Capítulo 8
Marcos
—No —dice Daniel.
La palabra llega limpia, sin el tropiezo que acompaña a una mentira improvisada. Su reloj continúa boca abajo sobre el mostrador. Ya no necesita tocarlo: ha tenido trece años para perfeccionar el gesto de ocultar algo sin mover las manos.
—El anillo y el olor a cedro —digo—. Has reconocido las dos cosas.
—He dicho que la imagen no basta.
—Y yo te he preguntado si sabes quién es.
Daniel mira la pantalla apagada, no a mí. La venda tira cuando cruzo los brazos; el dolor me recuerda que la pregunta no es una discusión entre ex amantes. Alguien acaba de golpearme para impedir que revisemos lo que dejó Adrián.
—Envía el fotograma a Marta —dice al fin.
—Eso no responde.
—Es lo que puedo hacer ahora sin acusar a nadie basándome en un reflejo.
—Puedes dejar de mentirme mientras llega.
El teléfono muestra un mensaje de la teniente: treinta y dos minutos. Daniel lo lee por encima de mi hombro.
—Nos ha ordenado esperar en la oficina.
—También nos ha pedido que conservemos las pruebas. La persona del vídeo sabía qué foto buscaba y por qué mencionaba sesenta y nueve minutos. Si vuelve a la diecisiete antes que Marta, lo que haya detrás del azulejo desaparecerá.
Abro en la cámara la fotografía instantánea recibida en Madrid. La cama ocupa casi toda la imagen, pero el espejo del baño queda visible al fondo. La cruz diminuta aparece justo en el centro del reflejo.
—No es una fotografía de la habitación —digo—. Es una indicación.
Daniel tarda un segundo en verlo. Después guarda el reloj, coge una linterna y envía a Marta un mensaje con nuestra ubicación exacta.
—Solo documentamos —dice—. No retiramos nada hasta que llegue.
—Eso dependerá de lo que encontremos.
Subimos juntos.
La habitación 17 está como la dejamos: cortinas abiertas, la fotografía sobre la cama y una fina línea de arena junto a la puerta de la terraza.
La luz de emergencia borra casi todos los volúmenes.
Fotografiar un cuarto así siempre me ha parecido una forma de mentir; todo queda visible, pero nada tiene profundidad.
Coloco en la pantalla de mi cámara la imagen instantánea que recibí en Madrid. Luego miro la pared real.
—La foto no está centrada en la cama —digo.
Daniel se queda junto a la puerta.
—Adrián nunca centraba nada.
—Adrián componía mejor que yo cuando tenía paciencia. Mira la línea de fuga.
En la fotografía, el borde de la mesilla conduce hacia el espejo del baño. En su reflejo aparece una franja de azulejos verde agua y, en una esquina, la cruz diminuta que ya fotografié al descubrir el hueco.
Amplío.
Uno de los azulejos tiene la junta más clara. Del mortero sobresale una fibra roja como la que encontramos junto al adaptador del teléfono. La cruz no marca solo la pieza: el brazo inferior apunta hacia el lado por el que debe abrirse.
—Esa pieza estaba rota —dice Daniel.
—No.
—La cambiaron durante la reforma.
—Precisamente.
La fotografía del sobre es reciente. La cama lleva la colcha nueva y el detector de humo instalado hace dos años.
Sin embargo, quien la tomó eligió un ángulo que reproduce otra imagen mucho más antigua: una foto de Adrián en la que fingía dormir mientras nos esperaba y el espejo dejaba visible el baño.
La busco en el teléfono. Tardo menos de un minuto porque nunca la borré. Mi hermano ocupa el centro, tumbado de lado, con una toalla en la cabeza y una sonrisa insoportable. Al fondo, detrás de su hombro, se ve la cruz del azulejo reflejada en el espejo.
Daniel se acerca.
—Recuerdo ese día.
—Llegaste dos horas tarde.
—Mi padre no se marchaba.
—Nunca se marchaba.
—Yo sí.
Lo dice sin defenderse. La frase queda suspendida entre nosotros.
Dejo la cámara sobre el lavabo y presiono el azulejo de la ducha. No se mueve. Golpeo con el nudillo. El sonido hueco confirma lo que ya descubrí antes de la persecución.
—Necesito algo fino.
Daniel abre el juego de cortesía y saca una pequeña lima de uñas. Sonrío antes de poder impedirlo.
—¿Esto es todo lo que tiene un hotel de lujo para abrir una pared?
—El comprador aún no ha traído el martillo.
Introduzco la punta por la junta. El cemento exterior está cuarteado y cede en pequeños copos blancos. Daniel sostiene el teléfono como linterna. Su pecho roza mi espalda cuando busca un ángulo mejor.
—Más a la izquierda —digo.
Mueve la luz, no el cuerpo.
Noto su respiración junto a mi oreja y el calor de su mano a pocos centímetros de mi cintura.
Durante un instante no estoy en una habitación que puede contener la última prueba dejada por mi hermano.
Estoy otra vez aquí, con treinta y dos años, esperando que Daniel termine de vestirse antes del amanecer.
