La habitación que nadie reservó Capítulo 15
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Capítulo 15

Daniel

Merche pide declarar en la lavandería.

Marta intenta convencerla de que el comedor es más cómodo, pero ella insiste. Dice que ha pasado trece años entrando en esa sala y evitando mirar la pared norte. Si va a hablar, quiere hacerlo frente al lugar donde decidió callar.

Iván llega a su lado con seis puntos bajo una tira de apósito y la prohibición médica de conducir. Está pálido, enfadado y avergonzado por necesitar ayuda para sentarse. Su madre lleva una caja de herramientas que perteneció a su marido.

El agente instala la grabadora sobre una lavadora apagada. Marcos coloca su cámara en un trípode, con permiso de Marta. Lucía se queda fuera del encuadre. Inés participa por videollamada desde el despacho, donde intenta detener cada trámite de la venta.

Yo permanezco junto al muro.

El mortero es más frío que el resto de la habitación.

—Diga su nombre completo —pide Marta.

Merche lo dice. También su edad, los años que trabajó aquí y la fecha en que se jubiló.

—Ahora cuente qué vio el treinta y uno de agosto de 2013.

—No fue el treinta y uno cuando lo vi —responde—. Ya era uno de septiembre. Cerca de las tres.

Yo miro el reloj aunque conozco la hora.

Merche explica que aquella noche dormía en una habitación de personal. El generador la despertó. Bajó para comprobar que las cámaras frigoríficas funcionaran y encontró la puerta de la lavandería abierta.

—Rafael empujaba un carro —dice—. El grande, el que usábamos para las sábanas sucias. Álvaro tiraba desde delante.

—¿Vio lo que contenía? —pregunta Marta.

—Había una colcha encima. La verde de la habitación diecisiete. Por un lado salía una mano.

Lucía contiene el aire. Marcos no se mueve. Solo sus dedos se cierran sobre la correa de la cámara.

—¿Reconoció a la persona?

—Vi la pulsera.

Merche abre el bolso y saca una fotografía. Adrián está sentado en la cocina, sosteniendo una bandeja de tostadas. En la muñeca lleva una trenza de cuero marrón con una pieza metálica redonda.

—Se la regaló Lucía —dice—. Él no se la quitaba.

—¿Estaba vivo?

—No lo sé. No se movía.

—¿Observó sangre?

—En la colcha. Y en el puño derecho de Álvaro. Tenía el anillo negro puesto. La piedra estaba rayada. Cuando me vio, escondió la mano.

Marta deja unos segundos de silencio antes de la siguiente pregunta.

—¿Qué le dijeron?

—Rafael dijo que Adrián había atacado a Álvaro y que se había caído. Que iban a llevarlo a un médico sin montar un escándalo.

—¿Les creyó?

—No.

La palabra sale sin protección.

—¿Qué hizo?

—Me aparté.

Merche fija los ojos en la grabadora.

—Después Rafael volvió solo. Me ordenó limpiar la diecisiete.

La lámpara estaba en el suelo, sin el pie de metal.

Había sangre junto al banco de piedra. Dijo que era de Álvaro.

Me hizo llenar un parte de rotura y escribir que las manchas del carro eran óxido.

A las seis llegó mi marido. Le pagaron en efectivo para cerrar el acceso del aljibe.

—¿Su marido sabía qué había dentro?

—No. Le dijeron que un animal había caído y que el depósito estaba contaminado. Yo no le conté lo de la mano.

Iván se cubre la boca. La herida de su cabeza parece contraerse.

—Papá habría ido a la policía —dice.

—Por eso no se lo dije.

—No lo protegiste.

—No.

Merche mira a su hijo.

—Me protegí yo. Rafael dijo que perderíamos el trabajo, la casa y todo. Tú tenías veintidós años y acababas de entrar. Yo pensé que hablar no devolvería a Adrián. Luego pasó un día, después una semana. Cada vez que callas, la siguiente vez cuesta menos.

La frase se parece demasiado a mi declaración.

—¿Por qué ayuda ahora a Lucía? —pregunta Marta.

—Porque iban a vender. Porque el plano nuevo abría este muro. Y porque Rafael murió sin que nadie lo obligara a mirar lo que había hecho.

—¿Golpeó usted al señor Marcos Vidal?

—No.

—¿Cortó la electricidad o manipuló las cámaras?

—No. Solo usé el terminal antiguo, la línea interior y mi llave. Lo demás empezó cuando llegó Álvaro.

