Capítulo 16
Marcos
La imagen clonada de la microSD tarda nueve segundos en montarse en modo de solo lectura.
Los cuento porque necesito ocuparme con algo que no sea la respiración de Daniel junto a mi hombro.
Uno. Dos. Tres. La barra blanca parpadea.
Cuatro. Cinco. Fuera, el levante empuja arena contra el ventanal del apartamento del gerente.
Seis. Siete. Daniel apoya una mano en el borde del escritorio. Ocho.
Nueve.
La carpeta se abre.
—No toques nada todavía —digo.
Daniel retira los dedos del panel táctil.
La microSD original desapareció durante el segundo apagón y puede seguir en poder de Álvaro; trabajo sobre la copia bit a bit cuya suma de verificación leímos ante la cámara.
Ya existen otros dos duplicados intactos: uno cifrado fuera del hotel y otro entregado a Marta.
La teniente se ha marchado hace menos de una hora con el parte original del padre de Iván, las declaraciones y las primeras copias forenses.
Necesita autorización judicial para abrir el muro.
Antes de salir ha precintado la lavandería y la habitación 17.
Una patrulla controla el desvío del camino de las minas, a varios cientos de metros; el antiguo acceso de servicio queda fuera de su vista porque no figura en los planos actuales.
Iván permanece en recepción para controlar el cuadro eléctrico; nadie más debería seguir dentro.
Inés acaba de enviarnos los adjuntos recuperados del correo de Rafael.
Los comparo con la carpeta LEVANTE que Adrián escondió tras el azulejo verde agua de la ducha, el de la cruz y la junta distinta.
Ya conocemos las facturas duplicadas y las transferencias.
Una leyenda contable aclara además el único cabo que apuntaba hacia Inés: las iniciales I.
A. significan «importe aprobado», no su nombre.
Busco una relación con el plano original que acaba de aparecer.
El primer resultado es el documento LA-0417: sesenta y ocho mil cuatrocientos euros por «impermeabilización, vaciado y anulación definitiva de depósito».
La factura lleva fecha del 1 de septiembre de 2013.
En el correo, Rafael la remite a Álvaro a las cuatro y cincuenta y dos de la madrugada con una sola instrucción: «Resuélvelo antes de que llegue el turno de mañana».
—Merche los vio con el carro cerca de las tres —digo—. Menos de dos horas después, Rafael ya estaba pagando por cerrar el acceso.
Daniel lee el mensaje dos veces.
—No era una obra prevista.
—No. Era una factura para cubrir lo que hicieron esa noche.
Abro los dos planos en paralelo. En el que Inés ha recuperado aparece el rectángulo del aljibe bajo la lavandería.
En la copia que guardaba Adrián, alguien trató de borrarlo con corrector.
Mi hermano aumentó el contraste, recuperó el contorno y dibujó una línea roja desde la habitación 17.
La ruta baja por el antiguo montacargas de ropa y termina en una boca de ventilación situada tras el muro norte.
—Mi abuelo recogía allí el agua de las cubiertas —dice Daniel—. Cuando llegó la red municipal, dejó de usarlo. Yo creía que lo habían rellenado durante la ampliación.
—Merche ha declarado que solo cerraron el acceso.
—Y el padre de Iván dibujó la cámara vacía.
Regreso al vídeo recuperado. El programa ha estabilizado nuevos fotogramas alrededor de la una y treinta y uno.
La habitación 17 aparece fragmentada en el espejo: el brazo de Adrián, una sombra, el destello negro del anillo.
Después del golpe, Rafael ordena que traigan el carro.
Durante menos de un segundo entra en plano una rueda con el número antiguo de lavandería pintado en el lateral.
Sigo su trayectoria. No cruza el pasillo de huéspedes; desaparece por la compuerta de servicio.
—Lo bajaron por el montacargas —digo.
La línea termina bajo nuestros pies.
Lucía y yo hemos buscado a Adrián en carreteras, cuevas y corrientes marinas. Mi madre murió convencida de que el agua le había quitado a un hijo. Todo ese horizonte para no mirar el depósito seco debajo de una lavandería.
Daniel cierra los ojos. Cuando los abre, no intenta tapar la pantalla ni a mí.
—Envíalo todo.
Conecto el teléfono al portátil. Selecciono el plano comparado, el correo de Rafael, la factura y el nuevo fragmento estabilizado.
Escribo en el asunto: URGENTE. HOTEL LA SAL.
UBICACIÓN DE ADRIÁN VIDAL. Aclaro que trabajamos sobre una imagen forense, que el original sigue desaparecido y que no entraremos en la zona precintada.
Adjunto nuestra ubicación y copio a Inés y a Lucía.
—Añade mi nombre —dice Daniel—. Quiero que conste que entrego los archivos voluntariamente.
Lo hago. Él revisa el texto y pulsa Enviar.
La rueda gira demasiado tiempo. Al fin, el correo aparece en la carpeta de enviados y las marcas del mensaje urgente se vuelven azules.
Llamo a Marta. Responde al cuarto tono.
