La habitación que nadie reservó Capítulo 12
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Capítulo 12

Marcos

No abro el vídeo.

Primero hago una imagen completa de la tarjeta.

Copiar un archivo no basta cuando una memoria está dañada: el sistema puede saltarse sectores, corregir fechas o convertir un error en un vacío.

Creo una réplica bit a bit en el portátil y otra en un disco externo.

La tercera copia sale cifrada hacia un servidor que utilizo para entregar trabajos.

Daniel observa la barra de progreso como si pudiera empujarla con los ojos.

Lucía está sentada en el suelo, junto a la cama. Merche permanece al lado de la puerta. Hemos dejado a Iván en el pasillo con instrucciones de no enfrentarse a nadie y el teléfono preparado para llamar a Marta. No me gusta usarlo como vigilante, pero él se niega a marcharse.

—Han manipulado el cuadro y los accesos de mi propia casa —ha dicho—. Al menos quiero ver quién sale.

Su casa. Nunca había pensado que el hotel pudiera serlo para alguien que no se apellidara Aranda.

La primera copia termina. Compruebo la suma de verificación, un código largo que certifica que ambas contienen exactamente lo mismo. Lo leo en voz alta para que quede grabado. Después guardo la tarjeta original en una bolsa transparente y trabajo con la réplica.

—Ya puedes abrirlo —dice Lucía.

—Puedo intentar abrirlo.

El archivo de vídeo pesa poco más de ochocientos megas. El reproductor muestra una pantalla negra, avanza dos segundos y se cierra. Lo intento con otro programa. Esta vez aparece una imagen verde, partida en franjas horizontales.

—Está perdido —susurra Daniel.

—No.

—No puedes saberlo.

—Puedo saber que aún no está recuperado.

Extraigo primero el audio. La forma de onda aparece casi completa, con tres zonas planas donde la grabación perdió datos. Mientras el ordenador trabaja, abro las carpetas de fotografías.

Adrián ha documentado veintisiete facturas. Las coloca junto a objetos cotidianos para dar escala: un bolígrafo, una taza con el logotipo del hotel, el llavero de latón de la 17. En algunas ha rodeado importes con rotulador rojo. En otras ha pegado notas.

DOS EQUIPOS FACTURADOS. SOLO LLEGÓ UNO.

ESTAS HORAS NO SE PAGARON A NADIE.

CUENTA DE LEVANTE AZUL. PREGUNTAR A A. ARANDA.

Mi hermano escribía las aes mayúsculas como un triángulo sin barra. Lo aprendió de nuestro padre y pasó años intentando corregirlo. Ver esa letra me afecta más que el nombre del vídeo.

Lucía se acerca a la pantalla.

—Esa taza se la regalé yo.

—Lo sé.

—Decía que era tan fea que nadie se la robaría.

Sonríe. El gesto no dura, pero durante un instante Adrián existe en la habitación como algo distinto de una desaparición.

Daniel abre una hoja de cálculo. Las cantidades suman trescientos dieciocho mil euros entre subvenciones desviadas, servicios inexistentes y deducciones de nóminas. Hay iniciales junto a varias operaciones: R. A., A. A. y, dos veces, I. A.

Daniel palidece.

—Inés —dice.

—O «informe anual», «importe aprobado» o cualquier otra cosa —respondo—. No conviertas unas iniciales en una condena cuando llevas horas pidiéndome prudencia.

Me mira. Acepta el golpe sin devolverlo.

—Tienes razón.

El programa anuncia que ha extraído dieciséis minutos y cuarenta y ocho segundos de audio.

Pulso reproducir.

Al principio solo oímos el aire acondicionado de 2013, un aparato más ruidoso que el actual. Después, el roce de la puerta y pasos.

La voz de Adrián llega desde lejos.

—Cierra.

Otra voz masculina responde, pero la distorsión se come las palabras.

—He hecho copias —dice mi hermano—. Si me pasa algo, salen.

La voz ríe. No es Rafael. La de Rafael era grave, lenta, cargada de tabaco. Esta se parece a la de Daniel, aunque más dura. La voz de una misma familia cuando uno ha utilizado toda su vida el volumen para ganar.

—No sabes ni lo que has fotografiado.

—Sé sumar.

—Eres un recepcionista.

—Y tú un ladrón con una chaqueta cara.

Lucía se lleva una mano a la boca. Merche baja la cabeza.

El audio se rompe durante cuatro segundos. Cuando vuelve, algo arrastra una pata sobre el suelo.

—Devuélveme la tarjeta —ordena el hombre.

—Devuelve el dinero.

