La habitación que nadie reservó Capítulo 3
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Capítulo 3

Daniel

Ver su nombre debajo del de Adrián produce un efecto peor que escuchar aquella voz.

La voz puede ser una grabación. El nombre de Marcos dentro de la reserva es una voluntad.

—No lo he hecho yo —dice.

—No he dicho que lo hayas hecho.

—Has puesto la misma cara que cuando apareció una abolladura en tu primer coche.

—Fuiste tú.

—Por eso reconozco la cara.

Abro el historial de modificaciones. La rueda gira sin mostrar ningún resultado. Vuelvo a pulsar y aparece un mensaje de error: Operación no disponible para este usuario .

Soy el administrador del sistema.

Marcos se inclina sobre el mostrador. Su hombro queda a pocos centímetros del mío.

—¿Se puede borrar?

—Sí.

—¿Vas a hacerlo?

—No hasta que sepamos quién la ha creado.

—Vaya. Trece años después has desarrollado interés por conservar pruebas.

Me vuelvo hacia él.

—Si vas a quedarte, procura no convertir cada frase en un juicio.

—Si voy a quedarme, procura no darme motivos.

El teléfono vibra sobre la mesa. Es Malik, que solicita acceso remoto. Acepto y el cursor empieza a moverse solo por la pantalla.

—Necesito silencio —digo.

Marcos levanta las manos y recoge su bolsa. Durante un segundo creo que va a marcharse. En lugar de eso, coge la llave de la dieciséis y sube sin despedirse.

Espero a que desaparezca por la escalera antes de activar el altavoz.

—Ya estoy dentro —dice Malik—. Y esto no me gusta.

—Concreta.

—La reserva no viene del motor de internet ni de ninguna agencia. Es un alta manual.

—¿Con qué usuario?

Teclea. Se abren dos ventanas negras llenas de líneas que avanzan demasiado deprisa.

—RA-ADMIN.

Apoyo la palma sobre el escritorio.

—Ese usuario está desactivado.

—Desde febrero de 2014. Alguien lo ha rehabilitado a las seis y cuarenta y uno. La reserva se crea dos minutos después y el registro de entrada, a las seis y cuarenta y siete.

RA no significa recepción administrativa, como Malik supuso cuando migramos los datos. Significa Rafael Aranda.

Mi padre.

Murió en 2019 sin haber contestado una sola vez a la pregunta que dejó vacía nuestra familia: qué ocurrió en el hotel durante los sesenta y nueve minutos que desaparecieron de las cámaras.

—¿Desde dónde se conectaron?

—Red local.

—Eso no es posible.

—Es una tarde muy buena para las cosas imposibles. Dame un momento.

Mientras trabaja, miro la escalera. La puerta de la dieciséis se ha cerrado. No debería sentir alivio por saber a Marcos al otro lado, pero lo siento.

Malik silba por el altavoz.

—El punto de acceso es LAV-02.

—¿Lavandería?

—O algo conectado a ese repetidor. ¿Tenéis encendido el terminal antiguo?

—Lo retiramos hace cinco años.

—La centralita telefónica también ha registrado actividad —dice Malik—. La llamada de la diecisiete no fue una llamada normal.

—¿Qué significa normal?

—Nadie descolgó allí y marcó recepción. Usaron la función de avisos. El sistema cree que reprodujo un mensaje interno desde esa extensión.

—¿Se puede cargar una grabación?

—En el equipo actual, no. En el módulo antiguo, sí. Se utilizaba para los despertadores antes de que automatizarais el servicio.

Recuerdo la voz de Merche anunciando desayunos tempranos a grupos de ciclistas. Grababa cada aviso en el terminal de lavandería porque el ruido de recepción entraba en el micrófono.

—¿Hace falta una clave?

—Cuatro cifras. El manual aconseja cambiar la que viene de fábrica.

—Mi padre no cambiaba las claves si podía anotarlas en una pegatina.

—Entonces cualquiera que haya trabajado aquí podría conocerla. La parte interesante es que el archivo no está en la memoria de la centralita. Lo reprodujeron desde un dispositivo y luego lo borraron.

—¿Puedes recuperarlo?

—Puedo intentarlo, pero no prometo nada. Necesitaría llevarme el módulo.

—No borres ni reinicies el equipo.

—Jefe, a veces me ofende que tengas tan poca fe en mí.

—¿Y otras veces?

—Otras veces recuerdo que firmaste tres contratos distintos con la misma contraseña escrita en el margen.

La broma no reduce el número de personas que podían haber preparado la llamada. Rafael. Merche. Inés. Álvaro. Yo.

Marcos trabajó dos veranos en recepción.

Adrián trabajó cuatro.

—Pues la red cree que sigue allí. Y una cosa más: no puedo modificar la ficha mientras RA-ADMIN esté activo. Tiene privilegios por encima de los tuyos.

—El programa no permite eso.

—El programa actual no. Pero vuestro hotel tiene tantas capas de parches que debajo debe de haber pinturas rupestres.

Mi móvil muestra una segunda llamada entrante. Inés.

—Aísla sin desconectarla —le digo a Malik—. Y guarda una copia completa de los registros fuera del servidor.

—Ya lo estoy haciendo.

Cambio de llamada.

—Dime.

