Capítulo 18
Marcos
Durante semanas, aquel olor se quedó en la ropa que sacamos de la furgoneta de Adrián.
La Guardia Civil había encontrado el depósito casi vacío y una garrafa en la parte trasera.
Era una de las piezas que sostenían la versión de la huida: mi hermano había conducido hasta la costa, quizá había pensado seguir hacia Almería, quizá se había echado atrás, quizá había entrado en el mar.
Trece años después, el mismo olor entra en el aljibe y desmonta la escena.
No era una despedida. Era una costumbre de los Aranda: cuando la realidad estorbaba, la convertían en decorado.
Me pregunto si Rafael eligió también la cantidad de combustible, si dejó huellas falsas en el volante, si abrió la puerta del conductor con un pañuelo.
Durante años convertimos esos detalles en preguntas sobre Adrián: por qué compraría una garrafa, por qué aparcaría allí, por qué no llamaría.
Nunca pensamos que la escena no describía a mi hermano, sino a quien la había construido.
Una buena mentira no obliga a creer al culpable. Obliga a desconfiar de la víctima.
Daniel sacude la verja.
—¡Álvaro! Iván necesita una ambulancia.
Desde la lavandería llega el sonido de una cremallera. Después, papeles removidos.
—Iván necesita aprender a no meterse en asuntos ajenos —responde Álvaro.
Mi reloj sigue grabando. La esfera está apagada, pero noto una breve vibración contra la muñeca cada sesenta segundos. Daniel la ha visto. Evita mirarla de nuevo.
Me agacho junto al muro. El plano mostraba dos líneas además de la escalera: el montacargas y el rebosadero del aljibe, una conducción ancha que salía hacia el patio para evitar que el depósito inundara los cimientos.
La boca está a medio metro del suelo, oculta tras una costra de cal.
Paso los dedos por el borde. El mortero se deshace como azúcar húmedo.
Daniel comprende lo que busco.
—No sabemos adónde sale.
—Fuera de esta verja ya me parece un destino suficiente.
—Marcos.
—Sigue hablando con él.
—No voy a dejarte meterte ahí sin saber…
Lo miro. No necesito terminar la frase por él.
—¿Sin que tú decidas si puedo hacerlo?
Cierra la boca. Le duele, y una parte mezquina de mí agradece que le duela. La otra parte quiere tocarle la cara.
—Tienes razón —dice—. Pero déjame quitar la rejilla.
Eso sí se lo permito.
La pieza está sujeta por dos tornillos oxidados. Daniel utiliza el canto de una piedra y yo tiro con ambas manos. El metal cede con un gemido breve. Nos detenemos. Álvaro continúa revolviendo cosas al otro lado.
—¿Qué estás buscando? —pregunta Daniel en voz alta.
Los movimientos cesan.
—La posibilidad de que esto termine sin destruir a todos.
—Eso terminó hace trece años.
Álvaro aparece al otro lado de la verja. Ha dejado la maza, pero lleva la garrafa en una mano y la bolsa negra de Iván en la otra. De uno de los bolsillos sobresale la tarjeta original. Tiene una rozadura en la mejilla y el sudor le abre surcos en el polvo de la frente.
—Tú no tienes derecho a juzgarme —le dice a Daniel—. Borraste la grabación.
—Sí.
La respuesta sin defensa lo desconcierta.
—Hiciste exactamente lo que había que hacer para proteger a esta familia.
—Hice lo que papá me ordenó porque era un cobarde.
—Lo hiciste porque Marcos aparecía entrando por una puerta de servicio a medianoche.
Porque el pequeño de los Vidal había metido las manos en las cuentas y porque todos sabíamos cómo iba a contarlo la gente: el recepcionista que robaba, su hermano follándose al hijo del dueño y una familia honrada convertida en espectáculo.
Daniel se acerca a los barrotes.
—No nos protegiste. Usaste mi miedo.
—Papá lo usó. Yo estaba intentando entender que un crío acababa de arruinarme la vida.
—Robaste tú.
—Moví dinero de una subvención que habría llegado tarde de todos modos. Cubrí deudas del hotel y recuperé una parte. Eso hacen las empresas cuando quieren sobrevivir.
—Retuviste salarios.
—Ajusté anticipos. Nadie se quedó sin comer.
—Tú compraste un apartamento en Aguadulce ese año.
Álvaro golpea la garrafa contra el suelo. El sonido retumba en la bóveda.
—Yo conseguí que este sitio siguiera abierto mientras tú jugabas a ser el hijo sensible y papá fingía que no sabía dónde pasabas las noches. Adrián iba a entregar las cuentas a una periodista. No quería recuperar dinero; quería verme humillado.
No puedo evitarlo.
—Quería que devolvieras lo que no era tuyo.
Álvaro dirige la mirada hacia el fondo del aljibe. Durante un instante sé que me ha localizado, aunque Daniel cubre la boca de la conducción con su cuerpo.
—Tu hermano no sabía cuándo parar —dice.
La frase me entra como una piedra. Adrián era impaciente. Provocaba cuando tenía miedo y confundía a veces el valor con no pedir ayuda. Todo eso es verdad. Ninguna de esas cosas levantó el pie metálico de una lámpara. Ninguna decidió esconderlo bajo la cal.
Meto un brazo en la conducción. Cabe el hombro. El aire que sale del otro lado es más caliente y trae polvo de esparto. No conduce al exterior; probablemente desemboca en el hueco del montacargas. Aun así, continúo desprendiendo cal sin hacer ruido.
—Adrián descubrió que robabas las retenciones de los trabajadores —dice Daniel—. No solo la subvención.
