La habitación que nadie reservó Capítulo 13
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Capítulo 13

Daniel

A las siete y veintiséis de la mañana, Marta Luján coloca una grabadora sobre una mesa preparada para cuatro desayunos que nadie va a servir.

Ha llegado con dos agentes, un técnico y una orden para impedir que salga del hotel cualquier persona relacionada con los hechos.

Álvaro no está en su habitación. Su maleta permanece abierta sobre la cama, pero faltan el teléfono, la cartera y los zapatos manchados de polvo.

La puerta de la terraza no estaba cerrada.

Iván ha pasado la noche en observación. Tiene seis puntos en la cabeza y una conmoción leve.

Merche se ha ido con él. Lucía duerme, o lo intenta, en una silla del antiguo despacho.

Marcos no ha dormido. Está junto a la ventana del comedor, con el portátil bajo el brazo y la venda de la contusión más oscura por el borde.

Yo tampoco he dormido.

No siento cansancio. Siento la precisión desagradable de quien ha aplazado una cosa durante tanto tiempo que ya no necesita pensar cómo empezar.

—La declaración puede tener consecuencias para usted —dice Marta.

Nos conocimos cuando ella llevaba pocos años en la Guardia Civil. Entonces tenía el pelo largo y una libreta roja. Mi padre la llamaba «la niña» cuando no podía oírlo. Esta mañana lleva el cabello recogido, gafas para leer y una carpeta que conserva la misma etiqueta del expediente de 2013.

—Lo sé.

—Puede solicitar asistencia letrada antes de continuar.

—Ya la he solicitado. Está en camino.

—Entonces deberíamos esperar.

—Para lo que hice, sí. Para entregar lo que oculté, no.

Saco de mi carpeta la hoja del registro de accesos.

El papel ha amarilleado. La tinta azul con la que marqué el código de la llave maestra se ha extendido en una mancha, pero las cifras continúan legibles.

Marta no lo toca. Hace que el técnico fotografíe el documento donde está, luego me entrega una bolsa de pruebas abierta para que lo introduzca yo mismo.

—¿Dónde se encontraba? —pregunta.

—En una caja fuerte del despacho. Anoche lo moví al apartamento y lo escondí dentro de una carpeta de mantenimiento.

—¿Por qué?

Miro a Marcos.

—Porque todavía estaba decidiendo cuánto contar.

—No le pregunto por anoche. Le pregunto por trece años.

—Por la misma razón.

La grabadora tiene una luz roja. Pienso en la cámara de Adrián detrás del azulejo, encendida mientras nadie sabía que estaba allí. Durante mucho tiempo he odiado las máquinas que conservan aquello que una persona preferiría corregir después.

—Empiece por la noche del treinta y uno de agosto —dice Marta.

Le cuento que Marcos y yo utilizábamos la 17 porque estaba fuera de inventario. Que yo salí poco antes de la una. Que Adrián estaba en recepción. Que mi padre me llamó al apartamento a las dos y veinte y me ordenó regresar.

—¿Qué encontró al llegar?

—A Rafael en el despacho. Álvaro estaba en el baño privado. Se lavaba las manos.

Marcos deja de mirar por la ventana.

Nunca se lo había dicho.

—¿Vio sangre? —pregunta Marta.

—Vi agua rosada en el lavabo y una toalla dentro de la papelera. Álvaro tenía la manga mojada. Mi padre dijo que se había cortado al forcejear con Adrián.

—¿Le mostró la herida?

—No.

—¿La pidió?

—No.

Cada respuesta corta una cuerda que me ha mantenido sujeto al mismo lugar.

Explico la historia del robo. Las facturas. La supuesta extorsión. El registro donde aparecía Marcos entrando y saliendo de la 17. La amenaza de declarar que él y Adrián actuaban juntos.

—¿Su relación con el señor Vidal era pública? —pregunta Marta.

—No.

—¿Por decisión de quién?

—Mía.

Marcos baja los ojos.

—Mi padre dijo que se encargaría de arruinarlo —continúo—. Yo pensé que, si eliminaba las imágenes, ganaría tiempo para encontrar a Adrián y aclararlo.

—Usted declaró que el sistema se había reiniciado durante un corte de corriente.

—Mentí.

—¿Cómo eliminó el fragmento?

Detallo el equipo, la contraseña, el intervalo. Sesenta y nueve minutos. Exporté primero una copia en un disco externo porque no fui capaz de destruirla directamente. Rafael cogió el disco. Después sobrescribí el servidor local.

—¿Conservó otra copia? —pregunta.

—No.

—¿Sabe qué hizo su padre con el disco?

—Dijo que lo quemó.

—¿Lo vio?

—No.

Marta hace una anotación.

—¿Cuándo dejó de creer que Adrián había huido?

Esta es la pregunta que he intentado convertir durante años en una frontera imprecisa. No hubo una revelación única. Hubo detalles. Y yo los coloqué uno detrás de otro hasta formar una puerta que decidí no abrir.

—A la mañana siguiente encontré su inhalador en el cajón de recepción —digo—. Tenía asma. Nunca viajaba sin él. En su taquilla había un sobre con seiscientos euros y una nota para Lucía. Era dinero que estaba ahorrando para ayudarla con un curso.

Lucía levanta la cabeza desde el despacho. No entra. Escucha desde el umbral.

—Eso no demostraba que estuviera muerto —añado—. Pero demostraba que no había preparado una fuga.

