La habitación que nadie abre Capítulo 47. El Primer Ejemplar
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Capítulo 47. El Primer Ejemplar

EL PRIMER EJEMPLAR

El primer ejemplar llegó un viernes. Marcos dejó la caja sobre la mesa.

—No la he abierto.

Clara miró el cartón. Había visto pruebas digitales.

PDF.

Portada. Correcciones. Nada de aquello era lo mismo. Cogió unas tijeras. Cortó la cinta. Retiró el papel. El libro apareció.

LA HABITACIÓN QUE NADIE AbrE.

CLARA VEGA.

Lo sostuvo. Pesaba más de lo que esperaba. Abrió por una página cualquiera. Papel. Tinta. Sus palabras convertidas en objeto.

—¿Bien? —preguntó Marcos.

Clara cerró los ojos.

—Sí.

—Eso ha sido rápido.

—No lo estropees.

Marcos la abrazó. La puerta principal sonó. Lucía entró.

—¿Ha llegado?

Clara la miró.

—¿Cómo lo sabes?

—Marcos.

Alicia apareció detrás. Irene también.

—¿Cuánta gente has avisado? —preguntó Clara.

Marcos sonrió.

—Poca.

Tomás llegó con una botella cinco minutos después.

—Eso no es poca.

Lucía cogió el libro.

—¿Dónde salgo?

—No funciona así.

—Quiero leerme.

Alicia sacó otro ejemplar de la caja.

—¿Hay diez?

—Sí.

Irene le entregó un bolígrafo.

—Firma.

—No.

—Eres autora.

—Soy Clara.

—Exactamente.

Clara abrió la primera página. No sabía qué escribir. Finalmente: Para Irene. Gracias por volver cuando habría sido más fácil desaparecer. Irene leyó.

—No voy a llorar.

Lucía señaló.

—Aquí todo el mundo dice eso antes de llorar.

Clara firmó uno para Lucía: Para mi hermana. Por todas las puertas que nos quedan por abrir juntas. Las normales, a poder ser. Lucía la abrazó. Para Alicia: Para la hermana que llegó tarde y decidió quedarse. Alicia no dijo nada. Solo la abrazó también. Marcos esperó.

—¿Y yo?

Clara cogió otro. Escribió: Para Marcos. Porque después de todos los nombres, elegiste este. Y porque me elegiste a mí. Él leyó.

—Muy cursi.

Clara intentó quitarle el libro.

—Devuélvemelo.

—No. Me encanta.

Todos rieron. Clara los miró. El primer capítulo había empezado con dos personas frente a una puerta. El primer ejemplar terminaba rodeado de gente. Le pareció una buena transformación.

• • •

Esa noche, después de que todos se marcharan con sus ejemplares, Clara dejó uno sobre la mesa. Marcos lo abrió por el capítulo uno.

—¿Te acuerdas?

—Sí.

—Yo estaba convencido de que había adornos navideños.

—Eras bastante inútil.

—Optimista.

Clara sonrió.

—¿Volverías a abrirla?

Marcos pensó.

—Sí.

—Yo también.

—Eso es preocupante.

—Mucho.

Marcos cerró el libro.

—Pero abriría antes.

Clara lo miró.

—No podrías.

—Entonces rompería la puerta.

—Activarías exposición.

—Cierto.

Rieron. Después Clara apoyó la mano sobre la portada.

Durante años la puerta había sido un objeto.

Ahora era una imagen en un libro. Una cosa que cualquiera podía cerrar cuando quisiera.

El cambio le pareció enorme. Clara llevó un ejemplar a Elena.

Su madre sostuvo el libro como si pesara demasiado.

—Estoy aquí.

—Ficcionalizada.

—Bastante reconocible.

Clara sonrió. Elena abrió por una página al azar.

—No voy a pedirte que cambies nada.

—Ya está impreso.

—Por eso lo digo ahora.

Clara rio. Elena pasó la mano por la portada.

—Antonio habría comprado veinte.

—Y habría querido corregirlo.

—Cincuenta.

Ambas rieron. Fue la primera vez que hablaron de Antonio sin dolor inmediato.

Marcos leyó la dedicatoria de su ejemplar varias veces.

Después escribió debajo, a lápiz: «Y volvería a elegirte.

» Clara lo descubrió meses más tarde y fingió que le parecía cursi.

No borró la frase. El olor del libro nuevo recordó a Marcos la biblioteca de Carmen.

No supo si era un recuerdo real. No lo anotó.

Solo acercó el ejemplar a la cara y sonrió.

Clara decidió no preguntar. El primer ejemplar tenía una pequeña mancha de tinta en una página.

Clara quiso cambiarlo. Marcos se negó. «Es el primero.

» Guardaron ese ejemplar defectuoso. La imperfección se convirtió en parte de su valor.

El primer libro firmado que salió de casa fue el de Irene. Clara sintió una punzada al verlo desaparecer en su bolso. Después recordó que esa era la idea. Los libros estaban hechos para irse.