La habitación que nadie reservó Capítulo 14
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Capítulo 14

Marcos

Superpongo dos imágenes en la pantalla: la mano de Álvaro cuando deja las llaves sobre el mostrador y el fotograma grabado antes del golpe. Reduzco la opacidad al cincuenta por ciento, igualo el tamaño de las piedras y giro la segunda toma para corregir la deformación de la tubería.

La raya diagonal del ónice coincide de extremo a extremo.

Amplío el resultado al cuatrocientos por ciento. No identifica por sí solo a la persona que movió el brazo, pero convierte una impresión en una marca concreta y difícil de repetir.

Marta se inclina sobre mi hombro.

—Guarde el archivo original —dice.

—Está guardado.

—Y la tarjeta de la cámara.

—También.

—No recorte la imagen.

—No lo hago. Trabajo con una copia enlazada.

—Ya sé que usted sabe trabajar. Necesito poder explicárselo a alguien que querrá fingir que no.

Se endereza. La acompaña el agente que ha fotografiado el pasillo, la puerta de la 17 y las manchas de sangre de Iván.

Álvaro continúa ilocalizable. El sistema registra una apertura de la veinte con su tarjeta antigua, pero ninguna apertura posterior desde el pasillo.

La puerta de la terraza da a la pasarela exterior y de allí al aparcamiento de servicio.

Su coche sigue delante del hotel. Las llaves, sin embargo, ya no están en recepción.

—Puede haberse marchado a pie —dice Marta.

—Con cincuenta grados sobre las piedras y zapatos de mil euros —respondo—. No parece su estilo.

—Los estilos cambian cuando alguien tiene prisa.

Daniel entra en el comedor con dos cajas de fotografías. Ha entregado las contraseñas a su hermana y, aun así, continúa llevando el llavero del hotel sujeto al cinturón. Tardará en comprender que renunciar al control no es una acción única.

—Inés dice que aquí están los álbumes de mi padre —explica.

Deja las cajas sobre una mesa. El polvo se levanta alrededor.

Buscamos imágenes de 2013. Cumpleaños, inauguraciones, comidas con proveedores.

La familia Aranda sabía documentar cualquier acontecimiento en el que pudiera parecer unida.

Rafael aparece cortando cintas, estrechando manos y colocando una palma sobre el hombro de sus hijos.

Daniel suele estar en un extremo. Inés mira casi siempre hacia otro lado.

Álvaro ocupa el centro sin necesidad de que nadie se lo pida.

—Aquí —dice Daniel.

La fotografía está fechada el 19 de agosto de 2013. Rafael y Álvaro posan en el patio durante la presentación de la reforma energética. Álvaro lleva el anillo negro en la mano derecha; Rafael no lleva ninguno.

Amplío la foto con el teléfono.

La raya diagonal ya está allí.

—¿Qué celebraban? —pregunta Marta.

—La reforma subvencionada —responde Daniel—. Mi padre le dio ese anillo a Álvaro cuando cumplió veintiún años. No existía una segunda copia.

—Usted dijo que Rafael tenía uno igual.

Daniel me mira. Sabe que recuerdo la frase.

—Mentí —dice—. Mi padre lo usó hasta ese día. Después fue de Álvaro.

Marta pide al agente que embolse la fotografía con su negativo. En el reverso hay una fecha escrita por Inés. El archivo digital original conserva también la marca temporal de la cámara.

—El vídeo de la habitación refleja el anillo a la una y diecinueve —digo—. La voz de Rafael no entra hasta la una y treinta y uno.

—Doce minutos —dice Marta.

—Y el golpe está antes de que llegue.

—Eso sitúa el anillo, no necesariamente la mano de Álvaro.

—También tenemos la voz.

Abro el fragmento de audio reparado. La distorsión impide utilizar una comparación automática fiable, pero hay palabras que se conservan completas. Tarjeta . Dinero . Padre . Luego la frase de Adrián pronunciando el nombre.

—No eres mi padre, Álvaro. A mí no me compras.

Marta lo escucha tres veces.

—Puede estar hablando con Álvaro —dice—. O hablando de Álvaro a otra persona.

—La respuesta usa la segunda persona.

—Lo sé. También sé qué dirá su abogado.

La prudencia me irrita porque se parece demasiado a la impotencia de 2013. Debo recordarme que esta vez cada objeción sirve para construir algo capaz de permanecer en pie.

Daniel abre otra fotografía. Álvaro firma un convenio con el ayuntamiento usando la mano derecha.

