Capítulo 9
Daniel
Marcos no me acusa de haber cogido la cámara.
Lo preferiría.
Una acusación permite defenderse. Su silencio solo deja que yo vea la lista completa de razones por las que podría desconfiar de mí.
Estoy en la puerta de la habitación con una llave antigua en la mano.
He reconocido el anillo del reflejo y he mentido.
He ocultado documentos de la investigación durante trece años.
Si fuéramos otras dos personas, llamaría sospechoso a todo eso.
—Tu cámara sigue aquí —digo.
Marcos comprueba el equipo sobre la cama. Revisa la tarjeta, el objetivo y la correa.
—No buscaban robar.
—Buscaban lo que había detrás del azulejo.
—O sabían que íbamos a encontrarlo.
La diferencia es importante. También es una de esas diferencias que en mi familia siempre se han utilizado para retrasar una decisión.
Llamo a Malik y le pido un informe de la alarma. Se activó desde un pulsador manual del pasillo de servicio. La cerradura se bloqueó con una orden local enviada por el mismo repetidor de lavandería que ha resucitado la cuenta de mi padre.
—¿Puedes ver quién? —pregunto.
—Puedo ver lo que hicieron. Si quieres caras, necesitas una cámara que no repita cuatro minutos.
Marcos vuelve a fotografiar el hueco vacío.
Marta llega treinta y cinco minutos después de mi llamada, acompañada por un agente.
Documenta el vendaje de Marcos, el hueco, la cinta roja, la puerta bloqueada y la desaparición de la cámara.
Ve el vídeo del ataque desde una copia, nunca desde la tarjeta original.
Cuando la mano del anillo aparece en la tubería, me pregunta si reconozco la joya.
Vuelvo a decir que no.
La mentira me sabe a metal.
—Sin una identificación y sin saber dónde está el señor Aranda, no puedo detener una sombra —dice Marta—. Voy a comprobar su vuelo y a solicitar acceso urgente a los registros del hotel. No toquen el hueco. Si aparece la cámara, me llaman antes de moverla.
El agente inspecciona con ella la lavandería y la salida de servicio. Después ambos se marchan para coordinar la búsqueda desde el puesto móvil; la cobertura dentro del edificio apenas permite completar una llamada. Marta promete regresar en cuanto obtenga la autorización.
—¿Has llamado a Marta? —pregunta.
—Le he enviado las imágenes.
—¿Y lo del anillo?
—No hay nada que enviar. Es un reflejo.
—Es un reflejo que reconociste.
Guardo el teléfono.
—La herida puede haberte confundido.
Marcos se vuelve con tanta calma que sé que acabo de equivocarme.
—El corte está en mi brazo, Daniel. No en mi memoria.
Sale de la habitación y baja sin esperarme.
Me quedo frente al azulejo abierto. Una hebra de cinta negra permanece pegada al tubo. La cámara estuvo allí. Adrián la colocó con una intención. Alguien ha conservado el secreto durante trece años y alguien acaba de demostrar que está dispuesto a herir a Marcos para mantenerlo.
Una hora después, en la entrada suena otro coche.
No necesito mirar por la ventana para saber quién es. Álvaro nunca toca el claxon y jamás cierra una puerta sin hacerla sonar. Lo oigo entrar en el vestíbulo, dejar una maleta de ruedas sobre el suelo y llamar a Marcos por su nombre como si fueran viejos amigos.
Bajo.
Mi hermano lleva una chaqueta clara a pesar del calor, mocasines sin calcetines y el cansancio elegante de quien considera los aeropuertos una extensión de su casa. Tiene cincuenta y cinco años y conserva el pelo casi negro. A mí me salieron las primeras canas la semana en que Adrián desapareció.
—Vaya recibimiento —dice—. ¿Ya no hay agua con limón?
—El hotel está cerrado.
—Eso venía a celebrar.
Abraza a Marcos antes de que ninguno de los dos pueda impedirlo. Marcos no le devuelve el gesto. La venda blanca asoma por debajo de la manga y Álvaro la mira un instante más de lo necesario.
—¿Accidente de trabajo? —pregunta.
—Alguien entró en mi habitación.
—Entonces conserva las costumbres de la casa.
Sonríe. En su mano derecha lleva el anillo de ónice.
Nuestro padre se lo regaló cuando cumplió veintiún años. Es una pieza cuadrada, negra, con dos líneas de oro en los lados y una raya diagonal sobre el ónice. Álvaro dijo que parecía el anillo de un enterrador y acabó llevándolo incluso para nadar.
El reflejo de la grabación tenía esa forma.
Marcos mira el anillo. Después me mira a mí.
—Creía que venías mañana —digo.
—Inés me ha llamado con una historia sobre facturas y fantasmas. He pensado que necesitabais un adulto.
—Inés no ha hablado de fantasmas.
—Tú no le has hablado de nada. Como siempre.
Deja las llaves del coche sobre el mostrador. Sus zapatos están cubiertos por una película de polvo blanco. No es la arena amarilla del aparcamiento ni el tono rojizo del camino. Es un polvo fino que se acumula en el borde de la suela y en la costura del pantalón.
Mortero.
—¿De dónde vienes? —pregunto.
—Del aeropuerto.