—Adrián no descubrió nada que no pudiera haberse arreglado. Quería hacerse el héroe. Entró en esa habitación con una cámara escondida y me provocó hasta que perdió el control.
El pulso me martillea en la garganta. Daniel no vuelve la cabeza. Sabe que, si lo hace, Álvaro también mirará.
—¿Perdió él el control?
—Me empujó.
—En el vídeo no se oye que te empuje.
—Porque la cámara estaba mal colocada.
—Se oye el golpe.
Álvaro deja la bolsa en el suelo.
—Fue un accidente.
—¿Qué parte?
—Todo lo que vino después de que se negara a darme la tarjeta.
Daniel respira despacio. Yo introduzco la cabeza en la conducción. El espacio es estrecho, pero no imposible. Durante años he trabajado en edificios donde los arquitectos parecían odiar el cuerpo humano. Sé medir un hueco con los hombros.
—Papá llegó después —continúa Daniel.
—Papá entendió la situación. Eso hacía él. Entender cuánto iba a costarnos una verdad y decidir si podíamos pagarla.
—Y decidió que salía más barato esconder a Adrián aquí.
Álvaro mira hacia el fondo del aljibe. No hay pena en su cara. Ni siquiera asco. Solo la impaciencia de quien contempla una reparación pendiente.
—Ya estaba muerto —dice—. Nada de lo que hiciéramos iba a cambiarlo. ¿Tú crees que llamar a la Guardia Civil lo habría devuelto a su casa? Habría hundido el hotel, a Inés, a ti. Habría matado a papá en vida.
—Así que preferisteis matar a su familia durante trece años.
La voz de Daniel se quiebra en la última palabra. Álvaro lo oye y recupera parte de su seguridad.
—Tú viviste bastante bien.
Daniel baja los ojos. Durante un instante temo que la frase encuentre todavía dónde clavarse. Después levanta la cabeza.
—Ese es el problema, Álvaro. Viví.
Me quito el reloj y se lo entrego a Daniel por debajo de la mano, ocultos tras su cuerpo. La grabación sigue activa. Si me atasco en la conducción, al menos el sonido quedará con él.
—No tardes —susurra.
—No cierres ninguna puerta.
No es la frase más adecuada para decirle a un hombre encerrado. Sus labios se mueven en algo parecido a una sonrisa sin alegría.
Entro de lado. La piedra me raspa la espalda y el pecho.
Durante el primer metro puedo impulsarme con los codos; después la conducción desciende y tengo que dejar que el peso me arrastre.
El aire está lleno de polvo. Pienso en Adrián metiendo la cámara detrás del azulejo, convencido de que una imagen bastaría.
Los dos hemos confiado demasiado en las pruebas y demasiado poco en la capacidad de algunas personas para vivir delante de ellas sin mirar.
A mitad del conducto el pecho deja de expandirse.
Intento retroceder y la hebilla del cinturón se engancha en una arista.
El pánico no llega como una idea, sino como una orden física: salir, romper, respirar.
Cierro los ojos. Cuento cuatro al inspirar y seis al expulsar el aire, el mismo ejercicio que aprendí para fotografiar desde cornisas.
Me quito el cinturón con una sola mano y lo dejo atrás.
La piedra me arranca piel del costado cuando avanzo.
No estoy huyendo de Daniel. Voy hacia la salida para volver a él. La diferencia cabe entera dentro de este hueco.
La voz de Álvaro llega deformada.
—¿Dónde está Vidal?
—Aquí —responde Daniel.
—No lo veo.
—Ha bajado junto a su hermano.
Por primera vez, una mentira de Daniel trabaja a nuestro favor.
Sigo avanzando. La conducción termina sobre el hueco del montacargas.
Abajo, entre dos travesaños, distingo la luz rota del teléfono que lancé.
Hay una escalerilla de mantenimiento fijada a la pared.
Consigo sacar una pierna, luego la otra.
Cuando mi peso cae sobre el primer peldaño, el metal cruje tanto que cierro los ojos.
Nadie grita.
Desciendo. Recupero el teléfono. La pantalla está partida, pero responde. Tiene cobertura: tres rayas. La alarma ha llegado a cero y muestra un mensaje de Marta.
«Equipo en acceso. Confirma.»
Escribo con los dedos manchados de cal: «Álvaro dentro. Iván herido. Aljibe bajo lavandería. Entrad ya.»
Envío también el audio del reloj en cuanto Daniel se acerque lo suficiente para que el teléfono lo sincronice. De momento inicio otra grabación.
Una puerta de registro comunica el hueco con el armario de lencería de la planta baja. Empujo. Hay cajas delante. El tablero se abre apenas veinte centímetros. Me escurro, derribo un paquete de toallas y salgo al pasillo de servicio.
Iván sigue detrás de la secadora. Respira. La sangre parece haberse detenido bajo la tela que dejamos. Me acerco para comprobarlo y abre los ojos.
—No te levantes —le digo.
—Ha abierto… el gasoil del generador.
La garrafa no contenía gasolina. El olor se parece, y el combustible arde igual.
Al otro lado de la lavandería, Álvaro vacía la bolsa negra sobre una mesa.
Caen una fotocopia del parte de obra, varias facturas y un disco duro portátil.
El original ya está bajo custodia de Marta.
Saca un mechero. Desde donde estoy veo el perfil de su cara y el anillo en la mano que protege la llama del aire.
No me ha visto.
Daniel vuelve a hablar desde el aljibe.
—Si quemas eso, no quemas lo que hiciste.
Álvaro acerca el mechero a los papeles mojados de combustible.
Yo levanto el extintor que dejamos junto a Iván.