Capítulo 4
Marcos
La mejor forma de no pensar en Daniel consiste en mirar el mundo a través de un objetivo.
Dentro del encuadre las cosas ocupan un sitio preciso. Una cama es una superficie de dos metros por uno ochenta. Una ventana es una entrada de luz. Un hombre que ha mentido durante trece años puede convertirse en una sombra junto al borde y desaparecer con un pequeño movimiento de muñeca.
Coloco el trípode en el centro de la habitación dieciséis y fotografío primero hacia el mar. Luego hacia la puerta. Inés ha pedido un inventario, así que documento la cómoda, las lámparas de cerámica, el cabecero de esparto y una silla demasiado bonita para soportar el peso de un adulto.
Cada vez que disparo, la pantalla de la cámara me ofrece una versión ordenada de la habitación.
Fuera de ella está el nombre de Adrián en un ordenador.
La voz de Adrián en un teléfono.
Daniel apartando los ojos cuando le pregunto por sesenta y nueve minutos.
Subo un poco la exposición. La tormenta ha borrado el sol aunque todavía no son las ocho. En el cristal de la terraza se refleja el pasillo abierto a mi espalda. Veo las luces encenderse por tramos.
Una figura cruza al fondo.
Me vuelvo.
No hay nadie.
Compruebo la fotografía. La forma ocupa apenas seis píxeles oscuros junto al armario de lencería. Puede ser Daniel. Puede ser una cortina. Puede ser la clase de cosa que el cerebro completa cuando lleva demasiado tiempo esperando reconocer a un muerto.
Salgo al pasillo con la cámara.
—¿Daniel?
Nadie contesta.
La puerta de la diecisiete permanece cerrada. Frente a ella, el carro ha desaparecido.
Eso no requiere fantasmas. Basta con una persona y dos manos.
Camino hasta el armario de lencería. Es una puerta doble pintada del mismo blanco que la pared. Dentro hay baldas con almohadas, rollos de papel higiénico y mantas que huelen al producto con el que Rocío perfumaba hasta las quejas de los huéspedes.
Aparto una pila de mantas.
En el fondo hay otra puerta.
No tiene pomo, solo un rebaje rectangular en la madera. Tiro de él y descubro un pasillo tan estrecho que tendría que avanzar de lado si pesara diez kilos más. Una hilera de tubos recorre el techo. El suelo está cubierto de polvo salvo por una franja central, limpia por el paso reciente de alguien.
Hago una fotografía.
El flash revela un interruptor, una escalera de servicio que baja y varias compuertas numeradas. La 16 queda a mi derecha. La 17, un poco más adelante.
Cuando trabajé en el hotel, nunca vi este corredor.
Adrián sí conocía todos los huecos. Se escondía para fumar en lugares imposibles y aparecía en cocina cuando Merche acababa de sacar una tortilla.
Una noche me dijo que los hoteles tenían dos planos: el que se enseñaba a los clientes y el que permitía que todo pareciera limpio sin que nadie viese el trabajo.
Entonces pensé que hablaba de arquitectura.
Ilumino con el móvil la compuerta marcada con el número diecisiete. El cierre está levantado. Empujo y se abre hacia el baño de la habitación.
Entro.
El espejo me devuelve una cara que intenta parecer más valiente de lo que es. A mi espalda, todo continúa en orden. La cama, las cortinas, el folleto sobre la mesa. Daniel debió dejar encendida la lámpara de la mesilla.
Fotografío la compuerta desde dentro. Parece una sección del revestimiento, disimulada bajo el toallero y pintada del mismo color arena. Un huésped no la encontraría salvo que supiera dónde presionar.
Vuelvo a colocarla y examino el baño.
Los azulejos son cuadrados, verde agua, elegidos por la madre de Daniel cuando el resto de los hoteles de la costa todavía creía que el lujo consistía en cubrirlo todo de mármol. En la pared de la ducha, uno tiene la junta más clara.
Me acerco.
No es suciedad ni un efecto de la luz. El rejuntado de ese cuadrado es distinto: más basto, aplicado sin retirar bien el sobrante. Hay una marca diminuta junto a la esquina inferior, dos líneas cruzadas con la punta de algo metálico.
