Capítulo 17
Daniel
La lavandería no se parece al lugar que recuerdo.
Durante años fue una habitación ruidosa, llena de vapor y sábanas que olían a jabón caliente.
Mi madre entraba de vez en cuando para quejarse de la humedad y salía con una toalla doblada bajo el brazo, como si apropiarse de una pieza limpia justificara la visita.
Ahora las máquinas están desconectadas, las mesas de acero cubiertas con lonas y el suelo tiene una herida abierta de lado a lado.
Aquí trabajaba Merche cuando yo aún pensaba que las personas adultas sabían distinguir entre obedecer y hacer daño.
Su marido venía los domingos a reparar lo que mi padre aplazaba durante la semana.
Iván se sentaba sobre un saco de detergente y hacía los deberes con las piernas colgando.
El hotel se beneficiaba de esa intimidad: empleados que se quedaban después de hora porque éramos «como una familia», favores que no entraban en nómina, silencios que parecían lealtad.
Ahora veo la violencia escondida dentro de aquella frase.
Ser como una familia significaba que los Aranda podían pedirlo todo sin rendir cuentas a nadie.
El martillo está apoyado contra el muro.
Iván yace detrás de una secadora industrial, encogido sobre el costado.
El apósito que cubre los seis puntos de la noche anterior sigue en su sitio; la sangre fresca procede de un corte nuevo, más abajo, junto a la nuca.
Durante un segundo creo que no respira. Después emite un gemido y levanta una mano sin fuerza.
—No lo muevas —dice Marcos.
Ya estoy de rodillas.
—Iván. Soy Daniel. ¿Me oyes?
Abre los ojos. Le cuesta enfocarme.
—Señor Álvaro…
—¿Te ha hecho esto?
Sus labios se mueven, pero no sale ningún sonido. Marcos se quita la camisa fina que llevaba abierta sobre la camiseta y la dobla para presionarle la herida. Trabaja con una serenidad que no es calma, sino dirección. La misma con la que encuadra una fotografía cuando todo lo demás se mueve.
—La respiración parece regular —dice—. Necesitamos una ambulancia.
Miro mi teléfono. Sin cobertura.
—El correo ha salido.
—Y la alarma está corriendo.
Quedan once minutos.
El suelo vuelve a vibrar. Esta vez el golpe viene del otro lado del muro, no de la habitación. Alguien trabaja detrás del tabique abierto.
La brecha tiene la anchura de un cuerpo.
La cal reciente se mezcla con el mortero antiguo y forma un polvo pálido que cubre las baldosas.
Junto al hueco reconozco el bastidor de hierro del viejo montacargas de ropa.
Cuando éramos jóvenes, subía las sábanas limpias hasta el armario de la segunda planta.
Luego se atascó, mi padre decidió que repararlo era un gasto inútil y tapiamos las puertas.
El conducto continúa allí, encerrado entre muros, paralelo a la escalera de servicio.
—No deberíamos cruzar —digo.
Marcos no aparta la mano de Iván.
—No.
Otro golpe.
Una parte de mí agradece que él no convierta la decisión en una orden.
Me ha exigido que deje de elegir por los dos y ahora me obliga a soportar la libertad que pedía.
Puedo esperar. Puedo obedecer a Marta. Puedo quedarme junto a Iván durante once minutos mientras Álvaro destruye lo que haya detrás de la pared.
Entonces Iván consigue agarrarme la muñeca.
—La bolsa —susurra.
—¿Qué bolsa?
—Negra. Se ha llevado… el disco. Quiere sacarlo todo.
Los dedos se le aflojan.
Marcos y yo nos miramos. No hay heroísmo en lo que hacemos después. Hay miedo, cálculo y la certeza de que, si Álvaro tiene medios para mover los restos, once minutos son una eternidad.
