Capítulo 44. La Llamada
LA LLAMADA
La llamada llegó a las siete y cuarenta y tres de la mañana.
—¿Clara Vega?
—Sí.
—Llamo del centro penitenciario. Su madre ha sufrido un desvanecimiento.
Clara dejó la taza.
—¿Está consciente?
—Sí. Ha sido trasladada al hospital.
Marcos apareció al verla.
—¿Qué pasa?
—Mamá.
No necesitó más. Lucía llegó al hospital antes. Alicia veinte minutos después. Las tres terminaron en una sala de espera.
—Odio hospitales —dijo Lucía.
—Todo el mundo —respondió Alicia.
—Yo especialmente.
—No es competición.
Clara las miró.
—¿Podéis discutir más bajo?
Ambas dijeron que sí al mismo tiempo. El médico apareció dos horas después. Hipotensión. Agotamiento. Nada grave. Una visita. Las hermanas se miraron.
—Ve tú —dijo Lucía.
—¿Por qué?
—Porque llevas dos horas fingiendo que no estás aterrorizada.
Clara quiso protestar. No pudo. Elena estaba despierta.
—Hola.
—No vuelvas a hacer eso.
Su madre sonrió.
—Intentaré recordarlo.
Clara se sentó.
—Nos has asustado.
—Lo siento.
—Lucía está fuera. Alicia también.
Elena cerró los ojos.
—Las tres.
—Sí.
—Nunca pensé ver eso.
—Pues acostúmbrate.
Elena miró la ventana.
—Quiero pedirte algo.
Clara levantó una mano.
—No.
—No sabes qué.
—Las últimas veces que nuestra familia empieza así aparecen cadáveres o claves.
Elena rio. El monitor aceleró.
—No hagas eso.
—¿Reír?
—Sí.
Clara terminó sonriendo.
—¿Qué quieres?
Elena se puso seria.
—Cuando pueda salir en régimen abierto, quiero vivir cerca.
Clara se quedó quieta.
—¿De mí?
—De vosotras. No en tu casa.
—Menos mal.
—Yo tampoco creo que sobreviviéramos.
Clara pensó.
—¿Por qué?
—Porque estoy cansada de desaparecer.
La frase quedó entre ambas. Antonio desapareció. Lucía desapareció. Elena fingió morir. Marcos perdió su nombre. Toda la familia había confundido marcharse con proteger.
—Entonces quédate —dijo Clara.
Elena empezó a llorar.
—No he dicho que tengas llaves de mi casa.
—Lo sé.
—Ni cenas todos los domingos.
—Lo sé.
—Ni...
—Clara.
—¿Qué?
—Gracias.
Clara cogió la mano de su madre.
—El piso lo buscamos nosotras.
Elena levantó una ceja.
—¿Por qué?
—Porque tú elegirías uno con sótano.
Elena empezó a reír. Esta vez Clara también. Fuera, Lucía ya tenía abierto un portal inmobiliario.
—Hay uno a doce minutos de tu casa.
Clara la miró.
—¿Desde cuándo estás buscando?
—Por si acaso.
Alicia negó.
—Estáis enfermas.
Clara sonrió. Puede que sí. Pero aquella mañana, las tres hermanas buscando un piso para su madre en un hospital, la familia pareció algo menos parecido a una tragedia.
Y algo más parecido a trabajo diario. La búsqueda del piso de Elena se convirtió en una guerra familiar.
Lucía quería terraza. Alicia priorizaba ascensor.
Clara solo exigía que no tuviera sótano.
—Eso reduce bastante el mercado —dijo Lucía.
—Me da igual.
Elena, desde el régimen de salidas, miraba anuncios.
—Este es bonito.
Clara amplió la foto.
—Tiene trastero.
—Un trastero normal.
—No.
Alicia rio. Al final eligieron un piso luminoso a doce minutos de Clara. Elena recibió las llaves meses después. Se quedó mirándolas.
—¿Qué pasa? —preguntó Clara.
—Hace mucho que no tengo llaves de un sitio que sea mío.
Clara sintió algo.
—Pues no las pierdas.
Elena sonrió. No hubo ceremonia. Solo una mujer abriendo una puerta sin código. A Clara le pareció suficiente. Elena se mudó al piso nuevo con tres cajas. Clara esperaba más.
—¿Eso es todo?
—He tenido años para aprender a vivir con poco.
La frase entristeció a Clara. Colocaron libros. Una cafetera. Fotografías. Elena tenía una de Antonio. Clara la vio.
—¿Te molesta?
—No.
—Pensé que sí.
—Puedo estar enfadada con él y querer una foto.
Elena sonrió.
—Te ha costado, pero lo has aprendido.
Clara levantó una ceja.
—No abuses de tu posición de madre rehabilitada.
Ambas rieron. La nueva casa de Elena no tenía ninguna habitación cerrada.
El primer objeto que Elena compró para su piso fue una planta.
Clara le recordó que siempre se le morían.
Elena respondió: «Tengo tiempo para aprender.
» La planta sobrevivió. Clara consideró que era un exceso de simbolismo y se negó a incluirlo en el libro.
Luego lo incluyó. Elena invitó a las tres hermanas a cenar en su piso nuevo.
Quemó la cena. Lucía pidió comida a domicilio.
Nadie habló de Antonio hasta el postre. Fue un fracaso doméstico y una victoria familiar.
Elena empezó a conocer a sus vecinas. Una de ellas nunca supo nada de E-00 y solo la conocía como «la mujer del tercero que riega demasiado».
Clara disfrutó enormemente de esa descripción.
Su madre necesitaba identidades que no vinieran acompañadas de secretos.
Elena tuvo que aprender a usar una aplicación de reparto en su nuevo piso.
Llamó a Clara tres veces. «Has gestionado una red clandestina y no puedes pedir comida», dijo Clara.
Elena respondió que una cosa no tenía nada que ver con la otra.