La habitación que nadie reservó Capítulo 2
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Capítulo 2

Marcos

La voz de mi hermano se conserva mejor que mi memoria.

Durante trece años he intentado recordar su tono exacto.

No las palabras ni su forma de reírse cuando sabía que iba a salirse con la suya, sino la voz desnuda, sin una cara que la ayudara.

Con el tiempo se había mezclado con las grabaciones familiares y los vídeos que mi madre reproducía hasta gastarlos.

Ya no estaba seguro de recordar a Adrián o de recordar cómo sonaba en un teléfono.

Ahora dice el nombre de Daniel y todo vuelve a ocupar su sitio.

—Ponlo otra vez.

Daniel mantiene el auricular junto a la oreja.

—Han colgado.

Separa el teléfono lo suficiente para mirar la pantalla.

Sus dedos son más gruesos que antes y tiene una cicatriz que no reconozco.

Lo demás sí. Recuerdo esas manos abriendo una botella con un mechero, atándome los cordones cuando me lesioné un tobillo, sujetándome por la cintura en una cocina demasiado pequeña.

El cuerpo es un archivador poco fiable. Pierde fechas y conserva temperaturas.

—¿Era una grabación? —pregunto.

—Tenía que serlo.

—No te he preguntado lo que tenía que ser.

Daniel cuelga con cuidado. Luego descuelga, marca el diecisiete y activa el altavoz.

La llamada da dos tonos. Tres. Cuatro.

Nadie responde.

—Vamos a subir —digo.

—Tú no.

—La voz de mi hermano acaba de llamar desde una habitación cerrada y tu primera idea es dejarme esperando en recepción.

—Mi primera idea es llamar a la Guardia Civil.

Saca el móvil. No llega a desbloquearlo.

—Hazlo.

Me mira.

—No tienes buen aspecto.

—Tú tampoco, y no estoy intentando distraerte.

El golpe acierta. Guarda el teléfono y abre el cajón de las llaves. Escoge la del rombo de latón, la que aparece sobre la colcha en la fotografía, y esta vez sí se la lleva.

Subimos juntos.

Daniel va medio peldaño por delante. No parece un hombre que conduce a otro hacia una habitación; parece alguien que intenta llegar antes para retirar una prueba. Esa sospecha me acompaña desde 2013 y me avergüenza lo poco que ha necesitado para despertar.

En el pasillo hay un carro sin sábanas. Daniel me hace un gesto para que me detenga y toca el vaso que hay encima.

—Antes estaba frío.

—Ahora también.

Cojo el vaso por el borde. El cristal conserva una fina humedad. Lo huelo.

—Agua —dice Daniel.

—Gracias. En Madrid solo tenemos vino blanco.

Queda una marca en el fondo, un sedimento pálido. Podría ser cal. Podría ser sal. Le hago una fotografía con el móvil antes de devolverlo a su sitio.

Daniel acerca la tarjeta a la cerradura.

La luz se enciende en rojo.

—Eso ya lo había probado —dice.

Introduce la llave antigua. Entra hasta el fondo, pero no gira a la primera. Tiene que levantar un poco la manilla y empujar. El mecanismo cede con un golpe seco.

Nos llega aire frío.

La habitación está a oscuras y el aire acondicionado funciona a diecinueve grados. Daniel pulsa el interruptor. Dos lámparas se encienden a la vez.

La cama está hecha. Las cortinas, abiertas. El mar es una franja de metal bajo el cielo de tormenta.

Exactamente como en la fotografía.

Salvo por la llave.

Daniel revisa el baño mientras yo compruebo el armario y el hueco bajo la cama. No hay maletas, ropa ni huellas húmedas. La papelera está vacía. Sobre la mesa descansan dos botellas de agua precintadas y el folleto de bienvenida que el hotel dejó de imprimir hace cuatro años.

Lo abro. No hay nada escrito.

—La terraza está cerrada por dentro —dice Daniel.

Levanta el pestillo y abre la puerta. El viento infla las cortinas y llena la habitación de un olor mineral. Salgo tras él. Estamos en la segunda planta, sobre un jardín de grava y palmitos. Se puede trepar si uno se empeña, pero no sin dejar marcas en la pared encalada.

Daniel se inclina sobre la barandilla.

—No hay nadie abajo.

—Adrián siempre fue rápido.

Se vuelve con una expresión que me obliga a reconocer la crueldad de lo que acabo de decir.

—No era él, Marcos.

—Ya sé que no era él.

—Entonces no lo conviertas en un fantasma.

—Vosotros lo convertisteis en un fugitivo.

Daniel aparta la vista. Sigue teniendo el talento de callarse de una forma que parece una acusación contra los demás.

Regresamos al dormitorio. Descuelgo el teléfono. Da línea.

—La llamada salió de aquí.

—Eso indicaba la centralita.

—¿Se puede falsear una extensión?

—Malik lo sabrá.

Paso un dedo por el auricular. No hay polvo. Tampoco en la mesilla, aunque Daniel asegura que la habitación se cerró tres días antes. Alguien ha estado aquí. Que ese alguien siga dentro es otra cuestión.

Sigo el cable del teléfono hasta la pared. No entra directamente en una toma: pasa por una pequeña caja gris oculta tras la mesilla. Hay un piloto verde encendido.

—¿Eso estaba antes?

Daniel se agacha a mi lado. Su rodilla roza la mía y ambos fingimos que el espacio no se ha hecho más estrecho.

