Capítulo 6
Marcos
La grabación dura cuarenta y tres segundos.
He necesitado trece años para ser capaz de escucharla sin reducir a Adrián a esos cuarenta y tres segundos, y aun así no estoy seguro de haberlo conseguido.
Daniel me sigue hasta recepción. No pregunta de nuevo.
Se queda junto al mostrador mientras saco el portátil y busco la carpeta protegida donde guardo tres copias del archivo.
Hay otra en un disco de mi estudio y una quinta en la nube.
Tener muchas copias no evita que una voz desaparezca, pero engaña a la parte del cerebro que necesita hacer algo con las manos.
—¿Cuándo te la envió? —pregunta.
—A la una y seis de la madrugada.
—Adrián entró en la diecisiete a la una y ocho.
La precisión de la respuesta me hace levantar la vista.
—¿Cómo sabes la hora?
Daniel se quita el reloj. Lo deja junto al teclado con la esfera hacia abajo.
—Había un registro de la cerradura.
—¿Había?
—Lo revisamos durante la investigación.
—Yo no lo vi en el expediente.
—No viste todo el expediente.
—¿Y tú sí?
—Pon la grabación.
La orden despierta un reflejo antiguo: las ganas de obedecer y de hacer exactamente lo contrario.
Pulso reproducir.
Durante los primeros cuatro segundos solo hay fricción. Adrián debía de caminar deprisa; el micrófono roza una prenda y el viento golpea con ráfagas cortas. Después su voz ocupa los altavoces.
— Marcos, no llames a nadie todavía. He encontrado las cuentas. Las de verdad.
Daniel apoya ambas manos sobre el mostrador.
— No es dinero de la caja. Son facturas, transferencias… Hay nombres que conozco. Uno de ellos…
El sonido se rompe. Entra un zumbido grave y constante. Adrián respira muy cerca del teléfono.
— Voy a dejar una copia donde dijimos. Si no te llamo antes de las tres, busca en la diecisiete. Daniel…
Una puerta golpea. Se oye una voz lejana, masculina, imposible de distinguir.
— Daniel sabe…
El archivo termina con tres chasquidos digitales.
La barra de reproducción vuelve al principio.
—¿Es el archivo original? —pregunta Daniel.
—Una copia exacta. El original sigue en el teléfono desde el que se descargó.
—¿Conservas un teléfono de hace trece años?
—Conservo tres. Mi madre guardó el de Adrián, Lucía el suyo y yo el mío. Parecemos una familia o una tienda de segunda mano muy triste.
Abro la información técnica. La fecha de creación, el modelo del dispositivo y la duración coinciden con el mensaje que la compañía telefónica certificó durante la investigación.
—Un técnico de sonido lo revisó hace dos años —continúo—. No encontró cortes ni ediciones. Me dijo que el zumbido podía ayudar a localizar el lugar, pero necesitaba una muestra con la que compararlo.
—Podías haber conseguido una aquí.
—Para eso tendría que haberte llamado y pedirte que encendieras el generador bajo el que desapareció mi hermano.
—Lo habría hecho.
—No contestaste a ninguno de mis mensajes de aquel septiembre.
—Mi padre cambió mi número.
—Tenías correo electrónico.
—Entraba en la cuenta de la empresa.
Cada explicación coloca a Rafael Aranda entre nosotros, incluso muerto. No sé si Daniel me está contando la verdad o si lleva tantos años repitiéndola que ya ha dejado de distinguirla.
No miro a Daniel mientras la reproduzco por segunda vez. Lo observo en el reflejo del ventanal. La luz de recepción le dibuja las arrugas alrededor de los ojos y convierte su camisa en una mancha azul. Cuando Adrián pronuncia su nombre, se lleva dos dedos a la cicatriz del pulgar.
—¿Qué sabías? —pregunto.
—No sé si dice que yo sabía algo.
—No terminó la frase.
—Precisamente.
—Podía decir «Daniel sabe dónde está». O «Daniel sabe lo de las cuentas». O «Daniel sabe borrar una cámara».
—También podía decir «Daniel sabe hacer una tortilla».
—Eso habría sido una mentira demostrable.
No sonríe. Yo tampoco.
—¿Por qué la ocultaste? —pregunta.
—No llegó hasta las ocho de la mañana. Esa noche hubo problemas de cobertura. Cuando la escuché, tú ya habías dicho a la Guardia Civil que Adrián había salido del hotel por su propio pie.
—No dije eso.
—Dijiste que faltaba dinero y que habías borrado las imágenes por un fallo.
—Eso escribieron.
—Lo firmaste.
Daniel baja la cabeza.
—Sí.
—Pensé que el mensaje te implicaba. Lucía quería entregarlo. Yo le pedí un día para hablar contigo.
—No viniste.
—Fui a tu casa. Tu padre me dijo que no querías verme.
Daniel levanta la cabeza.
—Eso no es verdad.
—Tu coche estaba en la puerta.
—Mi padre me había dado dos pastillas. Llevaba treinta horas sin dormir.
—Podías haberme llamado después.
—Tú podías haber dejado el mensaje.
Las palabras quedan entre nosotros, iguales a dos objetos que ninguno quiere recoger.
—Al día siguiente mi madre intentó entrar en el mar —digo—. Lucía y yo pasamos una semana turnándonos para que no se quedara sola. Cuando volví a pensar en la grabación, el hotel ya había construido su versión y tú estabas dentro de ella.
—Podía demostrar que Adrián investigaba algo.
—También podía llevar a la policía directamente hasta ti.
Daniel me mira como si la frase le doliera.
—Me protegiste.