Me aparto.
—Puedo solo.
Él retrocede sin discutir.
La pieza sale al tercer intento. No cae porque alguien pegó una tira de tela en la cara interior, a modo de bisagra. La fibra roja procede de esa bisagra improvisada. Detrás hay una cavidad rectangular atravesada por un tubo eléctrico en desuso.
Y una cámara.
No es más grande que dos cajas de cerillas.
Una de aquellas cámaras deportivas baratas que Adrián compraba por internet, convencido de que la siguiente grabaría mejor que la anterior.
La carcasa transparente se ha vuelto amarilla.
Una cinta negra la mantiene fijada a la pared.
El objetivo apunta por una perforación del tamaño de una lenteja hacia el espejo del baño; desde allí pudo captar la puerta y parte del dormitorio sin quedar a la vista.
Dejo de respirar.
—No la toques —dice Daniel.
—No pensaba hacerlo.
Saco tres fotografías: plano general, posición del azulejo, primer plano del dispositivo. Luego grabo un vídeo continuo desde la puerta hasta el hueco. Digo la fecha, la hora y nuestros nombres. La voz me tiembla al pronunciar el de Adrián.
—La tarjeta puede seguir dentro —digo.
—Después de trece años no funcionará.
—No tiene que funcionar la cámara. Solo la memoria.
Por debajo del dispositivo asoma el borde de una microSD.
Daniel apoya una mano en la pared. No toca la carcasa. Tiene los nudillos blancos.
—Él sabía que iba a ocurrir algo.
—Sabía que alguien podía intentar quitarle las pruebas.
—No es lo mismo.
—Para quien lleva trece años desaparecido, la diferencia importa poco.
Daniel cierra los ojos. Quiero herirlo. Lo he querido desde que vi su nombre en el encargo de Inés y aun antes, cada vez que alguien mencionaba Cabo de Gata como si para mí fuera solo un paisaje. Pero cuando consigo hacerlo, el alivio dura menos de un segundo.
Me vuelvo hacia la compuerta que comunica con el pasillo de servicio. Más allá, el viejo conducto de ropa conserva una tapa de madera cubierta por una placa pintada del mismo blanco que la pared. Fotografío las bisagras, el tirador oxidado y el desnivel del suelo.
—¿Adónde baja? —pregunto.
—A la lavandería. Mi abuelo instaló un montacargas manual. Lo bloquearon antes de la última reforma.
—¿Quién lo bloqueó?
—No lo sé.
—Empieza a ser la respuesta más honesta que me has dado.
La alarma contra incendios estalla encima de nosotros.
El sonido es tan violento que me agacho por reflejo. Daniel sale al pasillo. Yo guardo el teléfono y voy detrás, pero la puerta se cierra antes de que llegue.
El picaporte no gira.
—Daniel.
Lo oigo al otro lado.
—No responde a la tarjeta.
—Usa la llave.
—La llave mecánica está abajo.
El piloto rojo de la cerradura parpadea. La alarma continúa, pero no huele a humo. Recorro el techo, el baño, el aire acondicionado. Nada.
—Alguien ha aislado la puerta —grita Daniel—. Sal por la terraza.
Abro el ventanal. El levante entra como un golpe de aire caliente. La terraza de la 17 da a una pasarela estrecha de mantenimiento que comunica con la escalera exterior. Está prohibida a los huéspedes y la barandilla apenas me llega a la cadera.
Miro hacia abajo. Dos plantas. Piedra negra, adelfas, ninguna superficie amable.
—Estoy saliendo.
Paso una pierna sobre la jardinera de obra. La venda tira. El metal de la pasarela quema a través de la suela. No miro al suelo hasta alcanzar la esquina.
La alarma se detiene.
El silencio me deja un pitido dentro de la cabeza.
Daniel aparece abajo, junto a la puerta exterior. Levanta una mano para indicarme el último tramo. Cuando pongo el pie en el patio, me agarra por los hombros.
—¿Estás bien?
—Sí.
No me suelta.
Tiene el rostro demasiado cerca. El miedo le ha borrado la prudencia y durante unos segundos nos miramos sin la protección de una discusión. Sus pulgares presionan mis brazos. Yo apoyo una mano en su pecho, no sé si para separarlo o para comprobar que sigue ahí.
—Marcos…
Inclina la cabeza.
Podría besarlo. La parte más estúpida de mí sabe exactamente cómo sería: primero la duda, luego su boca abriéndose cuando comprendiera que no voy a retirarme. La parte que recuerda por qué estoy aquí mira por encima de su hombro, hacia las ventanas de la segunda planta.
—La cámara —digo.
Daniel me suelta.
Subimos por la escalera interior con la llave mecánica de recepción. La cerradura de la 17 gira sin resistencia. La habitación está vacía. La cama, la fotografía, la lima de uñas y mi cámara profesional continúan donde las dejamos.
El azulejo de la cruz cuelga de su bisagra de tela.
La cavidad está vacía.
La pequeña cámara de Adrián ha desaparecido.