—El billete que enviaste aterriza mañana a las ocho y diez.
—Cambié el vuelo. Bruselas, Madrid, Almería. Las aerolíneas permiten hacerlo sin pedir permiso a los hermanos pequeños.
—¿Te has metido en una obra entre el aeropuerto y aquí?
Mira sus zapatos y sacude uno contra el otro.
—El aparcamiento está hecho una pocilga.
Marcos levanta la cámara, no para fotografiarlo, sino para colocarla sobre el mostrador. El objetivo apunta hacia abajo. Aun así, sé que está encendida.
Álvaro también lo sabe.
—No he autorizado imágenes personales —dice.
—Has entrado en el inventario visual —responde Marcos—. Inés lo incluyó en el contrato.
Mi hermano sonríe sin enseñar los dientes.
—Qué previsora.
Abre la carpeta que trae bajo el brazo. El contrato de venta lleva notas adhesivas en seis páginas. Habla de cláusulas, plazos y penalizaciones. Yo solo escucho palabras sueltas. Sus manos pasan las hojas y el ónice aparece, desaparece y vuelve a aparecer.
—No voy a firmar hoy —digo.
Álvaro deja de hablar.
—No tienes que firmar hoy. Mañana bastará.
—Tampoco mañana.
—El comprador ha inmovilizado dos millones y medio. Si rompes el acuerdo, la deuda no desaparece por respeto a tus sentimientos.
—Hay una investigación.
—Hay una reserva falsa y un fotógrafo con un rasguño.
Marcos no se mueve.
—¿Cómo sabes lo de la reserva? —pregunta.
—Inés.
—Inés no sabía el nombre hace dos horas —digo.
Álvaro cierra la carpeta.
—Supongo que me lo habrá dicho después.
—¿Sabes qué habitación es?
—La diecisiete. La del azulejo verde con la junta clara y esa cruz que nuestro padre se negó a reparar.
El vestíbulo parece contraerse.
Álvaro observa nuestras caras y comprende el error. No intenta corregirlo. Los hombres como él no retroceden cuando una mentira falla; hacen que los demás duden de haberla oído.
—He pasado media vida en este hotel —añade—. Recuerdo las habitaciones.
—Cuando Inés te preguntó ayer, dijiste que no habías entrado en esa ala desde 2010.
—Y no he entrado. Recordar no es entrar.
Marcos toma su cámara.
—Ni golpear es matar, supongo.
Mi hermano lo mira. La frase ha sido una provocación, pero durante una fracción de segundo el rostro de Álvaro se vacía. No de sorpresa. De cálculo.
Después vuelve la sonrisa.
—Siempre fuiste dramático.
—Mi hermano desapareció aquí.
—Tu hermano robó aquí.
Marcos da un paso. Me interpongo antes de que alcance el mostrador.
—No —digo.
No sé a cuál de los dos se lo digo.
Álvaro recoge la carpeta.
—Estaré en la veinte. Es la única que no huele a tubería vieja.
—No está abierta.
—Tengo llave.
Saca una tarjeta gris de la cartera. No es una tarjeta del hotel actual. Es una de las antiguas maestras, anuladas en teoría cuando cambiamos las cerraduras. El plástico tiene una esquina cortada.
—Eso no funciona —digo.
—Entonces tendrás que atender a tu último huésped.
Sube por las escaleras sin esperar.
Marcos y yo permanecemos en recepción. La pantalla del ordenador continúa mostrando una habitación ocupada.
—El anillo es suyo —dice.
No es una pregunta.
—Mi padre tuvo uno parecido.
—He fotografiado su mano.
—Una forma no es una prueba.
—Tu cara sí lo es.
—Mi cara no llegará a un tribunal.
—No estamos en un tribunal.
—Precisamente.
Marcos guarda la cámara. Se nota que le duele el brazo, aunque no lo admite. Debería ofrecerle un analgésico. Debería contarle que el código de la llave maestra de 2013 pertenecía a Álvaro. En lugar de eso, recojo las hojas que mi hermano ha desordenado.
—Voy a revisar los carros —digo.
—¿Para no responder?
—Para encontrar la cámara.
—Haz lo que mejor se te da.
Lo dejo en el vestíbulo.
Hay cuatro carros en el cuarto de lencería. Los dos primeros están vacíos. El tercero contiene bolsas de lavandería cerradas. En el último, debajo de un juego de toallas limpias, aparece una tela roja estampada con pequeñas flores blancas.
La reconozco de una fotografía familiar. Lucía la llevaba anudada al cuello en el décimo aniversario de la desaparición de su hermano, frente al cuartel donde pidió que reabrieran el caso.
Aparto la tela.
Debajo está la cámara deportiva.
La carcasa tiene una raya reciente, pero no está rota. No la toco. Fotografío la posición y llamo a Marcos. Llega menos de un minuto después.
—Es de Lucía —dice al ver el pañuelo.
—¿Estás seguro?
—Se lo regaló Adrián.
Marcos se pone unos guantes del armario de limpieza y levanta la tela por los extremos. La cámara queda expuesta. En un lateral, detrás de una tapa de goma, asoma el borde de la tarjeta.
La microSD sigue dentro.
Un punto rojo, casi agotado, parpadea en el lector de estado.