Lleva una chaqueta azul marino de lino, la misma textura que aparece en la grabación de mi ataque.

No es la misma prenda necesariamente. Miles de hombres poseen chaquetas azules.

Menos hombres poseen una chaqueta azul, un anillo rayado, acceso al hotel, conocimiento de la 17 y un motivo para robar una tarjeta.

—Cuando me atacaron olía a cedro —digo.

Daniel deja la foto.

—Álvaro usa la misma colonia desde hace veinte años.

—Eso también lo reconociste.

—Sí.

No añade una precaución. La palabra sola es pequeña, pero supone la primera vez que me entrega una certeza antes de que yo se la arranque.

Marta anota el dato como observación no concluyente.

Paso a las imágenes de esta mañana. Fotografié a Álvaro desde que entró porque no confiaba en mi memoria cerca de él. En una, el zapato derecho aparece de perfil. Una costra blanca se ha alojado en la unión de la suela. En otra, hay polvo en el bajo del pantalón.

—Dijo que venía del aeropuerto —explico.

—Su itinerario enviado anoche indicaba que el vuelo desde Bruselas aterrizaba esta mañana a las ocho y diez —dice Daniel—. Ha cambiado de vuelo o nunca estuvo en Bruselas.

—¿Ha comprobado la aerolínea? —pregunta Marta.

—Inés está solicitándolo. El número de reserva que nos envió no coincide con ningún billete emitido a su nombre.

—Eso requiere confirmación oficial.

—La tendrá.

Marta manda fotografiar el polvo del pasillo de servicio. Un agente recoge una muestra del borde del muro, donde alguien ha rozado el enfoscado. El análisis tardará. A simple vista, ambas partículas comparten un tono casi azulado, distinto de la cal blanca de las habitaciones.

—Mortero con ceniza volcánica —dice Daniel—. Se utilizó en la zona vieja por la humedad.

—¿También en el aparcamiento del aeropuerto? —pregunto.

Por primera vez en horas, Marta casi sonríe.

Entramos en la habitación veinte con Daniel y el agente.

No registramos cajones; solo comprobamos si Álvaro necesita ayuda y documentamos lo visible.

La cama no ha sido usada. La chaqueta clara está sobre una silla.

En el baño hay una toalla húmeda y el envoltorio vacío de una mascarilla antipolvo.

Junto al lavabo, un frasco de colonia de cedro.

En el suelo de la terraza quedan dos huellas blancas que conducen hacia la pasarela.

—¿Puede salir de la finca por ahí? —pregunta Marta.

—La pasarela termina en la escalera de mantenimiento —dice Daniel—. Desde el patio se llega al camino viejo de las minas.

—Pondré a alguien en ambos accesos.

Fotografío las huellas desde tres ángulos. La suela muestra un dibujo de rombos. Coincide con el zapato de Álvaro en mis imágenes, pero no quiero decirlo hasta superponer las escalas.

Cuando Marta se aleja para llamar, Daniel y yo permanecemos en la terraza. El viento ha perdido fuerza. El mar, al fondo, parece una placa de metal.

—¿Qué necesitas que haga? —pregunta.

—Ya has declarado.

—No te pregunto por la investigación.

—No sé qué necesito de ti.

—Entonces dime qué no debo hacer.

Pienso en la cocina, en su boca, en mis dedos abriendo una camisa que aún deseaba. El cuerpo no tiene la cortesía de esperar a que el duelo ordene sus papeles.

—No vuelvas a darme una versión incompleta para proteger cómo te veo —digo—. Si hay algo peor, quiero lo peor. Si dudas de mí, dilo. Si tienes miedo, no lo conviertas en una decisión que tomas por los dos.

Daniel asiente.

—Hay algo más.

Lo miro.

—La segunda llave mecánica —dice—. Mi padre la guardaba en una caja verde. Cuando murió, Álvaro fue el primero en vaciar su despacho. Dijo que buscaba el testamento. Yo vi la caja abierta en su coche.

—¿Por qué no lo has dicho delante de Marta?

—Voy a decírselo ahora. Quería empezar contigo.

La respuesta no repara nada. Pero esta vez no llega después de que yo descubra la mentira.

Su teléfono vibra.

Es un mensaje de voz de Merche. Daniel lo reproduce con el altavoz.

La voz de la antigua gobernanta suena cansada, pero firme.

—Iván está bien. Ya le han dado el alta. Voy hacia el hotel con él y con los papeles de su padre. Dígale a la teniente Luján que estoy dispuesta a contar lo que vi aquella madrugada. Todo. También el carro.