—No es tuyo.

—Eran nóminas. Claro que era de alguien.

Se oye una respiración más cerca del micrófono. Adrián debió acercarse al azulejo o mirar si la cámara seguía grabando.

—Mañana lo entrego —dice—. Si me dejas salir, aún puedes decir que obedecías a Rafael.

Un golpe seco.

Después otro sonido, más bajo y definitivo, como una sandía cayendo sobre piedra.

Lucía emite un gemido. Detengo el audio.

—No —dice—. Sigue.

—No hace falta ahora.

—He esperado trece años. No vuelvas a decirme cuándo hace falta.

Miro a Daniel. Tiene las manos apoyadas sobre las rodillas y la vista fija en el suelo. No me pide que pare.

Reanudo.

Durante treinta segundos solo se oye la respiración del otro hombre. Luego pasos rápidos, una puerta y una llamada telefónica demasiado lejana para distinguir. Hay un vacío de casi dos minutos.

Una nueva voz entra en la habitación.

Rafael Aranda.

—¿Qué has hecho?

La respuesta está dañada.

—…se cayó.

—Apaga eso.

—No hay nada encendido.

—Las cámaras del pasillo.

Otro tramo perdido. Después Rafael dice con claridad:

—Ahora lo arreglamos.

Daniel se levanta y sale al baño. Oímos abrir el grifo. No lo sigo. No necesito verlo vomitar para saber que lo está haciendo.

Busco fotogramas recuperables. La cámara apunta hacia el espejo del armario. La mayor parte de la escena queda fuera de campo, pero cada pocos segundos aparece un fragmento: una manga clara, el borde de una mandíbula, una mano sobre la cómoda.

En esa mano hay un anillo negro.

Capturo el fotograma y lo guardo en tres formatos.

—Es él —dice Merche.

—¿Álvaro? —pregunta Lucía.

Merche no contesta. Mira hacia el pasillo.

—¿Dónde está Iván?

El hotel se queda sin luz.

El portátil pasa a batería. La pantalla es la única claridad de la habitación. Desde el pasillo llega un golpe y después el sonido de algo pesado contra la pared.

—Iván —grita Merche.

Daniel sale del baño. Le sujeto el brazo antes de que alcance la puerta.

—La tarjeta.

La bolsa transparente sigue junto al lector. A oscuras no puedo distinguir la tarjeta; la agarro y la guardo en el bolsillo interior de mi camisa. Cojo el portátil con la otra mano.

Lucía enciende la linterna del teléfono. Salimos juntos.

Iván está en el rellano de la escalera, boca abajo. Una línea de sangre le baja desde el pelo hasta la oreja. Respira. Merche se arrodilla junto a él y le habla sin tocarle el cuello. Daniel llama al servicio de emergencias mientras yo ilumino el pasillo.

Una puerta se cierra en la planta baja.

Corro.

El brazo herido protesta al agarrarme a la barandilla. Llego a recepción a tiempo de ver moverse la puerta de servicio. La atravieso, pero el corredor de lavandería está vacío. El repetidor parpadea. El cable nuevo ha sido arrancado de la pared.

Regreso arriba.

Iván ya está consciente. Dice que alguien lo llamó desde el descansillo. Cuando se volvió, recibió un golpe. No vio la cara. Daniel mantiene una compresa contra su cabeza. Merche le sujeta la mano.

—La tienes —dice Lucía al verme—. La tarjeta.

Busco en mi bolsillo.

La bolsa está rasgada por un lateral.

Dentro no hay nada.

No me la han sacado del bolsillo: el plástico presenta un corte limpio y yo la recogí ya vacía en la oscuridad.

Mientras atacaban a Iván y nos obligaban a salir, alguien entró por la compuerta del baño, abrió la bolsa sobre la mesa y se llevó únicamente la microSD.

Reviso el pasillo, las escaleras y la lavandería. No aparece.

—Se la han llevado —digo.

Daniel mira el portátil que aún sostengo.

—¿La copia?

—Está completa. Y fuera del hotel.

La luz regresa. El router tarda unos segundos en recuperar conexión. En la pantalla aparece un aviso: el archivo de audio ha terminado de repararse.

Vuelvo a la habitación mientras Daniel permanece con Iván. Reproduzco los treinta segundos anteriores al golpe, esta vez sin los huecos más grandes.

La voz masculina dice algo sobre Rafael. Adrián responde de inmediato, muy cerca del micrófono.

Escucho dos veces para asegurarme.

Después subo el volumen.

—No eres mi padre, Álvaro. A mí no me compras.