Capítulo 10
Marcos
Daniel quiere llamar a Marta antes de sacar la tarjeta.
Yo quiero llamar a Lucía.
Ninguno hace lo que quiere.
Dejamos la cámara en el carro, cubrimos el conjunto con una sábana limpia sin mover el pañuelo y cerramos el cuarto de lencería con una llave que Daniel guarda en el bolsillo delantero del pantalón.
Después baja la persiana del pasillo, comprueba dos veces el pomo y coloca un sello improvisado de cinta adhesiva entre la puerta y el marco.
—Si alguien entra, lo sabremos —dice.
—Ya sabíamos que alguien entraba.
—Ahora tendremos una prueba.
—Ahora tenemos una cámara que mi hermana tocó y una prueba que tú no quieres nombrar.
Me mira.
La contusión del antebrazo late al ritmo del pulso. El corte está limpio debajo de la venda, pero cada movimiento me recuerda el golpe. No vi la cara de quien sostenía la pieza metálica. Vi una mano, el brillo negro y el gesto de Daniel al reconocerlo.
Entramos en el apartamento del gerente. Él cierra la puerta y deja la llave sobre la mesa.
—El anillo era de mi padre —dice.
—Era.
—Tenía uno igual.
—Álvaro lleva el suyo en la mano.
—Eso no demuestra que la mano del reflejo fuera la suya.
—No. Demuestra que me has mentido dos veces en la misma tarde.
—No te he mentido.
—Has contestado a otra pregunta. Es tu forma más trabajada de hacerlo.
Daniel va a la cocina y llena dos vasos. El grifo tose antes de soltar agua. Me ofrece uno; no lo cojo.
—¿Qué quieres que te diga? —pregunta.
—Todo aquello que decidiste que yo no podía soportar.
Se apoya en la encimera. Por la ventana entra una luz naranja, filtrada por el polvo. En otro lugar podría ser hermosa. Aquí convierte su cara en una fotografía antigua.
—La noche que desapareció Adrián, mi padre me despertó a las dos y veinte —dice—. Yo había vuelto a mi casa hacía menos de una hora.
—De la diecisiete.
—Sí.
Recuerdo aquella salida. Daniel se vistió sin encender la luz porque Rafael podía regresar.
Yo le dije que algún día se marcharía tan deprisa que olvidaría su propio cuerpo en la cama.
Adrián estaba en recepción, comiendo un yogur y mirando un partido sin sonido.
Me llevó en su moto hasta el apartamento que alquilábamos Lucía y yo. Fue la última vez que lo vi.
—¿Qué quería tu padre? —pregunto.
—Que borrara las cámaras.
—Eso ya lo sé.
—Dijo que Adrián había encontrado documentos de la empresa y había intentado extorsionar a Álvaro. Que discutieron. Que le golpeó y escapó con dinero.
—Adrián no extorsionaba.
—Ahora lo sé.
—Entonces también.
Daniel baja la vista.
—Sabía que no era la forma en que tú hablabas de él. No sabía qué había ocurrido.
—No hacía falta conocer cada detalle para llamar a la Guardia Civil.
—Mi padre tenía el registro de entradas. Tú aparecías entrando en la diecisiete aquella noche y saliendo poco antes de la supuesta pelea. Dijo que, si entregábamos las imágenes, Álvaro declararía que estabas con Adrián, que los dos habíais preparado el robo.
Me río. No porque sea gracioso. Porque el argumento es tan miserable que necesita una salida del cuerpo.
—¿Y te lo creíste?
—Creí que podía ganar unas horas. Hablar con Adrián cuando volviera. Recuperar los archivos. Evitar que mi padre te arrastrara con él.
—Siempre estabas ganando unas horas.
—Sí.
—Una noche más antes de decirle que me querías. Una semana más antes de enfrentarte a tu padre. Un verano más antes de vivir en una casa donde yo pudiera dejar un cepillo de dientes.
—Sí.
La tercera vez no se defiende. Eso me enfurece de una forma distinta.
—¿El código de la llave maestra era de Álvaro?
Daniel tarda en contestar.
—La hoja está incompleta.
—No he preguntado por la hoja.
—El código pertenecía a una llave de administración. Mi padre y Álvaro podían usarla.
—¿La misma llave?
—Dos copias con un código común.
—Y el anillo.
—No basta.
—No para detenerlo. Sí para dejar de ocultármelo.
Daniel aprieta el vaso. El agua se mueve sin derramarse.
—Si te digo que creo que pudo ser Álvaro y me equivoco, habré acusado a mi hermano de…
—¿De qué?
No responde.
—Dilo.
—De matar a Adrián.
El nombre parece costarle más que el verbo.
—Y si no lo dices —respondo—, vuelves a elegirlo.
Daniel deja el vaso. Se acerca hasta quedar a un paso de mí.
—No lo estoy eligiendo.
—Acabas de hacerlo.
—Estoy intentando no cometer otra injusticia.
—La injusticia ya tiene trece años.
—Lo sé.
—No. Sabes contarlos. No es lo mismo.
Podría irme. La puerta está detrás de mí, las llaves del coche en la bolsa y mi hermana a una llamada de distancia.
Durante trece años he convertido marcharme en una capacidad.
Aeropuertos, hoteles, hombres cuyos apellidos olvidé antes de aprenderlos bien.