—No. Protegí la posibilidad de que no fueras quien parecías.
—¿Y durante trece años?
—Durante trece años esperé que me dieras una razón para creerlo.
Se acerca. Entre los dos queda el ancho de una silla.
Daniel ha envejecido de una forma que mi cuerpo entiende: los hombros algo más anchos, la piel del cuello menos lisa, una línea profunda junto a la boca.
No hay nada juvenil en el deseo que aparece.
Es peor. Tiene memoria, peso y demasiadas preguntas.
—No deberías haberme protegido —dice.
—No te concedas tanta importancia. También me protegía a mí.
—¿De qué?
—De saber que me había enamorado de un cobarde.
Daniel recibe el golpe sin apartarse.
—En eso acertaste.
Su mano se levanta unos centímetros, como si fuera a tocarme la cara. Se detiene antes de llegar. Yo podría cerrar la distancia. No lo hago.
El generador arranca en algún punto bajo el hotel.
El zumbido atraviesa el suelo.
Los dos nos volvemos hacia el ordenador.
El archivo ha terminado, pero vuelvo a reproducir los segundos centrales. El ruido de fondo de 2013 llena los altavoces. Daniel escucha, luego mira hacia el corredor de servicio.
—Es el mismo —digo.
—No exactamente.
—Es un generador.
—El de ahora se instaló en 2015. El antiguo vibraba más. Tenía una chapa suelta que producía ese golpeteo.
Amplifico el fragmento. Bajo la voz de Adrián se oye una vibración irregular: metal contra metal, cuatro golpes y una pausa.
—¿Dónde estaba?
—En el cuarto técnico, detrás de la lavandería.
—Así que Adrián grabó esto allí abajo.
—O cerca.
—Dijo que dejaría una copia donde dijimos. Nunca acordamos ningún lugar. Debía de hablar para otra persona.
Daniel coge su teléfono.
—Envíaselo a Luján.
—¿Ahora quieres conservar pruebas?
—Ahora quiero hacer lo que tendría que haber hecho entonces.
Le envío el archivo antes de poder cambiar de idea. También lo subo a una carpeta y comparto el enlace con Lucía. El mensaje aparece como leído de inmediato.
Mi hermana llama.
Rechazo la llamada.
—¿No vas a hablar con ella? —pregunta Daniel.
—Cuando sepa por qué me ha dicho que salga del hotel.
Un golpe metálico suena bajo nuestros pies.
Las luces se apagan.
No parpadean esta vez. No queda iluminación de emergencia, ni pantalla de ordenador, ni el piloto rojo del teléfono. La oscuridad es total.
—No te muevas —dice Daniel.
—Luján ha dicho que no nos separemos, no que me conviertas en mobiliario.
Busco el móvil. Antes de activar la linterna oigo pasos al otro lado de la puerta del comedor.
Una sombra cruza recepción.
—¡Eh! —grito.
Daniel me agarra del brazo.
—No.
—Ha cogido mi portátil.
La mesa está vacía. El cable de carga cuelga sobre la silla.
Me suelto y corro hacia el pasillo. La linterna del móvil ilumina un codo, una espalda, una puerta que se cierra. El intruso se dirige a la lavandería con mi ordenador bajo el brazo.
Daniel viene detrás.
—¡Marcos, espera!
No espero.
Entro en el pasillo de servicio. La luz del móvil tiembla con mis pasos. Delante, una segunda linterna dibuja círculos blancos sobre los tubos.
Guardo el teléfono en el bolsillo y enciendo la cámara. El piloto de vídeo se ilumina. Si no puedo verle la cara, al menos tendré una imagen que ampliar.
La figura alcanza la compuerta de la diecisiete.
—Deja el ordenador.
Se vuelve.
El haz de su linterna golpea directamente el objetivo. Solo veo una silueta alta y un destello junto a su mano. Me lanzo hacia el portátil.
El intruso lo suelta.
Durante un instante creo que he ganado. Luego levanta el brazo.
El golpe viene de la derecha. Interpongo el antebrazo por reflejo. Algo metálico choca contra el hueso y abre una línea de fuego desde la muñeca hasta el codo.
La cámara cae al suelo.
No grito. El aire se me escapa en un sonido seco.
El intruso intenta pasar. Lo sujeto de la ropa con la mano izquierda. La tela es lisa, cara, y huele a cedro. No es un uniforme de trabajo. Una rodilla me golpea el muslo. Pierdo el equilibrio, pero no lo suelto.
La luz de Daniel aparece al fondo.
—¡Marcos!
La persona gira con fuerza. Oigo desgarrarse la tela entre mis dedos. Algo duro roza mi mejilla, una mano o un anillo, y por fin se libera.
Corre hacia la escalera.
Daniel pasa junto a mí. Da tres pasos tras la figura y se detiene. Recuerda la advertencia de Luján o me ve inclinado contra la pared. Vuelve.
—Déjame ver.
—Cógelo.
—Dame el brazo.
—Daniel.
—Ahora.
La sangre baja por mi antebrazo derecho, no mucha, pero suficiente para manchar la manga. Daniel envuelve la herida con un pañuelo y aprieta. Su cara está tan cerca que puedo ver el miedo sin ninguna de sus defensas habituales.
Al fondo, una puerta se cierra.
Después llega el giro lento de una llave mecánica.
Daniel alza la cabeza.
—La salida exterior no tiene cerradura eléctrica —digo.
—Lo sé.
—Entonces quien acaba de golpearme no necesitaba el sistema.
La oscuridad nos devuelve el sonido de unos pasos que se alejan por la grava.
—Tenía una llave del hotel.