La habitación que nadie abre Capítulo 45. El Manuscrito
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Capítulo 45. El Manuscrito

EL MANUSCRITO

El correo llegó un jueves a las once y doce.

Clara estaba sola en el despacho. Asunto: LA HABITACIÓN QUE NADIE AbrE.

Pensó que era otro rechazo. Había enviado el manuscrito a varias editoriales casi por impulso, después de que Marcos insistiera durante meses.

Abrió. Leyó. Volvió a leer. Nos gustaría hablar contigo sobre la publicación de la novela. Cerró el portátil. Lo abrió de nuevo.

—Marcos.

No respondió.

—¡Marcos!

Desde abajo:

—¡Estoy cocinando!

—¡Sube!

Él apareció con una cuchara de madera.

—Como se queme...

Clara señaló la pantalla. Marcos leyó. Se quedó quieto.

—Quieren publicarlo.

—Eso parece.

—Clara.

—Sí.

—Quieren publicarlo.

—Sé leer.

Él la abrazó. Clara tardó un segundo.

—Tengo miedo.

—¿De qué?

—De que lo lea gente.

Marcos la miró.

—Ese suele ser el problema de publicar.

—No ayuda.

—Perdón.

Clara volvió a mirar el correo.

—Hay demasiado de nosotros.

—Has cambiado nombres.

—Algunos.

—Lugares.

—Sí.

—Cosas sensibles.

—También.

—Entonces no es un sumario judicial.

—No.

—Es una novela.

Clara respiró.

—¿Y si es mala?

Marcos sonrió.

—Por fin una preocupación normal.

Ella lo golpeó suavemente con la carpeta.

—Te odio.

—Eso también.

La videollamada con la editora fue una semana después. Clara preparó notas. La editora habló del ritmo, de la puerta, de la relación entre identidad y verdad. Después dijo algo que Clara no esperaba.

—Lo que más nos interesa es la segunda mitad.

—¿Después del misterio?

—Sí. Mucha gente escribiría el libro hasta la caída de E-00. Tú sigues.

Clara pensó en Marcos corrigiendo el final.

—Casi no lo hice.

—Pues ahí está la personalidad.

También pidieron recortes. Clara sintió una reacción protectora.

—¿Muchos?

—Los necesarios.

—Eso da miedo.

La editora sonrió.

—Corregir no es borrar lo que ocurrió. Es decidir qué necesita el lector.

La frase incomodó a Clara. Se parecía demasiado a algo que su familia había hecho durante años. La editora debió notarlo.

—Tú tienes la última palabra.

Eso cambió todo. Después de la llamada, Clara se quedó frente al correo.

Aceptó seguir trabajando. Pulsó enviar. No hubo contador.

No vibró ningún teléfono. Ninguna puerta se iluminó.

Solo apareció: Mensaje enviado. Clara sonrió.

A veces abrir algo era así de poco dramático.

Antes de responder a la editorial, Clara llamó a Lucía.

—Quieren publicarlo.

Silencio.

—¿El libro?

—Sí.

—¿Con nosotros?

—Ficción.

—Eso es un sí con maquillaje.

Clara sonrió.

—¿Te molesta?

Lucía pensó.

—Me asusta.

—A mí también.

—Pero si no lo publicas por protegernos sin preguntarnos, te mato.

Clara empezó a reír.

—Vale.

—Alicia va a querer revisar lo judicial.

—Ya.

—Marcos?

—Está contento.

—Entonces hazlo.

Clara respiró.

—Gracias.

—No significa que puedas poner que ronco.

—Eso es verdad factual.

—Clara.

La llamada terminó entre risas. La decisión de publicar no fue solo suya en el sentido emocional.

Pero sí lo fue en el sentido importante: preguntó.

Escuchó. Y después eligió. La noche en que aceptó la oferta editorial, Clara volvió a abrir el primer correo de rechazo que había recibido meses antes.

«Nos gusta la premisa, pero no encaja en nuestra línea.

» Lo leyó. No sintió revancha. Lo guardó.

El éxito futuro no convertiría ese rechazo en un error.

Solo significaba que una persona había dicho no y otra sí.

Aquella idea le gustó. Después de una vida en la que demasiados «no» habían sido órdenes absolutas, descubrir que un rechazo podía ser simplemente una opinión era refrescante.

Clara tardó siete minutos en escribir la respuesta a la editorial y diez en pulsar enviar.

Después descubrió que la editora había respondido «Genial, hablamos pronto» en menos de uno.

La asimetría la hizo reír. No todos los grandes momentos sabían que eran grandes.

Clara creó una carpeta llamada PUBLICACIÓN.

Durante un segundo pensó en ponerle una contraseña complicada.

Después la dejó con la protección normal del ordenador.

No todos los documentos necesitaban convertirse en un sistema de seguridad.

La editora pidió una biografía corta. Clara estuvo veinte minutos sin saber qué escribir.

Profesión. Ciudad. Nada de E-00. Descubrió que definirse sin la historia era más difícil de lo esperado.

Finalmente escribió tres líneas. Fue suficiente.

La primera reunión con la editorial terminó y Clara cerró el portátil. Durante unos segundos esperó sentir que había traicionado a su familia. No ocurrió. Había preguntado, había elegido y podía cambiar de opinión. Esa combinación era nueva.