Iván abre la caja de herramientas. Debajo de llaves inglesas y brocas hay una carpeta manchada de grasa. Saca una hoja autocopiativa.

—La encontré al vaciar el taller de mi padre —dice—. Nunca supe qué era.

El parte lleva fecha del 1 de septiembre de 2013, 06:10.

Cegado de acceso a depósito seco. Urgente.

Debajo figura la firma de Álvaro y el sello de Levante Azul.

En el reverso, el padre de Iván dibujó un croquis para calcular bloques: un rectángulo de tres metros por cinco, un pasillo estrecho y la posición de una boca de ventilación.

—¿Por qué no estaba en la contabilidad del hotel? —pregunta Marta.

—Porque pagaron en efectivo —responde Iván—. Mi padre apuntaba todo, incluso lo que no declaraba. Decía que Hacienda podía olvidar, pero él no.

El comentario habría provocado una risa otro día. Hoy nadie la encuentra.

Marta recoge el documento. Ordena precintar la lavandería y solicita una unidad forense. También pide localizar a Álvaro y comprobar todos los vehículos de la familia.

—Hasta que tenga autorización, nadie toca ese muro —dice.

—La tendrá —respondo.

—Eso no depende de usted.

—Por eso la tendrá.

Subo al despacho con Inés. Mientras ella sigue conectada por la tableta con la notaria y el comprador, firmo la suspensión unilateral del proceso de venta, acepto las penalizaciones provisionales y revoco las facultades de Álvaro sobre cualquier cuenta del hotel.

Mi hermana recibe las claves de gestión.

Marta recibe una autorización para acceder a servidores, archivos y estancias sin mi presencia.

Por último, descuelgo el llavero del cinturón.

Pesa menos de lo que esperaba.

Cuando terminamos, bajamos al comedor y se lo entrego a Inés.

—No quiero esto —dice.

—Yo tampoco debía quererlo tanto.

—Daniel, no te estoy sustituyendo.

—No. Estás evitando que vuelva a decidir qué se abre y qué se cierra.

Mi hermana guarda las llaves. Sus ojos están húmedos, pero no llora. Los Aranda hemos sido educados para considerar las lágrimas una confesión más peligrosa que cualquier delito.

Cuando terminan las declaraciones, Marta se lleva a Merche e Iván a otra sala para completar los datos. Lucía sale al patio con su hermano. Inés atiende una llamada del comprador.

Yo me quedo solo en la lavandería.

Apoyo la palma en el muro norte.

Al otro lado puede estar Adrián. Durante trece años he pasado a pocos metros de él para revisar filtros, contar sábanas y discutir facturas.

He convertido el cuidado del hotel en una virtud porque no soportaba llamar por su nombre a la forma en que me mantenía junto a lo que había ayudado a ocultar.

—No puedes oír nada.

Marcos está en la puerta.

—Lo sé.

—Entonces deja de intentarlo.

Retiro la mano.

—Merche ha dicho lo mismo que yo. Que después de un día resulta más fácil.

—No la uses para sentirte menos solo.

—No lo hago.

—Lo estás haciendo un poco.

—Quizá.

Se acerca. Tiene la cara agotada y el antebrazo sujeto contra el cuerpo. Quiero tocar la venda, su mejilla, cualquier lugar que no me pertenezca. Mantengo los brazos a los lados.

—He entregado todo —digo.

—Lo he visto.

—No como una prueba para ti.

—Eso también lo he visto.

—No espero que cambie lo que piensas.

—Deja de decirme lo que no esperas.

—No sé qué otra cosa decir.

Marcos se detiene delante de mí.

—Puedes preguntarme.

Tardo en comprender.

—¿Qué quieres? —pregunto.

—Ahora mismo, a ti.

No me muevo.

—¿Estás seguro?

—No de mañana. Ni de dentro de una hora. De esto, sí.

—No quiero que confundas…

—Daniel.

—¿Qué?

—Acabas de volver a decidir por los dos.

La verdad puede ser una reprimenda y una invitación al mismo tiempo.

Levanto una mano. Él asiente antes de que lo toque. Mis dedos encuentran su nuca, el pelo húmedo por el calor, la curva que recuerdo mejor que mi propia casa. Marcos me besa sin la rabia de la cocina. No hay menos deseo. Hay más espacio dentro de él.

Subimos al apartamento despacio. Nadie nos ve o nadie decide mirarnos. Cierro la puerta, pero no echo la llave.

Marcos se fija en el gesto.

—No era una prueba —dice.

—Para mí sí.

Me besa otra vez.

