La habitación que nadie reservó
© inepub.com
Capítulo 1
Daniel
La habitación diecisiete figura como ocupada a las siete y doce de la tarde, cuarenta y ocho minutos después de que yo mismo acompañe al último huésped hasta su coche.
No es una interpretación. No es una de esas intuiciones que luego se deforman para encajar con lo ocurrido.
En la pantalla pone:
HABITACIONES OCUPADAS: 1
Dejo la botella de agua junto al teclado.
Enrosco el tapón aunque ya estaba cerrado y compruebo por tercera vez la columna de salidas.
Los Becker abandonaron la doce a las seis y veinticuatro.
He cargado sus maletas, he escuchado al señor Becker quejarse del calor y he fingido no comprender la indirecta cuando su mujer ha dicho que era una pena que un hotel tan bonito fuese a desaparecer.
Después he cerrado la verja de la piscina, desconectado la máquina de hielo y recogido el cartel de recepción.
No queda nadie.
El Hotel La Sal tiene veintidós habitaciones, seis trabajadores de temporada que ya se han marchado y un comprador que llegará mañana a las diez con un notario. A estas alturas, lo único que debería permanecer abierto es mi sesión en el programa de reservas.
Pulso actualizar.
HABITACIONES OCUPADAS: 1
Fuera, el viento arrastra arena contra los cristales del vestíbulo. En agosto suele parecer que el calor lo inmoviliza todo, pero esta tarde el cielo sobre Rodalquilar tiene un color sucio. Las palmeras se agitan junto a la carretera como si intentaran soltarse de la tierra.
Hago clic sobre el número.
La ficha tarda dos segundos en abrirse.
Dos segundos son tiempo suficiente para que piense en un error de sincronización, en una reserva duplicada o en alguna prueba realizada por Malik antes de cerrar el turno. Todavía puedo encontrar una explicación razonable.
Entonces aparece el nombre.
ADRIÁN VIDAL
Aparto la mano del ratón.
El aire acondicionado continúa funcionando, pero el vestíbulo se vuelve más caliente. Noto una gota de sudor bajándome por la espalda, despacio, por debajo de la camisa.
Adrián Vidal.
Una persona puede estar ausente sin estar muerta.
Lo aprendí durante los primeros años, cuando su madre seguía llamando al hotel cada dos semanas y preguntaba si habíamos recibido noticias.
Lo aprendí también de la Guardia Civil, de sus verbos prudentes y de aquella palabra que no obligaba a cerrar ninguna posibilidad: desaparecido.
Trece años después, continúa oficialmente desaparecido.
En el programa del hotel acaba de registrarse a las seis y cuarenta y siete.
—No —digo.
Mi voz suena pequeña en un edificio vacío.
Abro los detalles.
Una noche. Un adulto. Sin dirección, documento ni número de teléfono. La tarjeta de crédito aparece sustituida por cuatro asteriscos. Habitación 17. Salida prevista al día siguiente.
Hay una observación al final de la ficha:
El director conserva la otra llave.
Me levanto tan deprisa que la silla golpea el archivador.
Marco el número de Malik. Responde al cuarto tono con música y voces al fondo.
—Jefe, si es por las llaves del almacén, las tiene Rocío.
—¿Has entrado en el programa después de irte?
Se hace una pausa.
—No.
—Piénsalo.
—Sigo pensando lo mismo.
—Hay una reserva nueva.
—Imposible. Bloqueé las ventas el lunes.
Miro otra vez el nombre. Las letras no cambian.
—¿Hiciste alguna prueba con la diecisiete?
—Daniel, cerré mi caja, apagué el terminal y te entregué el informe. Estabas delante.
—Puedes conectarte desde casa.
—Podría. También podría afeitarme las cejas, pero no encuentro un motivo.
En otra circunstancia, su respuesta me habría hecho sonreír.
—Comprueba si alguien ha usado tu cuenta.
—Dame cinco minutos.
Cuelga.
Saco del cajón la tarjeta maestra. Debajo están las llaves antiguas del hotel, cada una unida a un rombo de latón. Dejamos de utilizarlas hace nueve años, pero nunca conseguí tirarlas. El número 17 está ennegrecido por el roce de cientos de manos.
No cojo esa llave.
Me guardo la tarjeta en el bolsillo y rodeo el mostrador.
La última vez que entré en la diecisiete aún vivía mi padre.
Marcos dormía algunas noches en mi casa y otras en la suya, como si los dos tuviéramos tiempo de sobra para decidir dónde íbamos a vivir.
Adrián trabajaba en recepción y robaba yogures del desayuno.
Inés decía que el hotel terminaría arruinándonos.
Solo acertó en una cosa.
Subo por las escaleras. He apagado las luces del pasillo y los sensores las encienden a mi paso. Primero un tramo, luego el siguiente. Mi reflejo aparece y desaparece en los espejos: camisa azul, pantalón oscuro, las canas más visibles de lo que recordaba esta mañana.
Frente a la puerta diecisiete hay un carro de limpieza.
Me detengo.
Rocío se llevó los carros al cuarto de lavandería antes de irse. La ayudé a contar las bolsas de ropa. Estoy seguro porque discutimos sobre ocho toallas que faltaban y que finalmente aparecieron en la piscina.
Este carro no lleva sábanas ni productos de limpieza. Solo hay un vaso de cristal en la bandeja superior.
