Capítulo 7
Daniel
La sangre parece negra bajo la luz del teléfono.
Mantengo el pañuelo apretado contra el antebrazo de Marcos mientras lo conduzco fuera del pasillo. Él intenta agacharse para recoger la cámara.
—Déjala.
—Cuesta más que tu coche.
—Mi coche tiene nueve años.
—Entonces cuesta bastante más.
Se separa de mí. En cuanto deja de apoyarse, da un paso inseguro y vuelve a chocar contra mi hombro.
—Estoy bien —dice.
—Lo estás demostrando de una forma muy original.
Recojo la cámara sin soltarle el brazo. La pantalla está agrietada en una esquina, pero el piloto rojo continúa encendido. Pulso el botón para detener la grabación y me la cuelgo del hombro.
En recepción tampoco hay electricidad. Mi linterna ilumina el portátil de Marcos en el suelo, junto a la puerta de la lavandería. La carcasa tiene un golpe. Me agacho y lo recojo.
—Lo ha soltado cuando lo has alcanzado.
—No quería robarlo.
—Quizá te ha visto venir y ha cambiado de opinión.
—Se ha llevado la mano directa a la unidad de memoria. Sabía dónde estaba la grabación.
—La acabamos de enviar a tres sitios.
—Él no tenía por qué saberlo.
El pronombre queda suspendido entre nosotros. Él. Un hombre. Alguien que conoce el hotel, el sistema y lo que Adrián dejó aquella noche.
Llevo a Marcos a la cocina. La placa de emergencia funciona con una batería independiente y proyecta una luz suficiente sobre la encimera. Abro el botiquín grande, corto con tijeras la manga de su camisa y retiro el pañuelo.
El golpe le ha dejado una zona morada cerca de la muñeca y un corte superficial de unos cuatro centímetros. Sangra, pero los bordes están limpios.
—Mueve los dedos.
Los abre y cierra.
—La cámara.
—Se ha roto la pantalla.
—No te he pedido que la evalúes. Acércamela.
—Primero el brazo.
Marcos me observa con una paciencia hostil. Luego cede.
Llamo al cero sesenta y uno. Explico el golpe, la herida y que no ha perdido el conocimiento.
La sanitaria me pregunta por dolor, movilidad, hormigueo y profundidad.
Marcos contesta por mí. Nos indica que limpiemos, comprimamos y acudamos a un centro si no deja de sangrar, pierde sensibilidad o aumenta la inflamación.
Recomienda una valoración esa misma noche.
—Iremos en cuanto la carretera se abra —digo.
Marcos alza una ceja, pero espera a que cuelgue.
—No voy a ninguna parte hasta que llegue Luján.
—Eso lo decidirá tu brazo.
—Mi brazo vota conmigo.
Abro una botella de suero y lavo el corte. Marcos tensa la mandíbula, pero no aparta la mano. Tiene una pequeña cicatriz blanca cerca del codo que recuerdo: se la hizo saltando desde una roca para demostrar que el agua era profunda. No lo era.
—Todavía tienes esta —digo.
—Las cicatrices suelen ser insistentes.
—Pensé que desaparecería.
—Muchas cosas no desaparecen porque uno deje de mirarlas.
La frase no habla de su codo. Aplico antiséptico y cubro la herida con una gasa estéril. Mi mano rodea su muñeca. La suya descansa sobre mi muslo para mantener el equilibrio. Ninguno menciona el contacto.
—¿Te duele mucho?
—Menos que la cena.
—Eso demuestra que la tortilla no estaba mal.
—Demuestra que el golpe ha sido fuerte.
Le vendo el antebrazo sin apretar demasiado. Cuando termino, sigo sujetándolo un instante que ya no puedo justificar.
Marcos baja la mirada hacia mi mano.
—Puedes soltarme.
—Lo sé.
—No lo parece.
Abro los dedos.
—¿Por qué has vuelto? —pregunto.
—Ya te lo he dicho.
