La habitación que nadie reservó Capítulo 5
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Capítulo 5

Daniel

Marcos quiere llamar a la Guardia Civil.

Yo quiero cerrar todas las puertas, comprobar cada ventana y pensar durante cinco minutos antes de permitir que una decisión salga del hotel.

Hacemos lo que quiere Marcos.

La teniente Marta Luján responde al número directo que él conserva desde la investigación.

No parece sorprendida al escuchar su voz, solo cansada.

Nos pide que no toquemos el vaso, la huella ni el carro si vuelve a aparecer.

Hay un accidente en la carretera de San José y la patrulla disponible está atendiendo el corte. Vendrán en cuanto puedan.

—¿Hay riesgo inmediato? —pregunta.

Miro el pasillo de servicio.

—No lo sabemos.

—Entonces salgan del edificio.

Marcos niega con la cabeza antes de que ella termine.

—Tenemos un coche —digo.

—Y una carretera que puede quedar cortada en media hora —responde Luján—. No se separen. No persigan a nadie. Si ven a una persona, llaman al cero sesenta y dos.

Cuando cuelgo, Marcos se apoya contra el mostrador.

—Podemos esperar fuera.

—Con la tormenta.

—En mi coche.

—Has venido en un descapotable.

—Tiene techo.

—De tela.

—No sabía que te preocupase tanto mi tapicería.

Se mira la palma raspada. La sangre se ha mezclado con polvo hasta formar una costra oscura.

—Siéntate.

—Es un arañazo.

—Siéntate.

—Ahí está el Daniel que recuerdo.

Abro el botiquín bajo el mostrador. Marcos se sienta en la silla giratoria y me entrega la mano con una obediencia que utiliza para burlarse de mí.

Limpio la herida con suero. Tiene los dedos largos, una callosidad donde apoya la cámara y una mancha clara en el anular, como si hasta hace poco hubiese llevado un anillo.

No pregunto.

—Va a escocer.

—Sobreviviré.

Aplico el antiséptico. Marcos contiene el aire.

—Valiente —digo.

—Siempre fuiste especialmente sensual con una gasa en la mano.

Levanto la vista. Está lo bastante cerca para que vea el pequeño corte de afeitado bajo su mandíbula. Él mira mis labios y esta vez soy yo quien retira primero la mano.

Le coloco un apósito.

—No lo mojes.

—Hablas como el prospecto de un medicamento.

Las luces parpadean.

Una vez. Dos.

El aire acondicionado se detiene y el hotel queda sumido en un silencio tan completo que oigo el viento filtrarse bajo la puerta principal.

Las luminarias de emergencia se encienden.

—Eso no es la tormenta —digo.

—¿Cómo lo sabes?

—Todavía hay luz en la casa de enfrente.

Malik no responde. Llamo a Iván.

El encargado de mantenimiento tarda doce minutos en llegar y deja una furgoneta blanca frente a la entrada. Lleva pantalones de trabajo, una camiseta empapada en la espalda y botas del cuarenta y cuatro. Antes de saludar, mira el edificio como si esperase encontrar una ventana ardiendo.

—El cuadro otra vez —dice.

—¿Otra vez?

—Esta tarde saltó el diferencial de la lavandería. Pensé que era una de las secadoras.

—No me lo habías dicho.

Iván se encoge de hombros.

—Lo rearmé y aguantó. Iba a revisarlo mañana antes de la firma.

Marcos y yo nos miramos.

—¿A qué hora estuviste aquí? —pregunto.

—Sobre las cinco y media.

—Malik dice que te fuiste a las cuatro.

—Volví. Me dejé el comprobador.

Lleva un manojo de llaves sujeto al cinturón. Algunas tienen rombos de latón idénticos a los antiguos del hotel.

Marcos también las ha visto.

—¿Abren las habitaciones? —pregunta.

Iván lo reconoce entonces.

—Tú eres el hermano de Adrián.

—Y tú no has contestado.

—Son del cuarto de bombas, almacén, cocina y accesos de servicio. Las cerraduras de clientes se cambiaron.

—La llave antigua de la diecisiete todavía abre —digo.

Iván observa su manojo.

—Entonces no cambiaron el bombín mecánico. Yo entré después de la reforma. Esas cosas las llevaba Merche.

—Merche entregó todas las llaves.

—Eso dijo.

No me gusta el modo en que pronuncia la última frase, pero Iván tiene la costumbre de sospechar de cualquiera que haya trabajado antes que él. Le enseño el cuadro eléctrico. Se arrodilla, abre la tapa y alumbra las conexiones.

—Han aflojado el neutro —dice.

—¿Puede soltarse solo?

—Puede. Pero no puede aparecer esto solo.

Levanta una pieza pequeña de plástico.

—Es un separador. Lo han metido para que pierda contacto al calentarse. Al principio funciona; después empieza a fallar.

—¿A qué hora?

—Depende de la carga.

—¿Podría calcularse para esta noche?

Iván mira a Marcos, luego a mí.

—Si conoces el edificio, sí.

Le enseño el cable conectado al repetidor. Jura que no estaba cuando volvió a por el comprobador. Lo desconecta y tira de él hasta sacar casi tres metros. El extremo no conduce a ningún ordenador. Termina en un adaptador minúsculo oculto dentro del muro.

—Un repetidor inalámbrico —dice Marcos.

—Alguien quería que pareciese una conexión física —responde Iván.

—O quería acercar la señal al pasillo de servicio.

Iván me mira.

—¿Qué pasillo?

Marcos apoya una cadera en la lavadora.

—El que desemboca aquí y que, casualmente, tú no has visto nunca.

—Claro que lo he visto. Por ahí pasan tuberías y cableado. Se selló después de una fuga.

—No está sellado.

—Pues alguien lo ha abierto.