—Vidal.
Oír mi apellido en su voz me hace sentir durante un segundo que vuelvo a tener veintiocho años y estoy sentado frente a otra mesa de la Guardia Civil, explicando por qué Adrián no se marcharía sin avisarme.
—Hemos encontrado algo.
Le cuento lo imprescindible. No digo «el cuerpo de mi hermano» porque aún no lo hemos visto. Digo aljibe, factura, vídeo, Levante Azul. Al otro lado se oye una silla arrastrándose y luego órdenes cortas dirigidas a alguien más.
—No bajéis —me dice—. No toquéis el acceso. Salid del hotel si podéis hacerlo sin riesgo y esperad en el coche.
Daniel está mirando hacia la puerta.
—¿Cuánto vais a tardar?
—El equipo sale ahora. Veinte minutos. ¿Está Álvaro Aranda en el hotel?
—No lo sabemos.
—¿Y el empleado? ¿Iván?
Miro a Daniel. Él ya está marcando su número.
—Tampoco.
—Marcos, escuchadme. No bajéis. Programa una alarma para quince minutos y compártemela. Si no la cancelas con un mensaje, daremos por hecho que hay riesgo inmediato y el equipo entrará sin esperar confirmación. ¿Entendido?
—Entendido.
La llamada termina. Activo la alarma, comparto el aviso con Marta y dejo visible la cuenta atrás.
El teléfono de Iván suena desde algún lugar del hotel.
No es una impresión. En el silencio que deja el viento durante unos segundos oímos con claridad la melodía amortiguada, en la planta baja. Daniel sale al pasillo. Lo sigo. La luz de emergencia tiñe la moqueta de un verde enfermo.
—Iván —grita.
Nadie responde.
El sonido cesa.
Entonces llega el primer martillazo.
Es grave, metálico, demasiado profundo para proceder de una habitación. Una pausa. Otro golpe. Después un tercero.
Debajo de nosotros.
Daniel echa a andar hacia la escalera.
Lo agarro del brazo.
—Marta ha dicho que no bajemos.
—Iván está ahí.
—Y quien tiene el martillo también.
—Precisamente.
Intenta soltarse, pero no con fuerza. Siente mi mano sobre él y se queda quieto.
En la penumbra, las ojeras le endurecen la mirada.
Tiene cuarenta y ocho años, lleva demasiadas horas sin dormir y acaba de descubrir que su padre pudo ocultar un cadáver debajo del negocio familiar.
Aun así, lo que veo no es fragilidad. Es la peligrosa decisión de alguien que cree que ya no merece protegerse.
—No vas a pagar lo que hiciste dejándote matar —le digo.
—No es eso.
—Se parece mucho.
Daniel baja la vista hacia mi mano. Yo también. Aflojo los dedos, pero no lo suelto.
—No te he perdonado —añado—. Que haya vuelto a besarte no borra una cinta ni trece años. Si bajamos, bajamos porque Iván puede necesitar ayuda y porque las pruebas pueden desaparecer. No para que tú representes una escena final de arrepentimiento.
—De acuerdo.
—Y no te separas de mí.
—De acuerdo.
Otro martillazo hace temblar algo dentro de la pared.
Regresamos al apartamento. Daniel guarda el teléfono con la copia del correo y la factura; yo copio los archivos a la nube y dejo el portátil abierto, conectado a la corriente.
Envío a Lucía un último mensaje: «No vengas.
Guardia Civil avisada». Luego activo la grabación de audio en el teléfono y en el reloj.
El móvil queda en el bolsillo interior de la chaqueta; la esfera del reloj se apaga sobre mi muñeca.
Daniel coge la linterna grande del armario de mantenimiento de la planta. Yo encuentro un extintor pequeño junto a la escalera. Me mira al verlo.
—No es un arma.
—Ya lo sé.
—Lo digo por tu forma de sujetarlo.
—Tú procura que no tenga que averiguarlo.
Por un instante, pese a todo, casi sonríe. Esa mínima curva me duele más que el miedo. Conozco esa boca. La he deseado cuando no tenía derecho a hacerlo y la he besado cuando aún no sabía si era capaz de soportar lo que venía después.
Bajamos.
En recepción no queda ninguna luz encendida. El rótulo del hotel proyecta desde fuera un resplandor azul que tiembla con las ráfagas de arena. La puerta principal sigue cerrada. El llavero de Iván está en el suelo, junto al mostrador.
Daniel se agacha. Hay una gota de sangre sobre una de las anillas.
Los martillazos se interrumpen.
Ahora el silencio es peor.
Atravesamos la cocina. La puerta de la lavandería está abierta y una claridad blanca se derrama por el suelo del pasillo de servicio. Huele a detergente, a humedad vieja y a cemento recién roto.
En el umbral encontramos el teléfono de Iván con la pantalla partida.
Un hilo de sangre continúa hacia dentro.
Daniel busca mi mano sin mirarme. Se la doy durante un segundo, solo el necesario para que ninguno de los dos pueda fingir que baja solo.
Después entramos.