Hago varias fotos. General, detalle, macro.
Golpeo con el nudillo.
El azulejo responde con un sonido hueco.
Pruebo el de al lado. Macizo.
Otra vez el primero.
Hueco.
Saco una pequeña navaja del estuche de la cámara. No está pensada para abrir paredes, pero la punta cabe en la junta. Raspo una esquina y cae un fragmento de material demasiado blanco para llevar trece años allí.
Desde el pasillo llega un golpe.
Me quedo quieto.
Otro golpe, esta vez dentro de la dieciséis.
Alguien está registrando mi bolsa.
Guardo la navaja y salgo por la compuerta. La oscuridad del pasaje parece más espesa después del flash. Avanzo sin encenderlo, guiándome por la luz que entra desde el armario abierto.
Antes de llegar, una silueta tapa el rectángulo.
—¿Quién eres?
La persona se vuelve y corre en dirección contraria.
No distingo la cara. Lleva pantalón oscuro y una prenda de manga larga a pesar del calor. El pasillo es tan estrecho que se golpea un hombro contra la pared. Oigo una respiración, un insulto ahogado y el choque de metal contra metal.
Corro detrás.
La figura alcanza la escalera de servicio. Baja saltando dos peldaños cada vez. La sigo con una mano en la pared. Los tubos me rozan el pelo; el polvo se levanta y se pega al sudor de mi cara.
—¡Para!
No tengo claro qué haría si obedeciera.
Abajo se abre una puerta y aparece una luz blanca. La figura se lanza hacia ella. Yo acelero.
Piso algo redondo.
El pie derecho se me escapa. El borde de la escalera desaparece bajo mi cuerpo y durante una fracción de segundo no hay suelo, solo la certeza de que voy a caer de espaldas.
Un brazo me rodea el pecho.
El tirón me detiene contra un cuerpo caliente. Mi cabeza golpea un hombro y una mano se cierra sobre mi cintura por debajo de la camisa.
—¿Estás loco? —grita Daniel junto a mi oído.
La figura cruza la puerta inferior. Cuando consigo apoyar los pies, ya ha desaparecido.
—Suéltame.
Daniel lo hace.
Demasiado rápido.
Me giro. Tiene una linterna en una mano y el móvil en la otra. Respira con la boca abierta. No sé si el pulso que noto en el pecho es el suyo o el mío.
—Había alguien —digo.
—Ya lo he visto.
—¿Quién?
—No le he visto la cara.
—Estabas abajo.
—Venía de la lavandería. He oído abrirse tu puerta.
—Y has pensado que la mejor ayuda era esperar a que me rompiera el cuello.
—La próxima vez te dejo caer.
Da un paso hacia mí y me examina la cara.
Tiene polvo en el pelo y una pequeña mancha de humedad sobre el pecho.
La camisa se le ha salido del pantalón por un lado.
Nunca vi a Daniel desordenado cuando estábamos juntos.
Ni siquiera en la cama; había algo en él que mantenía una parte siempre abotonada.
—¿Te has hecho daño?
—No.
Me coge la mano. Tengo la base de la palma raspada y una línea de sangre cruza la piel.
—Esto es sangre.
—La próxima vez intentaré sangrar de una forma más fotogénica.
Me mira, y durante un segundo aparece la sonrisa que no me ofreció al llegar. Una contracción breve en la comisura izquierda. Desaparece tan pronto que podría habérmela inventado.
—Hay que limpiar la herida.
—Primero quiero ver por dónde ha salido.
La puerta inferior da a la lavandería. Daniel ilumina el suelo. Junto al umbral hay una arandela metálica, lo que he pisado, y una marca de suela sobre el detergente derramado.
—Un cuarenta y tres o cuarenta y cuatro —digo.
—¿También fotografías zapatos para la policía?
—Fotografío habitaciones para personas que creen que una silla torcida arruina una compraventa. He aprendido habilidades inútiles.
Documento la huella antes de que Daniel cierre la puerta. No hay nadie en la lavandería. La salida exterior está bloqueada con una barra por dentro.