Dentro quedan dos dedos de agua.
Toco el cristal. Está frío.
El indicador de la cerradura permanece apagado. Acerco la tarjeta maestra y, durante un instante, espero que la luz se vuelva verde.
Se enciende en rojo.
Lo intento de nuevo.
Rojo.
Del otro lado llega un ruido breve. No un paso. No una voz.
Algo parecido al roce de una mano sobre la pared.
—¿Hay alguien dentro?
Nada.
Aprieto la tarjeta con tanta fuerza que uno de sus bordes se me clava en la cicatriz del pulgar.
—Soy el director del hotel.
Una estupidez. Si Adrián estuviera al otro lado, sabría quién soy.
El timbre de recepción suena en la planta baja.
Doy media vuelta.
El segundo timbrazo llega antes de que alcance la escalera. Es largo, impaciente, casi familiar. Bajo sin correr, pero mis zapatos golpean los peldaños con demasiada fuerza.
La figura que espera al otro lado de la puerta de cristal lleva una bolsa de viaje al hombro y una cámara colgada junto a la cadera.
No necesito verle la cara.
Hay personas a las que uno reconoce por el espacio que ocupan en su cuerpo.
Marcos Vidal mira hacia el vestíbulo protegiéndose los ojos con una mano. Lleva una camisa de lino pegada al pecho por el calor, la barba más gris de lo que muestran sus fotografías y la misma costumbre de apoyar el peso sobre la pierna izquierda. Cuando me descubre, no sonríe.
Yo tampoco.
Abro la puerta.
Entra con una ráfaga de viento y olor a tierra caliente.
—Sigues cerrando antes de tiempo —dice.
Su voz ha cambiado menos que su cara.
—El hotel está cerrado.
—Eso parece.
Mira el mostrador sin recoger, las cajas junto a la pared y el cartel que he dejado boca abajo. Sus ojos fotografían incluso cuando no sostiene la cámara.
—¿Qué haces aquí?
—Tu hermana me ha contratado.
—Inés no dirige el hotel.
—A partir de mañana no lo dirigirá nadie.
La respuesta debería molestarme. En cambio, lo que noto es la proximidad de su cuerpo, el calor que ha traído consigo y un olor tenue a bergamota. Durante años imaginé que, si volvía a verlo, recordaría primero su boca.
Recuerdo su cuello.
Marcos se pasa una mano por el pelo. En la muñeca lleva la correa de cuero que le regalé cuando cumplió treinta y dos. La hebilla es nueva, pero la correa no.
—Tengo que fotografiar las habitaciones antes de que entreguéis el edificio —explica—. Inés dice que el comprador pretende conservar parte del mobiliario y necesita un inventario visual.
—Puede hacerlo mañana.
—Mañana se firma.
—Entonces has llegado tarde.
—Treinta y siete minutos, según tu hermana. Para ti supongo que serán trece años.
Nos miramos.
El tiempo no desaparece. Se queda entre dos personas y ocupa la habitación que ellas no se atreven a cruzar.
—Busca otro hotel —digo—. Aquí no puedes quedarte.
Marcos deja la bolsa en el suelo.
—No he venido a dormir.
El ordenador de recepción emite un aviso.
Los dos volvemos la cabeza.
—¿Esperas a alguien? —pregunta.
—No.
Regreso detrás del mostrador y cierro la ficha antes de que pueda verla. Marcos observa el movimiento. Siempre tuvo facilidad para detectar aquello que yo intentaba ocultar y una paciencia limitada para fingir que no lo había visto.
—¿Qué ocurre?
—Nada.
—Te quitas el reloj cuando mientes.
Miro mi muñeca.
Tengo el reloj puesto, pero los dedos de la otra mano ya buscan la hebilla.
Marcos abre su bolsa. Durante un segundo pienso que sacará la cámara. En lugar de eso, extrae un sobre doblado y lo deja sobre el mostrador.
Reconozco el papel. Es uno de los sobres con el membrete antiguo del hotel, los que utilizábamos antes de cambiar el logotipo.
—Esto llegó ayer a mi estudio —dice.
Dentro hay una fotografía instantánea.
La habitación diecisiete aparece vacía: la cama hecha, las cortinas abiertas y la franja azul del mar al fondo. Sobre la colcha han colocado la llave antigua de latón.
Le doy la vuelta.
Solo hay una frase, escrita con rotulador negro:
27 de agosto. Que Daniel abra la puerta.
—¿Quién sabía que venías? —pregunto.
—Inés.
—¿Alguien más?
—No.
—¿Lucía?
Marcos tarda demasiado en contestar.
—Lucía cree que estoy en Bilbao.
El teléfono del mostrador comienza a sonar.
En la pantalla aparece el número de la extensión.
17
Ninguno de los dos se mueve.
El segundo timbrazo parece más fuerte.
Marcos observa el teléfono y después me mira. Por primera vez desde que ha entrado, ya no hay ironía en su cara.
Descuelgo.
—Recepción.
Al principio solo escucho una respiración. Después, tres golpes secos, espaciados exactamente igual.
Marcos se agarra al borde del mostrador.
Él también recuerda la señal.
La voz llega cubierta por un siseo eléctrico, lejana y al mismo tiempo demasiado cerca.
—Daniel —dice Adrián—. Si Marcos ha vuelto, no le abras la diecisiete.