos, no quiero que sientas que…
—Deja de explicarme lo que puedo sentir.
Calla. Después asiente.
—Gracias.
—Tampoco te he pedido que me des las gracias.
Por debajo del miedo, algo cansado y vivo pasa entre los dos.
Urgencias del hospital confirma que ninguno necesita ingreso.
A Daniel le limpian un corte en el pómulo y a mí me ponen dos tiras de aproximación en el labio.
Iván tiene una conmoción y varias grapas, pero el escáner no muestra lesión grave.
Merche llega cuando se lo llevan a observación y me abraza con una fuerza que casi vuelve a abrirme la boca.
Lucía se queda delante de mí sin saber si tocarme.
Inés aparece detrás de ella con los zapatos cubiertos de arena.
Ha conducido hasta el acceso al hotel cuando recibió la alarma, pero la Guardia Civil la retuvo fuera.
Mira a Daniel a través de la puerta de la consulta.
Él está sentado mientras una enfermera le venda las manos quemadas. Inés abre la boca y vuelve a cerrarla.
—Álvaro está detenido —le digo.
—¿Daniel ha…?
—Está vivo. Va a declarar.
—No era eso lo que iba a preguntar.
Sé que miente, pero también sé que una familia puede querer y acusar en la misma respiración. No la obligo a elegir delante de mí.
—Lo hemos encontrado —le digo.
Ella cierra los ojos.
—¿Es él?
—Creo que sí.
Nos abrazamos. No le digo que todo está bien. No lo está. El cuerpo de Adrián sigue bajo una bóveda mientras desconocidos recogen cada resto de su última noche. Pero Lucía ya no tiene que buscarlo en el mar.
A las dos y cuarto, Daniel entra conmigo en el cuartel.
Su abogado llega desde Almería con la camisa mal abotonada y una expresión que mezcla alarma profesional y afecto antiguo.
Durante tres horas, Daniel relata lo ocurrido.
No convierte a Rafael en una fuerza sobrenatural ni a sí mismo en un muchacho sin voluntad.
Dice «tuve miedo», «obedecí», «sospeché» y «callé».
Cuando se equivoca en una hora, pide corregirla.
Cuando no recuerda, no rellena el hueco.
Yo espero en un banco del pasillo.
Podría marcharme. Tengo el teléfono lleno de mensajes, una hermana en el hospital y un hermano que por fin va a recuperar su nombre. Nadie me pediría que me quedara junto al hombre que ayudó a borrar su última noche.
Lucía me llama. No hablamos de Daniel. Me cuenta que Merche se ha dormido en una silla junto a Iván y que Inés está comunicando al comprador la suspensión definitiva de la firma.
Me pregunta cómo eran los restos. Le digo solo lo que puede soportar y lo que yo sé: la pulsera estaba allí; la zapatilla también; no estaba en el mar.
Al otro lado llora sin ruido. Apoyo la frente contra la pared del cuartel y lloro con ella.
Cuando terminamos, ninguno se siente mejor.
Pero por primera vez nuestro dolor ocupa el mismo lugar.
Me quedo.
No por la versión de Daniel que amé a los veintiocho años. Ese hombre podía besarme a oscuras y negarme al amanecer. Me quedo por el que está al otro lado de la puerta diciendo en voz alta todo aquello que puede destruirlo.
Cuando sale, son casi las seis. No está detenido. Queda a disposición del juzgado, tendrá que volver y sabe que pueden investigarlo por su participación en el borrado y el silencio posterior. No parece aliviado.
Inés nos presta su pequeño apartamento de Rodalquilar. Ella se queda con Lucía y Merche hasta que den noticias de Iván. En el dormitorio hay una cama estrecha, una silla de anea y una ventana por la que empieza a entrar un gris pálido.
Daniel se sienta en el borde del colchón.
—Deberías dormir.
—Tú también.
Voy al baño, mojo una toalla y vuelvo. Le limpio el polvo que le queda detrás de la oreja. Él cierra los ojos. No es un gesto erótico, pero mi cuerpo recuerda la tarde, su piel bajo mis manos, la forma en que nos elegimos antes de saber cuánto iba a exigirnos la noche.
Le desabrocho la camisa para ver el golpe de la espalda. Hay una línea roja donde la verja lo alcanzó. Paso los dedos alrededor, sin tocar la zona inflamada.
—Duele —dice.
—Bien.
Abre los ojos.
—No me refiero a que quiera que sufras.
—Ya lo sé.
—Me refiero a que todavía puedes sentirlo.
Daniel apoya la frente contra mi estómago. Sus manos se quedan quietas a ambos lados de mi cintura, esperando permiso. Se lo doy al rodearle la cabeza con los brazos.
—Te quiero —dice contra mi camiseta—. No para que me perdones. No para que te quedes. No sé decirlo sin que parezca que estoy pidiendo algo.
—Entonces no pidas.
Levanta la cara. Lo beso con cuidado de no rozar la herida del labio.
Es un beso lento, sin la urgencia de la tarde ni la desesperación de la lavandería.
Le quito la camisa y él me ayuda a sacar la mía.
Nos acostamos en ropa interior, frente a frente, con las piernas entrelazadas. No buscamos otra cosa.
Daniel coloca mi mano sobre su pecho. El corazón le golpea la palma.
—Tengo miedo de dormirme —admite.
—¿Por las pesadillas?
—Por despertarme y descubrir que te has ido.
La honestidad me enternece y me enfada. Antes habría convertido ese miedo en vigilancia, una llave echada, una pregunta formulada como reproche.
—Puedo irme —le digo—. Incluso si te quiero. Incluso si mañana decido quedarme. Necesitas aprender a vivir con eso.
—Lo sé.
—Y yo necesito aprender que marcharme no es la única forma de conservarme.
Daniel besa el centro de mi palma.
—Estoy aquí —dice.
—Lo sé.
—Mañana también.
—Mañana tendrás que demostrármelo otra vez.
—Lo haré.
No prometo perdón. Le acaricio la nuca hasta que su respiración se vuelve más profunda. Cuando se duerme, mi boca descansa junto a su frente y la tarde empieza a apagarse detrás de la persiana.
Quedarme ya no se parece a rendirme.