Capítulo 42. Samuel
SAMUEL
Marcos tardó casi tres años en pedir ver a Samuel. Hasta entonces habían existido mensajes. Alguna llamada. Preguntas médicas. Nada que se pareciera a una relación. Una mañana entró en el despacho de Clara.
—Voy a verlo.
Ella cerró el portátil.
—¿Quieres que vaya?
Marcos pensó.
—Sí. Pero no quiero que hables por mí.
—Eso iba a ser difícil.
—Lo sé.
Samuel vivía en un apartamento pequeño cerca del mar. Había cumplido parte de su condena y seguía sometido a restricciones. Abrió la puerta. Parecía más viejo.
—Hola, Marcos.
El uso del nombre elegido fue lo primero que él notó.
—Hola.
Se sentaron. La conversación empezó mal porque ninguno sabía dónde empezar. Finalmente Marcos dijo:
—Quiero saber de Carmen.
Samuel levantó la mirada.
—Tu madre adoptiva.
—Mi madre.
Samuel asintió.
—Sí.
Aquella corrección importó.
—¿Cómo era?
Samuel sonrió.
—Impaciente. Llegaba veinte minutos antes a todo. Odiaba cocinar aunque hacía unas torrijas increíbles.
Marcos cerró los ojos.
—Canela.
Samuel se quedó quieto.
—Sí.
Clara observó.
—¿Recuerdas algo?
—Una cocina. Cortinas amarillas.
Samuel empezó a llorar. Marcos abrió los ojos.
—No hagas esto sobre ti.
El hombre se secó la cara.
—Tienes razón.
—¿Carmen sabía quién eras?
—Sí.
—¿Sabía que eras mi padre?
—Sí.
—¿Mercedes?
—También.
—Entonces todos lo sabíais menos yo.
Samuel bajó la mirada.
—Sí.
—¿Por qué me borraste?
El silencio duró.
—Porque ibas a entregar el índice a Alicia.
—Eso ya lo sé. Quiero saber por qué elegiste hacerlo tú.
Samuel respiró.
—Creí que si Daniel desaparecía, mi hijo viviría.
Marcos soltó una risa sin humor.
—Y convertiste a tu hijo en otra persona.
—Sí.
—¿Te arrepientes?
—Todos los días.
—No me devuelve nada.
—No.
Marcos lo observó.
—No quiero que me pidas perdón cada vez que nos veamos.
Samuel pareció sorprendido.
—¿Nos veremos?
—No lo sé.
—Vale.
—Pero si ocurre, no quiero que intentes pagar una deuda imposible. Quiero respuestas.
Samuel asintió.
—Las tendrás.
Al salir, Marcos se quedó frente al mar. Clara se acercó.
—¿Cómo estás?
—Mal.
—Perfecto.
Él rio.
—Eso no va a morir nunca.
—No.
Marcos cerró los ojos.
—Recuerdo las torrijas.
—¿Seguro?
—No necesito estar seguro.
Clara lo miró. Marcos sonrió.
—Quizá algunas cosas puedan ser recuerdos sin convertirse en pruebas.
Ella apoyó la cabeza en su hombro. Aquello también era una forma de recuperar una vida.
• • •
Días después de visitar a Samuel, Marcos intentó hacer torrijas. Clara lo encontró mirando una receta en el móvil.
—¿Qué haces?
—Memoria experimental.
—Eso no existe.
—Ahora sí.
Quemó las primeras. Las segundas quedaron demasiado blandas. Las terceras olían a canela. Marcos probó una. Cerró los ojos. Clara esperó.
—¿Qué?
Él sonrió.
—No sé si saben como las de Carmen.
—Entonces?
—Pero me recuerdan a algo.
Clara cogió otra.
—Están buenas.
Marcos abrió los ojos.
—¿En serio?
—No te emociones.
—Voy a llamar a Samuel para decirle que la receta era incorrecta.
—Eso sí sería una relación padre-hijo bastante normal.
Ambos rieron. La cocina quedó llena de platos.
Marcos no recuperó una escena completa. No importó.
A veces la memoria volvía como una sensación.
Y, por una vez, nadie necesitó validarla en un expediente.
Samuel envió a Marcos la receta de Carmen escrita de su puño y letra.
No la había falsificado. El papel era antiguo, con manchas de aceite.
Marcos lo sostuvo durante varios minutos.
—Esto sí lo tocó ella.
Clara asintió. No hizo ninguna pregunta. Marcos guardó la receta en la caja de recuerdos. Después cambió de idea. La dejó en la cocina.
—Si la guardo demasiado, vuelve a ser un archivo.
Clara sonrió. La usaron. La mancharon. Eso también era memoria.
Samuel pidió una copia de la fotografía de Carmen.
Marcos se negó. Después cambió de opinión y le envió una escaneada, no el original.
La distancia elegida podía medirse también en qué cosas uno estaba dispuesto a compartir.
Marcos preguntó a Samuel si Carmen había sabido algo de S-17.
Samuel negó. «La mantuvimos fuera.» Marcos respondió: «Entonces al menos hicisteis una cosa bien.
» Samuel no intentó apropiarse del mérito.
Marcos llamó a Samuel por primera vez sin un motivo concreto.
Hablaron ocho minutos sobre el tiempo y una receta.
Al colgar, Marcos dijo: «Ha sido rarísimo.
» Clara respondió: «Eso se llama familia normal.
» Ninguno estaba seguro, pero les gustó la hipótesis.
Carmen había escrito en la receta: «más canela si Dani está triste». Marcos se quedó mirando la nota. Preparó las torrijas con demasiada canela. Clara no se quejó.