Arrastro con cuidado a Iván hasta el lado protegido de la mesa de acero. Marcos fotografía su posición, el rastro de sangre, el martillo y la brecha. Cada imagen sube automáticamente a la nube. Luego deja el extintor al alcance de Iván, aunque ninguno de los dos dice para qué podría servirle.
—Tres minutos —dice Marcos—. Miramos, documentamos y salimos. No tocamos nada.
Asiento.
Cruzo primero.
La linterna revela un corredor de poco más de un metro de ancho.
Las paredes están hechas de piedra oscura y cal.
Hace más fresco que en la lavandería; el aire sabe a metal y a tierra cerrada.
A nuestra derecha, el hueco vertical del montacargas desaparece hacia arriba.
A la izquierda hay una verja que creía retirada hace décadas y, detrás, una cámara baja cubierta por una bóveda de ladrillo.
El aljibe.
La puerta de hierro está abierta. En el suelo hay cascotes frescos, un cable alargador y una amoladora todavía caliente. El disco gira los últimos milímetros hasta detenerse.
—Álvaro —llamo.
Mi voz regresa desde la bóveda más pequeña de lo que la he enviado.
No responde.
Marcos pasa a mi lado. Lo agarro por la cintura antes de que pise una zona oscura del suelo.
—Espera.
Apunto la linterna. Hay un desnivel de casi un metro, el antiguo vaso del depósito. Una escalera de obra desciende hasta el fondo. El aljibe está seco. En una esquina, varias mantas podridas cubren un bulto largo. La amoladora ha abierto parte de una estructura de bloques que lo ocultaba.
Primero veo una zapatilla.
Después un hueso claro.
Marcos deja de respirar.
No retiro la mano de su cintura. No lo atraigo hacia mí ni intento taparle la vista. Me limito a sostener el punto exacto en el que nuestros cuerpos se tocan, para que pueda apartarse si lo necesita y para que sepa que no está solo si decide mirar.
La pulsera aparece entre el polvo. Cuero trenzado, una pieza de metal oxidada y dos cuentas azules. Recuerdo a Adrián jugando con ella durante las noches de recepción. La hacía girar alrededor de la muñeca cuando se aburría.
Marcos baja un peldaño.
—Es suya.
Su voz no se rompe. Eso lo vuelve insoportable.
—Marcos.
—Es suya, Daniel.
Se queda inmóvil en la escalera. La cámara le cuelga del hombro, pero ya no la utiliza como un escudo.
Mira la zapatilla, la pulsera, la forma de los huesos bajo las mantas.
No está mirando una escena; está intentando hacer caber a su hermano dentro de lo que ve.
Yo recuerdo a Adrián apoyado en recepción, comiendo cerezas y dejando los huesos en una taza de café.
Recuerdo que se reía de mis camisas y que una vez me dijo que querer a Marcos en secreto no era una forma prudente de amor, sino una forma cómoda de cobardía.
Tenía veintisiete años y la crueldad exacta de quien aún cree que una verdad bien dicha basta para cambiar a otra persona.
Quiero pronunciar su nombre. No lo hago. Marcos necesita que Adrián sea suyo antes de que vuelva a ser también una parte de mi culpa.
En el fondo, junto a los restos, hay un llavero de latón con el número 17 y el pie metálico de una lámpara. Tiene una arista oscurecida. Comprendo lo que puede ser antes de que Marcos lo fotografíe.
—No bajes más —digo—. Ya está. Marta tiene la ubicación.
Marcos hace dos fotografías generales y una de la pulsera con el zoom. No toca nada. Después sube. Cuando llega a mi altura, su cara no contiene lágrimas. Contiene trece años de ellas.
—Lo dejaron aquí —dice—. Debajo de vosotros.
No hay respuesta que no resulte ofensiva. «Yo no lo sabía» sería verdad hasta cierto punto y mentira en todo lo importante. Días después comprendí que Adrián no se había marchado. No supe dónde estaba porque elegí no buscar.
—Sí —contesto.
Un roce suena detrás.
Me vuelvo.