Iván coloca el separador en una bolsa y me la entrega para Luján. Restablece el suministro y pone en marcha el generador unos segundos para comprobarlo. Un zumbido grave atraviesa el suelo. Las luces dejan de temblar.

—Aguantará —dice—. He anulado el tramo manipulado. Pero yo no me quedaría aquí esta noche.

—La Guardia Civil viene de camino.

—Entonces esperaré hasta que llegue.

Su móvil suena. Se aparta, escucha y vuelve con el gesto endurecido. Su madre está sola en una casa cerca de Fernán Pérez y el viento ha derribado parte del cerramiento.

—Vete —digo.

—Puedo esperar.

—Nosotros tenemos paredes.

Iván se marcha después de darme su manojo para que Luján lo revise. Marcos lo fotografía sobre el mostrador.

—Podría haber vuelto a entrar —dice cuando la furgoneta desaparece—. Conoce el edificio, usa un cuarenta y cuatro y estaba aquí antes de la reserva.

—También acaba de reparar la luz y dejarnos todas sus llaves.

—Los culpables hacen cosas normales. Por eso tardan tanto en parecer culpables.

Llamo a Merche. Tiene sesenta y cuatro años y sigue contestando como si esperase que un huésped fuese a pedirle una almohada.

—¿Conservas alguna llave antigua?

—Buenas noches para ti también, Daniel.

—Es importante.

—Entregué dos cajas cuando me jubilé. Tu hermana firmó el inventario.

—¿Había copias?

Al otro lado se oye una televisión demasiado alta.

—En un hotel siempre hay copias.

—¿De la diecisiete?

Silencio.

—¿Ha vuelto a pasar algo en esa habitación?

—No he dicho que haya pasado nada.

—No. Solo llamas después de cuatro meses para preguntarme por su llave.

—Si recuerdas quién tenía copias, llámame.

—Daniel.

—¿Sí?

—No firmes mañana.

La comunicación termina antes de que pueda preguntarle por qué.

A las diez y cuarto la patrulla aún no ha llegado. Luján envía un mensaje: la carretera sigue cortada y vendrá ella misma en cuanto se abra un carril.

Marcos y yo no hemos comido desde el mediodía. Encuentro huevos, tomates, pan y media cuña de queso en la cocina. Él se sienta en la encimera mientras preparo dos tortillas francesas.

—Antes las quemabas —dice.

—Antes tenía treinta y cinco años.

—No sabía que el punto de la tortilla llegase con la madurez.

—Llega con trece años cenando solo.

La frase deja un espacio entre nosotros. Le doy la espalda y reparto el tomate.

Comemos en una mesa del comedor, junto al ventanal. El viento ha borrado las luces de la carretera. Solo vemos nuestros reflejos y, detrás, el rectángulo iluminado de recepción.

—¿Querías vender? —pregunta Marcos.

Parto un trozo de pan antes de responder.

—Querer no era un requisito.

—Eso significa que Inés quería y tú aceptaste.

—Significa que hay una hipoteca, una reforma que no podemos pagar y dos veranos seguidos en los que trabajamos para cubrir intereses. Baeza ofrece más de lo que vale el edificio.

—No te he preguntado cuánto vale.

—Eso es porque nunca has tenido que pagar sus facturas.

Marcos observa las mesas vacías. Las veintidós habitaciones abiertas nos habrían parecido un imperio cuando teníamos treinta años.

Entonces dibujamos en una servilleta un apartamento sobre la cubierta, con dos habitaciones de trabajo y una ducha desde la que se vería el mar.

Marcos quería una claraboya. Yo calculé el coste antes de que terminara de explicarla.

—¿Qué harás después? —pregunta.

—Dormir.

—Me refiero a los siguientes cuarenta años.

—Es un cálculo optimista.

—Nunca lo fuiste. Alguien tiene que compensar.

—Buscaré trabajo. Dirigir un hotel se parece bastante a impedir que varias catástrofes ocurran a la vez.

—Esta noche no estás vendiendo bien tu experiencia.

La sonrisa vuelve a aparecer en su boca, pequeña y cansada. Durante un momento el comedor deja de estar vacío. Oigo platos, conversaciones y una canción antigua saliendo de la cocina. Marcos entra con dos copas y se inclina para besarme sin importarle quién pueda verlo.

El recuerdo es tan físico que bajo la mirada hacia mi plato.

—Podrías haber venido antes —digo.

—Podrías haberme llamado.

—No sabía qué decir.

—La verdad suele ocupar menos que el silencio.

Marcos deja el tenedor.

—¿Qué son los sesenta y nueve minutos?

—Ya te he dicho que no lo sé.

—Has llamado a la policía, hay alguien escondido en el hotel y mañana piensas vendérselo todo a otro hombre. Se ha acabado el margen para tus respuestas cómodas.

Muerdo un trozo de pan que no puedo tragar.

—Faltan sesenta y nueve minutos de las grabaciones de aquella noche.

Marcos no parpadea.

—Eso ya lo sabía.

—No sabías cuántos.

—¿Quién las borró?

Miro mi plato.

—Yo.

El viento golpea una rama contra el cristal.

—Mírame.

Lo hago.

—Yo borré ese tramo.

—¿Antes o después de que desapareciera Adrián?

—Después.

—¿Por qué?

—No puedo decírtelo.

Marcos se levanta. La silla chirría sobre el suelo.

—No quieres.

—No es lo mismo.

—Para mi familia, sí.

Se dirige hacia la puerta, pero se detiene antes de salir del comedor.

—He guardado una cosa durante trece años —dice sin volverse—. Una grabación de Adrián que nadie más ha escuchado.

—¿Qué grabación?

Marcos me mira por encima del hombro.

—La que me dejó la noche en que tú borraste las cámaras.