—¿Qué más?

—La lámpara de la 17 desapareció. Álvaro dijo que Adrián la había roto durante la pelea. Mi padre ordenó cambiar el banco de piedra porque tenía una esquina astillada. Dos días después vi un carro de lencería con manchas marrones en el almacén. Merche dijo que era óxido.

Marta alza la vista.

—¿Y las obras de la lavandería?

—Vi entrar a un albañil el uno de septiembre. Mi padre dijo que había una filtración. No supe que bajo esa zona existía un antiguo depósito.

—¿Informó de alguno de esos hechos?

—No.

—¿Por qué?

La respuesta que habría dado hace diez años contiene palabras como miedo, familia, incertidumbre. Todas son ciertas. Ninguna basta.

—Porque para entonces hablar significaba admitir que había colaborado. Elegí protegerme.

Marcos cierra los ojos.

—¿Su padre volvió a amenazar al señor Vidal?

—Sí. Y yo permití que la amenaza me resultara útil incluso cuando ya no la necesitaba. Marcos se marchó. Mi padre controlaba el hotel. Yo seguí trabajando. Cada semana era más fácil fingir que no tenía una prueba concreta.

—¿Sospechaba de Álvaro?

Miro el reflejo de su anillo impreso por el técnico.

—Sí.

—¿Desde cuándo?

—Desde aquella noche.

El silencio posterior no se parece al de una habitación vacía. Tiene el peso de todo lo que acaba de entrar en ella.

Marta detiene la grabación.

—No puedo prometerle cómo se valorará esto. La ocultación de pruebas, la declaración falsa y cualquier ayuda posterior se investigarán por separado.

—Lo entiendo.

—No creo que lo entienda aún.

—Probablemente no.

—Su abogado debería estar presente para la firma.

—Estará.

Marcos se mueve por fin. Se acerca a la mesa, pero no a mí. Deja junto a Marta un disco con las copias, las sumas de verificación y el vídeo continuo de la extracción.

—Esto es lo que tenemos —dice—. El original fue robado. Hay una copia en un servidor externo al que solo accedo yo.

—Necesitaré que me indique el proveedor y que no modifique los archivos.

—Ya están bloqueados en solo lectura.

Marta asiente. Entre ellos existe la eficiencia de dos personas que llevan años aprendiendo a trabajar alrededor de una ausencia.

—Marcos —digo.

Me mira.

—No espero que…

—No termines esa frase.

—Tenías derecho a saberlo.

—Mi madre tenía derecho a saberlo. Lucía tenía derecho. Adrián tenía derecho a que lo buscaras dentro de tu propia casa.

—Sí.

—Que por fin digas la verdad no te absuelve.

—Lo sé.

—Y no quiero volver a oír que lo hiciste por mí.

—No lo diré.

Marcos recoge el portátil y sale al patio. No lo sigo.

Inés llega a las ocho y cuarenta con Baeza, representante del comprador, y la notaria. Los recibo en la puerta. Mi hermana ve primero a los agentes, después la cinta que limita el acceso al ala de servicio.

—¿Qué ha pasado? —pregunta.

—La venta se suspende.

Baeza empieza a hablar de penalizaciones. Levanto una mano.

—No se aplaza. Se suspende hasta que una investigación determine qué ocurrió aquí.

Baeza abre su carpeta.

—Tenemos prevista una inspección técnica a las doce. La cata de la lavandería forma parte de la due diligence.

—No entrará nadie.

—Señor Aranda, existe un precontrato.

—Existe una posible escena de un delito.

El representante mira a Marta, que se ha colocado detrás de mí. No vuelve a discutir.

Inés me lleva al despacho.

—¿Es Álvaro? —pregunta en cuanto cierra.

—Creo que sí.

—¿Y papá?

—Lo encubrió.

Se sienta. Durante unos segundos es mi hermana pequeña, aunque sea cuatro años mayor que yo; la niña que se escondía en lavandería para no oír discutir a nuestros padres.

—Encontré cosas después de que muriera —dice—. Facturas que no entendía. Por eso contraté a Marcos. Quería que fotografiara cada rincón antes de que desapareciera.

—No sabías lo de la reserva.

—No.

—¿Hablaste con Lucía?

—Le pregunté si Marcos estaba disponible. Nada más.

Le entrego mi teléfono, el llavero, las contraseñas de administración y una autorización firmada para que gestione el hotel mientras dure la investigación.

—¿Qué haces? —pregunta.

—Dejar de controlar lo que no debo controlar.

—Sigues siendo propietario.

—Eso también tendrá que cambiar.

Inés no me consuela. Me abraza. La diferencia consiste en que sus brazos no pretenden decir que todo saldrá bien.

Marta entra sin llamar.

—Necesito el plano original de la zona de lavandería.

—Está en el archivo técnico —respondo.

—No. Hay copias posteriores, pero falta el original.

Inés abre su tableta y busca el inventario remitido al comprador.

—Aquí figura una cata prevista en el muro norte a las doce y media —dice—. Querían comprobar un hueco antes de instalar el spa.

—¿Qué hueco? —pregunto.

—No lo especifica.

Marta mira el reloj.

—Alguien retiró el plano antes de que llegáramos. Y la empresa de inspección recibió anoche un correo adelantando el trabajo.

—¿Desde qué cuenta?

Inés tarda unos segundos en responder.

—Desde la de Álvaro.