—No has conducido seis horas para hacer un inventario. Ni siquiera por la fotografía de ayer. Podías enviarla a Luján desde Madrid.
Marcos coloca el brazo sobre la encimera.
—Volví porque estaba cansado de que este sitio siguiera decidiendo cosas por mí.
—Mañana dejará de pertenecernos.
—El edificio, quizá. Lo demás nunca os perteneció.
—No he dicho que sí.
—Llevas trece años actuando como propietario de la verdad.
La placa de emergencia tiembla. En su luz, Marcos parece al mismo tiempo el hombre que tengo delante y el de treinta y dos años que se marchó sin llevarse el cepillo de dientes.
—Borré las grabaciones —digo—. No hice daño a Adrián.
—Una de esas frases no limpia la otra.
—Lo sé.
—¿Viste quién entró en la diecisiete?
La hoja guardada en mi maleta aparece en mi cabeza. La tarjeta de Adrián. La llave maestra. El código que mi padre me obligó a tapar antes de que la policía copiara los registros.
—No —respondo.
No es exactamente mentira. Un código no es una cara.
Marcos se baja de la encimera.
—Vamos a ver la puerta.
—Tú no vas a moverte.
—Puedo caminar. Lo que no puedo es fotografiar con la derecha. Tendrás que ayudarme.
—La Guardia Civil ha dicho que esperemos.
—La Guardia Civil también ha dicho que no toquemos nada y ya has recogido mi cámara, el ordenador y media manga. Podemos documentar lo que hemos alterado antes de que llegue.
No me gusta que tenga razón. Nunca me gustó.
Cogemos bolsas limpias para proteger las manos y regresamos al pasillo de servicio. El intruso ha salido por la puerta situada detrás del cuarto del generador. Desde dentro se abre con una barra antipánico; desde fuera, con llave.
Ahora está cerrada.
—Ha tirado de ella al salir —dice Marcos.
Alumbro la cerradura. Alrededor del bombín hay arañazos recientes. No son marcas de una ganzúa: siguen el círculo exacto que deja una llave cuando quien la usa tiene prisa.
Pruebo el manojo de Iván. Una llave marcada como S-3 abre a la primera.
—¿Cuántas copias existen? —pregunta Marcos.
—Según el inventario, dos. Esta y la que debería estar en la caja fuerte de mantenimiento.
—¿Debería?
—No se revisa desde que Merche se jubiló.
—Cada respuesta sobre este hotel contiene una mujer jubilada o un hombre muerto.
Abro la puerta.
Una ráfaga de viento nos lanza arena a la cara. La tormenta ha empezado sin lluvia, solo con polvo y ramas. Ilumino el suelo exterior. Las huellas se borran mientras las miramos.
En el borde de la cerradura queda atrapado un trozo de tela azul marino, no mayor que una uña. Marcos lo fotografía con el móvil y luego lo guardo en una bolsa.
—No era ropa de trabajo —dice.
—Podía ser una chaqueta ligera.
—Olía a cedro.
—Iván huele a gasóleo.
—Gracias por descartar a un sospechoso con rigor científico.
Cierro otra vez. Marco el teléfono de Marta Luján. Responde enseguida.
—Dígame que han salido.
—Ha habido otra intrusión.
Su silencio es corto y profesional.
—¿Heridos?
—Marcos tiene un corte en el brazo. Hemos hablado con urgencias. Está estable.
—¿Han visto al agresor?
—No la cara. Llevaba ropa oscura, debe de medir alrededor de uno ochenta. Ha salido con una llave mecánica.
—La carretera se acaba de abrir para emergencias. Estoy a treinta y cinco minutos. Enciérrense en una habitación que no tenga acceso de servicio.
—La oficina.
—No vuelvan a recorrer el hotel.
—Hay una grabación de la cámara.
—No la manipulen.
—La cámara sigue intacta.
—Daniel, he dicho que no la manipulen.
La forma en que pronuncia mi nombre confirma que recuerda mucho más de 2013 de lo que me conviene.
—Los esperamos en la oficina.