Le quito la camisa cuidando la venda. Bajo la tela aparece el cuerpo de un hombre de cuarenta y cinco años, no el recuerdo del joven que se tumbaba en la 17 y protestaba cuando yo encendía la luz.

Tiene vello gris en el pecho, una cicatriz cerca de las costillas y la misma línea oblicua en el abdomen. Paso la palma por ella.

—Una bicicleta —dice.

—No te lo he preguntado.

—Lo ibas a hacer.

—Quiero saberlo todo.

—Tendremos tiempo.

La frase me hace cerrar los ojos.

—No prometas eso.

—No prometo. Elijo.

Me abre la camisa. Sus manos recorren mi pecho sin fingir que no encuentra cambios. Se detiene en la cicatriz de la clavícula, en la suavidad de mi vientre, en las canas. Yo hago lo mismo. No estamos recuperando cuerpos antiguos. Estamos aprendiendo estos.

Nos desnudamos junto a la cama. Cuando Marcos me toca entre las piernas, dejo escapar su nombre. Él me mira para comprobar que sigo allí.

—Dímelo si quieres que pare.

—No quiero.

Me acaricia despacio, con la mano sana, hasta que el deseo vuelve imposible confundirlo con nostalgia.

Lo beso en el cuello y bajo por su pecho.

Cuando tomo su erección en la boca, Marcos apoya una mano abierta en mi hombro.

No empuja. Sus dedos se tensan cuando uso la lengua y se aflojan en cuanto levanto la vista.

—Ven aquí —dice.

Me hace subir y me besa con el sabor de ambos. Su boca recorre mi mandíbula, mi pecho, el vientre. Después se arrodilla y me toca con una paciencia que nunca tuvo a los treinta y dos años. Mi cuerpo tiembla antes de que yo permita que lo haga.

—Mírame —le pido.

Marcos levanta los ojos.

No hay perdón en ellos. Hay deseo, dolor y una atención completa. Es más íntimo que la absolución.

Abro el cajón. Los preservativos no están caducados; el lubricante tampoco. Marcos arquea una ceja.

—No he vivido como un monje —digo.

—Me habría molestado más que lo hubieras hecho.

Le doy el preservativo. Él lo abre con cuidado de no forzar el brazo. Cuando se coloca entre mis piernas, vuelve a preguntar.

—¿Así?

—Sí.

—¿Seguro?

Lo sujeto por la cadera.

—Sí.

Me prepara con los dedos y lubricante, sin prisa, deteniéndose cada vez que mi respiración cambia. Cuando me penetra, lo hace despacio. El dolor inicial se transforma en una presión profunda que me obliga a aferrarme a sus hombros.

Durante trece años he imaginado este cuerpo como una acusación y un refugio. Ahora no es ninguna de las dos cosas. Es Marcos, presente, preguntando con cada movimiento y escuchando cada respuesta.

—Más cerca —digo.

Se inclina hasta apoyar la frente en la mía. Mueve las caderas con un ritmo que encontramos entre los dos. Lo beso para contener un sonido y después dejo de contenerlo. Marcos me acaricia hasta que el placer sube demasiado deprisa. Le aviso. Él no acelera; mantiene la mirada.

Me corro en su mano pronunciando su nombre.

Marcos llega poco después, con la boca hundida en mi cuello y un temblor que recorre todo su cuerpo. Nos quedamos unidos unos segundos, respirando. Luego se retira con cuidado, anuda el preservativo y lo deja en la papelera.

Se tumba a mi lado.

No intento abrazarlo hasta que él se acerca. Apoya la cabeza sobre mi pecho. Le acaricio el pelo.

—Esto no borra nada —dice.

—Lo sé.

—Mañana puedo volver a odiarte.

—Lo sé.

—Y hoy también, un poco.

—Eso lo sé mejor.

Siento su sonrisa contra la piel.

Mi teléfono vibra en el suelo. Durante un momento ninguno se mueve. Después Marcos levanta la cabeza.

—La puerta está abierta —dice—. El mundo puede entrar.

Recojo el teléfono.

Inés ha enviado una fotografía del plano original que faltaba. Lo encontró adjunto a un correo antiguo de Rafael, con instrucciones para la reforma de 2013.

Amplío la zona norte de la lavandería.

Detrás del muro aparece un rectángulo de tres por cinco metros. No tiene puerta en el plano corregido, pero el original muestra una escalera de servicio y una boca de ventilación.

En el centro hay una palabra escrita en mayúsculas:

ALJIBE.