—Es un adaptador para la centralita nueva.

—¿Permite llamar desde una habitación vacía?

—Permite que el teléfono siga usando el cableado antiguo. Alguien tendría que descolgar o puentear la línea.

Da la vuelta a la caja. Uno de los tornillos está suelto. Daniel lo toca y muestra la yema del dedo: no hay polvo en la cabeza metálica.

—Lo han abierto hace poco —digo.

—Parece.

—Tu entusiasmo vuelve a ser tranquilizador.

Fotografío el adaptador sin moverlo. Junto al cable hay un fragmento de cinta aislante roja, cortado con limpieza. Daniel se lo queda mirando más tiempo que al resto.

—En mantenimiento usamos cinta negra —dice.

—¿Quién usaba roja?

—Merche marcaba así las reparaciones que quedaban pendientes.

Conocí a Merche como gobernanta, cocinera de emergencia y autoridad máxima cuando los Aranda discutían. Se jubiló hace dos años. También fue la última persona, aparte de Daniel, que afirmó haber visto a Adrián en el hotel.

—¿Conserva llaves?

—Entregó todas.

—Eso no responde a mi pregunta.

Daniel vuelve a colocar la mesilla sin contestar.

Sobre ella hay un reloj digital desenchufado. Lo reconozco de la temporada en que trabajé aquí: números rojos, alarma imposible de programar y una batería interna que sobrevivía a todos los apagones. Pulso el botón lateral.

La pantalla se ilumina.

02:15

—La hora no está ajustada —dice Daniel.

—O lleva trece años esperando que alguien la mire.

Desconecto la batería. La pantalla se apaga, pero la hora queda retenida en mi cabeza.

Daniel recoge el folleto y vuelve a colocarlo paralelo al borde de la mesa.

—Enséñame el sobre.

—Está abajo.

—No me refiero solo al de ayer.

Lo miro.

—No sé de qué hablas.

—Has observado la foto como quien la compara con otra. Y no te sorprendió el papel.

No esperaba que continuase leyéndome tan bien. La certeza me irrita más de lo razonable.

Abro el bolsillo interior de la bolsa de la cámara. He traído las fotografías porque dejarlas en Madrid me parecía una forma más peligrosa de llevarlas encima.

Son cuatro.

Las extiendo sobre la cama, ordenadas por año.

La primera llegó en agosto de 2023. Muestra la puerta de la habitación vista desde el pasillo. Detrás, alguien escribió: Todavía está aquí.

En la segunda, de 2024, aparece la ventana abierta y una sombra que podría pertenecer al fotógrafo. No busques fuera.

La tercera llegó el verano pasado. Es un primer plano del reloj digital de la mesilla detenido a las dos y cuarto, justo al final del intervalo borrado. Faltan sesenta y nueve minutos.

Daniel deja de respirar durante el tiempo justo para que yo lo advierta.

—¿Qué significa?

—No lo sé.

Esta vez no busca el reloj. La mentira es más antigua y ha aprendido a quedarse quieta.

—¿Por qué no se las enseñaste a la Guardia Civil? —pregunta.

—Se las enseñé a Lucía. Quería llevarlas. Mi madre acababa de salir del hospital y no podía soportar otra búsqueda, otros periodistas, otra llamada a mitad de la noche. Decidimos esperar por si llegaba algo más concreto.

—Tres años es una espera larga.

—Trece también.

Mi teléfono vibra en la cama.

Es Lucía.

Me aparto hacia la ventana y respondo.

—Dime.

—¿Has llegado?

—Sí.

Al otro lado se oye el cierre de una puerta y después la respiración de mi hermana.

—No entres solo en esa habitación.

Miro a Daniel. Está examinando la tercera fotografía, pero sé que escucha.

—No te he dicho en qué habitación estoy.

Lucía tarda un segundo.

—Sale en las fotos, Marcos. ¿Dónde ibas a estar?

Es una explicación razonable. Desde la desaparición de Adrián, las explicaciones razonables me inspiran muy poca confianza.

—Te llamo luego.

—Espera. ¿Daniel está contigo?

Cuelgo.

Daniel ha cogido la fotografía de 2025.

—Sesenta y nueve minutos —dice.

—Antes no sabías qué significaba.

—Y sigo sin saberlo.

Le quito la fotografía. Nuestros dedos se rozan. El contacto es breve y absurdo, pero mi cuerpo lo reconoce con una fidelidad que no merece. Daniel también retira la mano demasiado deprisa.

—Me quedo esta noche —digo.

—No.

—Puedes darme otra habitación o verme dormir en el sofá de recepción.

—Hay hoteles abiertos en Las Negras.

—Y hay una reserva a nombre de mi hermano aquí.

Daniel cierra los ojos un instante.

—La dieciséis. Está enfrente. No entres de nuevo en esta sin mí.

—Eso ha sonado casi como una invitación.

—Era una norma.

—Por eso nunca funcionamos.

Guardo las fotografías. Cuando salimos, Daniel cierra con la llave de latón y prueba dos veces la manilla.

Abajo, el ordenador vuelve a emitir el aviso.

Nos acercamos al mostrador. La cifra del panel ha cambiado.

HABITACIONES OCUPADAS: 2

Daniel abre la reserva de la diecisiete.

Bajo el nombre de Adrián aparece un segundo huésped.

MARCOS VIDAL.