Regresamos a recepción. El suministro general continúa cortado, pero el portátil conserva un sesenta por ciento de batería. Marcos saca la tarjeta de memoria de la cámara con la mano izquierda.
—Luján ha dicho que no la toquemos.
—Ha dicho que no la manipulemos. Hacer una copia es conservarla.
—Cuando quieres, eres muy flexible con las palabras.
—Lo aprendí de los Aranda.
Introducimos la tarjeta. El ordenador tarda en reconocerla. Aparecen las fotografías y, al final, un archivo de vídeo de cuatro minutos y dieciséis segundos.
Creo una copia sin abrirlo. Marcos crea otra en su nube. Solo entonces reproduce el original.
La imagen empieza en el corredor. Salta con cada uno de sus pasos. Vemos la espalda del intruso y el portátil bajo su brazo. La figura alcanza la compuerta de la diecisiete y se vuelve.
La linterna quema el centro del encuadre.
Pausamos.
—No hay cara —digo.
—Todavía no.
Avanza fotograma a fotograma. En uno se distingue la manga de una chaqueta oscura. En otro, una mano. Luego la cámara cae y la imagen gira. El intruso aparece deformado en el reflejo de una tubería cromada.
Marcos amplía.
Solo vemos la mitad inferior de una cara y el brazo levantado. La resolución se rompe en cuadrados cuando intenta acercarse más.
—Vuelve atrás —digo.
—¿Has visto algo?
—Un brillo.
Retrocede tres fotogramas.
La mano del agresor está junto al objetivo. En el dedo meñique lleva un anillo de oro con una piedra negra. El ónice tiene una raya diagonal, un defecto pálido que divide la superficie.
Conozco ese anillo.
Perteneció a mi abuelo. Mi padre se lo entregó a Álvaro cuando cumplió veintiún años, porque el hijo mayor heredaba las cosas que debían seguir dentro de la familia. La raya apareció el verano en que mi hermano golpeó una mesa durante una discusión y juró que había sido un accidente.
Álvaro lo lleva incluso para nadar.
Cuando éramos niños, utilizaba el anillo como sello sobre la cera de las cartas que nunca enviaba. Más tarde aprendió a golpearlo contra la mesa para poner fin a una conversación. Una vez partió un vaso con él y se abrió la mano. Mi padre mandó pulir la piedra, pero la raya no desapareció.
Tampoco ha cambiado su colonia. Cedro, pimienta y algo amargo que quedaba en el despacho mucho después de que Álvaro saliera. El mismo olor que Marcos ha notado en la ropa del intruso.
Busco una explicación distinta. El reflejo está deformado. Existen miles de anillos de ónice. Una raya blanca puede ser el destello de la linterna. La tela azul no tiene por qué proceder de una chaqueta, y un olor no puede detener a nadie.
Pero nadie ha hablado de detenerlo.
Solo estamos Marcos, yo y la imagen de una mano que reconozco.
Álvaro dirige una consultora en Bruselas y lleva tres semanas diciéndonos que no podrá asistir a la firma. Inés le envió el contrato porque todavía confiamos en él para revisar las cifras, una costumbre heredada de nuestro padre. Si ha llegado antes, no se lo ha dicho a ninguno de los dos.
O Inés también me miente.
Marcos amplía el fotograma.
—¿Reconoces el anillo?
El móvil vibra en mi bolsillo antes de que responda.
Un mensaje de Álvaro.
Inés dice que estás creando problemas. No firmes nada hasta que llegue.
Debajo adjunta una captura de su tarjeta de embarque. El vuelo desde Bruselas aterriza mañana a las ocho y diez.
Miro de nuevo la mano reflejada en la tubería. El anillo negro. La raya blanca. El puño de una chaqueta azul marino.
—Daniel —insiste Marcos—. ¿Sabes quién es?
Mi reloj sigue boca abajo sobre el mostrador, lejos de mi mano.
—No —digo.
La mentira sale con demasiada facilidad.
Lo peor es que todavía tiene la voz de mi padre.