Daniel fue la única persona de la que no supe irme a tiempo.
Ahora tampoco me muevo.
Él levanta una mano. La detiene antes de tocarme.
—¿Te duele?
Mira la venda.
—Menos que hace una hora.
—Debería revisarla.
—No cambies de tema.
—No lo hago.
—Llevas toda la vida haciéndolo.
Su mano continúa suspendida. Soy yo quien acorta la distancia y le agarra la muñeca. Puedo sentir su pulso bajo el pulgar.
—Dime por qué lo borraste de verdad —susurro.
—Porque tuve miedo.
—¿De perder el hotel?
—De perderte a ti. Y elegí exactamente lo que hacía falta para perderte.
Hay respuestas que llegan demasiado tarde y aun así encuentran el lugar preciso donde hacer daño.
Lo beso.
No es una decisión limpia. Tiene rabia, hambre y trece años de imaginación inútil. Daniel tarda una fracción de segundo en responder. Después me sujeta la cara con ambas manos y abre la boca bajo la mía.
Sabe a agua y a café frío. La barba me raspa. Mi cuerpo lo reconoce con una fidelidad que considero una traición. Lo empujo contra la encimera y Daniel deja escapar un sonido bajo, casi sorprendido. Sus dedos bajan por mi cuello, mi pecho, el costado. Evita la venda incluso ahora.
Le desabrocho el primer botón de la camisa.
Después el segundo.
Su piel conserva la marca blanca de la camiseta y un lunar que besaba para hacerle reír. Lo toco. Daniel apoya la frente en la mía.
—Marcos.
—No hables.
Me besa otra vez. Esta vez más despacio.
Su muslo se introduce entre los míos y siento la respuesta de su cuerpo, tan evidente como la mía.
Durante unos segundos me permito creer que el deseo es un cuarto sin pasado.
Que podemos cerrar la puerta y usar nuestros cuerpos para decir solo aquello que no duele.
Daniel desliza una mano por debajo de mi camisa.
—Te he echado de menos —dice contra mi boca.
Las palabras rompen el cuarto.
Me aparto.
Él retira la mano de inmediato.
—¿Te he hecho daño?
—No.
—Entonces…
—Esto no puede ser el lugar al que vienes para soportar lo que has hecho.
Daniel respira con dificultad. La camisa abierta, las pupilas dilatadas y el rubor de su cuello lo hacen parecer más joven y más cansado.
—No te estoy usando.
—Aún no me has contado todo.
—Te he contado lo que pasó esa noche.
—Te he preguntado por qué callaste trece años.
—Porque cada día que pasaba era más difícil hablar.
—Eso tampoco es todo.
No responde. Ya tengo la respuesta.
Me abrocho la camisa con dedos torpes.
—Cuando estés dispuesto a no guardarte la parte que te hace parecer peor, entonces podrás decir que estás eligiendo la verdad.
Daniel cierra los ojos un instante.
—De acuerdo.
—No necesito que estés de acuerdo. Necesito que lo hagas.
Salgo al balcón del apartamento. El aire huele a tomillo seco y a electricidad. Desde aquí se ve una franja de mar entre las colinas negras. Adrián odiaba este paisaje las primeras semanas. Decía que todo pinchaba, quemaba o estaba demasiado lejos. Al final fue quien más fotografías hizo.
Saco el teléfono.
La grabación de cuarenta y tres segundos que envié a la Guardia Civil está guardada en tres carpetas. Abro exactamente el mismo archivo que Daniel escuchó en recepción y busco el tramo final.
La voz de mi hermano sale del altavoz sin palabras nuevas que interpretar:
«Voy a dejar una copia donde dijimos. Si no te llamo antes de las tres, busca en la diecisiete. Daniel…»
Una puerta golpea, otra voz queda al fondo y Adrián alcanza a decir «Daniel sabe…» antes de los tres chasquidos digitales. No hay otra grabación ni una frase más clara. Solo este archivo incompleto y la tentación de rellenar lo que falta.
Daniel ha salido detrás de mí. Permanece junto a la puerta.
—Ponlo otra vez —dice.
Lo hago.
Esta vez aíslo el ruido que ya identificamos como el generador antiguo. Antes del zumbido hay tres pulsos graves, una pausa, dos golpes más cortos y un traqueteo.
Daniel entra en el apartamento y apaga el aire acondicionado. Abre un armario bajo. Dentro hay un cuadro auxiliar y un interruptor rojo.
—Es el arranque —confirma—. Tres intentos, pausa, dos. La bomba de combustible tardaba en cebarse.
—¿En 2013?
—Lo cambiamos al año siguiente.
Reproduzco de nuevo. El archivo se creó a la una y seis. La cerradura registró la tarjeta de Adrián en la 17 a la una y ocho.
—Dos minutos —digo—. Grabó esto junto al cuarto técnico y subió por el pasaje de servicio.
—La puerta que hemos encontrado comunica los dos puntos —responde Daniel.
—Entonces la copia que menciona estaba en esa habitación antes de que alguien llegara a buscarlo.
Daniel asiente.
—Porque nunca salió de aquí —dice una mujer a nuestra espalda.
Lucía está en la puerta del apartamento.
Detrás de ella, sosteniendo la antigua llave de latón usada en las fotografías, espera Merche Ríos.