Álvaro ocupa la brecha por la que hemos entrado. Lleva la camisa arremangada y polvo blanco hasta las rodillas. En la mano derecha sostiene la maza. En la izquierda, el teléfono de Iván. El anillo de ónice brilla bajo la luz del pasillo.
Durante toda mi vida he sabido calcular su estado de ánimo por la forma en que entra en una habitación.
Si deja abierta la puerta, espera que alguien lo siga.
Si la cierra despacio, ya ha tomado una decisión.
Si sonríe antes de hablar, ha preparado una versión en la que él no puede perder.
Esta vez no hay puerta, solo una brecha que él mismo ha abierto.
Tampoco hay sonrisa verdadera. Su mirada recorre la linterna, la cámara de Marcos y el teléfono que asoma de mi bolsillo; inventaría una salida para cada uno si dispusiera de cinco minutos más.
—Siempre has tenido un talento extraordinario para llegar tarde —dice.
Marcos levanta su móvil.
—Todo está fuera del hotel.
Álvaro sonríe, pero la sonrisa ya no consigue parecer amable.
—Dámelo.
—No.
—No te lo estoy pidiendo.
Da un paso. Me coloco delante de Marcos. No pienso el gesto; ocurre. Álvaro me mira como si le hubiera confirmado una vieja sospecha desagradable.
—Aparta, Dani.
—Deja la maza.
—Esto también es mío.
Mira alrededor: los muros, el hierro, el polvo y los restos de Adrián. Lo incluye todo en la misma propiedad.
—No —digo—. Nunca lo fue.
—No sabes de qué estás hablando.
—Sé que Levante Azul era tuya. Sé que Adrián te grabó. Sé que papá llegó después del golpe y sé que tú seguías llevando ese anillo.
Su mirada cae un instante sobre su mano. Es suficiente.
—Papá arregló un problema —dice—. Como hizo toda su vida.
Marcos se mueve detrás de mí. Álvaro alza la maza.
—El teléfono.
—Aunque lo rompas —dice Marcos—, no puedes romper lo que ya tiene la Guardia Civil.
—Pero puedo ganar tiempo.
Oímos a Iván gemir en la lavandería. Álvaro vuelve la cabeza apenas un segundo. Intento avanzar, pero él golpea la pared con la maza. Salta piedra a centímetros de mi cara.
—Los dos dentro —ordena—. Bajad al vaso.
—No.
—Si tengo que elegir entre romperle otra vez la cabeza a ese chico o que vosotros deis tres pasos, no voy a tardar tanto como crees.
Miro a Iván a través de la brecha. Sigue en el suelo. No sé si está consciente. Marcos apoya dos dedos en mi espalda; no es una súplica, sino una señal. Está tomando la misma decisión.
Entramos en la cámara del aljibe sin bajar hasta los restos. Álvaro retrocede manteniendo la maza en alto. Antes de que pueda calcular la distancia, empuja la verja de hierro. El cierre cae con un sonido limpio.
Me lanzo contra ella.
—¡Álvaro!
Introduce una cadena por los barrotes y coloca un candado. El mecanismo parece nuevo.
—Tira el teléfono por aquí, Marcos.
Marcos lo sostiene a mi espalda.
—Vas a tener que entrar.
Álvaro levanta el móvil de Iván.
—Puedo volver con él cuando haya acabado.
Marcos me mira. Después lanza su teléfono hacia la brecha. Lo hace mal a propósito. El aparato golpea un cascote, rebota y cae por la abertura del montacargas. Oímos cómo choca contra metal un piso más abajo.
—Torpe —dice Álvaro.
No ve la luz roja que parpadea en el reloj de Marcos.
Se aleja. Primero desaparecen sus pasos; después oímos que arrastra algo pesado por la lavandería. El contador de la alarma continúa avanzando en algún lugar del conducto.
Quedan siete minutos.
Entonces llega hasta nosotros el olor de la gasolina.