—No ha salido por aquí —dice.
—Entonces sigue en el edificio.
—O ha vuelto a subir.
Nos miramos al mismo tiempo.
Regresamos por la escalera. Daniel va delante, alumbrando cada rellano. En la segunda planta comprueba primero la dieciséis.
Mi bolsa está abierta sobre la cama. Han sacado la ropa y volcado el neceser. La funda de las fotografías yace en el suelo.
Me arrodillo y las cuento.
Dos mil veintitrés. Dos mil veinticuatro. La de ayer.
—Falta una —digo.
—¿Cuál?
—La que mencionaba los sesenta y nueve minutos.
Daniel no parece sorprendido.
—¿Qué has encontrado en el pasaje? —pregunta.
—Una entrada a la diecisiete.
Esta vez sí cambia su cara.
Lo conduzco por el armario de lencería. Al llegar al baño, le muestro el azulejo.
—La junta es reciente —digo.
Daniel pasa el pulgar por el borde sin tocar la parte que he raspado.
—No tanto.
—¿Cuándo se reparó?
—No lo recuerdo.
—Tú recuerdas a qué hora salieron unos alemanes esta tarde.
—Eso ocurrió hoy.
—Y esto ocurrió después de que Adrián desapareciera.
Daniel se incorpora.
—No vas a romperlo.
—Está hueco.
—Mañana se entrega el edificio.
—Magnífico. Podemos incluir el agujero en el inventario.
Saco la navaja. Daniel cierra la mano sobre mi muñeca.
No aprieta. No necesita hacerlo.
Su pulgar queda sobre el lugar donde late la sangre y mi espalda roza la pared de la ducha. Estamos lo bastante cerca para que vea una pequeña veta dorada en sus ojos. Lo bastante cerca para recordar que, cuando quería besarme, Daniel miraba antes mi boca como si solicitara permiso sin palabras.
Ahora también la mira.
—Suéltame —digo, pero mi voz no tiene la firmeza necesaria.
Daniel abre los dedos.
—Hay alguien en el hotel —dice—. Alguien que conoce los accesos y acaba de entrar en tu habitación. No vamos a hacer exactamente lo que nos está pidiendo hasta saber por qué.
—A mí no me ha pedido que rompa el azulejo.
—Te ha traído hasta él.
Tiene razón, lo cual continúa siendo una de sus cualidades menos atractivas.
Guardo la navaja. Fotografío una vez más la junta, esta vez con una regla junto al borde.
Al ampliar la imagen, descubro algo que no se aprecia a simple vista. Entre dos restos de mortero hay una fibra roja, fina y brillante, atrapada en la pared.
Daniel se inclina sobre la pantalla.
—Parece hilo.
—O una cinta.
Recuerdo el fragmento rojo junto al adaptador del teléfono. Amplío ambas imágenes en la pantalla de la cámara. El tono coincide, aunque una fotografía no basta para demostrar que proceden del mismo material.
—Si es cinta aislante, alguien abrió este azulejo y reparó la línea del teléfono con el mismo rollo —digo.
—O quiere que pensemos eso.
—¿Merche utilizaba siempre la roja?
Daniel tarda en responder.
—La usaba para señalar lo que no debía cerrarse todavía.
Miro la cruz grabada en la esquina del azulejo. No parece una marca de reparación. Parece una instrucción.
—Entonces quizá esto nunca debió cerrarse.
El móvil vibra en mi bolsillo. Un mensaje de Lucía.
Sal del hotel. Ahora.
Daniel alcanza a leerlo.
—Llámala.
—Primero voy a guardar las fotos.
Regresamos a la dieciséis. Introduzco la tarjeta de memoria en el ordenador portátil y comienzo una copia. Trescientas dieciocho imágenes pasan a la carpeta del hotel.
En la número ciento siete aparece el pasillo reflejado en el cristal de la terraza. Amplío la figura oscura que vi antes.
No hay cara. Solo una manga, un hombro y una mano levantada junto al armario de lencería.
La persona no estaba cruzando el pasillo.
Estaba abriendo el acceso y mirándome trabajar.