—Qué manera tan amable de contestar a tu copropietaria favorita.

—Eres mi única copropietaria.

—Por eso puedo permitirme exigir entusiasmo.

Inés habla desde un coche; oigo un intermitente y el ruido regular de la carretera.

—Baeza quiere que firmemos esta noche la conformidad del inventario —continúa—. Te he enviado el documento.

—Aún no está terminado.

—Marcos lo tendrá en un par de horas.

—¿Por qué Marcos?

La pregunta sale con más dureza de la que pretendía.

—Porque es bueno.

—Hay fotógrafos buenos en Almería.

—Lucía me dijo que estaba por la zona. Pensé que, al menos por una vez, podíamos contratar a alguien a quien no hubiera que explicarle por qué la cal del patio no puede parecer gris.

—Lucía.

—La hermana de Marcos. La recuerdas, ¿verdad? Morena, lista, te odia un poco menos que el resto de su familia.

—Marcos no estaba por la zona. Ha venido desde Madrid.

El intermitente deja de sonar.

—No lo sabía.

—¿Dónde estás?

—En Almería. Mamá ha vuelto a perder las llaves del apartamento y he tenido que traerle una copia. Llegaré mañana con Baeza.

—Aplaza la firma.

Esta vez el silencio es suyo.

—No.

—Ha ocurrido algo.

—Siempre ocurre algo en ese hotel cuando estamos a punto de librarnos de él.

—Hay un problema con el sistema de reservas.

—Que lo arregle Malik.

—No es solo eso.

—Entonces dime qué es.

Podría contárselo. Bastaría con pronunciar el nombre de Adrián y escuchar cómo cambia su respiración. Mi hermana tenía treinta y nueve años cuando él desapareció. No lo quería, pero tampoco volvió a dormir sola en el hotel.

Miro el rellano de la segunda planta.

—Necesito revisar unas cosas.

—Daniel, el banco carga otro trimestre dentro de cuatro días. No tenemos dinero para sentimentalismos. Y antes de que preguntes: Álvaro ha revisado el contrato. Está de acuerdo con firmar.

Mi hermano mayor vive en Bruselas y conserva la costumbre de estar de acuerdo con decisiones que no tendrá que sufrir.

—Álvaro no es propietario.

—No. Solo es el único de los tres que entiende la mitad de las cláusulas.

—Mañana hablaremos.

—Mañana firmaremos.

Cuelga.

El ordenador sigue bajo el control de Malik. Aprovecho para entrar en el despacho. Cierro la puerta y bajo la persiana interior, aunque no hay nadie en el vestíbulo.

Detrás del cuadro de las antiguas salinas hay una caja fuerte. Tecleo los seis números y abro.

Guardo escrituras, dinero para emergencias y un reloj de mi madre que Inés cree perdido. Debajo de las carpetas hay un sobre marrón sin ninguna anotación.

Lo saco.

El papel conserva el pliegue por el que mi padre quiso romperlo y no terminó de hacerlo. Es una impresión del registro de accesos del 31 de agosto de 2013. No lo entregué a la Guardia Civil. Tampoco lo destruí cuando él me lo ordenó.

A la una y ocho, la tarjeta de Adrián abre la habitación diecisiete.

A la una y once entra una llave maestra.

El código de esa segunda llave está marcado con bolígrafo. Lo tapé tantas veces con el pulgar durante mi declaración que la tinta azul se convirtió en una mancha.

Entre la una y seis y las dos y cuarto no existe ninguna imagen de las cámaras.

Sesenta y nueve minutos.

Doblo la hoja y la guardo dentro de la carpeta del contrato de mantenimiento del ascensor. Luego llevo la carpeta al pequeño apartamento que ocupo en la planta superior, la meto en mi maleta y cierro la cremallera con candado.

No es un escondite inteligente. Solo necesito mantenerla lejos de Marcos hasta que decida cuánta verdad puede soportar sin marcharse otra vez.

Cuando regreso a recepción, Malik sigue conectado.

—He aislado el usuario —dice—, pero no puedo expulsarlo. Quien sea continúa dentro.

—¿Dentro del sistema?

—Dentro del hotel. La señal no atraviesa el muro exterior y el dispositivo no ha cambiado de antena. Está conectado al punto de lavandería.

Cojo una linterna y bajo por el pasillo de servicio.

La lavandería ocupa la parte más antigua del edificio. Huele a algodón caliente, detergente y humedad. Las lavadoras industriales están apagadas. Al fondo, tras una estantería de toallas, se encuentra el armario de comunicaciones.

La puerta debería estar cerrada.

Está entornada.

La abro con la punta de la linterna. El repetidor parpadea en verde. Alguien ha conectado un cable nuevo a uno de los puertos y lo ha introducido por un agujero de la pared.

Tiro de él.

No cede.

Desaparece entre los bloques de piedra, hacia una zona del hotel donde, según los planos, no hay ninguna habitación.

El móvil vuelve a sonar.

—No toques nada —dice Malik en cuanto respondo.

—He encontrado un cable.

—Lo sé. Acaban de usarlo para entrar en las cerraduras.

—¿Qué puerta?

La luz verde del repetidor se apaga.

Sobre mi cabeza, en la segunda planta, una puerta golpea contra la pared.

—La dieciséis —dice Malik—. La habitación de Marcos.